CRONICAS DE CALIFORNIA: La Banda Oaxaqueña “Herencia Zochileña”

ARABELA TIENE SIETE años y entra la iglesia de San Emydius con sus nachos con queso en la mano. Sabe acaso que esa no es la forma más correcta de comulgar con dios, pero tiene hambre, y, además, quiere acompañar a su hermanita que toca el flautín en la banda filarmónica “Herencia Zochileña”. Se me queda viendo como pensando acaso que le voy a decir “niña, a la casa de dios no se llega con botanas”.

Luego, el director y maestro Alberto Martínez, con su trompeta empieza preparar a los niños que acompañarán la misa dominical.

“Aleluya, aleluya Santo, Santo es el señor…”

Luego de la primera intervención de la banda, viene la carta a los hebreos, el Evangelio según San Marcos, la referencia a los fariseos, al divorcio al y el padre hablará del noviazgo, de lo que es tener una compañera, no un objeto…

Mientras, Melanie y Adrián colocan sus iPhones debajo de las partituras musicales que tienen impresas la “Misa Oaxaqueña”.

Yo vine aquí porque Venancio me invitó, porque quería verlos en acción, antes de que se presenten el 10 de noviembre en la Lynwood High School.

“Va a ser una fiesta oaxaqueña para juntar dinero y comprar o arreglar instrumentos”, dijo Venancio que es como el publirelacionista sin título de los zochileños.

Por un momento en ese espacio se juntan las bondades del mundo: los niños que no quieren otra cosa que alegrar los misterios de la existencia, el maestro que generosamente da su tiempo para preservar la música, la soprano que canta el Osaaaanaa… la hija que lleva a su madre en silla de ruedas, el adolescente que carga el pesado corno inglés… Y los voluntarios que allá, en el comedor, servirán a los hambrientos pozole, menudo, tacos y tamales como multiplicando el evangelio proverbial.

Niños de la Banda Infantil Oaxaqueña en California “Herencia Zochileña” en la misa de 2 PM del último domingo de Octubre, 2018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

MAS ALLA DE “COCO” Y HOLLYWOOD 
Más allá de los estereotipos de la cultura mexicana, la comunidad oaxaqueña mantiene el movimiento de la cultura popular.
Cuando van a tocar a un funeral se ponen muy serios. Observan a los dolientes, y, al tocar el “Dios nunca muere”, saben que están contribuyendo a la elaboración del duelo. Pero cuando los invitan a tocar a la Universidad de California de Los Angeles (UCLA) junto con un grupo de danza, saben que ahí, la tuba y las trompetas tienen que provocar el ritmo de los pies.

“No es solamente la música”, dice el director y maestro de la Banda Infantil Herencia Zochileña, Aberto Martínez, “es la cultura, los valores de sus ancestros”.

La banda que el 10 de Noviembre tendría una presentación cultural en la Lynwood High School para juntar fondos para sus instrumentos es una de las mejores expresiones de la cultura latina y mexicana. Para formarse no requieren de fundaciones ni academias, y la espontaneidad con que se forman refleja el carácter verdadero de la cultura popular.

“Así como los brasileños casi nacen con una pelota de futbol, los oaxaqueños nacen con un instrumento”, dice Martínez.

Alberto Martínez, director de la Banda Musical “Herencia Zochileña” en una misa en la Iglesia San Emiydius, en Lynwood California. 1022018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

En una presentación reciente en la misa de 2 PM de la Iglesia de San Emydius, de Lynwood, los chamaquitos se apostaron en una esquina, al lado izquierdo del altar, y a la señal del maestro empezaron a tocar la “Misa Oaxaqueña”. En ese momento ellos se convertían en el centro de la invocación espiritual, como en los tiempos de Mozart.

Son niños. Los menores tienen siete años, los mayores, 17. Y como niños, no se podía evitar ver que debajo de la partitura unos pusieran su iPhone, para en un descanso ponerse en contacto con el ciberespacio.

Cuando se le pregunta a Martínez cuál es el principal obstáculo para la enseñanza musical en estos tiempos de cibertecnología, no duda en decir que son los celulares.

“El mayor obstáculo puede ser la distracción de la tecnología. Por eso, en las juntas yo se los hago saber a los papás. Les digo que se la tienen que prohibir, si no hacen caso. Hay que tener carácter. Yo, cuando vienen a las clases, si le quito el celular a uno, los demás hacen caso”.

Pero ¿no les puede servir para escuchar cómo tocan otras bandas?, se le pregunta.

“Si. En ese sentido puede servir. Pero yo no quieron que se hagan músicos líricos (de oído). Yo quiero que aprendan a leer las partituras. Ahora que, si, cuando vamos a tocar a un lado, les paso en mensaje de texto la lista de piezas que vamos a tocar, para que estén listos”.

Partitura de la Misa Oaxaqueña que niños de 7 años han aprendido a leer. Foto: José FUENTES-SALINAS.

La banda formada hace tres años es una de las varias que existen en el Sur de California. Recientemente fueron de visita a las fiestas patronales de Santiago Zochila y fue una verdadera sorpresa para los niños.

“Fueron a tocar con las mejores bandas de la región, y los dejaron muy impresionados”, prosigue Martínez. “Cuando aún no regresaban a California, empezaron a llegar una gran cantidad de mensajes en el Facebook, de lo impresionado que estaban”, dice.

Martínez, quien trabaja planchando en una tintorería, está satisfecho del trabajo que ha hecho. Tiene tres hijos que también aprendieron la música, uno de ellos, Jorge, toca la tuba en la Banda de Régulo Caro.

Cuenta que hay niños que además de tomar clases de música con él, están en los programas de música de sus propias escuelas, y, con frecuencia, sorprenden a sus maestros.

“Hubo uno, que según eso, estaba atrasado en su escuela, y luego de un mes, aprendió más de lo que le habían enseñado en todo el curso. Yo creo que se trata de motivar a los niños. A veces los padres se ponen a llorar cuando ven cómo sus hijos tocan la música en sus presentaciones. Una señora me dijo ¿cómo le hizo si mi hijo era un diablillo en la casa?”.

Oriundo de Santa María Yalina y casado con una mujer de Santiago Zochila, recuerda que cuando quizo aprender a tocar música, su abuela no quería. “Todos los músicos son unos borrachos”, le decía. Pero como “los oaxaqueños nacen con un instrumento”, pronto aprendió este arte, y antes de emigrar a Estados Unidos, ya había formado una rondalla en la iglesia de su pueblo.

CRONICAS DE FUTBOL: Una para Pablo Bussato

Long Beach, California, 1995

EN EL EXTREMO derecho estoy yo, con ese pantalón de pechera de mezclilla que aún conservo. En el extremo izquierdo está Pablo Bussato. En el centro está mi hijo Marlon y el sobrino de Pablo, Santiago “Santi”. Un mexicano y un argentino nos dedicábamos a entrenar a un grupo de chamacos todos los jueves por la tarde en el Parque El Dorado.

En la Liga AYSO, donde “todos juegan” eso significaba que nosotros mismos nos mezclábamos con los chamacos del equipo “Blue Flames” para patear unos balones.

“Ustedes los latinos tienen el futbol en la sangre”, me decía una vez el padre de uno de ellos, quien nos había regalado el banderín.

“La verdad es que también los ingleses, y los europeos”, le dije.

El equipo infantil de futbol en Long Beach, California, “Blue Flames”. Cortesía.

Tanto Pablo como yo, sabíamos que el juego era eso: un juego. Pero en el proceso sabíamos que esa era una forma de acercar familias de diferente origen social para que aprendieran a interactuar en equipo.

Ahí estaba, por ejemplo, el hijo de un militar jamaiquino-americano casado con una mujer japonesa, el chamaco de una mexicana casada con un norteamericano que vivía con su abuelo, el hijo de una familia que tenían varias franquicias de Pollo Loco…

 

El Guachito y Santi representaban la tradición mexicano-argentina. Ellos eran como dos chapulines que buscaban con insistencia y picardía el balón. Otros, eran excelentes defensas… Pero, al final, sabíamos que no competíamos tanto por los trofeos, sino por el gusto de patear el balón.

Luego de trabajar en el Centro de Los Angeles, y agarrar el Metro hasta la estación Willow, llegar a las cinco de la tarde al Parque El Dorado era el premio a mis trabajos en la redacción de La Opinión. Pablo, me parece que era biólogo, y trabajaba en el Condado de Los Angeles. El ya murió de cáncer, según supe, pero con frecuencia me acuerdo de él cuando voy a El Dorado.

Las rutinas eran estas: ejercicios de calentamiento, patear balones y organizar la “cascarita”. Con Pablo comentábamos que uno de los problemas de algunos chamacos es que no veían futbol en la televisión, y acaso eso no les permitía tener un sentido de la dinámica del juego.

Con todo eso, los padres se organizaban para llevar las aguas y los “snacks” para los juegos del sábado, y eso les servía para socializar entre familias que de otra forma nunca se hubieran encontrado.

Arbol de el Parque El Dorado, muy cerca de donde alguna vez entrenamos a los Blue Flames. Foto: Josee FUENTES-SALINAS.

  • José FUENTES-SALINAS, 10282018.

 

CRONICAS DE PERROS: De la lealtad, las costumbres y la mierda

Zacapu, Michoacán, 1960’s

El sol iniciaba su lento ocultamiento detrás de los cerros, donde al pié de ellos estaba el burdel y las tabiqueras. El humo de los hornos se destacaba atravezados por los últimos rayos del sol.

Mientras, doña Paula se sentaba en su piedra a la entrada de su casa, y el Firpo se acurrucaba a sus pies para servirle de tapete. Esto que hacía el veterano Doberman, era lo mismo que hacían los primeros perros hace 14,000 años: calentarles los pies a los hombres y mujeres de las cavernas.

Los perros, antes de que los convirtieran en psicoterapeutas y payasos de los “homo urbanus”, tenían muchas funciones: compañías y comedores de sobras, ayudantes para cuidar el ganado y cosechas, y asistentes de la cacería.

Para cuando mi padre, un gallero, músico, maestro y sastre, decidió que los Doberman eran los mejores para cuidar los gallineros y la casa, yo no sabía nada de ellos. Los Doberman fue una raza que producida por un recolector de impuestos alemán en 1870 que mezcló perros pastores, agregando genes luego del Manchester Terrier y Greyhounds.

http://tlacuilos.com/las-calumnias/

El primer Doberman se lo regaló un amigo gallero de la Ciudad de México, don Jorge Salcedo. Pero no podría decir cómo es que el Firpo fue el sobreviviente de varios que llegaron a la casa: Atila, Topolín, Laica… Quizá la razón fue que Firpo tuvo una madrina que casi era enfermera.

Mi hermana Eva, que tomaba cursos por correspondencia de Hemphill School y en la escuela de las monjas de San Vicente de Paul, le salvó la pata a Firpo aquella vez que se le dejó ir a un camión de 18 ruedas, molesto acaso por el tremendo ruido que hacía al bajar de las colinas.

Desde entonces, Firpo se hizo un tipo muy cauteloso, pero no por eso dejó de cumplir sus tareas de jugar con nosotros en la huerta de duraznos, ni de vigilar los gallineros, ni de calentarle los pies a mi madre mientras tejía.

Podría decirse incluso que aprendió a controlar sus impulsos heredados de los genes de sus ancestros, y dejó de agredir a los rebaños de chivas y vacas que pasaban por la casa. Aunque, los pastores lo veían siempre con cierto temor.

De Laica, Atila y Topolín no recuerdo muchas virtudes, excepto que cuando mi hermano Salvador estaba dando el servicio militar, llevó a dos de ellos a un desfile.

No sé si mi hermano sabía que los Doberman Pinscher eran la mascota oficial del United States Marine Corps en la Segunda Guerra Mundial, pero mi hermano se veía muy impresionante luciendo a Laica y Atila con su uniforme militar.

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https://warfarehistorynetwork.com/daily/wwii/the-dogs-of-war/

Los perros son de las pocas especies que han sido testigos de los vicios y cualidades del ser humano en tres Eras del planeta. Y, a veces, cuando critico la estupidez con que algunas veces se convive con estas mascotas me lo toman a mal.

Es cierto lo que dice el Papa Francisco: el perro no sustituye la compañía de un ser humano, y yo, como psicólogo graduado les digo: no, el perro no es un psicoterapeuta, y si alguien por ahí dice que es “el mejor amigo del hombre”, lo dice porque un perro no puede contradecirle y ponerlo en su lugar cuando se están diciendo disparates.

Un perro es dependiente de usted, y no tiene otra alternativa más que ser “agradecido”. Pero no es como para que el animal diga: “mira, aunque no me des de comer, yo ahorita voy a trabajar, y al rato vengo para hacerte compañía y jugar”.

La confusión sobre la naturaleza y cuidado de los animales ha llevado a muchas inmoralidades y faltas de sentido común.

Y mientras los perros en California tienen parques, hoteles, playas, cementerios, peluquerías, hospitales y boutiques (son tan buen negocio), hay individuos que mueren de hambre y que duermen en la calle o en sus autos.

De hecho, hay gente que tiene más empatía con los perros que con muchos niños y trabajadores inmigrantes.

http://tlacuilos.com/historias-en-el-bus/

Pero como el narcisismo proyectado a los animales no es muy consistente (así como muchas relaciones entre los propios humanos), los pobres animales suelen ser enviados al corredor de la muerte, a los “shelters”, donde si no son “adoptados” los “ponen a dormir”.

¿Se fija cómo en estos dos términos hay un intento de disfrazar nuestros vicios?.

Ya no se habla de adquirir, sino de adoptar, como si se tratara de un niño, y no se habla de matar, sino de “poner a dormir” o practicarles la “eutanasia”.

Give me a break!… “La eutanasia es la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado con la intención de evitar sufrimientos”, pero en el inglés se dice: “Each year, approximately 1.5 million shelter animals are euthanized (670,000 dogs and 860,000 cats)” .

https://www.aspca.org/animal-homelessness/shelter-intake-and-surrender/pet-statistics

Si viviera en el campo, y tuviera un espacio que se asemejara a la casa de mi infancia, donde un perro como el Firpo corriera a su antojo entre la huerta y el jardín de mi madre… Seguramente que me gustaría tener una mascota, y sentarme a leer por las tardes en el patio a un lado de él.

Pero me preocupa el rol que les están haciendo cumplir a las mascotas en las ciudades: los usan como pretexto para salir a caminar a las calles, y no pocas veces, los perros ponen en apuros las economías de las familias.

Una visita a una clínica les quita el dinero que tenían guardado para la renta o las vacaciones. También hay quienes ya no desarrollan esa habilidad de conversar con las personas en la calle, porque van con la mascota, y la mascota no les rezonga, ni les dice: ya cállate, estas diciendo puras pendejadas, te escuchas cursi.

¿Serán “felices” las mascotas cuando las sacan a cagar?

Se cagan donde les da la gana y hacen que sus dueños levanten la mierda en unas bolsitas de plástico… pero van encadenadas o amarradas.

El problema es cuando traen diarrea, como aquella familia que vi en el malecón de Santa Mónica (Pier). Al perro bóxer se le antojó defecar en medio de los visitantes que llagaban a la feria un sábado, y si no es porque todas las miradas estaban puestas en el dueño, seguro que ahí hubiera dejado el excremento pastoso.

Los perritos son muy limpios. Les encanta un césped bien podado para zurrar.

El  único problema es que el ácido clorhídrico que acompaña el excremento quema el pasto, y ya se están haciendo populares letreros que indican: “favor de no cagarse aquí”.

Letrero de un vecino que advierte a los paseadores de perros que ese no es un sitio para cagarse. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 

LITERATURA Y MATEMATICAS: Crónica de números en un día soleado

Es la 1:00 de la tarde en la plaza del Town Center. Hay 100 mesas con sillas vacías, y frente a mi 20 salas de cine, adonde acuden solo dos o tres parejas de personas que deben haber repasado los 70 años. Aún lado, en la otra única mesa ocupada, dos mujeres llevan una hora hablando de los precios de las casas. Una de ellas dice que sus padres compraron una segunda casa en la costa este, por si ella decidiera dejar California, la quinta economía del mundo. A donde quieran que volteo no hay nada que me apresure. La fuente que está a la mitad, entre las 10 taquillas de los cines y este patio, cada 30 segundos alcanza una gran altura que llega al número 26 de los cinemas, en medio de un azul intenso de la 1:00 de la tarde, con una temperaturas de 78°. Estoy de vacaciones por una semana y he decidido hacer nada de 7:00 a 4:00 de la tarde que es cuando tendría que cumplir mi horario de trabajo de ocho horas.  Podría tener el tiempo de contar las hojas del árbol que está sobre mi cabeza, pero no estoy loco ni obsesionado por los números. Solo estoy vacilando.

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California. 10102018

LA FOTOGRAFIA EN EL SIGLO XXI: entre las “selfies” y el desperdicio

Hilario Barajas tomó su iPhone y se conectó de Long Beach a Guatemala.

En el descanso de su trabajo de pintor, sacó la cajita mágica, el “medium” electrónico que podía evocar el pasado y el presente, sin recurrir a la telepatía.

Abrió el facebook y vió a sus amigos echándose unas chelas y comiendo mariscos. En sus cuenta él aparecía como si hubiera venido a California al cotorreo, a pasarla chido, de “party” en “party”.

“A nadie le gusta que lo vean mugroso, o lleno de pintura. Ja jaja…”

Así como antes “los momentos Kodak” no eran para mostrar las miserias, ahorita el momento “apple” no es para mostrar la “chinguita” que uno se pone.

Umberto Eco, el semiólogo italiano lo sabía.

En sus últimos textos, decía que la nueva tecnología cibernética compartía un poco el asombro por la magia. Después de todo, ¿cómo era posible que Hilario, un pintor de brocha gorda y spray, de repente pudiera ver imágenes de Huehuetenango, desde una calle de Long Beach, California?”.

También era como un espejito mágico, que todos los días a través de las “selfies” refrendaba la idea de: “There, You Are!”.

 

“si después de haberse tomado trescientas “selfies” alguien no sabe quién es, debería ir con un psicoanalista”

Hilario tenía un trabajo interesante que bien podría documentar, si él lo quisiera, la vida de los trabajadores inmigrantes en los Estados Unidos. Además, su esposa tenía un puesto en el Swap Meet, donde vendía pulseras de semillas con los santos grabadas y otras artesanías. Para los Barajas, eso tampoco era digno de fotografiar.

La esposa tenía también un trabajo de medio tiempo para limpiar un gimnasio, y esto los calificaba para mostrar la tremenda productividad de los latinos en USA.

“Mire compa, yo sé lo que me quiere decir: nosotros no existimos en las noticias a menos que seamos víctimas o victimarios, pero mostrarnos así como así haciendo el jale de todos los días ¿para qué?… Es tan obvio que nosotros somos muy trabajadores, y no como el Trompas lo dice: una bola de criminales y violadores. Cualquiera que ande en la calle nos ve como changos trepados en las palmeras o árboles, podando las ramas; nos ve cambiando los techos de las casas bajo pleno solazo o recogiendo la basura en los restaurantes… Cualquiera que tenga tres dedos de frente sabe cómo nos partimos la madre para que estas ciudades se vean bien”.

Hilario regresó a trabajar.

Ese trabajo le gusta porque es calmado, porque la mayoría de sus clientes no están en sus casas, y los vecindarios son muy calmados.

DEL TIANGUIS AL MUSEO

Esa semana en que me encontré con Hilario, también había ido al Swap Meet de Carson y al Museo Norton de Pasadena.

Por una extraña coincidencia, encontré vínculos entre uno y otro lugar. Una de las escenas del mercado de usado era similar a una pintura de los pintores de los Países Bajos del Siglo XVI. Con el iPhone había capturado una imagen donde los vendedores están conviviendo en un descanso, platicando y jugando cartas, mientras que en la pintura se ven dos comerciantes haciendo lo mismo.

 

Es muy probable que si no hubiera tecnología electrónica para fotografiar este tipo de escenas, ni fotografía analógica, los pintores estarían retratando en sus lienzos escenas como esta de los vendedores del mercado de pulgas, de Carson, California. Foto: José Fuentes-Salinas

Detalle de una pintura exhibida en el Museo Norton Simon de Pasadena, California, que muestra los mercados retratados por los pintores de los Países Bajos, en el Siglo XVI. Foto: José Fuentes-Salinas.

Realmente estamos desperdiciando la tecnología de imágenes, pensé. Estamos tomando demasiados autorretratos  y no documentamos un poco lo que vemos alrededor. Estamos viviendo en una sociedad tremendamente narcisista y con crisis de identidad: si después de haberse tomado trescientas “selfies” alguien no sabe quién es, debería ir con un psicoanalista.

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El reciclaje: los mercados de artículos usados

CUENTOS URBANOS: El sentido de la historia

Se fue convirtiendo en historia.

Sus visitas al centro de la ciudad lo dejaban cada vez más perplejo.
Le costaba reconocer el lugar que tantas veces había cruzado.

El parquecito estilo japonés donde dormían los desamparados se había convertido en una enorme estructura de condominios de lujo. Los desamparados todavía existían pero se acomodaban a la entrada de la biblioteca y ahora unos fumaban marihuana libremente por eso de las nuevas leyes.

Todo el centro se renovaba y pronto las grúas del puerto no podrían ser vistas desde esas calles por donde tantas veces había deambulado. “Se crearían muchos trabajos”, la doctrina del desarrollo la habían aprendido bien los políticos, inclusive el joven alcalde que se sentía orgulloso de ser el primer latino homosexual en gobernar la ciudad.

La ciudad se iba convirtiendo en algo distinto. Ahora resultaba más complicado estacionarse, aunque los estacionamientos ahora aceptaran tarjetas de crédito. La ciudad que presumía de ser la más amistosa para las bicicletas en el país ofrendaba su corazón a la clase media y a las compañías constructoras que tan generosas habían sido para rechazar la propuesta de control de rentas.

Lo bueno es que, además de ese tráfico pestilente de autos y camiones que desembocaban en el centro y en los muelles, allí llegaba el metro de la línea azul.

Muros que cubren la vista de el trabajo de construcción. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Las redes de transporte colectivo se iban extendiendo en todo el condado y pronto habrían de cambiar la nomenclatura: la gente se había hecho tan “color blind” que en lugar de tonos de azul y dorados, serían líneas numeradas. Ocurrió también en la demografía. Ahora ya no era posible distinguir entre negros, morenos, blancos, caucásicos, asiáticos… Ahora la segregación era por niveles de ingresos, porque eso de “clase trabajadora” y el “1%” había sido algo riesgoso en la política del Siglo XX. ¿En qué categoría cabía ahora el ex alcalde de la ciudad vecina que se había convertido en “chairman” de la compañía comercializadora de marihuana?. El primer latino en gobernar una ciudad de ese calibre, el ex director de sindicatos de trabajadores, y vocero del congreso de legisladores, ahora se justificaba diciendo que era importante que los latinos fueran representados en el negocio de la marihuana.

Sentía que el sentido de la historia no le cabía en la imaginación. Lo que había sido el gran crimen del siglo XX, por el que se mataron muchos pobres en Latinoamérica ahora era un negocio de cuellos blancos en Norteamérica, y hasta el ex líder del congreso republicano, el mismo que lloró cuando el Papa le reclamó su rechazo a la reforma de inmigración, el ex legislador ahora también trabajaba en el negocio de la mota, o de la marihuana, porque también en eso las cosas habían cambiado: el término mota era derogativo.

Con las manos en las bolsas y la misma chamarra de mezclilla de hace años ahora un poco desgarrada, caminaba rumbo a pagar el gas y el agua las oficinas del City Hall. Se sentía agradecido de que su facha se hubiera puesto de moda. Su vestimenta de mezclilla deslavada y con señales de tortura era altamente cotizada en los centros comerciales.

Antes de entrar a la biblioteca se detuvo a tomar una foto con su iPhone a los chuches de un desamparado que estaban junto a un paisaje y la ciudad habían puesto para hacer menos cruel el movimiento de grúas y trascabos que construían la remodelación del Downtown. El dormitorio del rincón del desamparado tenía como un muro enorme un póster en acrílico de unos yates en la marina con un sol a la tardecer.

…los desamparados se habían ido a un rincón de la entrada de la biblioteca, donde los chinches de un “homeless” se acompañaban de un yate de lujo con el fondo de un atardecer. Foto: José FUENTES-SALINAS

La biblioteca todavía era la misma.

Desde siempre las bibliotecas públicas habían sido su debilidad. ¡Tanto conocimiento gratuito!… Recordaba la primera que visitó en Wilmington, entre la calle Opp y Fries. Ahí leyó la biografía de Reis Tijerina y su lucha por la tierra. De ahí también saco discos LP para aprender inglés italiano… Ja ja ja… El inglés lo aprendía por necesidad, el italiano, por gusto. “il dennaro contante”… “il machelaio”…  Se le hacía grato entender un poco el lenguaje que había escuchado en las películas de Sofía Loren y Marcelo Mastroianni, o la del “Archidiablo” donde la audiencia en español escuchaba “la putannnaa”… Que era traducido en español por un discreto “mujer pública” en los subtítulos de la pantalla.

La biblioteca ahora daba el aspecto de decadencia, esperando su demolición. Al fondo, la mayoría de viejas computadoras eran ocupadas por desamparados. Pero a la entrada aún aparecían los estantes de libros recién comprados.

Le gustaban los cuentos o las novelas cortas, pero tenía la sospecha de que la elección de las obras estaba en manos de algún burócrata de la cultura que se dejaba mangonear por el mercado de libros, sin pensar en ese punto medio entre la demanda de una población lectora y los “bestsellers”. Aún así, aparecían buenos libros de Inés Arredondo y Mario Benedetti, de Sergio Ramírez y Carlos Fuentes, o “Manuales del Pendejismo”…

Cuentos de Sergio Ramirez e Inés Arredondo.

Urgando las historias se daba cuenta que se había convertido en historia él mismo. Las revoluciones del siglo XX ya se habían convertido en otra cosa, en contextos en que los autores hacían actos de reflexión, contricción, arrepentimiento…

Como un rompecabezas donde siempre faltan dos o tres piezas, buscaba elementos de identidad en sus lecturas.

Pero esas piezas vinculadas a lo que está ocurriendo en principio del siglo XXI siempre se escapaban. No encontraba títulos como: “Teoría y práctica del sonambulismo cibernético”, “El sonambulismo cibernético y su relación con el inconsciente”…

Quería pensar que los cambios en la transición del siglo XX al XXI solo habían sido de canal y de contextos, y si antes se tenía que ver en una pequeña sala de cine a Chaplin bailando un vals con un perro amarrado, ahora eso se podía ver en la palma de la mano en un iPhone.

Era un hombre racional. Lo sabía. Buscaba siempre la interconexión entre lo que fue y lo que es. No quería que el progreso lo agarrara del pescuezo y lo arrinconada en un asilo. Le provocaba asco las segregación.

¡Sus pies ah sus pies!… A veces los estimaba más que sus dedos.

Por eso cada vez que podía se iba por ahí caminando, viendo, solo viendo y pensando.

Tomo dos libros, y sin hacer fila los registró de salida.

La muchachita le dijo en español: “se vencen el 25 de octubre. Que tenga buen día. Vuelva pronto. Gracias”.

El hombre salió contento con el recibo del pago del agua y de sus libros.

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—José FUENTES-SALINAS/ www.tlacuilos.com

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LOS MICHOACANOS: Gimnasios de estreno

Torrance, CA., 5:45 AM.-  Aún estaba oscuro. Entré al carril de Enmedio. Llegué al trabajo, ahora sin hacer escala en el gimnasio regular. Me estacione en los primeros lugares. Nunca ocurre eso, pero esa vez había llegado tan temprano como la media docena de empleados tempraneros de las compañías que rentan el edificio. firmas de abogados, banqueros, asesores…
Soy el primero y el único en estrenar el gimnasio.
“Aquí está su tarjeta”, fue una oferta nada despreciable.
Un gimnasio de lujo como un Hotel cinco estrellas es la mejor justificación para llegar temprano. Está frente al patio donde hay olivos y mesas de maderas finas. Es un gimnasio chico, pero con lo necesario para sudar un rato, forzar un poco los músculos para conservarlos, y luego echarse un regaderazo con toallas limpias provistas por la empresa.
Al igual que la remodelación del edificio y el mantenimiento de los jardines, fue hecho por mano de obra michoacana de donde yo soy. Eso lo supe ese día.
“Tos toc”, alguien tocó los cristales cuando estaba levantando pesas en el banco.
Era un compita pelón si identificación, pero con el pantalón manchado de pintura.
Con un poco de temor, le abrí la puerta. A esa hora todavía no llegan los trabajadores que dan los últimos toques de la remodelación. ¿Qué tal si se pierde algo?, pensé.
El compa entró al baño y luego salió a trabajar en los empaques de un ventanal que da al patio.
Ser el único que estrena un gimnasio de lujo se unía a esa experiencia que he tenido por años: disfrutar de la infraestructura de la ciudad, cuando la mayoría no lo aprecia: bibliotecas, parques, playas… ¡Cuantas cosas no he pagado directamente y me han hecho la vida grata de “Urbanita”!.
Al salir a mi oficina, vi al compa que afanosamente trabajaba en los empaques de la ventana. En desagravio a mi desconfianza, le invité un café y luego nos pusimos a platicar.
Sus padres eran de Aguililla, Michoacán, y él había nacido en Tijuana antes de venirse a vivir a California.
Por lo que me dijo, la naturaleza de su trabajo lo había llevado a diferentes estados de la unión americana, donde el trabajo “sucio” de los inmigrantes se necesitaban, incluyendo los desastres causados por huracanes.
Luego llegó su jefe, otro hombre pelón pero debido a la calvicie.
Era también de Michoacán, de Bellas Fuentes, un pueblo del municipio de Coeneo, de donde es mi padre.
“A lo mejor hasta somos parientes”, me dijo. “Nosotros vivíamos exactamente frente al lago donde llegan tantas garzas. Mi padre se iba en bicicleta Morelia o a Zacapu… ¿Cuantos años tiene?… Más de 90”.
De pronto, a las 7:00 de la mañana estábamos tres michoacanos en ese edificio rodeados de un extenso jardín hecho por otro michoacano, Ricardo, el de Santanamaya.
Ellos haciendo talacha arquitectónica, yo, haciendo talacha periodística como diría Vicente Leñero.

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 09282018.

LBPD: Redadas navideñas contra la prostitución

Coge la pistola PPK 380 y se la faja en la cintura. El sargento David D Canaan dice: “lo único que queremos decir es que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

Antes de que él y unos oficiales a su mando se prepararan para realizar una redada encubierta contra solicitantes de prostitutas, explica que el problema no es tanto la venta de sexo en sí, sino las cosas que vienen juntas: narcotráfico, tiroteos, asesinatos, robos, devaluación de los vecindarios… Y aparte algunas veces sus parejas las mandan a comprar drogas o las golpean, dice.

Son las 4:30 p.m. En sus oficinas del tercer piso hay una placa que dice “nosotros creemos en el toque Personal”. “Somos proactivos e innovadores”.

Al fondo, la oficial Cynthia Renaud, Candice White y Monique Glover se relajan y bromean antes de que salgan a un Hotel de la Pacific Coast Highway y El Molino Street.

Ella serán las estrellas del operativo de la noche, que ahora no solo busca arrestar a las prostitutas, sino a los clientes, los Johns que crean la demanda de servicios sexuales.

De pelo largo ensortijado y facciones dignas de una modelo CoverGirl, Cynthia explica que el problema es a todas horas. Aún en la mañana, cuando aparecen trabajadores de mensajería o personas jubiladas buscando prostitutas.

“Hay quien es a las 11:00 de la mañana quieren echarse un rapidito”, dice.

Hay algún conflicto psicológico personal cuando se trata de un jubilado?, se le pregunta.

“No. Porque cuando ellos se te acercan y te dicen lo que quieren, les pierde la simpatía”, agrega.

Las mujeres policías lucen exactamente igual que cualquier mujer que va al gimnasio y se maquilla.

Momentos más tarde, Cynthia lucirá una blusa con un ligero escote medio, un pantalón que destaca sus formas curvilíneas y unas botas de gamuza, todo negro, como su cabellera.

Monique traerá un short de mezclilla muy ajustado y una blusa de estambre verde, mientras que Candice portará una camisa de franela de cuadros y unos blue jeans.

“Claro que tenemos miedo! Si no tuviéramos miedo no haríamos bien las cosas”, comenta Cynthia, quien la primera vez que salió se encontró con un tipo que cargaba pistola.

Monique continúa la plática sobre las cuestiones de seguridad.

“La primera vez que salí, había dos tipos y uno se quedó en el auto. El chico tenía un cuchillo y una pistola pero vino el vice ayudarme”.

Le llama vice a los policías encubiertos que están vigilando su trabajo y están prestos para arrestar a los solicitantes.

“A mí no me ha ocurrido nada excitante” continúa Candice, “lo único es que a veces en menos de 30 segundos ya tienes a alguien”.

El sargento Cannan no se hace la seña de que ya tenemos que partir.

En el abrir y cerrar de las puertas de los elevadores se ven las rejas adornadas con cordones brillantes de Navidad. Pronto ahí estarán entre 20 y 40 arrestados de todos los orígenes étnicos y clases sociales.

Cynthia lleva en la mano el anuario de la policía empastado en keratol y letras doradas. En otra lleva un lunch: un sandwich de Rosbif, zanahorias y verduras. La noche será larga.

En el Hotel de la PCH el operativo está bien organizado. Tres cuartos de hotel se convertirán hasta la medianoche en una estación de policía.

“Es como una línea de ensamble”, explica el oficial Robert Razo, quién será el “eye man”, el hombre que avisará cuando vayan llegando los clientes.

La “línea de ensamble” que por tres años ha funcionado muy bien, empieza con un cuart donde la supuesta prostituta deposita en manos de sus compañeros a los solicitantes, luego, en el siguiente cuarto que está intercomunicado, otros más revisen sus datos basados en las licencias de manejo.

En el tercer cuarto, Cynthia, Candice, y Monique tomarán sus descansos y por una computadora mandarán su propio reporte.

Los vecinos de alrededor están contentos con lo que estamos haciendo, dice un oficial que en su Ford Taurus se apostaba a un lado de un nuevo edificio de condominios que a unos dos años de construirse todavía anuncia la venta de sus unidades, pues la prostitución devaluó el precio de la vivienda.

Desde el auto, el oficial disfrazado de conserje, con una vieja escoba de paja y una cubeta, parece una sombra debajo de la escalera.

“Yo vigilo también que nada pase”, había dicho el hombrecito risueño de bigote recortado.
Cuenta que aunque la mayoría de los infractores son cooperativos, algunos piensan al principio que los van a robar, y otros tratan de correr.

Cuando pasamos a un lote de autos, el oficial que conduce el Taurus pregunta a sus compañeros si quitaron el perro.

Luego explica que si llegara a ocurrir una emergencia en otro lado, algún crimen cerca de ahí, que seguramente lo atenderían, pero en ese momento la prioridad es la seguridad de sus compañeras y el éxito del operativo.

Llegue el momento de espera.

Las enormes luces rojas del motel y la oscuridad de al lado contrastan con las series de foquitos navideños del conjunto de departamentos, donde destaca un arbolito de navidad que se ve por la ventana abierta de lado donde comienza Signal Hills.

A la hora de mayor tráfico en la Pacific Coast Highway, empiezan a llegar los clientes.
Se detiene un Ford Probe blanco, se va, regresa. Un Chevy Corsica azul detiene el tráfico, los autos de atrás suenan el claxon.

La conversación entre la oficial y el cliente se escucha por la radio en el interior del auto: “ma…, $20, todo, $40”.

Entrada al Hotel un Cherokee del año.

Baja un señor elegante de camisa blanca y traje de casimir. Canoso, mayormente calvo, de tés y ojos claros, con lentes de aro metálico, se encuentra con la gran sorpresa.

Todo sucede rápido, clama consideración por su esposa e inmediatamente se le toman los datos: es asistente del Director de una oficina del departamento de vivienda, tiene asma… En la televisión del cuarto, Michael Jordan encesta un balón.

Cuando el primero de la noche se apresura dar explicaciones, entra al cuarto el segundo, Mohamed, un hombre pakistaní, alto y robusto, de bigote y barba que se ve angustiado a su alrededor y empieza llorar: “mi esposa, mi esposa… me va a pedir el divorcio”, exclama, diciendo algo que se repetirá varias veces en el transcurso de la noche.

Cynthia sale a la calle nuevamente.

Masca chicle y voltea a todos lados.

Se para un troca 4×4 rojo. Se adelanta, regresa. Llega un viejo Buick Regal. El oficial del interior del auto comunica con precisión marcas, modelos y posición del vehículo. En su radio nuevamente se escucha la voz dulce de la oficial:

“Si. Puedo hacerte todo”.

Cuando el cliente trata de convencerla de que se suba y se vayan a otro lugar, ella le explica que no puede moverse de ahí, porque si no su novio la mataría.

“Pero tengo un cuarto aquí, si quieres”, le dice.

El turno de Monique.

En el cuarto se van juntando los clientes.

J. Arévalo, de 36 años, hace contrapeso a un individuo gordísimo y caucásico de unos 60 años de edad que está sentado al filo de la cama. Hay cinco ya, y Mohamed ha dejado de hacer escándalo, luego de una advertencia de que si no lo hacía, en lugar de bandas de plástico le pondrían esposas, de las otras.

Para entonces en la televisión los Lakers le van ganando a los Bulls.

Cuando se juntan seis, incluyendo el drogadicto que llegó en una bicicleta de lujo, los sacan en fila hacia la van que los llevará a la cárcel en la calle Broadway.

Cuando el gordo trata de subir tiene que ser ayudado por dos agentes que lo levantan.
En el cuarto de las chicas, entra el sargento Canán a ver cómo están.

“Siempre dicen lo mismo: si yo no hice nada”, comenta Cintia, “quien recostada sobre la cama come zanahorias “baby carrots”.

Esa noche, un cliente trato de agarrarla, pero otros fueron más finos.

“Algunas veces encontramos gente de alto rango, inclusive yo conocí a un oficial de libertad vigilada (probation officer)”, dice.

“Nosotros hemos arrestado hombres de negocios, oficiales de la ciudades, comerciantes… Incluso policías, agarramos de todo”, agrega el sargento Cannan.

En los otros cuartos, mientras lo Lakers de Los Ángeles van ganando 101 a 83 sobre los Bulls de Chicago, entra otro joven que con más serenidad pregunta: “cuando voy a ir a la cárcel?”.

Mientras Ralph Garcia cuenta su dinero, aparece en la televisión comercial de un guajolote, y, arriba de ahí, si anota uno más en la cuenta de Candice. A un lado hay un papel de computadora donde se lee: “Bienvenido al Departamento Policia de Long Beach. Mobil Booking Facility no sniveling”.

Vuelven las mismas preguntas:

“Ocupacion?”.

“Plomero”.
“Algún problema médico?…

Todos con tenis, jeans, dockers, camisas de franela o playeras polo… Los policías parecen un grupo de amigos que se reunieron para ver el Basketball. Lo único que los distingue es la placa en el cinto y la Smith And Wesson 45, como la que Joe Starbid lleva en el cinto.

Starbid, un oficial de rostro sereno y a veces sonriente, mientras verifiquen su terminal del récord De las licencias de manejo, dice que acaso uno de cuatro arrestados tiene algún otro asunto legal pendiente. Los que reaccionan más agresivamente se hacen más sospechosos. Opina que las cuestiones vinculadas al sexo son más o menos iguales en cualquier religión y grupo étnico. Y, aun cuando la policía va a platicar con líderes religiosos y comunitarios, buscando su apoyo para mejorar la calidad de vida de los vecindarios, medidas como éstas se hacen necesarias.

“A nosotros nos preocupa la relación entre drogas, prostitución y crimen y muchas veces no podemos ir a la comunidad y decirles: mira yo te vi con una prostituta. Hemos apresado también a las mismas prostitutas varias veces, pero ellas a veces andan tan drogadas que no nos reconocen”, comenta Starbid.

El oficial dice que muchos de los clientes fomentan la prostitución a través de la demanda en la zona, aunque no viven ahí. Muchos tienen sueldos bien pagados en grandes compañías de la zona y, cuando regresan a sus casas, hacen una “pequeña escala de placer”.

“A veces veo en sus carteras la foto de su familia y me pregunto que buscan?, sexo oral?. Muchos se meten con sus parejas en los callejones y dejan tiradas jeringas y condones que algunas veces encuentran los niños”.

Los Bulls de Chicago encestan casi desde la media cancha.

En el cuarto, el oficial Ralph García atina una bola de papel en el cesto de la basura y pregunta a qué hora llegan las pizzas.

En el cuarto de recepción, Bill Burns se asoma por la ventana. Viene otro cliente. Bill y Jack Dial se repliegan a la pared de lado de la cama.

Entra un hombre de unos 60 años, que al verlo exclama sollozando: mi esposa!… que va pasar?… Llevamos 22 años de casado”.

“Es lo que siempre” dicen comenta Burns, que no ha participado en este operativo por tres años, “hasta que llegan aquí, dicen ‘mi maravillosa esposa me espera en la casa’”.
Cerca de las 9:00 de la noche, también llega un señor moreno de bigote recortado, botas vaqueras de piel de avestruz, chamarra de mezclilla con lana adentro y un cinto bordado de México.

Bosqueja una leve sonrisa, cuando la fotógrafa le dispara un flechazo y lo despojan del cinto.

El juego está casi por concluir.

Lakers y Bulls están empatados a 116 puntos, suben a 118-118, a 120-120… Entra un señor camboyano con sandalias de plástico.

En la televisión una mujer se tapa la cara de nervios cuando Michael Jordan va a ejecutar un tiro libre.

Hay tensión en el cuarto y en la cancha.

En el otro cuarto, sentados y amarrados como pollos, los buscadores de sexo saben que no llegaron a tiempo a sus casas, pero aún así no se perdieron el partido de basquetbol, con la diferencia de que ahora, en lugar de tener a sus esposas rodeándoles del cuello, tienen otras esposas en las muñecas.

“No vamos a erradicar la prostitución”, dice el sargento Canaan, jefe del operativo. “Pero con esto queremos mandar un mensaje bien claro de que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

 

 

-José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 24 de diciembre, 1996. *Una versión de esta crónica apareció en el periódico La Opinión, de Los Angeles.

Las cucharas: una historia del hambre

Era la herramienta mínima del hambre. El instrumento que hace posible la sopa. Desde niño lo supe. Las cucharas eran de peltre y con un agujerito para colgarlas. Con los bocados y las lavadas se les caía la pintura. Luego llegaron las inoxidables, las que hacían lucir las letras de la sopa, y los frijoles.

Entonces, un estuche de madera “americano” de cucharas, cuchillos y tenedores se convertía en el regalo especial para los novios recién casados. También fue el regalo para Doña Paula que fue tan amable en hospedar a Don Vicente Granados, cheff de Pensylvania.

“Saquen las cucharas” era decir “saquen el hambre”. En aquellos tiempos sin plásticos, ni prisas, el diálogo entre las cucharas y los platos de cerámica tenía el intermediario de la sopa. Ponerle una cucharada más a la sopa era aceptar a un invitado inesperado.

La cuchara es la miniatura de un brazo extendido con una mano en posición de pedir. De madera, hueso, cobre, plata, oro y acero, ha sido el arma contra el hambre, y la unidad de medida del arte culinario. Una cucharadita de miel son cinco mililitros para el té. Una cucharada sopera son tres veces lo mismo.

¿En qué momento la cuchara se hizo indispensable?

Una cucharadita de jarabe curaba un mal, y un cucharazo de madera llegó a ser un recurso educativo familiar, y  la cucharadita del bebé fue el inicio de su madurez. “No metas la cuchara donde no debes” era no meterse en los asuntos ajenos, en la sopa que otro entendimiento tenía que digerir.

Ah!… pero una cucharadita de miel, una probadita de té… ¿qué más ternura se puede tener?

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 09082018

SWAP MEET: Uno nunca sabe qué va a encontrar en un tianguis

Llegué a pagarle lo que le debía al chino.

El lo recordaba bien.

“Son dos dólares”, dijo, “estoy viejo, pero tengo memoria”.

En el terreno del Swap Meet de la Villa Alpina ya se había colocado la enorme carpa blanca con las banderas norteamericana y alemana para el “Oktobefest” que empezaría en dos semanas. Era un poco antes del mediodía.

Aún así no había muchos clientes. Por eso algunos puestos ya estaban levantando tienda. Me llamó la atención un pelotón de maniquíes que estaban envueltos de papel colofán. “Estos son de una tienda que cerró”, dijo el hombre de sombrero de palma. “Todos tienen buenas nalguitas, jaa jaaa…”

Los maniquíes los iba colocando adentro de la camioneta y en la caja de atrás, pero eran tantos que los tuvo que amarrar arriba del techo, con un colchón encima para que apretaran.

Uno nunca sabe qué se va a encontrar en un tianguis de cosas usadas. Uno nunca sabe lo que va a desechar la gente, o que rutas de ciudades tomarán los vendedores en los fines de semana de “Garage Sale”.

El Tabasco, de Zacatecas, ese jueves tenía tres perros gigantescos de una compañía de juegos mecánicos de feria.

“Aquí me los traje para que nos cuiden”, dijo el hombre que ya estaba contando los días que faltaban para irse de vacaciones a su pueblo. “Me voy a pasar todo el mes de Septiembre por allá.

Ya hace tiempo que no voy para las fiestas patrias, a ver qué me encuentro”. Acicalándose su bigote canoso, dice que recuerda cuando el 15 de Septiembre las autoridades del pueblo permitían que la gente llevara sus pistolas a la plaza. “Mi padre tenía una pistolita calibre 22, y cuando daban el grito, como todos la disparaba al aire. Otros llevaban escuadras como las de la policía, y hasta metralletas cuernos de chivo. Eran otros tiempos. Luego de gritar ¡Viva México! se oía el tronadero de pistolas”.

Maniquíes a la venta en el Swap Meet de Carson, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

Mis conversadores habituales no fueron ese día al tianguis, pero me encuentro con Zoyla Luz, la señora de Yurécuaro, Michoacán, que ha apartado en una mesita cosas de un dólar. Agarro un tarro de vidrio para servir cerveza y le hago plática. Con cerveza ¿a cómo me lo da?… “jaa jaaa… Con cerveza le costaría ocho”, dice su esposo, Ascensión. A ver ¿por qué uno no dice: mejor con un licuado con huevo?…

Con la pareja que llevan 30 años de casados nos ponemos a platicar de los licuados, y de las “pollas” que se acostumbraban como “tentempiés” para dilatar el desayuno. “A mi padre le gustaba tomarse unos huevos crudos con Coca Cola o jerez”, dice Zoyla. “A mi me daba asco, sentía como que le tronaba el cuello. Tampoco me gustaban las almejas casi crudas que agarraban en el río”.

Recuerdos sacan recuerdos.

Zoyla tiene veinte años sin regresar a su pueblo. No tiene papeles de inmigración. Y a su hija, la mayor, que solía ir con el acta de nacimiento de una prima de su misma edad, hace 10 años que la agarraron los de inmigración, y hace 10 años que no la ve. “Yo le digo: ‘ya vez, por no aguantarte, ahorita ya podrías arreglar con DACA’”. 

Zoyla le deja un momento el puesto a Ascensio y va a un puesto vecino. Regresa con una hojita con números telefónicos. ¿No quiere participar en una rifa?”, pregunta. Se trata de una señora que tiene cáncer y le deportaron a su esposo, pero cuando lo deportaron, le dio un infarto y allá murió en México. A la pobre se le vinieron de pronto todos los problemas. Ahora está rentando un cuarto en una casa, donde la tratan como sirvienta, aunque paga renta”.

El calor está a 90 grados.

Zoyla empieza a recoger los tiliches y los va guardando en cajas de plástico negras con tapaderas.

Hablamos de lo difícil que suele ser la vida, pero lo necesario que es enseñarle a los chamacos a ser luchadores, a curtirse en los problemas. También en lo inesperados que suelen ser. Cuenta que cuando su hija la menor iba a graduarse de la High School la llevó al centro comercial a que eligiera unos zapatos, y se pasaron todo el día y a la “niñita” no le gustó ningún modelo, y, además, perdió su teléfono celular. “Estos chamacos todo lo quieren, y pronto”, dice Ascensio.

Luego su esposa explica que hizo hasta lo imposible por encontrarle su celular, al tiempo que la regañó, pero que se encontró con otra señora que le puso un alto. “Me dijo: mire, yo que usted iba y le compraba otro celular. Esas son cosas materiales. No vale la pena discutirlas mucho. Yo cómo quisiera tener una hija para regalarle un celular, pero la que tuve se me murió de cáncer”.