LBPD: Redadas navideñas contra la prostitución

Coge la pistola PPK 380 y se la faja en la cintura. El sargento David D Canaan dice: “lo único que queremos decir es que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

Antes de que él y unos oficiales a su mando se prepararan para realizar una redada encubierta contra solicitantes de prostitutas, explica que el problema no es tanto la venta de sexo en sí, sino las cosas que vienen juntas: narcotráfico, tiroteos, asesinatos, robos, devaluación de los vecindarios… Y aparte algunas veces sus parejas las mandan a comprar drogas o las golpean, dice.

Son las 4:30 p.m. En sus oficinas del tercer piso hay una placa que dice “nosotros creemos en el toque Personal”. “Somos proactivos e innovadores”.

Al fondo, la oficial Cynthia Renaud, Candice White y Monique Glover se relajan y bromean antes de que salgan a un Hotel de la Pacific Coast Highway y El Molino Street.

Ella serán las estrellas del operativo de la noche, que ahora no solo busca arrestar a las prostitutas, sino a los clientes, los Johns que crean la demanda de servicios sexuales.

De pelo largo ensortijado y facciones dignas de una modelo CoverGirl, Cynthia explica que el problema es a todas horas. Aún en la mañana, cuando aparecen trabajadores de mensajería o personas jubiladas buscando prostitutas.

“Hay quien es a las 11:00 de la mañana quieren echarse un rapidito”, dice.

Hay algún conflicto psicológico personal cuando se trata de un jubilado?, se le pregunta.

“No. Porque cuando ellos se te acercan y te dicen lo que quieren, les pierde la simpatía”, agrega.

Las mujeres policías lucen exactamente igual que cualquier mujer que va al gimnasio y se maquilla.

Momentos más tarde, Cynthia lucirá una blusa con un ligero escote medio, un pantalón que destaca sus formas curvilíneas y unas botas de gamuza, todo negro, como su cabellera.

Monique traerá un short de mezclilla muy ajustado y una blusa de estambre verde, mientras que Candice portará una camisa de franela de cuadros y unos blue jeans.

“Claro que tenemos miedo! Si no tuviéramos miedo no haríamos bien las cosas”, comenta Cynthia, quien la primera vez que salió se encontró con un tipo que cargaba pistola.

Monique continúa la plática sobre las cuestiones de seguridad.

“La primera vez que salí, había dos tipos y uno se quedó en el auto. El chico tenía un cuchillo y una pistola pero vino el vice ayudarme”.

Le llama vice a los policías encubiertos que están vigilando su trabajo y están prestos para arrestar a los solicitantes.

“A mí no me ha ocurrido nada excitante” continúa Candice, “lo único es que a veces en menos de 30 segundos ya tienes a alguien”.

El sargento Cannan no se hace la seña de que ya tenemos que partir.

En el abrir y cerrar de las puertas de los elevadores se ven las rejas adornadas con cordones brillantes de Navidad. Pronto ahí estarán entre 20 y 40 arrestados de todos los orígenes étnicos y clases sociales.

Cynthia lleva en la mano el anuario de la policía empastado en keratol y letras doradas. En otra lleva un lunch: un sandwich de Rosbif, zanahorias y verduras. La noche será larga.

En el Hotel de la PCH el operativo está bien organizado. Tres cuartos de hotel se convertirán hasta la medianoche en una estación de policía.

“Es como una línea de ensamble”, explica el oficial Robert Razo, quién será el “eye man”, el hombre que avisará cuando vayan llegando los clientes.

La “línea de ensamble” que por tres años ha funcionado muy bien, empieza con un cuart donde la supuesta prostituta deposita en manos de sus compañeros a los solicitantes, luego, en el siguiente cuarto que está intercomunicado, otros más revisen sus datos basados en las licencias de manejo.

En el tercer cuarto, Cynthia, Candice, y Monique tomarán sus descansos y por una computadora mandarán su propio reporte.

Los vecinos de alrededor están contentos con lo que estamos haciendo, dice un oficial que en su Ford Taurus se apostaba a un lado de un nuevo edificio de condominios que a unos dos años de construirse todavía anuncia la venta de sus unidades, pues la prostitución devaluó el precio de la vivienda.

Desde el auto, el oficial disfrazado de conserje, con una vieja escoba de paja y una cubeta, parece una sombra debajo de la escalera.

“Yo vigilo también que nada pase”, había dicho el hombrecito risueño de bigote recortado.
Cuenta que aunque la mayoría de los infractores son cooperativos, algunos piensan al principio que los van a robar, y otros tratan de correr.

Cuando pasamos a un lote de autos, el oficial que conduce el Taurus pregunta a sus compañeros si quitaron el perro.

Luego explica que si llegara a ocurrir una emergencia en otro lado, algún crimen cerca de ahí, que seguramente lo atenderían, pero en ese momento la prioridad es la seguridad de sus compañeras y el éxito del operativo.

Llegue el momento de espera.

Las enormes luces rojas del motel y la oscuridad de al lado contrastan con las series de foquitos navideños del conjunto de departamentos, donde destaca un arbolito de navidad que se ve por la ventana abierta de lado donde comienza Signal Hills.

A la hora de mayor tráfico en la Pacific Coast Highway, empiezan a llegar los clientes.
Se detiene un Ford Probe blanco, se va, regresa. Un Chevy Corsica azul detiene el tráfico, los autos de atrás suenan el claxon.

La conversación entre la oficial y el cliente se escucha por la radio en el interior del auto: “ma…, $20, todo, $40”.

Entrada al Hotel un Cherokee del año.

Baja un señor elegante de camisa blanca y traje de casimir. Canoso, mayormente calvo, de tés y ojos claros, con lentes de aro metálico, se encuentra con la gran sorpresa.

Todo sucede rápido, clama consideración por su esposa e inmediatamente se le toman los datos: es asistente del Director de una oficina del departamento de vivienda, tiene asma… En la televisión del cuarto, Michael Jordan encesta un balón.

Cuando el primero de la noche se apresura dar explicaciones, entra al cuarto el segundo, Mohamed, un hombre pakistaní, alto y robusto, de bigote y barba que se ve angustiado a su alrededor y empieza llorar: “mi esposa, mi esposa… me va a pedir el divorcio”, exclama, diciendo algo que se repetirá varias veces en el transcurso de la noche.

Cynthia sale a la calle nuevamente.

Masca chicle y voltea a todos lados.

Se para un troca 4×4 rojo. Se adelanta, regresa. Llega un viejo Buick Regal. El oficial del interior del auto comunica con precisión marcas, modelos y posición del vehículo. En su radio nuevamente se escucha la voz dulce de la oficial:

“Si. Puedo hacerte todo”.

Cuando el cliente trata de convencerla de que se suba y se vayan a otro lugar, ella le explica que no puede moverse de ahí, porque si no su novio la mataría.

“Pero tengo un cuarto aquí, si quieres”, le dice.

El turno de Monique.

En el cuarto se van juntando los clientes.

J. Arévalo, de 36 años, hace contrapeso a un individuo gordísimo y caucásico de unos 60 años de edad que está sentado al filo de la cama. Hay cinco ya, y Mohamed ha dejado de hacer escándalo, luego de una advertencia de que si no lo hacía, en lugar de bandas de plástico le pondrían esposas, de las otras.

Para entonces en la televisión los Lakers le van ganando a los Bulls.

Cuando se juntan seis, incluyendo el drogadicto que llegó en una bicicleta de lujo, los sacan en fila hacia la van que los llevará a la cárcel en la calle Broadway.

Cuando el gordo trata de subir tiene que ser ayudado por dos agentes que lo levantan.
En el cuarto de las chicas, entra el sargento Canán a ver cómo están.

“Siempre dicen lo mismo: si yo no hice nada”, comenta Cintia, “quien recostada sobre la cama come zanahorias “baby carrots”.

Esa noche, un cliente trato de agarrarla, pero otros fueron más finos.

“Algunas veces encontramos gente de alto rango, inclusive yo conocí a un oficial de libertad vigilada (probation officer)”, dice.

“Nosotros hemos arrestado hombres de negocios, oficiales de la ciudades, comerciantes… Incluso policías, agarramos de todo”, agrega el sargento Cannan.

En los otros cuartos, mientras lo Lakers de Los Ángeles van ganando 101 a 83 sobre los Bulls de Chicago, entra otro joven que con más serenidad pregunta: “cuando voy a ir a la cárcel?”.

Mientras Ralph Garcia cuenta su dinero, aparece en la televisión comercial de un guajolote, y, arriba de ahí, si anota uno más en la cuenta de Candice. A un lado hay un papel de computadora donde se lee: “Bienvenido al Departamento Policia de Long Beach. Mobil Booking Facility no sniveling”.

Vuelven las mismas preguntas:

“Ocupacion?”.

“Plomero”.
“Algún problema médico?…

Todos con tenis, jeans, dockers, camisas de franela o playeras polo… Los policías parecen un grupo de amigos que se reunieron para ver el Basketball. Lo único que los distingue es la placa en el cinto y la Smith And Wesson 45, como la que Joe Starbid lleva en el cinto.

Starbid, un oficial de rostro sereno y a veces sonriente, mientras verifiquen su terminal del récord De las licencias de manejo, dice que acaso uno de cuatro arrestados tiene algún otro asunto legal pendiente. Los que reaccionan más agresivamente se hacen más sospechosos. Opina que las cuestiones vinculadas al sexo son más o menos iguales en cualquier religión y grupo étnico. Y, aun cuando la policía va a platicar con líderes religiosos y comunitarios, buscando su apoyo para mejorar la calidad de vida de los vecindarios, medidas como éstas se hacen necesarias.

“A nosotros nos preocupa la relación entre drogas, prostitución y crimen y muchas veces no podemos ir a la comunidad y decirles: mira yo te vi con una prostituta. Hemos apresado también a las mismas prostitutas varias veces, pero ellas a veces andan tan drogadas que no nos reconocen”, comenta Starbid.

El oficial dice que muchos de los clientes fomentan la prostitución a través de la demanda en la zona, aunque no viven ahí. Muchos tienen sueldos bien pagados en grandes compañías de la zona y, cuando regresan a sus casas, hacen una “pequeña escala de placer”.

“A veces veo en sus carteras la foto de su familia y me pregunto que buscan?, sexo oral?. Muchos se meten con sus parejas en los callejones y dejan tiradas jeringas y condones que algunas veces encuentran los niños”.

Los Bulls de Chicago encestan casi desde la media cancha.

En el cuarto, el oficial Ralph García atina una bola de papel en el cesto de la basura y pregunta a qué hora llegan las pizzas.

En el cuarto de recepción, Bill Burns se asoma por la ventana. Viene otro cliente. Bill y Jack Dial se repliegan a la pared de lado de la cama.

Entra un hombre de unos 60 años, que al verlo exclama sollozando: mi esposa!… que va pasar?… Llevamos 22 años de casado”.

“Es lo que siempre” dicen comenta Burns, que no ha participado en este operativo por tres años, “hasta que llegan aquí, dicen ‘mi maravillosa esposa me espera en la casa’”.
Cerca de las 9:00 de la noche, también llega un señor moreno de bigote recortado, botas vaqueras de piel de avestruz, chamarra de mezclilla con lana adentro y un cinto bordado de México.

Bosqueja una leve sonrisa, cuando la fotógrafa le dispara un flechazo y lo despojan del cinto.

El juego está casi por concluir.

Lakers y Bulls están empatados a 116 puntos, suben a 118-118, a 120-120… Entra un señor camboyano con sandalias de plástico.

En la televisión una mujer se tapa la cara de nervios cuando Michael Jordan va a ejecutar un tiro libre.

Hay tensión en el cuarto y en la cancha.

En el otro cuarto, sentados y amarrados como pollos, los buscadores de sexo saben que no llegaron a tiempo a sus casas, pero aún así no se perdieron el partido de basquetbol, con la diferencia de que ahora, en lugar de tener a sus esposas rodeándoles del cuello, tienen otras esposas en las muñecas.

“No vamos a erradicar la prostitución”, dice el sargento Canaan, jefe del operativo. “Pero con esto queremos mandar un mensaje bien claro de que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

 

 

-José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 24 de diciembre, 1996. *Una versión de esta crónica apareció en el periódico La Opinión, de Los Angeles.

Las cucharas: una historia del hambre

Era la herramienta mínima del hambre. El instrumento que hace posible la sopa. Desde niño lo supe. Las cucharas eran de peltre y con un agujerito para colgarlas. Con los bocados y las lavadas se les caía la pintura. Luego llegaron las inoxidables, las que hacían lucir las letras de la sopa, y los frijoles.

Entonces, un estuche de madera “americano” de cucharas, cuchillos y tenedores se convertía en el regalo especial para los novios recién casados. También fue el regalo para Doña Paula que fue tan amable en hospedar a Don Vicente Granados, cheff de Pensylvania.

“Saquen las cucharas” era decir “saquen el hambre”. En aquellos tiempos sin plásticos, ni prisas, el diálogo entre las cucharas y los platos de cerámica tenía el intermediario de la sopa. Ponerle una cucharada más a la sopa era aceptar a un invitado inesperado.

La cuchara es la miniatura de un brazo extendido con una mano en posición de pedir. De madera, hueso, cobre, plata, oro y acero, ha sido el arma contra el hambre, y la unidad de medida del arte culinario. Una cucharadita de miel son cinco mililitros para el té. Una cucharada sopera son tres veces lo mismo.

¿En qué momento la cuchara se hizo indispensable?

Una cucharadita de jarabe curaba un mal, y un cucharazo de madera llegó a ser un recurso educativo familiar, y  la cucharadita del bebé fue el inicio de su madurez. “No metas la cuchara donde no debes” era no meterse en los asuntos ajenos, en la sopa que otro entendimiento tenía que digerir.

Ah!… pero una cucharadita de miel, una probadita de té… ¿qué más ternura se puede tener?

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 09082018

SWAP MEET: Uno nunca sabe qué va a encontrar en un tianguis

Llegué a pagarle lo que le debía al chino.

El lo recordaba bien.

“Son dos dólares”, dijo, “estoy viejo, pero tengo memoria”.

En el terreno del Swap Meet de la Villa Alpina ya se había colocado la enorme carpa blanca con las banderas norteamericana y alemana para el “Oktobefest” que empezaría en dos semanas. Era un poco antes del mediodía.

Aún así no había muchos clientes. Por eso algunos puestos ya estaban levantando tienda. Me llamó la atención un pelotón de maniquíes que estaban envueltos de papel colofán. “Estos son de una tienda que cerró”, dijo el hombre de sombrero de palma. “Todos tienen buenas nalguitas, jaa jaaa…”

Los maniquíes los iba colocando adentro de la camioneta y en la caja de atrás, pero eran tantos que los tuvo que amarrar arriba del techo, con un colchón encima para que apretaran.

Uno nunca sabe qué se va a encontrar en un tianguis de cosas usadas. Uno nunca sabe lo que va a desechar la gente, o que rutas de ciudades tomarán los vendedores en los fines de semana de “Garage Sale”.

El Tabasco, de Zacatecas, ese jueves tenía tres perros gigantescos de una compañía de juegos mecánicos de feria.

“Aquí me los traje para que nos cuiden”, dijo el hombre que ya estaba contando los días que faltaban para irse de vacaciones a su pueblo. “Me voy a pasar todo el mes de Septiembre por allá.

Ya hace tiempo que no voy para las fiestas patrias, a ver qué me encuentro”. Acicalándose su bigote canoso, dice que recuerda cuando el 15 de Septiembre las autoridades del pueblo permitían que la gente llevara sus pistolas a la plaza. “Mi padre tenía una pistolita calibre 22, y cuando daban el grito, como todos la disparaba al aire. Otros llevaban escuadras como las de la policía, y hasta metralletas cuernos de chivo. Eran otros tiempos. Luego de gritar ¡Viva México! se oía el tronadero de pistolas”.

Maniquíes a la venta en el Swap Meet de Carson, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

Mis conversadores habituales no fueron ese día al tianguis, pero me encuentro con Zoyla Luz, la señora de Yurécuaro, Michoacán, que ha apartado en una mesita cosas de un dólar. Agarro un tarro de vidrio para servir cerveza y le hago plática. Con cerveza ¿a cómo me lo da?… “jaa jaaa… Con cerveza le costaría ocho”, dice su esposo, Ascensión. A ver ¿por qué uno no dice: mejor con un licuado con huevo?…

Con la pareja que llevan 30 años de casados nos ponemos a platicar de los licuados, y de las “pollas” que se acostumbraban como “tentempiés” para dilatar el desayuno. “A mi padre le gustaba tomarse unos huevos crudos con Coca Cola o jerez”, dice Zoyla. “A mi me daba asco, sentía como que le tronaba el cuello. Tampoco me gustaban las almejas casi crudas que agarraban en el río”.

Recuerdos sacan recuerdos.

Zoyla tiene veinte años sin regresar a su pueblo. No tiene papeles de inmigración. Y a su hija, la mayor, que solía ir con el acta de nacimiento de una prima de su misma edad, hace 10 años que la agarraron los de inmigración, y hace 10 años que no la ve. “Yo le digo: ‘ya vez, por no aguantarte, ahorita ya podrías arreglar con DACA’”. 

Zoyla le deja un momento el puesto a Ascensio y va a un puesto vecino. Regresa con una hojita con números telefónicos. ¿No quiere participar en una rifa?”, pregunta. Se trata de una señora que tiene cáncer y le deportaron a su esposo, pero cuando lo deportaron, le dio un infarto y allá murió en México. A la pobre se le vinieron de pronto todos los problemas. Ahora está rentando un cuarto en una casa, donde la tratan como sirvienta, aunque paga renta”.

El calor está a 90 grados.

Zoyla empieza a recoger los tiliches y los va guardando en cajas de plástico negras con tapaderas.

Hablamos de lo difícil que suele ser la vida, pero lo necesario que es enseñarle a los chamacos a ser luchadores, a curtirse en los problemas. También en lo inesperados que suelen ser. Cuenta que cuando su hija la menor iba a graduarse de la High School la llevó al centro comercial a que eligiera unos zapatos, y se pasaron todo el día y a la “niñita” no le gustó ningún modelo, y, además, perdió su teléfono celular. “Estos chamacos todo lo quieren, y pronto”, dice Ascensio.

Luego su esposa explica que hizo hasta lo imposible por encontrarle su celular, al tiempo que la regañó, pero que se encontró con otra señora que le puso un alto. “Me dijo: mire, yo que usted iba y le compraba otro celular. Esas son cosas materiales. No vale la pena discutirlas mucho. Yo cómo quisiera tener una hija para regalarle un celular, pero la que tuve se me murió de cáncer”.

CDMX: Crónicas del Metro

EL METRO

En sus 226 km, el metro de la ciudad de México transporta 5.5 millones de pasajeros, 1 millón más de su cupo.

Jorge Gaviño, director del sistema de transporte colectivo, dice que en horas de máximo uso hay 6 seis personas por metro cuadrado.

Los mexicanos que en cada problema tiene un chiste, diciendo que por un precio se da pasaje, masaje y agasaje.

EL INSTINTO

Marlon nació en el hospital Adolfo López Mateos de la ciudad de México frente a los Viveros de Coyoacán.

Desde antes de nacer ya usaba el metro. Cuando nació lo siguió usando, y cuando ya podía caminar, con sus padres se iba de vago lo mismo a los viveros de Coyoacán que al Zócalo  en el corazón de la ciudad.

De estación en estación, a los viveros llegaba a repartir cacahuates a las ardillas, y en el Zócalo a ver payasos, merolicos, mimos, músicos y ciegos cantantes.

En vagones que con frecuencia parecían latas de sardinas, desde que viajaba en brazos de sus padres, Marlon desarrolló el reflejo de doblar el brazo y protegerse de los apachurrones con su codo.

ESTACION ETIOPIA

Aún con colesterol alto y arritmias, las arterias del metro de la ciudad de México han sido la mejor forma de llegar a tiempo a casi cualquier Lugar.

La estación Etiopía era la que me acercaba y me alejaba del departamentito de la colonia Narvarte, entre Heriberto Frías y Esperanza.

Esa era la mejor estación para llegar sin transbordar a:

—La librería Gandhi que estaba en la estación Miguel Angel de Quevedo.

—La Alameda Central cercana a la estación Hidalgo.

—El Centro médico, donde estaba el hospital infantil Federico Gómez que alguna vez salvó la vida del guachito, de un infección de shigellas.

—La estación Morelos en donde se llegaba a las mejores taquerías de la ciudad de México.

—La estación Juárez donde estaban los talleres literarios del ISSSTE donde conocí a los  poetas y escritores: Juan Bañuelos, Homero Aridjis, Carlos y Illescas, y Edmundo Valadés.

—La estación viveros de Coyoacán donde descansábamos de la amargura del smog.

ESTACION UNIVERSIDAD

Eran los años ochentas, La guerra en el Salvador estaba destruyendo comunidades.

Quienes no tenían vocación de mártires salieron a México o a Canadá.

En la ciudad de México se organizaban eventos de solidaridad con los exiliados.

Uno de ellos había sido un baile de en un seminario católico cercano al metro universidad.

El problema fue que terminó muy tarde, cuando la línea del metro había dejado de funcionar. Los noctámbulos esperamos la primera salida del metro después de la madrugada.

En cuanto nos sentamos nos quedamos dormidos.

Roncando y durmiendo, sin saber, nos convertimos rápidamente en el espectáculo de los pasajeros que iban subiendo por la mañana rumbo a sus trabajos.

Nos despertamos sin saber si íbamos o regresábamos.

 

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 07282018

Contacto visual: el negocio de los cosméticos

De todas las formas de comunicación, la más elemental es la visual.

Un guiño, una sonrisa taimada, están enganchados con las primeras formas de comunicación infantiles.

La forma que vemos y que nos ven es la puerta de entrada al saludo más elemental: “buenos días”, “¿cómo está usted?”.

Esta forma de comunicación no es nada despreciable.

A principios del siglo XXI, la industria de los cosméticos valía 160.000 millones de dólares en el mundo, y los norteamericanos gastaban más en belleza que en educación. ( *)

Pero este gasto es un poco inexplicable: las personas cada vez se comunican menos cara cara.

Buena parte de este gasto en cosméticos se podría ahorrar comprando un programa de Photoshop en computadoras y teléfonos celulares.

 —José Fuentes-Salinas, www.tlacuilos.com
Referencias:
(*) The Economist, May, 22, 2003

Los Héroes de la Independencia

¿Me lo habría mandado algún dios misericordioso en un acto de magia?.

Todo aquello era muy raro.

El viernes había ido al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson.

Pasé a conversar con Enrique, el vendedor de joyas usadas, monedas viejas y chacharitas.

Hacía una semana que le había comprado un peso mexicano con mi fecha de nacimiento, en un acto de nostalgia.

Hablábamos y hablábamos de lo feliz que nos hacían nuestros atribulados padres como estas moneditas del día domingo.

Esa monedota de Morelos la llevada desde entonces como un fetiche, como una moneda de suerte.

Al regresar a la casa en Long Beach me quité la ropa para lavarla.

Saqué de las bolsas del pantalón mis llaves, mi billetera y la moneda de Morelos.

De pronto, sentí que en un rinconcito de la bolsa había otra monedita.

Era doña Josefa Ortiz de Domínguez, la heroína de la independencia, que acaso no quería dejar solo al Generalísimo Morelos.

¿Cómo habría llegado allí, de donde?

Cuando vi que era de la misma fecha de mi nacimiento entendí el mensaje: alguien del más allá quería recordarme que los pesos pesados están hechos de las humildes Josefitas de cinco centavos.

 

—José Fuentes-Salinas, 07202018.

PASADENA CHALK FESTIVAL 2018: Crónicas de la imaginación

Bajo un cielo nublado sin lluvia amenazante, el gis multicolor se extiende en el concreto.

Aparecerán aves de rapiña, aves del paraíso, actrices, gatos y monstruos.

Aparecerán manifestaciones políticas y de afecto.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro. Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro.

Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos.

En el festival del gis de Pasadena, la cultura cibernética se da la mano con la pintura rupestre de pintar con polvos de colores.

Leo Aguirre, con una mano sosteniendo su teléfono computadora, usa la otra para hacerle aparecer a un actor de película sus arrugas.

Es la libertad de crear un arte efímero que desaparecerá el lunes en las aceras de turistas y perros.

Israel, un pastor religioso que perdió a su esposa por el cáncer ha preferido pintar protestas sobre una manta extendida sobre el suelo.

“Cuando ella aún vivía me molestó que algunos la pisotearan. Por eso ahora pinto en el suelo sobre una manta”.

Entre la mujer barbona y el Hombre Araña, entre extraterrestres y personajes de Hollywood el arte rupestre reclama su acomodo.

Los artistas de la gis, con su fridomanía compiten por la atención de quienes salen de la convención de los extraterrestres en el Civic Auditorium.

Se raya el rostro y la piel con el gis, se talla con los dedos, y entre la sensualidad del suelo aparecen luces y sombras, piernas y pechos.

Y el día lunes, cuando empiece de nuevo la semana, y se apresuren los horarios, todo desaparecerá en las alcantarillas.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro. Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 06172018. tallerjfs@gmail.com

JARDINERIA: Descripción de una casa infantil

EL MURO ERA DE HIEDRA tejido de raíces y hojas. Era el rostro verde oscuro de la casa salpicado por puntos luminosos de verde tierno. Se habría tejido poco a poco, lo imagino. Yo era un niño que de pronto tenía conciencia del mundo vegetal. Mi casa era un museo botánico. Donde se pusiera la vista había formas de vida. Frente al muro de hiedra, a la entrada, había una acumulación de rocas, pequeño volcán que expulsaba palmas chinas. Entre las rocas, yo que soy tan pacifista escondía los soldaditos de plástico con lanzagranadas y metralletas. Había concreto y bardas de alambre sin invadir lo sagrado. Como en bancas improvisadas en la base de concreto, se sentaban los conversadores, y la red de alambre era el juguete infantil para rebotar la espalda.

—¡Chiquillos!, no se mezan en la barda.

Había otra bardita de ladrillo agujereada para conversar con los vecinos Miguel, Pancho, Fernando, Luis y Socorrito. Los agujeros los usábamos de escalera para treparnos a la conversación.

—¡Chiquillos!, no se vayan a caer.

En ese pequeño cuadro del jardín se improvisaba un parque sin resbaladillas. Nunca tuvimos auto pero la entrada del zaguán era suficientemente amplia para que entraran albañiles y bicicletas. La base del pasillo eran seis cuadros de cemento enmarcados por el pasto. Las bardas en las que no se colgaban los niños se colgaban las madresselvas. El museo vegetal tenía un aroma irresistible para pájaros insectos.

…y había también una higuera que ocasionalmente daba higos por tanta sombra, pero que complementaba con sus hojas la variedad de los diseños. Foto: José Fuentes-Salinas.

El otro jardín frontal, el más extenso y presumido era la galería del color de mi madre con un pozo de agua y limonero incluidos.

Oriunda de los bosques templados de México, las Xicaxochitl, flores de jícama, las dalias eran las preferidas de mi madre. Con semillas y bulbos, la abundancia de pétalos multicolores hacían de la primavera la lujuria de la vista. Zinnias y gerberas, margaritas y amapolas, nomeolvides… para un niño ese era el Palacio Real. Bloques de triángulos y trapecios separados por caminitos de pasto, me pregunto si acaso fui alguna vez fui el jardinero Real más joven de Zacapu.

Entrando a la casa, en sala, dos cuartos y cocina al lado izquierdo, antes del corral de gallos y gallinas, estaba el portal donde se observaba la huerta de duraznos amarillos, priscos y de hueso colorado, donde las granadas y los chabacanos nunca pudieron competir con tanta fruta.

Fracturados por el peso de su éxito, mi madre a veces cortaba los duraznos verdes que rompían las ramas para cocerlos en dulce. Entre la huerta y los portales había otras maravillas, los aromas y sabores de la hierbas de olor, tomillo, hierbabuena, manzanilla o mejorana, sabían a sopa y te.

La casa era un ecosistema en otro ecosistema. Teníamos de vecinos un alfalfal que nos dividía con los cerros del malpaís donde alguna vez vivieron mis ancestros los purépechas.

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 05192018. tallerjjfs@gmail.com. Instagram: tallerjfs

La cultura está hecha de escritores muertos

AHORA LE tocó a su poeta irreverente, el que tenía la misma edad de su padre, y hasta se le parecía en su forma de hablar directa.

El no creía en las coincidencias, pero el jueves le sorprendió ver en el supermercado de libros la antología del escritor chileno.

Ya tenía una antología publicada en México, pero era de 1993. En 25 años, seguro que habría algo nuevo, aunque sabía que el viejito se había recluido en un pueblo lejano y melancólico donde le habían celebrado sus primeros 100 años, y, en el Youtube se podían ver videos por tal motivo.

El hombre no era consumista, ni siquiera de libros. Quería saber si la nueva antología del poeta cascarrabias había agregado algunos poemas que valieran la pena. Sacó la nueva antología y quizo tomarle fotos con el iPhone al índice para compararlo con el libro, pero la empleada lo detuvo: “no puede tomarle fotos a las páginas”. Y, por más que le explicó que solo era el índice, la empleada no dio otra respuesta. Salió de la librería encabronado. “Por eso se los va a llevar la chingada, son como burócratas”, se fue pensando.

Los supermercados de libros rara vez tienen la atención al cliente que los viejos libreros tenían. Foto: José Fuentes-Salinas.

El viernes no fue a trabajar.

Echó al morral de cuero el libro de antología y se fue a otra tienda de libros más cercana a su casa. Pero antes pasó al café. Compró un paquete de granos de Colombia Nariño y le dieron una taza de café gratis.

Se sentó. El vapor del café se levantaba sobre la mesa. Luego empezó a escuchar la plática de las mesas de al lado.

“Esto debe ser un hospital, no un café”, se dijo.

En la mesa de un lado se la pasaban hablando de la genética del cáncer y los últimos tratamientos. En la otra, unas señoras detallaban los problemas de la ciática, y los tumores malignos y benignos. Ellos, y ellas, con cabezas blancas o calvas, provocaron que el hombre sacara el libro “Poemas para combatir la calvicie”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. En la portada Nicanor Parra parecía reírse de las pláticas.

Fue entonces, que el hombre se puso a pensar en si el poeta todavía vivía. Le parecía raro que en los Estados Unidos hayan sacado una antología con pasta dura.

La pregunta se la hizo al Google.

Fue entonces que se dio cuenta que a principios de año se había muerto sin hacer tanta bulla.

Quizá para evitar ese tipo de pláticas como las que ocurrían en el café de Long Beach el poeta se había retirado a una playa lejana a vivir.

El hombre dio un sorbo al café y se quedó pensando que sus escritores favoritos iban colgando los tenis, y este que era el más longevo se había ido de manera más discreta.

Se imaginó entonces una anti-biografía del anti-poeta:

Nicanor Segundo Parra Sandoval, poeta, matemático y físico. Nació en San Fabián de Alico, murió en La Reina. Dos hijos, Colombina y Juan de Dios… ¡Válgame Diós!… No creía en Dios. Más que poemas, escribía anti-poemas. Tenía alergia a la cursilería. RIP.

Libro de Nicanor Parra y cuaderno de escritura sobre la mesa de un café. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com, 05122018.

 

RIVERSIDE: Chalk, gis, tiza… el arte efímero

DE ESTA PLANCHA oscura del asfalto aparecerá el color y el rostro.

Bajo el sol del mediodía Jesús Castañeda, con su gorro de aficionado del equipo de fútbol Atlas, crea arte donde no hubo nada, donde tampoco mañana lo habrá.

Es un arte ancestral de rayar rocas y muros con arcilla coloreada, con gis o tiza.

La tiza la usaron los antiguos mexicanos. Es la tierra blanca que lo mismo podría encontrarse en Tizapán que en Tizayuca.

El gis también lo usaron los antiguos egipcios para trazar pirámides.

El gypso o gypsum lo usaron los griegos y romanos, y el mismo Leonardo da Vinci.

Pero en la calle del centro de Riverside, California, Jesús Castañeda solo la usa para recordar su infancia y sus ancestros mexicanos.

“Esto que estoy haciendo está inspirado en uno de los murales de Diego Rivera”, dice ante una camarita que registrara lo que mañana será solo un recuerdo.

Bajo el caluroso mediodía, Jesús Castañeda traza una diseño de una mujer inspirado en los murales del pintor mexicano Diego Rivera, en el centro de Riverside en el Festival del Tamal, 2018. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 —José Fuentes-Salinas, Riverside, California, 04212018. tallerjfs@gmail.com