Caravan Motor Homes: El Primer Trabajo

PARAMOUNT, CA., 1978.- Concluyó el fin de semana. Al final de la jornada del viernes, se recogió la cooperación para las cervezas. El compa Beto del Montecarlo fue a traerlas. El era el encargado, y vaya que estaba preparado. La cajuela del Montecarlo se había convertido en una hielera.

Así, al salir de la nave industrial de Caravan Motorhomes, en el estacionamiento ya esperaban las “chelas” bien “helodias” para despedir la semana.

En la cajuela de un Montecarlo, Beto había hecho una hielera donde colocaban las cervezas para festejar la semana laboral. Foto: José Fuentes-Salinas

El Bob, uno de los dueños y supervisor de la compañía se hacía de la vista gorda. Solo cerraba la puerta de la fábrica para evitar compromisos.

De Zacatecas, Sinaloa, Michoacán… los compas que hacían zumbar herramientas todos los días, bromeaban, y hablaban de la familia de aquí y de allá, de los autos, de lo que pasó en la semana, de nada… De todo. Se pitorreaban de aquel amigo del Bob que daba la impresión de que trabajaba mucho, andando de prisa de aquí para allá, pero que, al final, lo que hacía era meterse a las Motor Homes y ponerse a escuchar radio.

Pero el que sí le ponía duro era el Ramón, que como un Rambo de las herramientas automáticas ponía la estructura y el triplay de los muros de esos coches casa que pronto podrían andar paseando en Yosemite o Malibu. Todos, como hormiguitas, tenían un trabajo específico. El Zardo, un chamaco zacapense que a sus veinte años, tenía su primer trabajo en una fábrica, se encargaba de poner las hojas de fibra de vidrio que van sobre la cabina del conductor. Luego les colocaba el tanquecito del gas, y ya cuando las unidades estaban terminadas les echaba un impermeabilizan de chapopote en la parte de abajo. También les pintaba las franjas de los costados. Con spray de chapopote, había veces que quedaba como mapache, pero, al revés: el rostro oscuro y los pómulos claros, protegidos por las gafas.

Carpinteros, soldadores, ensambladores, pintores… Aquí se aprende de todo, compa. A Vicente se lo cotorreaban porque venía de La Piedad, Michoacán, pero, de pronto, era ya un mecánico especializados.

“Este guey hacía ollas en el ‘terri'”, decía Ramón.

Y Vicente le reviraba:

“Y tu hacías guaraches en Purépero, cabrón… Ja aaaa…”

El viernes era el día del cheque. Quienes habían hecho “overtime” libaban cerveza con más gusto. Sabiendo que el sábado se irían al mercado de Mariscos de San Pedro, a darse un festín, o al Swap Meet de paramount a “chacharear”.

Para el Zardo, esa era una experiencia de aprendizaje. Ahí, en California, conocía lo que era trabajar de verdad, como lo hacen los mexicanos. Con dos años de estudio universitario, veía con orgullo ese cheque que pronto lo irían a cambiar a la tienda de Wilmas, y, acaso, le podría raspar un poco para comprarse una garrita para lucir bien en la escuela nocturna de inglés como segundo idioma.

El Zardo, a sus veinte años, no se aguitaba de ese trabajo “sucio”.

“Los únicos trabajos que no sirven para un carajo son los que pagan mal y no aprendes nada”, se decía, mientras le ponía atención a la forma como Vicente soldaba y cortaba láminas con herramientas automáticas que luego aprendería a usar.

Y, al final, con una cervecita en la mano, celebraba con todos la forma en que los coches casa salían todos los días, con una precisión de una perfecta cadena productiva.

Psicología y marketing de la moda: #bebe Online

DE COMO la moda y el consumo es el resultado de la aplicación de una serie de ideas estéticas y psicológicas al servicio del marketing: el caso bebe.

La identidad

Sus clientes tiene entre 18 y 35 años, una edad en que la búsqueda de la identidad pasa por el cuerpo y por la capacidad de seducción. “Yo no tengo eso que tienes, pero con esto que tengo puedo conseguir muchos de los que tú tienes”, cuenta un chiste sobre el Complejo de Castración. Es por eso que la marca bebe, que fue inspirada en el slogan de Shakespeare “To Be or not to Be” usó de modelos a las Kardashians, Rihanna, Katy Perry… y otras nalgonas.

La moda del Siglo XXI es un conjunto de ideas decantadas del psicoanálisis y las estética al servicio del marketing. Maniquíes al la venta en el Swap Meet de Carson, California. Foto: José Fuentes-Salinas.

El fundador
Manny Mashouf (78) el fundador de Bebe, no fue un modisto. A él le gustaba la carne, cuando abrió una restaurant de asados, pero se había graduado de Ciencias Políticas en la Universidad de San Francisco, luego de haber inmigrado de Irán. Ser o no Ser. Cuentan que fue después de una fiesta en San Francisco, cuando las palabras existenciales de Hamlet lo llevaron al bautizo de su tienda.

Online
En 1976, cuando Manny Mashouf fundaba sus tiendas de ropa en San Francisco, no muy lejos de ahí, Steve Jobs y Steve Wozniak estaban inventando en su garaje una de las máquinas que enterraría su negocio, la Apple. Cuarenta años después, en Marzo del 2017, bebe anunciaba que cerraría sus tiendas porque, entre otras cosas, sus consumidoras preferían comprar con un click desde sus computadoras.

Arte y seducción
Frente a la tienda bebe del Centro Comercial Del Amo, en Torrance, dos vendedoras de cosméticos observan los anuncios de ofertas a mitad de precio.
“Estas ofertas no son mentiras. Realmente se tienen que ir”, dice una de ellas. “No es como cuando en las temporadas de ofertas primero suben los precios, para luego aparentar rebajarlos”.
El centro comercial es una galería de arte en movimiento. Es a veces un arte grotesco, pero arte al fin. Caminan muchachas con cabelleras verdes, azules y violetas. Lucen pantalones nuevos agujereados. Los escaparates muestran la creatividad del arte minimalista, con ropa íntima y diseños que de otra forma serían parte de una galería.
La experiencia de venir a un Centro Comercial, es casi como ir a un Swap Meet, pero mucho más caro, y si las sorpresas en el mercado de pulgas están en el suelo, aquí van caminando o están sentadas.
“A mi me gusta comprar caminando, no sentada frente a una computadora”, dice una de las maquillistas.

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  • José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., Abril, 2017

Swap Meet: de cómo sin proponérselo, los comerciantes son “ambientalistas”

Trino y Ramón ya están guardando sus chunches para irse.

Los Vientos de Santa Ana han enviado una onda calurosa al Sur de California, y el asfalto en el Swap Meet de la Villa Alpina empieza a arder.

Con sus bigotes canosos y su rosario en el pecho Ramón va guardando en cajas de cartón CDs, videos y candelabros de vidrio. Hace ya varias semanas que no le veo algo más interesante. El fue el que me vendió el buzón oxidado que ahora uso para guardar las deudas pendientes. Lo tengo arriba del escritorio, a un lado de mi título de psicólogo, para que no se me olviden.

A Don Trino no le he comprado nada, pero hoy tenía un estuche oxidado para herramientas que me vendió en cinco dólares. Lo voy a lijar y lo voy  a pintar por dentro para guardar unas pocas herramientas para talachitas menores. Trino es de Talpa, y Ramón, de Guadalajara. Hay veces que no compro nada, pero me la paso a gusto platicando con los comerciantes y tomando unas fotos.

“Usted sí parece un charro”, le digo a Trino, quien trae un enorme sombrero de caporal, negro, así como se usan en Jalisco.

“Te lo vendo, si quieres”, dice, “ya he vendido cinco. Este es tan bueno que hasta me mata las pulgas, ja jaaa”.

Los comerciantes de artículos usados son, de cierta forma unos ambientalistas. Foto: JFS

Trinó es un hombre ya de la Tercera Edad, pero se ve macizo, levantando y guardando en el camión cadenas, palas y otras herramientas.

“Con eso ya no necesita ir al gimnasio”, le digo.

Trino dice que ya tiene más de 30 año vendiendo en el Swap Meet. Tiene muchas historias para cada cosa. Por ejemplo, hablando de los sombreros cuenta que allá en Talpa, había un amigo que andaba borracho y se quedó dormido a la entrada del Santuario de la virgen, con el sombrero a un lado. La gente que pasaba, pensaba que era un pordiosero, y le iban poniendo dinero en el sombrero.

“Pero cuando despertó vio un montón de billetes en el sombrero y gritó: Milaaagro!…  ja jaaa…”.

Caminando, pasado el mediodía, me encuentro con el “Indiana Jones”. El carga otros tiliches para su puesto,  y siempre anda vestido con traje militar.

“Estas cosas me las acaban de vender”, dice. “Aquí también entre los negociantes nos vendemos las cosas”.

“Indiana Jones” me explica que hay muchas formas de aprovisionarse de cosas.

“Hay muchos que van a las subastas de bodegas de alquiler. Tú sabes: hay gente que renta un cuarto para meter sus cosas y se va a otro estado, y ya después no vuelven y el gerente remata sus tiliches. Quienes van a la subasta son bien coyotes y de una primera vista ya saben cuánto puede valer todo”.

Cuenta que a veces se llevan sorpresas, como cuando en un abrigo encuentra unas cuantas joyas, o en una caja de clavos oxidados un pequeño anillo con diamante.

“Así me pasó la otra vez. Necesitaba unos clavos, y a un vendedor de aquí le compré una caja de clavos y al sacarlos salió un anillito de oro con diamante que vendí por 300 dólares”.

Al Swap Meet, tanto comerciantes como clientes, muchas veces solamente se van a distraer.

“¡Ya despiértate, viejo!”, le dicen a un vendedor que se estaba echando una siestecita. “De seguro ahorita vas a llegar a decirle a tu mujer que te cansaste de dormir, porque no hubo clientes”.

 

– LONG BEACH, CA., 1, Abril, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

La Basurometría como nueva disciplina de las Ciencias Sociales

LA BASUROMETRIA es la disciplina de las Ciencias Sociales emergentes que se encarga del estudio de la relación entre lo que desperdicia una sociedad y la economía. Esta idea no me fue sugerida por Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, sino por un trabajador de la basura del Condado de Los Angeles. En plena recesión económica, me dijo: “a la puchica!… habías de ver vos el tipo de basura que ahorita están tirando, esa si que hiede”. Mi amigo me dice que en tiempos buenos, la gente se deshace de una pantalla de televisión relativamente nueva, o unas lámparas estilo Tiffanny, o mesas de centro estilo Provenzal con solo unas cuantos raspones… Hoy comprobé que la economía está en buen estado, ahora que se anunció que se ganaron más de 234,000 empleos en Febrero. Pues resulta que llevé a la Goodwill de la Avenida Wardlow unos cuantos tiliches que ya estorbaban en el garaje: una silla mecedora de ratán, un reloj de pared que no calificaba para antigüedad, pero tampoco funcionaba del todo bien, una silla… Esperaba que el encargado de la bodega que está detrás de la tienda me dijera: “oiga señor, muchas gracias, déjeme darle su recibo”. Pero, en su lugar, me dijo displicentemente: “ahí déjelos”. Y lo que ocurre es que hoy Domingo tenía mejores tiliches que le acababan de traer. A la entrada de la bodega, estaban varias mesas de centro estilo provenzal, un comedor de madera muy elegante, una vitrina… Ya me daban ganas de solamente hacer un intercambio. “No cabe duda que la economía está mejorando”, pensé. Cuando regresé al garaje, vi a mi alrededor las cosas que estaban esperando ser vendidas en una venta de garaje, o en Craig List, como objetos que no tenía sentido conservar. Me quedé pensando más bien en la idea de poco a poco regalárselas a mis compas del Mercado de Pulgas, el Swap Meet de la Villa Alpina de Carson. Si, quizá al Bigotes o al Cowboy de Zacatecas le sirvan más. Hace poco, le llevé a una pareja de Cocula, Jalisco una bolsa de ropa, con unas playeras deportivas, y la señora (cómo es noble mi gente) no me dejó ir sin que le aceptara un billete de cinco dólares.

Ando algo cansado de la espalda, y más vale que me ponga a escribir dos o tres pendejadas. Pero me siento satisfecho de haberme enfrentado en un segundo round a ese monstruo del garaje, donde todo el lío empezó porque “hay gato encerrado” y el Departamento de Control de Animales de Long Beach nos dijo que le pusiéramos una jaula al susodicho, porque esta es la temporada en que los gatos andan “como burros en Primavera”, y no nos vayan a querer hacer un regalito que no deseamos.

Bodega receptora de artículos para donar en las tiendas Goodwill, de Long Beach, California. Foto: JFS

-Long Beach, California, 12 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

Las adicciones: las menores

“YA SE ACABO EL CAFE”, me había dicho la Chulita hace una semana. Fui al Coffee Bean & Tea Leaf de Palo Verde y Spring. Ahí, la dueña tiene la costumbre de regalar un café por cada compra de un paquete de granos. Nos gusta el Colombia Nariño. Es una aroma y un sabor que se podría utilizar de loción para después de rasurarse o como aromatizante de ambiente. Mi café, si es bueno, me lo tomo sin azúcar y sin crema, desde que una vez, de adolescente, le puse atención a un comentario de Brigitte Bardot. Así lo he hecho por muchos años, y puedo apreciar mejor su sabor. Para más detalle, el café lo preparo fresco, en una cafetera Cuisinart que nos regaló Marlon, que muele y procesa el café al instante.

Tengo gustos baratos. Y esta es mi única adicción. Ahorita les explico por qué.

Ayer sábado que la Chulita se fue a trabajar a una conferencia, me preparé mi granola Quaker con un plátano y leche, y me fui a arreglar el garaje. Estuve ahí un buen rato batallando con un monstruo que siempre, a las pocas semana, se vuelve a fortalecer y hasta se ríe de mis esfuerzos de ser organizado.

Luego, fui por un sandwich de jamón a Subway y me puse a leer los cuentos de Cortazar en el patio. Estaba relajado, con las begonias, el bambú, y el cedro a mis espaldas, cuando empecé a cabecear. Era una ambiente perfecto de Marzo, sin frío ni calor. Pero de pronto, ya cercanas las 4 de la tarde empecé a sentir un poco de jaqueca, algo más bien inusual en mi.

Me levante. Fui a regar el pasto. Aquí en Long Beach, los días permitidos para regar son los martes y sábados, desde la llegada de la sequía. ¿Por qué en un día tan perfecto me llega este pinche dolor de cabeza?… Empecé a inventar explicaciones, todas ellas relacionadas a la química: el polen de los pinos, un mosquito que me transmitió el zika, el jamón del sandwich estaba mal, el exceso de esfuerzo al arreglar el garaje, el baño de sol, la despertada tempranera, el cambio de los horarios (hoy perdimos una hora de sueño)…

Cuando llegó la Chulita, se sorprendió que le aceptara un Advil, y que en la Pizzería Rizzini’s no pidiera una Sam Adams, ni un vinagrito.

Con dolor de cabeza leve me fui a dormir. Pensé en eso que hacen los doctores cuando le preguntan a uno: ¿Del uno al 10, cuánto le duele?… Yo diría que era como un siete, algo así como una cruda mal curada. Tuve un mal sueño. Soñé que a lo mejor empezaba a padecer de presión alta (me la había medido antes y estaba regular), o que algo más complicado estaba ocurriendo. En la era de la megainformación, uno se imagina todo tipo de catástrofes, la información no nos ha servido para sentir que tenemos más control de nuestras vidas.

El domingo me desperté con esa punzada aún en los parietales. Antes, la había tenido en la nuca. Pero “la mañana es más sabia que la noche”, decía Domingo, mi amigo de Curimeo.

En la mañana se me ocurrió que ayer se me había olvidado tomar mi dosis de cafeína.

Así les pasa a los viejitos. Cuando su viejita no está, se les olvida tomarse sus medicinas.

Granos de café Colombia Nariño. Foto: JFS

-Long Beach, California, 12 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

Librería Barnes & Noble: encuentro con los lectores

ERA IMPRESIONANTE LA CARGA. Puro peso pesado. En la fila de libros en español de la librería Barnes and Noble, en Torrance, California, tenían apartados un montóncito de munición intelectual que hubiera identificado a un profesor de UCLA o USC. Eran libros de Nabokov, Chomsky, Borges,… Pero Ponciano y su hermano no eran profesores universitarios ni maestros de primaria… Ni periodistas.
– Yo estoy retirado -dijo el hermano- y él se vino Estados Unidos de matacuaz.
Conversamos. Oriundos de la Huerta, Jalisco, allá por los rumbos de Casimiro Castillo, y Cihuatlán, Colima, Ponciano se había venido en los tiempos de José López Portillo, cuando se escaseó el trabajo. Dice que su gusto por los libros lo aprendido en el seminario.
Pero el gusto era un poco insostenible porque en el pueblo no había una sola biblioteca, aunque si muchas cantinas. Aún así, antes de venirse a los Estados Unidos a trabajar en la construcción, ya había leído la filosofía de Ramón Xirau y las obras de Octavio Paz.
Maestro en la construcción, y en la construcción de su propia cultura, Ponciano y su hermano parecían niños que entran a un supermercado de juguetes, y uno a uno van echando libros a la canasta como quien echa gruesos ladrillos para leer.

Lectores en compra de libros en la Librería Barnes And Noble, de Torrance, California.

  • Torrance, California, 10 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

INTERNAUTAS: las aplicaciones tecnológicas (APPS) y la vida cotidiana

DESPUES DE VARIOS Años de sequía, se han dejado venir varias tormentas a California. Después de varios años en que unos han cambiado el pasto por grava, por plantas tolerantes a la sequía, la lluvia se ha ido acomodando al paisaje. Por fin he podido usar la aplicación radar NOAA del clima en el iPhone. Lo uso junto con la otra aplicación de las predicciones del Weather Channel que muestra con unas nubecitas o soles el clima que habrá a cada hora del día. Así no falla. Las masas de humedad verdes y violetas se van moviendo desde el Oceano Pacífico hasta la Costa Oeste. Los noticieros de la televisión se van haciendo prescindibles. ¿Cuántas aplicaciones son realmente necesarias para moverse en la ciudad, para saber si uno tiene que salir con el paraguas o si puede planear un fin de semana?…

Y luego vienen los anuncios de las noticias que según alguien deberíamos saber inmediatamente. En la mañana… beeep!… sale un anuncio diciendo que el Trompas había vuelto a anunciar un decreto para restringir la entrada de refugiados e inmigrantes. Esa urgencia por interrumpir mis actividades de mañana es como si yo fuera un funcionario de inmigración, y en ese momento se me fuera aparecer un refugiado de Sudán. Además de trastornar los rituales de hacer llamadas telefónicas (antes se hablaba después de la comida a los amigos y familiares), ahora se trastornan los rituales para ver los noticiarios y enterarnos de cómo está el mundo. Y ya no digamos ese sagrado y antiguo ritual de sentarse por la mañana a leer los diarios con un cafecito a la hora del desayuno.

Hoy, por la tarde revisaba en el Twitter que habían nombrado a una nueva CEO de Google en México. El nombre de la mujer estaba “trending” en México. Gran bulla hacían por anunciar en el Día Internacional de la Mujer (hashtag que también estaba “trending”) y en decir que era la primera mujer en ocupar ese puesto. Les puse tres “Tuits”: 1) “MAL TRABAJO hace el gigante de la informática que en veinte entradas no dice quién es la CEO”. 2) “EL FUTURO DE Google está en educar a sus usuarios. La sustentabilidad está basada en la capacidad de los usuarios para producir contenidos de calidad”, 3) “LAS PERSONAS inteligentes interrogan a Google. Las otras se dejan bombardear por la publicidad y los mensajes frívolos”.

¿Qué tanta tecnología necesitamos para ser felices… para sentirnos que tenemos control de nuestras vidas y saber que podemos interactuar con los demás en la medida de nuestras necesidades?.

Momento en que los clientes de un restaurante de comida rápida esperan hacer pedir sus platillos, al tiempo que revisan sus celulares.

En las últimas columnas que escribió el semiólogo italiano Umberto Eco trataba de ocuparse de ello, pero con cierta desconfianza. Platicaba: “yo casi siempre traigo apagado mi móvil. Lo enciendo cuando necesito hablar o revisar mis mensajes (…) cuando murió mi padre, me enteré 6 horas después. Estaba en una conferencia. Pero si me hubiera enterado antes esto no hubiera cambiado nada”.

Soy psicólogo y “no puedo negar la cruz de mi parroquia”: “EL ESTRES DERIVADO DEL USO DE LA NUEVA TECNOLOGIA se basa en que nos crea la noción de que algo tremendamente importante va a ocurrir en cualquier minuto, y no podemos despegarnos de nuestros celulares”.

Si lo vemos bien, muchas de las cosas que vemos en las pantallitas (este corrector automático me propone en lugar de pantallitas, “pantaletas”, otro ejemplo de lo intrusivo que se ha hecho la tecnología) podrían esperar hasta el fin de semana, y no se va a acabar el mundo.

No tengo idea hacia dónde va la tecnología. Pero si tengo una idea de adonde no quiero que me lleve. No quiero que me lleve a una situación donde todas esas habilidades que tardaron siglos en desarrollarse, de un de repente queden desplazadas hacia la nube.

¿Como qué?

Como la capacidad de elegir nuestras propias preguntas, y saber cómo y donde buscar respuestas de calidad.

Umberto Eco tiene razón en que lo más importante para beneficiarnos de la Internet se basa en tener buenos filtros. A eso se le suele llamar “criterio”, “pensamiento crítico”…

Y ¿cómo se desarrolla eso?… En la práctica.

Hace unos momentos, Amazon me envió un mensaje de texto que me llenó de alegría: me decía que el envío del libro de antología de poesía mexicana editada en Quebec hace más de 25 años se había adelantado.

Curiosamente, mi poema que incluyen se llama “Mis gustos” y eso sobre el placer de escuchar a Bach en un radio viejo, o leer el periódico en papel, la primera mirada al jardín… Jaa jaja, cuando lo escribí no me imaginaba que algún día me iba a despertar con el iPhone y revisar en el Facebook si el mundo no se había acabado, y revisar en “INRIX” el tráfico de las autopistas.

-José Fuentes-Salinas, Long Beach, Ca., 6, Marzo, 2017, tallerjfs@gmail.com

 

LIBROS: Conversación con Umberto Eco

EN EL PRINCIPIO era la memoria hablada, en el principio, se declamaba la historia, la historia tenía diferentes tonos. Luego llegó la historia escrita a mano, antes de la imprenta, y ahí estoy yo viendo a Sean Connery vestido de fraile visitando el monasterio donde se hacían los libros incunables, donde cada letra era arte y disciplina.
Ya no podría saber más de lo que se ha escrito sobre “El Nombre de la Rosa”, ni podría preguntarle a Eco sobre esa diferencia de lectura entre su libro y la película. Seguramente me hubiera mandado a leer alguna otra entrevista, porque así es su costumbre.

Umberto Eco, “De la estupidez a la locura”, Ed. Lumen

Muchos le dicen semiólogo, semiótico, filólogo, arqueólogo de lenguaje, teórico de la comunicación… Novelista, ensayista… O escritor.
Pero la realidad es que saber más de todo eso ya no podría ocurrir.
“Umberto Eco murió en la tarde del viernes a los 84 años”, dijo la BBC el 20 de febrero de 2016, quien tuvo la elegancia de definirlo simplemente como “escritor y pensador” que “vendió más de 1 millón de copias de El Nombre de la Rosa”, en varios idiomas. “Fue incluso llevada al cine”, dice la noticia que con esto terminaría dándole la primera puñalada al escritor post mortem.
La definición era sólo por una novela y por la cantidad que vendió, así como por el bautizo que le hizo el cine. Pero a decir verdad, al final incluyeron una frase de cómo el propio Eco se definía: “yo soy filósofo, escribo novelas sólo los fines de semana”.
Eso lo recupero para mí, para el encuentro que tuvimos en la librería Barnés and Noble de Torrance, California, y que continué en la de Long Beach.
Encontrarlo ahí y no en Amazon.com tiene una gran diferencia.

Leyendo a Umberto Eco en Barnes and Noble Bookstore.

Ahí podría escrutinar con más paciencia cada una de sus ideas que dijo antes de morirse de cáncer de páncreas. Como se sabe este tipo de páncreas es el más rápido y más agresivo y tan sólo por eso, el escritor ya no tuvo tiempo de planear otra gran novela.
Así es que su libro nombrado “De la estupidez a la locura, crónicas por el futuro que nos espera”, subrayando con mayúsculas: “EL ULTIMO LIBRO DEL GRAN MAESTRO”, era un verdadero pretexto para sentarse ahí con un café a conversar.

– ¿Por qué usted que se ha pasado la vida hurgando los libros viejos y nuevos ahora le da por ocuparse en los teléfonos celulares y en la Internet?

“Los móviles están cambiando de manera radical nuestra forma de vivir, por lo que se han convertido en un objeto interesante, desde el punto de vista filosófico. Al dado también las funciones de una agenda en la palma de la mano, y una computadora con conexión a la red, el móvil es cada vez menos un instrumento de oralidad y más un instrumento de escritura y lectura. Como tal se ha convertido en un instrumento o modo de registro”.
No le quise contar en ese momento, que con iPhone había podido copiar algunos de los párrafos de su libro, en lugar de escribir notas en un papel, ni que en un instrumento así me había enterado de varias noticias de su muerte.
El, qué pasó del siglo XX al siglo XXI con una buena carga de sorpresas, no le pareció extraño eso de las “fake news”, que unos muchachos de Macedonia solían fabricar y que incluso el general Flynn se las creyó.
De hecho, me confesó que él solía consultar la Wikipedia y que a decir verdad sólo había tenido que corregir dos o tres cositas de su biografía. El veía como un riesgo que en la Wikipedía todos pudieran cambiar y editar los textos, pero que, al final de cuentas, entre todos se detectan las mentiras e imprecisiones.
Fue cuando recordé que en algún momento eso me había pasado cuando edité la semblanza de Zacapu, mi lugar de nacimiento. Conociendo bien mi ciudad, una vez escribí que los bosques y lagos se veían amenazados por la mancha urbana, e incluía varios datos olvidados de los fundadores de escuelas, cines, comercios… Años después alguien había borrado mis datos ecológicos.
El profesor lo tomaba todo esto con calma.
Cree, como yo, que hay que construir un discurso sobre los usos y abusos de la tecnología, hay que organizar una reflexión, pero hay que empezar desde las escuelas, hay que enseñar a filosofar, como también dice Fernando Savater.
Esa tarea es difícil por la rapidez con que ha ocurrido los cambios de la tecnología cibernética, el consumo.
Y a manera de ejemplo dice que si él hubiera tenido un auto como los de ahora cuando empezó a manejar quizá hubiera chocado.
“Yo crecí manejando, crecí con los cambios de los autos”.
Del 2004 cuando apareció el Facebook, al 2010 cuando, tenía 400 millones de usuarios, el profesor experimentó un extraordinario cambio, pero ¿para qué?.
“El problema es que fue como si todo lo que se decía en un bar lo dijeran de repente en las redes sociales”.
La seducción y el entusiasmo que produce lo nuevo es algo que siempre distorsiona las necesidades, más ahora en estos tiempos de una explosión publicitaria nunca antes vista.
El me lo explica mejor: “la relación entre entusiasmo tecnológico y pensamiento mágico es muy estrecha y va ligada a la confianza religiosa en la acción fulminante del milagro. El pensamiento teológico nos habla y nos hablaban de misterios, pero argumentaba y argumenta para demostrar hasta qué punto son concebibles o bien demostrables. En cambio, la fe en el milagro nos muestra lo nominuoso, lo sagrado, lo divino que aparece y actuar sin demora”
Para Eco la cuestión de cómo usar la tecnología tiene que ver con los filtros que da la preparación académica, la filosofía, la revisión de los cambios que hubo en otras ocasiones.
Mucha gente confunde el “reconocimiento”, “la fama”, el protagonismo, con otras cosas banales… Y tarde o temprano aparecen las consecuencias: por ejemplo un presidente que en lugar de explicar cuestiones complejas, envía “tuits” sobre cualquier cosa que se le ocurre, y dice que los medios son unos deshonestos.
Como como todo pensador, el profesor no se ocupa de todo los problemas que ha traído consigo la nueva tecnología, o lo que desde la revolución industrial han llamado “progreso”.
Como buen conversador con los signos, ahí escrito unas cuantas ecuaciones que las siguientes generaciones habrán de responder.
De lo que si advierte es que se necesita un buen filtro para saber lo que es relevante, ya que los días no son tan extensos, ni la vida larga.
Pone de ejemplo el cuento de Jorge Luis Borges “Funes el memorioso”, el tipo que podía memorizar todo, incluyendo lo más irrelevante.
“Internet esa hora como Funes. Como totalidad de contenidos disponibles de forma desordenada, sin filtro ni organización, permite a cada uno de nosotros construirse su propia enciclopedia, esto es su libre y personal sistema de creencias, nociones y valores… Así que, en teoría, podrían existir 6000 millones de enciclopedias diferentes, y la sociedad humana se reduciría al diálogo fragmentado de 6000 millones de personas, cada una con su propia lengua distinta que sólo entendería el que el habla”.

—José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com. Con datos del libro “De la estupidez a la locura”, Umberto Eco, Ed. Lumen, Ensayos.

 

Sobre “El valor de las cosas”

“USTEDES NO SABEN EL VALOR DE LAS COSAS”, decía mi hermana la mayor cuando veía un trapo o un juguete tirado. Cuando veía el riesgo de que aquel objeto se rompiera, se perdiera, se deteriorara.

Y es que para ella los objetos no eran objetos. Eran trabajo de mi padre en la sastrería, o dando clases de música aguantando chiquillos latosos, o monjas tacaños que le pagaban un mal salario.

Por eso se preocupaba mi hermana, porque no entendíamos esas leyes que la economía más tarde me explicaría: los objetos, la mercancía, es igual a trabajo, mas recursos, más ganancia.

Y con decir eso se decida mucho: el trabajo que era aprender a tocar un violín, aprender a leer las partituras, escuchar mucha música y poder transmitir el gusto por Beethoven y Bach a los míos. El trabajo era treparse a una bicicleta Hércules para irse a dar clases, o para irse a la sastrería y decirle a un capitán: “deje la mesa la pistola, y abra las piernas para tomarle medidas de la entrepierna”. Y aprender hacer ese trabajo y hacerlo se le iba la vida a mi padre.

Los objetos tenían pues ese trabajo, ese entusiasmo de sudar, de decir, de cortar tela, conocer, explicar, imaginar…
Los objetos eran trabajo, y el trabajo era la vida, y la vida era muchas cosas incluyendo sacrificios, argumentaba mi hermana sin decírmelo directamente para que yo lo entendiera.
Luego vino la confusa adolescencia, la crisis de identidad, la búsqueda de las referencias definitivas sobre el valor de las cosas. Vino el idealismo, y el materialismo filosófico, vino el psicoanálisis de los fetiches, el romanticismo. Tomadas de aquí y allá las frases se acomodaban a las circunstancias: “las mejores cosas de la vida no son cosas”; “entre la materia y el espíritu, la materia pierde”; “sólo venimos a soñar”; “vanidad de vanidades, todo es vanidad”; “si eres lo que tienes, ¿qué eres cuando lo pierdes?”… Amor y Paz brother; All You Need is Love…
Me di cuenta a tiempo de la trampa.

Los objetos tienen un valor en sí y un valor de cambio, “ayyyy…  mi casita de Palma… Ay, mis Naranjos en flor”… La casa es los padres y los hermanos, el refugio de la desesperación, el olor a sopa, y a canela… pero también es la inversión, la especulación, del millonario llegado a presidente.

Entonces me di cuenta que cuando mi hermana me decía “ustedes no saben el valor de las cosas” tenía un poco de razón. Nosotros, como niños, nos veíamos la fotografía completa, la historia de los objetos, los sacrificios de tiempo y vida que hicieron los mayores.

Es muy probable que por eso, ahora ya de labregón, me ha dado por juntar dos o tres objetos viejos que me permiten reflexionar en lo que hicieron por mí.

En el mercado de pulgas, he comprado el sacapuntas como el que tenía la maestra Meche en su escritorio, la maquinita de escribir con que hacíamos las tareas en la secundaria… Ah!.. Y estos hermosos cuadernos en que escribo con una excelente pluma con tinta china resistente al deterioro.

Por las tardes cuando regreso de trabajar, entro al estudio y saludo a los Cowboys de plástico que alguna vez mi hermana me regalo para un Día de Reyes. Lo recuerdo bien. Ese día Los Reyes Magos nos habían dejado en los zapatos sólo unos calcetines nuevos y unos dulces, y mi hermana al vernos tan aguitados a mi hermano y a mí, de su dinerito que le pagó la China Pimentel por hacer vestidos, fue a comprar unos juguetes a la tienda de Chuca.

A mi hermano le tocaron tres apaches, y a mí tres Cowboys, los dos paquetes con una pistola de dardos.
No sé cuánto valdrán esos muñecos, como antigüedad. No me interesa. Me interesa entender que son parte de la vida de mi hermana, y no una mercancía.

Les decía pues que los objetos tienen un valor en sí y un valor de cambio, así como lo explica Paquita la del Barrio: “Yo no soy letra de cambio, ni moneda que se entrega, que se le entregue a cualquiera, con mucho y que al portador”.

Y es aquí donde nos atoramos.

¿En qué momento los objetos dejan de ser su historia, su origen y se transforman en lo que el mercado y la publicidad quiere que sean?. ¿En qué momento, a través de la metonimia, la parte sustituye al todo?.

La base del coleccionismo es la metonimia, es el valor que los millonarios busca acumular, y cuando están por morir lo comparten. La redención de los millonarios son sus museos.

Cuando era niño, encontré un autorretrato de Rubens en un charco. Le quite el lodo, lo dejé secar y se lo di a mi hermana. Luego, ella lo cortó con unas tijeras y lo pegó en el álbum. Era un álbum de pinturas famosas impresas de las cajetillas de cerillos clásicos ilustrados. Ya de adulto, cuando vi la pintura original en el museo Norton Simón de Pasadena casi me hinco.

La cosificación de la vida, la materialización de lo cotidiano ocurre cuando el Rembrandt impreso en una cajetilla de cerillos es sólo basura reciclable, y los museos son sólo la promoción de un filántropo millonario, y un gancho para atraer a los turistas para gastar en una ciudad.

“Ustedes no saben el valor de las cosas”, decía mi hermana.

Eso lo entiendo ahora.

No. No lo sabíamos, porque éramos unos niños.

Pero la mayoría de los millonarios tampoco lo saben. De otra forma no me explico como hay tantos artistas que pasan hambres, mientras los millonarios llenan sus mansiones con el arte de unos cuantos elegidos.

Los objetos son su historia. En la gráfica se ve dos de los cowboys sobrevivientes de hace más de medio siglo.

-José Fuentes-Salinas, 21, ene., 2017

Instrucciones para esperar en una sala de hospital

SEA PACIENTE, aunque no esté internado. Asegúrese que tomó su dosis diaria de cafeína, pero no se desespere. Reconozca el lugar del sanitario. Acostúmbrese al olor a desodorante, a las lociones de las señoras y a la pizza de pepperoni de esa mujer que llegó en silla de ruedas de doble rodada. Pregúntele a la recepcionista cuanto habrá de esperar, pero no crea lo que dice. Cuente más bien cuántas cabezas hay en la sala y no se ocupe del mal aspecto que tienen. El dolor siempre es así de aburrido: los gestos se descomponen, los párpados se caen… La sala de un hospital es mala para conversar en temporada de catarros. Así es que mejor evite las conversaciones. No abra la boca. Mejor, abra su teléfono-computadora y en la pantalla cuéntese usted mismo un cuento -que sea pequeño por si le toca su turno.
No vaya hacer esperar al radiólogo para que le retrate ese esqueleto desgastado.

Las salas de espera son así, ya sabe cómo. Foto: JFS

José Fuentes-Salinas, Irvine, California,  13. Ene. 2017. tallerjfs@gmail.com