About José Fuentes-Salinas

José Fuentes-Salinas is a writer, photographer, poet, essayist, painter and editor. He wrote for the Cultural Section of the mexican newspaper El Universal, under the edition of Paco Taibo I. His works appear in "El Fin de la Nostalgia, Nueva Imagen, and, among other publications his texts on photography are included in "Mexican Suite", by Oliver Debroisse, by the University of Texas Press. In the USA, he has been working in La Opinión Newspaper and Impacto USA.Under the name of "Tío Caimán", he published the first Children's page in California, with stories, and other literary games.

CDMX: Crónicas del Metro

EL METRO

En sus 226 km, el metro de la ciudad de México transporta 5.5 millones de pasajeros, 1 millón más de su cupo.

Jorge Gaviño, director del sistema de transporte colectivo, dice que en horas de máximo uso hay 6 seis personas por metro cuadrado.

Los mexicanos que en cada problema tiene un chiste, diciendo que por un precio se da pasaje, masaje y agasaje.

EL INSTINTO

Marlon nació en el hospital Adolfo López Mateos de la ciudad de México frente a los Viveros de Coyoacán.

Desde antes de nacer ya usaba el metro. Cuando nació lo siguió usando, y cuando ya podía caminar, con sus padres se iba de vago lo mismo a los viveros de Coyoacán que al Zócalo  en el corazón de la ciudad.

De estación en estación, a los viveros llegaba a repartir cacahuates a las ardillas, y en el Zócalo a ver payasos, merolicos, mimos, músicos y ciegos cantantes.

En vagones que con frecuencia parecían latas de sardinas, desde que viajaba en brazos de sus padres, Marlon desarrolló el reflejo de doblar el brazo y protegerse de los apachurrones con su codo.

ESTACION ETIOPIA

Aún con colesterol alto y arritmias, las arterias del metro de la ciudad de México han sido la mejor forma de llegar a tiempo a casi cualquier Lugar.

La estación Etiopía era la que me acercaba y me alejaba del departamentito de la colonia Narvarte, entre Heriberto Frías y Esperanza.

Esa era la mejor estación para llegar sin transbordar a:

—La librería Gandhi que estaba en la estación Miguel Angel de Quevedo.

—La Alameda Central cercana a la estación Hidalgo.

—El Centro médico, donde estaba el hospital infantil Federico Gómez que alguna vez salvó la vida del guachito, de un infección de shigellas.

—La estación Morelos en donde se llegaba a las mejores taquerías de la ciudad de México.

—La estación Juárez donde estaban los talleres literarios del ISSSTE donde conocí a los  poetas y escritores: Juan Bañuelos, Homero Aridjis, Carlos y Illescas, y Edmundo Valadés.

—La estación viveros de Coyoacán donde descansábamos de la amargura del smog.

ESTACION UNIVERSIDAD

Eran los años ochentas, La guerra en el Salvador estaba destruyendo comunidades.

Quienes no tenían vocación de mártires salieron a México o a Canadá.

En la ciudad de México se organizaban eventos de solidaridad con los exiliados.

Uno de ellos había sido un baile de en un seminario católico cercano al metro universidad.

El problema fue que terminó muy tarde, cuando la línea del metro había dejado de funcionar. Los noctámbulos esperamos la primera salida del metro después de la madrugada.

En cuanto nos sentamos nos quedamos dormidos.

Roncando y durmiendo, sin saber, nos convertimos rápidamente en el espectáculo de los pasajeros que iban subiendo por la mañana rumbo a sus trabajos.

Nos despertamos sin saber si íbamos o regresábamos.

 

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 07282018

Contacto visual: el negocio de los cosméticos

De todas las formas de comunicación, la más elemental es la visual.

Un guiño, una sonrisa taimada, están enganchados con las primeras formas de comunicación infantiles.

La forma que vemos y que nos ven es la puerta de entrada al saludo más elemental: “buenos días”, “¿cómo está usted?”.

Esta forma de comunicación no es nada despreciable.

A principios del siglo XXI, la industria de los cosméticos valía 160.000 millones de dólares en el mundo, y los norteamericanos gastaban más en belleza que en educación. ( *)

Pero este gasto es un poco inexplicable: las personas cada vez se comunican menos cara cara.

Buena parte de este gasto en cosméticos se podría ahorrar comprando un programa de Photoshop en computadoras y teléfonos celulares.

 —José Fuentes-Salinas, www.tlacuilos.com
Referencias:
(*) The Economist, May, 22, 2003

Los Héroes de la Independencia

¿Me lo habría mandado algún dios misericordioso en un acto de magia?.

Todo aquello era muy raro.

El viernes había ido al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson.

Pasé a conversar con Enrique, el vendedor de joyas usadas, monedas viejas y chacharitas.

Hacía una semana que le había comprado un peso mexicano con mi fecha de nacimiento, en un acto de nostalgia.

Hablábamos y hablábamos de lo feliz que nos hacían nuestros atribulados padres como estas moneditas del día domingo.

Esa monedota de Morelos la llevada desde entonces como un fetiche, como una moneda de suerte.

Al regresar a la casa en Long Beach me quité la ropa para lavarla.

Saqué de las bolsas del pantalón mis llaves, mi billetera y la moneda de Morelos.

De pronto, sentí que en un rinconcito de la bolsa había otra monedita.

Era doña Josefa Ortiz de Domínguez, la heroína de la independencia, que acaso no quería dejar solo al Generalísimo Morelos.

¿Cómo habría llegado allí, de donde?

Cuando vi que era de la misma fecha de mi nacimiento entendí el mensaje: alguien del más allá quería recordarme que los pesos pesados están hechos de las humildes Josefitas de cinco centavos.

 

—José Fuentes-Salinas, 07202018.

PASADENA CHALK FESTIVAL 2018: Crónicas de la imaginación

Bajo un cielo nublado sin lluvia amenazante, el gis multicolor se extiende en el concreto.

Aparecerán aves de rapiña, aves del paraíso, actrices, gatos y monstruos.

Aparecerán manifestaciones políticas y de afecto.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro. Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro.

Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos.

En el festival del gis de Pasadena, la cultura cibernética se da la mano con la pintura rupestre de pintar con polvos de colores.

Leo Aguirre, con una mano sosteniendo su teléfono computadora, usa la otra para hacerle aparecer a un actor de película sus arrugas.

Es la libertad de crear un arte efímero que desaparecerá el lunes en las aceras de turistas y perros.

Israel, un pastor religioso que perdió a su esposa por el cáncer ha preferido pintar protestas sobre una manta extendida sobre el suelo.

“Cuando ella aún vivía me molestó que algunos la pisotearan. Por eso ahora pinto en el suelo sobre una manta”.

Entre la mujer barbona y el Hombre Araña, entre extraterrestres y personajes de Hollywood el arte rupestre reclama su acomodo.

Los artistas de la gis, con su fridomanía compiten por la atención de quienes salen de la convención de los extraterrestres en el Civic Auditorium.

Se raya el rostro y la piel con el gis, se talla con los dedos, y entre la sensualidad del suelo aparecen luces y sombras, piernas y pechos.

Y el día lunes, cuando empiece de nuevo la semana, y se apresuren los horarios, todo desaparecerá en las alcantarillas.

Bryan y Raquel Rojas hacen honor a sus ancestros de Panindícuaro. Con un libro de códices mexicanos y con las uñas pintadas de la virgen de Guadalupe, sabe que su arte se engancha con el viejo oficio del tlacuilos. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 06172018. tallerjfs@gmail.com

JARDINERIA: Descripción de una casa infantil

EL MURO ERA DE HIEDRA tejido de raíces y hojas. Era el rostro verde oscuro de la casa salpicado por puntos luminosos de verde tierno. Se habría tejido poco a poco, lo imagino. Yo era un niño que de pronto tenía conciencia del mundo vegetal. Mi casa era un museo botánico. Donde se pusiera la vista había formas de vida. Frente al muro de hiedra, a la entrada, había una acumulación de rocas, pequeño volcán que expulsaba palmas chinas. Entre las rocas, yo que soy tan pacifista escondía los soldaditos de plástico con lanzagranadas y metralletas. Había concreto y bardas de alambre sin invadir lo sagrado. Como en bancas improvisadas en la base de concreto, se sentaban los conversadores, y la red de alambre era el juguete infantil para rebotar la espalda.

—¡Chiquillos!, no se mezan en la barda.

Había otra bardita de ladrillo agujereada para conversar con los vecinos Miguel, Pancho, Fernando, Luis y Socorrito. Los agujeros los usábamos de escalera para treparnos a la conversación.

—¡Chiquillos!, no se vayan a caer.

En ese pequeño cuadro del jardín se improvisaba un parque sin resbaladillas. Nunca tuvimos auto pero la entrada del zaguán era suficientemente amplia para que entraran albañiles y bicicletas. La base del pasillo eran seis cuadros de cemento enmarcados por el pasto. Las bardas en las que no se colgaban los niños se colgaban las madresselvas. El museo vegetal tenía un aroma irresistible para pájaros insectos.

…y había también una higuera que ocasionalmente daba higos por tanta sombra, pero que complementaba con sus hojas la variedad de los diseños. Foto: José Fuentes-Salinas.

El otro jardín frontal, el más extenso y presumido era la galería del color de mi madre con un pozo de agua y limonero incluidos.

Oriunda de los bosques templados de México, las Xicaxochitl, flores de jícama, las dalias eran las preferidas de mi madre. Con semillas y bulbos, la abundancia de pétalos multicolores hacían de la primavera la lujuria de la vista. Zinnias y gerberas, margaritas y amapolas, nomeolvides… para un niño ese era el Palacio Real. Bloques de triángulos y trapecios separados por caminitos de pasto, me pregunto si acaso fui alguna vez fui el jardinero Real más joven de Zacapu.

Entrando a la casa, en sala, dos cuartos y cocina al lado izquierdo, antes del corral de gallos y gallinas, estaba el portal donde se observaba la huerta de duraznos amarillos, priscos y de hueso colorado, donde las granadas y los chabacanos nunca pudieron competir con tanta fruta.

Fracturados por el peso de su éxito, mi madre a veces cortaba los duraznos verdes que rompían las ramas para cocerlos en dulce. Entre la huerta y los portales había otras maravillas, los aromas y sabores de la hierbas de olor, tomillo, hierbabuena, manzanilla o mejorana, sabían a sopa y te.

La casa era un ecosistema en otro ecosistema. Teníamos de vecinos un alfalfal que nos dividía con los cerros del malpaís donde alguna vez vivieron mis ancestros los purépechas.

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 05192018. tallerjjfs@gmail.com. Instagram: tallerjfs

La cultura está hecha de escritores muertos

AHORA LE tocó a su poeta irreverente, el que tenía la misma edad de su padre, y hasta se le parecía en su forma de hablar directa.

El no creía en las coincidencias, pero el jueves le sorprendió ver en el supermercado de libros la antología del escritor chileno.

Ya tenía una antología publicada en México, pero era de 1993. En 25 años, seguro que habría algo nuevo, aunque sabía que el viejito se había recluido en un pueblo lejano y melancólico donde le habían celebrado sus primeros 100 años, y, en el Youtube se podían ver videos por tal motivo.

El hombre no era consumista, ni siquiera de libros. Quería saber si la nueva antología del poeta cascarrabias había agregado algunos poemas que valieran la pena. Sacó la nueva antología y quizo tomarle fotos con el iPhone al índice para compararlo con el libro, pero la empleada lo detuvo: “no puede tomarle fotos a las páginas”. Y, por más que le explicó que solo era el índice, la empleada no dio otra respuesta. Salió de la librería encabronado. “Por eso se los va a llevar la chingada, son como burócratas”, se fue pensando.

Los supermercados de libros rara vez tienen la atención al cliente que los viejos libreros tenían. Foto: José Fuentes-Salinas.

El viernes no fue a trabajar.

Echó al morral de cuero el libro de antología y se fue a otra tienda de libros más cercana a su casa. Pero antes pasó al café. Compró un paquete de granos de Colombia Nariño y le dieron una taza de café gratis.

Se sentó. El vapor del café se levantaba sobre la mesa. Luego empezó a escuchar la plática de las mesas de al lado.

“Esto debe ser un hospital, no un café”, se dijo.

En la mesa de un lado se la pasaban hablando de la genética del cáncer y los últimos tratamientos. En la otra, unas señoras detallaban los problemas de la ciática, y los tumores malignos y benignos. Ellos, y ellas, con cabezas blancas o calvas, provocaron que el hombre sacara el libro “Poemas para combatir la calvicie”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. En la portada Nicanor Parra parecía reírse de las pláticas.

Fue entonces, que el hombre se puso a pensar en si el poeta todavía vivía. Le parecía raro que en los Estados Unidos hayan sacado una antología con pasta dura.

La pregunta se la hizo al Google.

Fue entonces que se dio cuenta que a principios de año se había muerto sin hacer tanta bulla.

Quizá para evitar ese tipo de pláticas como las que ocurrían en el café de Long Beach el poeta se había retirado a una playa lejana a vivir.

El hombre dio un sorbo al café y se quedó pensando que sus escritores favoritos iban colgando los tenis, y este que era el más longevo se había ido de manera más discreta.

Se imaginó entonces una anti-biografía del anti-poeta:

Nicanor Segundo Parra Sandoval, poeta, matemático y físico. Nació en San Fabián de Alico, murió en La Reina. Dos hijos, Colombina y Juan de Dios… ¡Válgame Diós!… No creía en Dios. Más que poemas, escribía anti-poemas. Tenía alergia a la cursilería. RIP.

Libro de Nicanor Parra y cuaderno de escritura sobre la mesa de un café. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com, 05122018.

 

RIVERSIDE: Chalk, gis, tiza… el arte efímero

DE ESTA PLANCHA oscura del asfalto aparecerá el color y el rostro.

Bajo el sol del mediodía Jesús Castañeda, con su gorro de aficionado del equipo de fútbol Atlas, crea arte donde no hubo nada, donde tampoco mañana lo habrá.

Es un arte ancestral de rayar rocas y muros con arcilla coloreada, con gis o tiza.

La tiza la usaron los antiguos mexicanos. Es la tierra blanca que lo mismo podría encontrarse en Tizapán que en Tizayuca.

El gis también lo usaron los antiguos egipcios para trazar pirámides.

El gypso o gypsum lo usaron los griegos y romanos, y el mismo Leonardo da Vinci.

Pero en la calle del centro de Riverside, California, Jesús Castañeda solo la usa para recordar su infancia y sus ancestros mexicanos.

“Esto que estoy haciendo está inspirado en uno de los murales de Diego Rivera”, dice ante una camarita que registrara lo que mañana será solo un recuerdo.

Bajo el caluroso mediodía, Jesús Castañeda traza una diseño de una mujer inspirado en los murales del pintor mexicano Diego Rivera, en el centro de Riverside en el Festival del Tamal, 2018. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 —José Fuentes-Salinas, Riverside, California, 04212018. tallerjfs@gmail.com

BIBLIOTECAS: Libros viejos

HAY PALABRAS que se escriben y se dejan andar.

En la flamante Biblioteca Pública de Hawaiian Gardens, California, entre libros nuevos comprados por catálogo, hay uno que se muere de pena, de viejo, de rústico.

Es un libro que tendría más éxito como antigüedad, como curiosidad.

Es un libro que entre 1973 y 1985 fue sacado a la luz solo por 11 lectores que están marcados con tinta en la solapa. Después no sabemos, yo, en el 2018, soy uno de ellos.

Es un librito oscuro descolorido que ya no tiene nada de blanco.

A su título “Belleza” se le tapó la “B” en esa pasta dura de keratol.

La obra que el poeta Juan Ramón Jimenez dedicó a la “inmensa minoría” tiene un cachito de emoción que lo define todo.

“¡Qué bello este vivir siempre de pié —¡Belleza!— para el descanso eterno de un momento!”

“Belleza” de Juan Ramón Jimenez, un libro viejo, acaso leído por una docena de lectores en su estancia en la Biblioteca de Hawaiian Gardens. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, Hawaiian Gardens, Ca. 04282018. tallerjfs@gmail.com

JARDINERIA: La personalidad de las plantas

Reiko Uchida, la jardinera de las plantas de Los Jardines Botánicos de Palos Verdes me dice que su abuela tenía tanta confianza y amor a las plantas que lo mismo las regañaba que les cantaba canciones.

Mi amigo Juan Rodriguez, con quien solíamos conversar sobre jardinería, cuando diseñaba el periódico Impacto USA, contaba que su esposa solía impacientarse con la lentitud de la adaptación de las plantas.

—Aquí no se le ruega a nadie -decía mientras le daba un jalón a una planta caprichosa.

Mi amiga, Doña Lupe Chon, una valiente mujer sinaloense de Rosarito que tiene una amplia experiencia con las plantas conversaba conmigo el otro día y le comentaba cómo los agaves de mi jardín parecía que les había caído una plaga o acaso tenían exceso de agua.

Me aconsejó que los hiciera sufrir un poco, que los dejara un poco sedientos.

—¿Qué no ve cómo están acostumbrados a sobrevivir en el desierto?

Mis agaves entendieron el mensaje de Doña Lupe.

Jardines Botánicos de Palos Verdes, CA. Foto: José FUENTES-SALINAS

—José FUENTES-SALINAS, 0418.2018. Long Beach, CA

ANIVERSARIOS: la pareja reencontrada

Habían cumplido 60 años, y 14 de casados.

Era una edad en que las posibilidades de que un sueño profundo y definitivo se hacían reales.

Pero ellos tocaban madera todos los días.

Primero él, que en la oscuridad hacia crujir la tarima del cuarto antes de irse al gimnasio.

Luego ella, que abriendo la ventana de un jardín iluminado de verde y oro se calzaba su ropa para irse a la danza del jazz.

No tocaban la madera del antiguo árbol de los celtas, ni las astillas de la cruz donde se originó el conjuro, pero caminaban firmes sobre esa madera del suelo macho-hembra, y eso era suficiente.

Al cumplir 14 años de casados, estaban en un hotel de la bahía de San Diego. Estaban en una de esas conferencias de maestros como en la que se habían reencontrado 14 años atrás.

En eso pensaba cuando salió a caminar mientras ella trabajaba hablando de seminarios y derechos humanos.

Por la noche, tuvo un sueño, donde llovía y veía los barcos moverse por el canal donde atracaban antes de volver a salir al mar.

Al despertar, abrió la ventana para asegurarse que realmente había sido un sueño.

Luego vio el buró, donde su esposa le había dejado un sobre.

Era una tarjeta donde aparecía un barquito, con un corazón de vela al viento y ellos juntos en una nueva aventura.

—José FUENTES-SALINAS, 14, Abril, 2018.

En el sueño le llegaron sueños que había vivido por la tarde, mientras caminaba. Foto: Bahía de San Diego, California. Foto: José Fuentes-Salinas.