About José Fuentes-Salinas

José Fuentes-Salinas is a writer, photographer, poet, essayist, painter and editor. He wrote for the Cultural Section of the mexican newspaper El Universal, under the edition of Paco Taibo I. His works appear in "El Fin de la Nostalgia, Nueva Imagen, and, among other publications his texts on photography are included in "Mexican Suite", by Oliver Debroisse, by the University of Texas Press. In the USA, he has been working in La Opinión Newspaper and Impacto USA.Under the name of "Tío Caimán", he published the first Children's page in California, with stories, and other literary games.

COLONOSCOPIA: Crónicas médicas de cómo preparase para una revisión de la cañería

Por José FUENTES-SALINAS/ tlacuilos.com

ES UN MOMENTO IMPORTANTE para apreciar los trabajos sucios, la plomería y la endoscopía. Un día antes, piense que es un desamparado o un líder sindical y que hará un ayuno en protesta de algo.

TOMARA GELATINAS, jugo de uvas verdes, o caldo enlatado si es usted masoquista. Nada rojo que confunda a los doctores. Aproveche la inmovilidad para justificarse un ocio que no se suele dar.

ESCRIBA, ABURRA a sus amigos con cualquier ocurrencia en el Facebook, pero evite ver fotos de comida, y si insisten en ponerlas hágales “Unfollow”. Poco a poco, conforme avanza el ayuno su mente se aclarará, pero todavía viene lo mejor.

Escritorio con la biografía de Sigmund Freud, de Peter Gay. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

LA TORTURA EMPIEZA por la tarde cuando los olores de la cocina le llegan con aroma de cilantro y ajo, de filetes de pescado y pan horneado. En ese momento habrá que imaginarse que ha cometido un grave crimen y que le harán beber 4 litros de agua salada, con dosis cada 15 minutos de 240 ml.

NO SE ALEGRE de que los primeros vasos le supieron a una margarita o a una Michelada mal hecha. Lo bueno viene después, cuando hagan efecto las dos pastillitas y el primer litro de agua, o cuando apenas va la mitad y ya quisiera declararse culpable de cualquier crimen inventado.

ENTONCES, RECONOCERA, en lo que entra y en lo que sale, que en nuestros infatigable días acumulamos demasiadas porquerías. Tendrá entonces, un poco de sentido de humildad y mirará lo valioso de tener un baño al lado de su cama. Hasta ahorita no se había dado cuenta, pero el cuarto de su casa lo había convertido en un cuarto de hospital.

SI YA VIO DEMASIADA TELEVISION y se enteró en el Facebook de que el mundo se está acabando, de que los gobiernos no funcionan, de que dios lo arregla todo, de que uno se murieron y otros acaban de nacer, de que hay fórmulas para llorar y para no llorar… Si de tantas pantallas sus ojos, no solo su ano, están irritados, ciérralos, recuéstese y empiece imaginar el capítulo de esa biografía que está leyendo.

REPASE MENTALMENTE cómo ese hombre que exploró las profundidades de los sueños, escribió sus explicaciones reconociendo los suyos y los de sus pacientes. Si casi cercana a la medianoche siente que ya está por vomitar cada vasito de agua salada que va a tomar y que la botella de cuatro litros parece no bajar, lea nuevamente las instrucciones y alégrese de ver que lo que sale se está haciendo tan transparente como lo que entra.

AL DIA SIGUIENTE, cuando el doctor Lee, así como lo hacía el doctor Freud, haya explorado las partes más turbias de su persona se sentirá tremendamente relajado al saber que no hay por ahora motivo de preocupación, y que la cañería está bien.

Consultorio Médico. Foto: José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

CRONICAS: De cómo en California se celebran Rosca de Reyes y Levantamientos del Niño Dios

Por José FUENTES-SALINAS/ tlacuilos.com

ANAHEIM, CALIFORNIA.- En el mercado donde hace unos días aún estaban los chamucos coqueteando con las pastoras, y los Reyes Magos se apuraban con su oro, incienso y mirra; el mercadito donde se venden metates y molcajetes, yerba de cuachalalate y estafiate, donde se curan dolores de todo, con remedios del changarro de El Señor de los Milagros o con acupunturistas chinos; en el mercado, al fin, donde se vende oro y pozole… Ahí van llegando los niños dioses para celebrar La Candelaria.

Junto a changarros con la Santa Muerte y Malverde, o con sombreros Stetson, o tanguitas y lencería para las faenas nocturna… Ahí llegan los niños dioses para que los vistan o ya van vestidos para el día de La Candelaria (2 de febrero) en que los tragones de Rosca de Reyes habrán de ponerse a mano con la tamalada y, además, serán padrinos del niño Dios.

Niño Dios. Anaheim Marketplace. Foto: José FUENTES-SALINAS.

¿De cuál niño Dios?

Hay muchos para elegir: Niño de la abundancia, Angel de la guardia, Niño del buen consejo, Santo niño de Atocha, Niño de las palomas, Niño del Nazareno, San Charbel y Santo Papa, con silla y hasta con tableta digital, con modelos a su gusto incluso con el uniforme de chivas.  Niños milagrosos y venerados, doctores y cirujanos con padrinazgo y compromisos…

Tienda de artesanías mexicanas en el Anaheim Marketplace. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

Los rituales de la Nochebuena pasaron por el día de reyes, —hay.… No me vengan a degollar en la rosca—. Jesús el arrullado… Jesús el pretexto para el para todo: tamales y atole para el Día de la virgen de la Candelaria de los patos por el rumbo de Texcoco, México,  o aquí, cerca de Disneylandia.

Los fervorosos creyentes quieren ya levantar a María y vestir con ropa nueva al chamaco. Pero aunque tiene 40 días, ya le amenazan a su niñito con un crucifico y un Nazareno con una corona de espinas, ¿por qué tanto sadismo?, no hay que ser, vamos ahi, no sean hojaldras, por qué desde ahorita le anuncian la friega que le van a poner esta bola fariseos y cómplices del Imperio. Oigan, no!, mejor déjenlo de “mi angelito de la guardia, de mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”.

A ver, a ver, hay que se más sensatos.

¿Por qué no visten mejor a un niñito inmigrante para que le dé diarrea al presidente Trompas?

01/25/2020. Versiones del niño Dios en el Marketplace de Anaheim, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

CRONICAS: De cómo cocineros, meseras y empleados de un restaurant trabajan como reloj

Por José FUENTES-SALINAS/ tlacuilos.com

LONG BEACH, CALIFORNIA.- Me gruñen las tripas. Busco algo que me aliviane el sábado. No, no quiero mesa, le digo a la cajera. Me da cuchillo y tenedor envueltos en una servilleta y me voy a sentar a la barra. Cuando voy solo, me gusta ese lugar para ver como trabajan en chinga mis paisanos y también La Guera. La rubia se llama April, y se ve como una de esas señoras que no estudiaron una carrera, y por eso andan en chinga anotando pedidos, sirviendo vasos con agua o café, limpiando la mesita de la caja, dando órdenes, recibiendo quejas, revisando la ruta crítica de la “rush hour”. ¿Más café? ¿más agua? ¿todo bien?…

El tlacuilo escribiendo crónicas en un café. Foto: José Fuentes-Salinas

Con esta pinche hambre lista para morder, y que no acepta explicaciones, ya me estaba encabronando porque luego de 20 minutos no salía mi omelette de vegetales con “hash browns” y pan integral. Pero me puse a ver también la chinga que se estaban poniendo los cocineros para sacar las órdenes. El viejo Marcial parecía un pulpo tirando huevos, volteándolos, jalando platos… igual que sus tres acompañantes, dos chavalas jóvenes y una señora. Pin pum papas!… Los cocineros eran como varios porteros de futbol a los que todos les tiran balones a quemarropa.

Yo estaba en la barra y decidí no sacar el iPhone a propósito, solo para ver esa cadena de producción donde el único lento era Leo, ese viejo ya en edad de retiro que parecía que solo hacía sombra junto a la barra a donde los jubilados se suelen acomodar.

—¿Quiere café? -me preguntó ese hombre que parecía un viejo elefante calvo.

—No. Mejor tráigame un omelette.

—Yo no soy mesero —dijo con sentido de propiedad.

El restaurante abre las 24 horas, pero a las horas del hambre parece un verdadero hormiguero. Es en ese momento en que se necesita la serenidad de los veteranos, con el dinamismo de los jóvenes. Marcial y Ana parece que se aíslan del entorno. Parece que no ven otra cosa que el tablero electrónico de las órdenes y como robotitos, avientan huevos, verdura picada, chorizos, tocino… y tienen un reloj interno que les dice: ya!… pásalos al plato. Luego sigue la siguiente linea de ataque, donde dos chamacas echan dos o tres platos en una charola y se los llevan a las mesas, revisando que sea lo que pidió el cliente.

Otras veces, mientras me sirven el plato, he tenido oportunidad de conversar con algún jubilado que invariablemente me habla de sus divorcios, de lo desagradecido de sus chamacos que no los visitan, de sus errores de no haber ahorrado, de su lucha por tratar de convivir con su actual pareja… Ah!… y sobre todo de lo enajenante que es la tecnología que les ha robado la conversación cara a cara.

Todavía hace unos años había a la entrada del restaurant dos o tres periódicos. Ahora ya no hay nada, ni siquiera revistas para las personas de la Tercera Edad. De ahí que si uno no quiere pegarse a la chingada pantalla del iPhone, no tiene más remedio que dedicarse a ese quehacer aristotélico de la observación.

Yo no pedí café, porque en unos minutos voy a pasar al café de a un lado, donde me siento más relajado. Eso hace que April ya no haya qué ofrecerme cada vez que pasa en zumba cerca de la barra. Me gruñen las tripas, pero mi enojo está convirtiéndose en admiración por los trabajadores. A una señora gordita y chaparrita que está cerca de la caja, April le repite dos veces en español que tiene que llevar café a una mesa. La señora se ve que no habla inglés, pero April no se enoja a pesar de que hasta la chamarra se quitó por el sudor de andar tan de prisa.

De repente llegan otros dos empleados, y April les dice que ella está en el frente y Javier está detrás despachando las órdenes en el Drive-Thru. Encima de que el restaurante se va llenando, las órdenes de los huevones que pidieron sus huevos por teléfono o por el Drive-Thru no dejan de llegar. Una de las muchachas se encarga de acomodarlos en las bolsa, revisando que sean las correctas.

April va a la caja, regresa, echa hielo y agua a los vasos, los lleva, regresa, les pregunta por órdenes a las meseras… Aún así se da unos segundos para preguntar: Do you need anything, honey?…

Por fin, luego de media hora, llega mi plato. Lo estaba viendo desde que Don Marcial se lo puso en el mostrador al muchacho.

El omelette con verduras parece que inmediatamente se me sube del estómago al cerebro.

Hace unos minutos, no pensaba dejar propina, pero, poniendo atención a lo que es el trabajo de los empleados, me sentiría mal si no lo hiciera.

Y no solo eso.

Llamo a April, y cuando ella está pensando en un reclamo, yo solo acierto a decirle: “You’re a Supermanager”.

Ella me da un leve abrazo y ríe.

“I try”, dice.

CRONICAS de Zacapu: las tradiciones de Navidad de la generación de los 50’s

Por José FUENTES-SALINAS/ Tlacuilos.com

En la infancia las palabras sucumben a las imágenes. El psicólogo Allan Paivio lo sabe: de la infancia más arcaica quedan imágenes, más que palabras.

Por eso, más que palabras, recuerdo a mis hermanos bajando del cerro con una rama de pino cortada a machetazos. Esa rama olorosa con muchas ramificaciones era nuestro árbol de Navidad que estaría sobre el nacimiento, hecho con musgo, flor de piedra y heno colgando sobre las ramas.

De heno, estaba también hecho el pesebre vacío, y entre el heno y la flor de piedra, mis hermanas acomodaban pastores borreguitos, leñadores, peregrinos y Reyes Magos. Las figuras eran de barro de Tonalá y solo las traían los vendedores en esa época. En cada año, siempre había algún fracturado algún remendado, y acaso alguien con prótesis, listo para irse a un descanso.

Nosotros vivíamos fuera de la ciudad, frente al camino que daba a los burdeles -la Zona de Tolerancia- y rodeado de milpas, y una huerta enorme de duraznos que cuidaba el viejito Don Avelino.

Este pesebre navideño del Indoor Market de Anaheim, California, muestra la evolución que vino después cuando las figuras religiosas se empezaron a fabricar de pasta, hechas en China. Foto: José FUENTES-SALINAS

La temporada navideña no era de compras excesivas, por lo menos no de esas compras de locura de irse a acampar fuera de las tiendas, como ocurre en California. Las compras eran de cosas para comer y beber, para jugar a las posadas dándoles garrotazos a las piñatas que con un último golpe certero les rompían el cántaro que estaba cubierto de papel pegado con engrudo.

No recuerdo que alguien se haya lastimado al brincar sobre los restos de barro de la piñata. Lo que sí recuerdo es que algunas veces los sapotes negros se aplastaban, o que pensando que era una jícama alguien jalara los cabellos de alguna niña.

Las compras navideñas eran si acaso para adquirir estrictamente la ‘ropa de frío’ que faltaba, o la consola para tocar los discos Long Play, o para surtirse de música en la única disquera de Zacapu.

“Ya se va a diciembre, ya es Año Nuevo… Déjame quererte más”…. La temporada navideña tenía sonido, sabor y aroma. Discos de José Alfredo Jiménez, de Los Dandys, de la Sonora Santanera, de Ray Conniff, de Tony Camargo y su burrito sabanero. La Navidad sabía a cañas y mandarinas, jícamas y guayabas, a ponche con o sin piquete. Olía a pino, a pólvora de cohetitos.

Se gastaba, había dinero en el pueblo: los aguinaldos de los empleados del gobierno, las utilidades de los obreros de La Viscosa, el dinero de quienes levantaban las cosechas, los dólares de los emigrados que regresaban a los “Hometown” con sus autos nuevos y su ropa americana que aguanta muchas lavadas.

Pero no había esas compras desbordadas con tarjetas de crédito. Las compras eran “frugales”, es decir compras basadas en lo que se había cosechado, en lo que se había ganado, no en la deuda. Había escasez, claro que había escasez, más en ningún momento sentí que la Navidad era menos porque no había regalos. Entre otras cosas porque la Navidad era solo para regalarse abrazos y para recuperar el optimismo para el Año Nuevo.

Los regalos eran más bien continuos por varios días que duraban las posadas, y si bien el pobre de José se exponía el rechazo continuo, los niños recibíamos cada día un aguinaldo con colasiones, ‘ponteduro’ y fruta. Todo lo que teníamos que hacer era participar en la procesión y no quemarle las mechas del cabello a una niña con nuestras velitas. Las velas, que fueron símbolo de los paganos que luego incorporó el cristianismo primitivo, era toda una celebración infantil en esas oscuras y frías noches de la Sierra Madre Occidental.

Las posadas se organizaban alrededor de grupos de amigos, colegas de trabajo o parientes. En mi infancia más remota, la posada más popular, o acaso la única, era la de la casa de Doña Chucha. Esa casa era casi como un casco de una hacienda de adobe a corta distancia del cerro del tecolote y frente a La Piedrera, dividida por la carretera México- Guadalajara.

Doña chucha era una mujerona de pelo largo canoso que era la madre de las amigas de mis hermanas. En esa casa se concentraba el producto de las milpas de maíz y las vacas lecheras. Había pues modo y espacio para la celebración. La procesión con las velitas compradas en La Palestina o en la tienda Don Juanito Cipres destacaban en el patio de tierra y frente al pozo de agua, cerca del corral Los cuartos sombríos de adobe servían perfectamente para hacer las estaciones de las posadas: “Ya se va a María… Muy desconsolada porque en esta casa no le dan posada”…

Cuando había buenos padrinos de posada, había hasta cuatro piñatas y tamales con atole.Más tarde, ya casi adolescente, supe de las súper posadas de la casa de Lupita Rivera, la compañera secretaria de mis hermanas. Allí había mariachi, y Lupita, que tenía voz de contralto, se echaban a sus palomazos. Sin embargo, esas posadas de la casa que estaba en la contraesquina del cine Bertha, y a pocos pasos de la sastrería de mi padre, me parecía que era más bien para adultos.

En aquellos años 60’s, en los que todavía muchos nos alumbrábamos con lámparas de petróleo diáfano, las lucecitas de varitas de alambre eran como luciérnagas moribundos que a veces se arrojaban a la oscuridad del cielo confundidas en cometas. Y las palomitas de pólvora, buscapies y cohetitos eran explosiones de alegrías para los niños que fuimos.

La temporada navideña en México era larga, pero nunca se juntaba con el Día de los Muertos.

Concluía el 6 de enero, fecha en que antiguamente se celebraba la Navidad, antes que la iglesia la recorriera para hacerla coincidir con el solsticio de invierno, la fecha en que los romanos celebraban al sol.

Ah!… Esa despedida de la temporada sí que era una verdadera celebración infantil.En el misterio de la noche, los Reyes Magos entraban por rendijas de las puertas para dejar juguetes, ropa y dulces en los zapatos de los niños.

Yo nunca pedí cosas muy especiales, pero mis vecinitos que tenían menos recursos que mi familia una vez les pusieron a los Reyes Magos alfalfa, agua y cigarros para que fueran más generosos y trajeran los regalos esperados.

EL CAFE -Long Beach, California

EL CAFÉ  

  • Por José Fuentes-Salinas
  • En Instagram: taller_jfs
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    * Primer acto. 🎬Uno viene de un departamento, otro de una casa. Ambos tienen un poco de privacidad en sus hogares, y también una cafetera. Pero aún así, buscan una privacidad riesgosa, una privacidad que se podría interrumpir con una conversación de otra mesa o por el atractivo visual de una muchacha que pasa a un lado, o por dos chiquillos que acompañaron a su madre y que juegan con sus muñecos. En esa privacidad frente a sus pantallas, el café levanta su vaporcillo pero ellos están demasiado concentrados en el ciberespacio como para apreciar esa tangible maravilla.

    LOS CAFES: Primer acto, la privacidad de los consumidores. Long Beach, California. FOTO: José FUENTES-SALINAS

  • Segundo acto. 🎬

    Los niños, dueños del optimismo, llegan con su madre a dar su aporte al día. Comen panes con queso y leche con sabores. Luego descubren allá afuera a un amigo de la casa. Uno de ellos sale a la puerta y le grita un saludo -Que lo obliga de buena gana a pasar a saludarlos.

  • Niños en una cafetería de Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

  • Tercer acto. 🎬

    Por las mesas pasan ecuaciones y problemas, cuadernos y conciertos, chisme cibernéticos, y cuando ya se han ido los otros, la mujer que ha venido de lejos se sienta a la mesa para saludar en su pantallita a dos o tres amigos cibernéticos.

    11.09.2019. Café en Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

MES DE LA HERENCIA HISPANA: La hispanidad y los hispanos en California

Quien quiere comunicarsebusca la manera. El que sabe más de un código se adapta al que sabe menos.

Mis sobrinos pequeños me perdonan mis tropiezos con el inglés, y yo sus limitaciones con el español, y así tenemos grandes conversaciones.

Pero hay algunos hispanos que crecieron hablando mal el idioma de sus ancestros, y, con frecuencia, no perdona mi mal inglés, ni tampoco se perdonan ellos mismos el gusto por ejercitarlo aún con sus limitaciones.

Querer comunicarse en cualquier idioma debe ser juzgado solo por la honestidad querer poner una experiencia en común.

El Español Salvadoreño también es parte de la cultura hispana en Los Angeles. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

LA LIBERTAD.-La libertad de expresar las emociones e ideas como uno mejor pueda es un derecho sagrado.

Desde chico, le respete a mi hijo la libertad de hablar español o inglés, según él se sintiera.

También me adjudique la libertad de hacer yo lo mismo. A veces, él me hablaba en inglés y yo le contestaba en español. Al final, los dos ganamos. Su español es tan decente como el mío, aunque a veces es tan lento como mi inglés.

Mi esposa cuando se acelera me regaña en su idioma nativo, el inglés.

LOS HISPANICS.-Iba yo de un periódico hispano en español. En el evento de la revista Hispanic, en el hotel Biltmore, la edecán no hablaba español, ni el publirrelacionista, ni el “Speaker”. Yo pensaba que lo que nos unía era el idioma hispano, pero pronto me sentí como el patito feo, como el frijol negro entre el arroz refinado.

Al final, fueron generosos y aceptaron mi inglés con acento.

Y en lo que pudimos coincidir fue en la pronunciación de los Martínez y los Garcías.

LAS MEZCLAS.-Fuera de las palabras ofensivas de significado universal para referirse al “primer regalo” que hace el ser humano al mundo (según Freud), los idiomas tienen muchas variantes que se refieren a la historia de la cultura de sus hablantes. El inglés y el español tiene muchas palabras de otros idiomas. Son más de 1000 las palabras árabes del Español.

¿Por qué ocurre?

Por la necesidad de compartir una experiencia con una mayor economía de palabras. “Cliquear” es un buen anglicismo del español porque me ahorra una explicación de 10 palabras. Pero también puede ocurrir los abusos de un hablante holgazán, que a la primera provocación dice “marketa”.

LOS ABUSOS.-El primer libro de poesía que me entusiasmó fue “Hojas de hierba”, traducido del inglés al español por editorial Novaro.

Era de los pocos libros que tenía Camilo, el ciego que enseñó a Zacapu la cultura de libros y revistas, desde su tienda.

Para el adolescente que fui, ese tabique de Walt Whitman fue la tablita de salvación al tedioso curso de literatura española del siglo de oro en la escuela secundaria.

Años más tarde, un día llegó mi hijo de la High School, en  Long Beach, a que le ayudara en sus clases de español.

No pude.

Quizá vengándose de los abusos sufridos en la universidad, la maestra de español quería que los chamacos que apenas aprendían en el idioma de Cervantes leyeran La  Celestina y otras obras del español antiguo que aún para mí resultában tediosas y complicadas.

CRONICAS de la vida cotidiana: “Los Pasajeros”

POR José FUENTES-SALINAS/ Tlacuilos.com

Ruta 50, Katella Ave.,, Long Beach-Anaheim.- Nos identifica nuestras palabras y nuestros orígenes nuestra forma de acortar la distancia entre un ego y otro, nuestra naturalidad para saludar, para recordar, para enunciar el principio de la conversación.

Ella y yo somos todavía de la época en que no necesitábamos “vejigas para nadar ni celulares para intercambiar palabras”. Debo decir “ellas”, porque son varias. Van en el bus a las 6:00 de la mañana listas a limpiar cuartos, a recoger ropa sucia, atender turistas en Disneylandia o viejitos en casas de asistencia.

“Mire, yo soy dentro de Yurécuaro, ¿conoce?. Si si si… Ya ni me diga. A mí me gustan esos tamalitos de zarzamora y los chongos zamoranos, ya ni se diga. Fíjese que tengo un hermano que tiene una quesería en Yurécuaro, Y cuando voy me hace chongos especiales para mí… Sí, sí… Y las Corundas, cállese, yo sí conozco esos tamales que dice usted que le ponen frijoles en medio”.

En la conversación en movimiento uno tiene que dar para recibir, uno tiene que ofrecer una historia para jalar otra. “Tirar hilo para sacar madeja”, decía mi hermano Salvador.

Vamos por Katella avenue. El bus  va dejando en su destino a varias trabajadoras.

“Ándale pues, que tenga usted un bonito día también”.

Se va la de Yurécuaro y sube una señora con un andador y se sienta en la sección de discapacitados. Manda un mensaje de texto por el celular para decir acaso que ya subió al bus. Luego suben otras dos señoras, pero uniformadas. La saludan afectuosamente le dan un beso en la mejilla y se sientan enfrente de ella detrás del chofer.

“¿Y cómo te has sentido?”, preguntan.

“Pues aquí, mira a ratos bien y ratos mal”.

“¿Y ahorita te vas al doctor?”, preguntan.

“Sí, ahora me toca ver al cirujano. Ya vi al ortopedista y el quiropráctico”.

Después de unas cuadras las señoras de uniforme también se bajan del bus.

“Cómo la quieren”, le digo a la mujer del andador.

“Es que trabajamos juntas. Bueno trabajábamos hasta que me amolé la rodilla”.

¿En donde trabaja?, pregunto.

“En una de esas casas de viejitos que le llaman a Assisted Living. De repente voy a saludarlas y hasta me pongo a vacilar con las señoras que también usan walkers para caminar”, dice. “Les digo: miren ahora estoy como ustedes, vamos a echarnos unas carreras”.

“Usted tiene sentido del humor. Qué bueno. Eso la salva de la desesperación”, le digo.

“No nos queda otra. Fíjese que este médico que tengo es muy bueno. La otra vez estaba con él yo muy seria y preocupada, y me empezó a tomar medidas de la rodilla, y llamó a la asistente, y me medía y me medía, y de repente me dijo: ¿de qué madera va a quererla?… ¿De qué qué?, pregunté. ‘Su pata de palo’, dijo y yo solté la carcajada.

 

UN DIA DESPUES

Subió con el mismo andador el segundo día.

“¿Cómo le fue con su doctor?”, le pregunté.

“Bien”, contestó en seco.

Vi que su entusiasmo de ayer había desaparecido.

Si volteaba hacia hacia ella, el sol me pegaba de frente. No intente más. Luego llegaron sus amigas. Les di mi lugar a una de ellas para que estuviera de lado platicando. Me senté al frente de ella con el pasillo del bus en medio.

“¿Por qué no me has hablado Mari?”, le dijo.

“Disculpa, es que me siento mal. Todo anda revuelto. Mi mi hijo está en el hospital”.

Las amigas se bajaron después de tres cuadras para transbordar otro bus.

Supe entonces que la mujer que ayer daba lecciones de entusiasmo se llamaba Mary, y que tenía un hijo enfermo. Abrí por ahí el diálogo.

“Sí. Fíjese. Él está muy mal. La diabetes se le complicó con los riñones, y luego de un infarto, nada más la mitad del corazón le funciona, y yo aquí con esta rodilla que no me funciona”.

Mary llora discretamente como quien llora con un desconocido.

Su hijo y sus dos hijas están en Guadalajara. Sus dos hermanos están en Oklahoma y Iowa.

“Uno solo está obligado a hacer lo humanamente posible”, le digo, “no se sienta mal. Seguro que su hija también debe estar preocupada por lo que le pasa a usted”.

“Sí. Me dice: ‘mamá si quieres vente’. Pero cómo me voy como me voy, si apenas con lo que les mando ellos pueden vivir. Mire, allá también son muy caros los médicos y mis dos hermanos pagaron por algunos exámenes. Si me voy, ya no puedo regresar”.

Ahora que no pude trabajar Mary, vive con una amiga que le da donde quedarse. También cuenta que otra le ofreció un trabajo de ayudar a una persona con cáncer.

“Me dijo: ‘mira es nomás que le arrimes sus medicamentos, que le hagas compañía y le cambies de pañal’. Yo le dije: Pues si así como estoy de amolada te sirvo de algo, pues, si quieres, voy. Y, así, voy lunes y jueves al doctor y los otros días me voy a ayudarle. Me da 80 dólares por una semana”.

Llegamos a Disneylandia. Me bajo frente a Walgreens para comprar leche para mi cereal. En el camino voy pensando en Mary, en la forma en que se las arreglará para caminar con un andador de aluminio y darle sus pastillas a la paciente de cáncer, y luego cambiarle el pañal.

SWAP MEET: Las cajas de herramientas

  • Por José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos

 

“These are the REAL TOOLBOXES”, le dije a Alex.

El chiquillo se me quedó viendo.

Estas son las cajas de herramientas que tu tío conoció, mucho antes de las computadoras.

En el Swap Meet de la Villa Alpina, el tío llevó al muchacho a hacer un recorrido de la historia que mostraban los objetos. Montones de muñecos desperdiciados, herramientas manuales desplazadas por las eléctricas, ropa del último “Viernes Negro”…

Las cajas de herramientas eran un artículo apreciado por los comerciantes. Si no se vendían, les servían de todos modos para guardar los fierros que querían vender.

Alex no entendía cómo esas cajas de herramientas con filos oxidados podrían ser de algún uso, pero no se lo decía por respeto al tío. Sabía qué él siempre le daba algún acomodo a todo, y que si compraba cosas usadas no era por tacañería, sino porque no le gustaba que hubiera tantos desperdicios.

Cajas de herramientas reparadas. Foto: José FUENTES-SALINAS/TLACUILOS

La de ese día era la tercera.

Otras dos las tenía ya en su garaje. En una había acomodado las herramientas del jardín. En la otra, las herramientas para hacer “talachitas” adentro de la casa. Pero, ¿y la tercera?…

“Ah… ya verás”, le dijo. “Esta va a ser para las lijas, el tape, las brochas y las pinturas que a veces se necesitan”.

Salieron del Swap Meet. No sin antes saludar a medio mundo, a Trino “El Charro”, a Ramón “El Bigotes”, al Cowboy de Zacatecas y al Chilango Lango.

Alex paraba oreja. Viéndo a su tío conversar y vacilar con los vendedores aprendía esa habilidad cada vez más en desuso de hablar cara a cara.

En la casa, el tío sacó las pinturas, el tape y unos esténciles para marcarles letras.

“¿Te ayudo?”, preguntó el chiquillo.

“¡Claro!… Fíjate bien nomás lo que hago”.

El tío le puso cintas de tape alrededor de la caja pegadas a hojas de papel. Luego les pintó una franja, y ya cuando estaban oreándose en el sol, le dijo: “ahora tu ponles las letras”.

“¿Cómo?”

“Verás. Con estos cuadritos huecos, se los pegas a un lado, le pegas tape y cubres lo demás, y ya, cuando las cajas estén listas le echas spray”.

A la caja de jardinería le pusieron la “G”, a la de cables de electricidad, la “E”, a la de pintura la “P”, a la de herramientas, la “H”….

“Y ¿por qué a esta la “T”?”, preguntó Alex.

“Porque es la de los ’tiliches’…. Jaa aaaa…”

“¿Y qué es un tiliche?”, preguntó Alex.

“Es algo que uno no sabe para qué carajos sirve… como las cosas que mucha gente regala o vende a los del Swap Meet”.

Ese día, Alex aprendió muchas cosas de su tío.

La más importante: a no ser desperdiciado y a darle un segundo uso a las cosas.

 

 

PSICOLOGIA RECREATIVA: ¿Para qué sirven los “recuerditos”?

Por José Fuentes-Salinas

Leo en el Daily News sobre el nombramiento de un extenso parque en Porter Ranch, donde una tribu indígena local ha propuesto nombrar el sitio para honrar lo que sus líderes dicen que es su tierra ancestral.

En una carta enviada al Departamento de Parques y Recreación de Los Ángeles, un líder de la Banda de Indios de la Misión Fernandeño Tataviam escribió que el parque de 50 acres se encuentra en el territorio tradicional de la tribu, el antiguo pueblo de Sesevenga. La tribu está pidiendo a los funcionarios que nombren el sitio Sesevenga Community Park.

Me gustaría pensar que el nombramiento de un parque serviría para recordar a los habitantes originales. Y, sin duda, es justo lo que piden, pero no es suficiente. Hacen falta museos… y desafortunadamente para llenar esos museos se necesitan artefactos que acaso ya no existen.

ES AQUI, donde me pongo a pensar en el valor de los “recuerditos”, esos objetos que uno tiene en la casa y que tan solo al verlos desatan memorias de sus orígenes.

MIENTRAS escribo esto en mi estudio alcanzo a ver una salsera de porcelana que alguna vez usó mi madre cuando llegaban invitados especiales como Don Vicente Granados, ese chef inmigrante que se fue de Michoacán a Filadelfia y que nos visitaba cada año. Está también una camarilla de tomar cine de otro inmigrante, Don Antonio, quien tomaba películas familiares en los 60’s en Santa Clara, California.

Uno de los atractivos que tienen los mercados de pulgas, o Swap Meets, es que a veces uno se encuentra con objetos usados que le recuerdan ciertos momentos de su infancia, como esa bomba de spray de insecticida con la que se hacían exterminios de moscas en las cocinas de los lejanos pueblos michoacanos.

Los objetos usados que se ligan a una historia personal, familiar o social, son FACILITADORES DE RECUERDOS porque usualmente una imagen tiene una capacidad evocativa más inmediata que las palabras. No son autosuficientes, pero a cierta edad en que la memoria se hace menos eficiente podrían ser de gran ayuda.

En cada familia debería haber un encargado de juntar una buena cantidad de artículos importantes para la historia familiar, como una especie de “museo familiar”. Esto suele ocurrir con el hermano o miembro que tiene más posibilidades de mantener la colección. Aunque he sabido por lo que me cuentan en el Swap Meet, que suele ocurrir que “cuando muere el viejo”, los herederos venden la casa y se deshacen de los “tiliches”.

Estamos viviendo una época de gran consumo basado en la compra y desecho de objetos de corta duración. La movilidad de las familias (desplazamientos e inmigración) hace peligrar las colecciones, y con esto la organización de los auxiliares de la memoria.

¿Qué consecuencias podría tener esto en nuestra forma de pensar y de sentir?

En primer lugar, nuestra memoria no se hace tan precisa, y, con esto perdemos la PERSPECTIVA de lo que somos: ¿por qué somos así? ¿de dónde venimos y cuánto ha costado tener lo que tenemos?

Cada vez que veo la camarilla View Master que compré en Connery Road en Monterey, California, recuerdo cuando de niño pagaba 10 centavos por ver un disco con imágenes de diapositivas afuera de la iglesia. Eso me hace sentirme más agradecido con la tecnología que ahora uso, y sin duda, esa perspectiva me permite hacer un mejor uso de las cosas, al vez que sentirme más en control de lo que quiero ver.

Camarita View master proveniente del Cannery Road Antique Shop, de Monterey. California. Foto José Fuentes-Salinas.

Hoy, no tengo moscas en la casa ni mosquitos, pero la bomba de DDT oxidada que cuelga en la pared de mi estudio, me recuerda aquellos años en que la cocina de mi casa infantil tenía un cordón del foco completamente negro de moscas, y yo tenía que ponerme un pañuelo para rociar la cocina. Después de aquella masacre el suelo se cubría de negro con los insectos agonizantes.

Dos de los malestares mentales que afectan y matan más a la población son la DEPRESION Y TRASTORNOS DE ANSIEDAD. De una u otra forma, en esto hay un elemento de pérdida de control de nuestras vidas. La idea de que no tiene sentido lo que hacemos o vemos, y la noción de que un peligro incontrolable siempre está frente a nosotros tiene mucho que ver con la PERDIDA DE PERSPECTIVA de las cosas. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tanto, nunca antes podíamos predecir el rumbo de ciertas cosas. Pero aún así, el sentido de desavalidez y ansiedad suelen golpearnos con cierta frecuencia.

El nombramiento de lugares públicos (parques, bibliotecas, calles…) con personas o grupos que explican nuestra historia es importante en la medida en que ayudan a tener perspectiva del por qué estamos aquí. Sin duda, si usted recorre las calles de su infancia le llegarán infinidad de recuerdos. Pero ocurre lo mismo cuando usted ve aquellos juguetes o muebles que alguna vez poblaron la felicidad de su niñez.

Dice Sigmund Freud que ante las frustraciones actuales de la vida, nuestra mente hace un recorrido en reversa hacia las huellas de satisfacciones que quedaron en el camino.

Esto nos permite sobreponernos a ese momentáneo estado de insatisfacción.

 

 

 

 

 

 

 

DANZA: Ricardo Gálvez Aguayo, maestro de Los Matachines en Los Angeles

De espaldas a su huerto alambrado y cultivado de tomatillos, sentado en una silla de plástico, Ricardo Gálvez Aguayo dice con voz grave: “la vida me la acabé danzando”.

El hombre de Jalisco es uno de los danzantes que enseñó a los angelinos a bailar la danza de los matachines.

Lo hizo a través de su hijo Javier, que lo mismo va a la Universidad de Irvine que a la de chihuahuas para mostrar su arte.

Con un oído activo parcialmente, y otro completamente sordo a causa del ruido de un balazo que un amigo disparo contra un león de la Sierra, a sus 90 años, dialoga en su casa de Atwater Village, con una gran serenidad.

DE JALISCO A CALIFORNIA

Sombrero de fieltro negro, manos rugosas, ojos cansados, apoyándose en el bastón, rememora los días en que la danza era un ritual festivo que empezaba a las dos de la madrugada y terminaba a las 6:00 de la tarde.

“Yo nací en el rancho de Los Otoles. Ahí danzábamos con la pastorela y en las fiestas de la Santa Cruz. Venían de todos los ranchos, del de Ojo de Agua, de los Gálvez, los Robles, Ternsco de arriba y Tenasco de abajo, de los Bonilla… danzábamos toda la madrugada”, recuerda Gálvez.

Añade que los pueblos solo hablaban de “la danza”, sin hacer distinción si era de los matachines o de los aztecas.

Es su hijo quien se encargó de estudiar esa tradición y dar explicaciones a los universitarios más complicadas.

La danza concluía con una representación del intento de los moros por robar la cruz.

“Se trataba de que el moro llegaba con sus hombres a caballo para llevarse la cruz hasta que se mataban ‘de a mentiras’. El moro decía: ¿que novedades son estas que en mi patria no conozco que festejan la cruz de Cristo?. Nosotros atacamos acuchillándoles una vejiga de cochino llena de sangre que llevaban escondido en el cuerpo.

“Muchos se asustaban porque pensaban que era de a deveras. Una vez hasta yo mismo me asusté porque mi amigo Calixto se desmayó y pensé que se les había pasado la mano. Yo era el bachiller que daba el mensaje y mi padrino Otón, el cristiano”.

Gálvez se sabe de memoria los diálogos. También los movimientos de danza. Toma su bastón y hacer una muestra frente a su esposa, que es 10 años menor que él.

“Hay redobles que todavía los jóvenes no saben hacer”, asegura luego de que acompañamento de un  leve silbido hizo la cruz con sus pies.

ARTE Y TRABAJO DURO

Cuando emigró a Estados Unidos trabajo en el campo. Levantó muchas cosechas, incluso en Idaho. Sus manos toscas aún denotan fuerza.

“Fue por ella que me animé a venir”, comenta dirigiéndole una mirada a su esposa, “Ella nació aquí y cuando cruzamos la frontera en 1957 solo les enseñó su acta de nacimiento”.

Ofelia aún recuerda cuando eran novios por carta.

Él pasaba a todo galope en su caballo y se detenía unos segundos para dejarle una carta, mientras ella barría  la calle.

“Luego mi mamá salía y me decía: hija como que oí un caballo”.

Con siete hijos de familia, don Ricardo entretenía sus hijos contándole las historias del rancho los Otoles.

Quien ponía más atención era Javier. De tanto escuchar un día le preguntó por qué no bailan otra vez.

Su padre, quien se había reunido aquella vez con sus compañeros de baile, le contestó que no podía, que aquí no estaba el Cerro de la Cruz, ni los tambores, ni el uniforme con que se gastaba tres pesos de plata. Pero con un chiflido provocador todo se arregló

Javier aprendió esta tradición y le dió brillo. A sus 52 años es un maestro que lo mismo da clases en México que en Estados Unidos, y en el desfile de Navidad de Hollywood de 1999 llevó al primer grupo de danza nativa en la historia de ese evento.

Me dijeron que tenía que llevar 300 bailarines como mínimo, y le empecé a hablar a todos mis estudiantes, muchos de ellos ya profesionales.

Javier estudió ciencias políticas en la universidad, pero su pasión por la danza lo ha llevado Mexico a estudiar. Éste gusto lo ha transmitido a sus hijos y otros estudiantes que se suelen ver en la Placita Olvera.

“Yo incluso me traje al maestro Florencio Yescas de México”, dice.

Mostrando ya algunas camas debajo de sus sombreros, Javier dice considerarse asimismo como un nahual moderno.

Los Nahuales eran una especie de hechiceros que se convertían en animales. Con un ‘pager’ en la cintura, el profesor Gálvez dice que hora es casi la misma magia universitarios pasa del uso de las computadoras y teléfonos celulares a convertirse en aves y animales danzantes.

“Llevar un pager y un penacho es parte de la sabiduría de un nahual”.

Javier tiene cuatro hijos: Susana, Sonia, Esteban y Daniel.

Susana se graduó recientemente de la Universidad de California en Santa Cruz y le pidió a su padre un regalo que fácilmente cumplió: danzar los matachines.

Con dos hileras de matachines con sus mejores galas Y caracoles que hicieron las veces de trompetas heráldicas, Susi hizo también un homenaje al abuelo Ricardo, “El Danzante Mayor”.

Y aunque Los Matachines han llegado a Hollywood, el abuelo Ricardo Gálvez solo lamenta que en el rancho Los Otoles todo haya terminado.

“No había agua. Empezamos a irnos y todo quedó en la ruina” finaliza sin dejar de hacer con su bastón los movimientos que se asemejan a los que hacían los machetes que sacaban chispas en el suelo.

 

—José FUENTES-SALINAS, originalmente una versión fue publicada en La Opinión de Los Angeles, 2000