CDMX: Crónicas del Metro

EL METRO

En sus 226 km, el metro de la ciudad de México transporta 5.5 millones de pasajeros, 1 millón más de su cupo.

Jorge Gaviño, director del sistema de transporte colectivo, dice que en horas de máximo uso hay 6 seis personas por metro cuadrado.

Los mexicanos que en cada problema tiene un chiste, diciendo que por un precio se da pasaje, masaje y agasaje.

EL INSTINTO

Marlon nació en el hospital Adolfo López Mateos de la ciudad de México frente a los Viveros de Coyoacán.

Desde antes de nacer ya usaba el metro. Cuando nació lo siguió usando, y cuando ya podía caminar, con sus padres se iba de vago lo mismo a los viveros de Coyoacán que al Zócalo  en el corazón de la ciudad.

De estación en estación, a los viveros llegaba a repartir cacahuates a las ardillas, y en el Zócalo a ver payasos, merolicos, mimos, músicos y ciegos cantantes.

En vagones que con frecuencia parecían latas de sardinas, desde que viajaba en brazos de sus padres, Marlon desarrolló el reflejo de doblar el brazo y protegerse de los apachurrones con su codo.

ESTACION ETIOPIA

Aún con colesterol alto y arritmias, las arterias del metro de la ciudad de México han sido la mejor forma de llegar a tiempo a casi cualquier Lugar.

La estación Etiopía era la que me acercaba y me alejaba del departamentito de la colonia Narvarte, entre Heriberto Frías y Esperanza.

Esa era la mejor estación para llegar sin transbordar a:

—La librería Gandhi que estaba en la estación Miguel Angel de Quevedo.

—La Alameda Central cercana a la estación Hidalgo.

—El Centro médico, donde estaba el hospital infantil Federico Gómez que alguna vez salvó la vida del guachito, de un infección de shigellas.

—La estación Morelos en donde se llegaba a las mejores taquerías de la ciudad de México.

—La estación Juárez donde estaban los talleres literarios del ISSSTE donde conocí a los  poetas y escritores: Juan Bañuelos, Homero Aridjis, Carlos y Illescas, y Edmundo Valadés.

—La estación viveros de Coyoacán donde descansábamos de la amargura del smog.

ESTACION UNIVERSIDAD

Eran los años ochentas, La guerra en el Salvador estaba destruyendo comunidades.

Quienes no tenían vocación de mártires salieron a México o a Canadá.

En la ciudad de México se organizaban eventos de solidaridad con los exiliados.

Uno de ellos había sido un baile de en un seminario católico cercano al metro universidad.

El problema fue que terminó muy tarde, cuando la línea del metro había dejado de funcionar. Los noctámbulos esperamos la primera salida del metro después de la madrugada.

En cuanto nos sentamos nos quedamos dormidos.

Roncando y durmiendo, sin saber, nos convertimos rápidamente en el espectáculo de los pasajeros que iban subiendo por la mañana rumbo a sus trabajos.

Nos despertamos sin saber si íbamos o regresábamos.

 

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 07282018

Contacto visual: el negocio de los cosméticos

De todas las formas de comunicación, la más elemental es la visual.

Un guiño, una sonrisa taimada, están enganchados con las primeras formas de comunicación infantiles.

La forma que vemos y que nos ven es la puerta de entrada al saludo más elemental: “buenos días”, “¿cómo está usted?”.

Esta forma de comunicación no es nada despreciable.

A principios del siglo XXI, la industria de los cosméticos valía 160.000 millones de dólares en el mundo, y los norteamericanos gastaban más en belleza que en educación. ( *)

Pero este gasto es un poco inexplicable: las personas cada vez se comunican menos cara cara.

Buena parte de este gasto en cosméticos se podría ahorrar comprando un programa de Photoshop en computadoras y teléfonos celulares.

 —José Fuentes-Salinas, www.tlacuilos.com
Referencias:
(*) The Economist, May, 22, 2003

Los Héroes de la Independencia

¿Me lo habría mandado algún dios misericordioso en un acto de magia?.

Todo aquello era muy raro.

El viernes había ido al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson.

Pasé a conversar con Enrique, el vendedor de joyas usadas, monedas viejas y chacharitas.

Hacía una semana que le había comprado un peso mexicano con mi fecha de nacimiento, en un acto de nostalgia.

Hablábamos y hablábamos de lo feliz que nos hacían nuestros atribulados padres como estas moneditas del día domingo.

Esa monedota de Morelos la llevada desde entonces como un fetiche, como una moneda de suerte.

Al regresar a la casa en Long Beach me quité la ropa para lavarla.

Saqué de las bolsas del pantalón mis llaves, mi billetera y la moneda de Morelos.

De pronto, sentí que en un rinconcito de la bolsa había otra monedita.

Era doña Josefa Ortiz de Domínguez, la heroína de la independencia, que acaso no quería dejar solo al Generalísimo Morelos.

¿Cómo habría llegado allí, de donde?

Cuando vi que era de la misma fecha de mi nacimiento entendí el mensaje: alguien del más allá quería recordarme que los pesos pesados están hechos de las humildes Josefitas de cinco centavos.

 

—José Fuentes-Salinas, 07202018.

JARDINERIA: Descripción de una casa infantil

EL MURO ERA DE HIEDRA tejido de raíces y hojas. Era el rostro verde oscuro de la casa salpicado por puntos luminosos de verde tierno. Se habría tejido poco a poco, lo imagino. Yo era un niño que de pronto tenía conciencia del mundo vegetal. Mi casa era un museo botánico. Donde se pusiera la vista había formas de vida. Frente al muro de hiedra, a la entrada, había una acumulación de rocas, pequeño volcán que expulsaba palmas chinas. Entre las rocas, yo que soy tan pacifista escondía los soldaditos de plástico con lanzagranadas y metralletas. Había concreto y bardas de alambre sin invadir lo sagrado. Como en bancas improvisadas en la base de concreto, se sentaban los conversadores, y la red de alambre era el juguete infantil para rebotar la espalda.

—¡Chiquillos!, no se mezan en la barda.

Había otra bardita de ladrillo agujereada para conversar con los vecinos Miguel, Pancho, Fernando, Luis y Socorrito. Los agujeros los usábamos de escalera para treparnos a la conversación.

—¡Chiquillos!, no se vayan a caer.

En ese pequeño cuadro del jardín se improvisaba un parque sin resbaladillas. Nunca tuvimos auto pero la entrada del zaguán era suficientemente amplia para que entraran albañiles y bicicletas. La base del pasillo eran seis cuadros de cemento enmarcados por el pasto. Las bardas en las que no se colgaban los niños se colgaban las madresselvas. El museo vegetal tenía un aroma irresistible para pájaros insectos.

…y había también una higuera que ocasionalmente daba higos por tanta sombra, pero que complementaba con sus hojas la variedad de los diseños. Foto: José Fuentes-Salinas.

El otro jardín frontal, el más extenso y presumido era la galería del color de mi madre con un pozo de agua y limonero incluidos.

Oriunda de los bosques templados de México, las Xicaxochitl, flores de jícama, las dalias eran las preferidas de mi madre. Con semillas y bulbos, la abundancia de pétalos multicolores hacían de la primavera la lujuria de la vista. Zinnias y gerberas, margaritas y amapolas, nomeolvides… para un niño ese era el Palacio Real. Bloques de triángulos y trapecios separados por caminitos de pasto, me pregunto si acaso fui alguna vez fui el jardinero Real más joven de Zacapu.

Entrando a la casa, en sala, dos cuartos y cocina al lado izquierdo, antes del corral de gallos y gallinas, estaba el portal donde se observaba la huerta de duraznos amarillos, priscos y de hueso colorado, donde las granadas y los chabacanos nunca pudieron competir con tanta fruta.

Fracturados por el peso de su éxito, mi madre a veces cortaba los duraznos verdes que rompían las ramas para cocerlos en dulce. Entre la huerta y los portales había otras maravillas, los aromas y sabores de la hierbas de olor, tomillo, hierbabuena, manzanilla o mejorana, sabían a sopa y te.

La casa era un ecosistema en otro ecosistema. Teníamos de vecinos un alfalfal que nos dividía con los cerros del malpaís donde alguna vez vivieron mis ancestros los purépechas.

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., 05192018. tallerjjfs@gmail.com. Instagram: tallerjfs

La cultura está hecha de escritores muertos

AHORA LE tocó a su poeta irreverente, el que tenía la misma edad de su padre, y hasta se le parecía en su forma de hablar directa.

El no creía en las coincidencias, pero el jueves le sorprendió ver en el supermercado de libros la antología del escritor chileno.

Ya tenía una antología publicada en México, pero era de 1993. En 25 años, seguro que habría algo nuevo, aunque sabía que el viejito se había recluido en un pueblo lejano y melancólico donde le habían celebrado sus primeros 100 años, y, en el Youtube se podían ver videos por tal motivo.

El hombre no era consumista, ni siquiera de libros. Quería saber si la nueva antología del poeta cascarrabias había agregado algunos poemas que valieran la pena. Sacó la nueva antología y quizo tomarle fotos con el iPhone al índice para compararlo con el libro, pero la empleada lo detuvo: “no puede tomarle fotos a las páginas”. Y, por más que le explicó que solo era el índice, la empleada no dio otra respuesta. Salió de la librería encabronado. “Por eso se los va a llevar la chingada, son como burócratas”, se fue pensando.

Los supermercados de libros rara vez tienen la atención al cliente que los viejos libreros tenían. Foto: José Fuentes-Salinas.

El viernes no fue a trabajar.

Echó al morral de cuero el libro de antología y se fue a otra tienda de libros más cercana a su casa. Pero antes pasó al café. Compró un paquete de granos de Colombia Nariño y le dieron una taza de café gratis.

Se sentó. El vapor del café se levantaba sobre la mesa. Luego empezó a escuchar la plática de las mesas de al lado.

“Esto debe ser un hospital, no un café”, se dijo.

En la mesa de un lado se la pasaban hablando de la genética del cáncer y los últimos tratamientos. En la otra, unas señoras detallaban los problemas de la ciática, y los tumores malignos y benignos. Ellos, y ellas, con cabezas blancas o calvas, provocaron que el hombre sacara el libro “Poemas para combatir la calvicie”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. En la portada Nicanor Parra parecía reírse de las pláticas.

Fue entonces, que el hombre se puso a pensar en si el poeta todavía vivía. Le parecía raro que en los Estados Unidos hayan sacado una antología con pasta dura.

La pregunta se la hizo al Google.

Fue entonces que se dio cuenta que a principios de año se había muerto sin hacer tanta bulla.

Quizá para evitar ese tipo de pláticas como las que ocurrían en el café de Long Beach el poeta se había retirado a una playa lejana a vivir.

El hombre dio un sorbo al café y se quedó pensando que sus escritores favoritos iban colgando los tenis, y este que era el más longevo se había ido de manera más discreta.

Se imaginó entonces una anti-biografía del anti-poeta:

Nicanor Segundo Parra Sandoval, poeta, matemático y físico. Nació en San Fabián de Alico, murió en La Reina. Dos hijos, Colombina y Juan de Dios… ¡Válgame Diós!… No creía en Dios. Más que poemas, escribía anti-poemas. Tenía alergia a la cursilería. RIP.

Libro de Nicanor Parra y cuaderno de escritura sobre la mesa de un café. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com, 05122018.

 

RIVERSIDE: Chalk, gis, tiza… el arte efímero

DE ESTA PLANCHA oscura del asfalto aparecerá el color y el rostro.

Bajo el sol del mediodía Jesús Castañeda, con su gorro de aficionado del equipo de fútbol Atlas, crea arte donde no hubo nada, donde tampoco mañana lo habrá.

Es un arte ancestral de rayar rocas y muros con arcilla coloreada, con gis o tiza.

La tiza la usaron los antiguos mexicanos. Es la tierra blanca que lo mismo podría encontrarse en Tizapán que en Tizayuca.

El gis también lo usaron los antiguos egipcios para trazar pirámides.

El gypso o gypsum lo usaron los griegos y romanos, y el mismo Leonardo da Vinci.

Pero en la calle del centro de Riverside, California, Jesús Castañeda solo la usa para recordar su infancia y sus ancestros mexicanos.

“Esto que estoy haciendo está inspirado en uno de los murales de Diego Rivera”, dice ante una camarita que registrara lo que mañana será solo un recuerdo.

Bajo el caluroso mediodía, Jesús Castañeda traza una diseño de una mujer inspirado en los murales del pintor mexicano Diego Rivera, en el centro de Riverside en el Festival del Tamal, 2018. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 —José Fuentes-Salinas, Riverside, California, 04212018. tallerjfs@gmail.com

BIBLIOTECAS: Libros viejos

HAY PALABRAS que se escriben y se dejan andar.

En la flamante Biblioteca Pública de Hawaiian Gardens, California, entre libros nuevos comprados por catálogo, hay uno que se muere de pena, de viejo, de rústico.

Es un libro que tendría más éxito como antigüedad, como curiosidad.

Es un libro que entre 1973 y 1985 fue sacado a la luz solo por 11 lectores que están marcados con tinta en la solapa. Después no sabemos, yo, en el 2018, soy uno de ellos.

Es un librito oscuro descolorido que ya no tiene nada de blanco.

A su título “Belleza” se le tapó la “B” en esa pasta dura de keratol.

La obra que el poeta Juan Ramón Jimenez dedicó a la “inmensa minoría” tiene un cachito de emoción que lo define todo.

“¡Qué bello este vivir siempre de pié —¡Belleza!— para el descanso eterno de un momento!”

“Belleza” de Juan Ramón Jimenez, un libro viejo, acaso leído por una docena de lectores en su estancia en la Biblioteca de Hawaiian Gardens. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, Hawaiian Gardens, Ca. 04282018. tallerjfs@gmail.com

JARDINERIA: Lecciones de vida en el cuidado de plantas

LA HUMILDAD se aprenden llenándose las manos de tierra arrancando zacates y yerbas invasoras, sabiendo de que al poco tiempo reaparecerán.

Ese es el trabajo que hacen mis hermanos jardineros en el Sur de California. Los he visto en Disneyland jalando yerbas secas, o en el edificio de mi trabajo en Torrance. Jalar, cortar, volver a jalar, cortar… para que resalte la arquitectura de las plantas.

No hay malas y buenas yerbas. Pero tratándose de diseñar un jardín, las yerbas que no salen donde queremos les llamamos malas yerbas. Tampoco los zacates son malos en sí, y, con frecuencia protegen el suelo de la erosión, pero, igual, suelen ser símbolos de descuido.

Este lagarto lo pinté en el patio, pero con frecuencia tengo que jalar la “mala yerba” que suele crecer en los bordes. José FUENTES-SALINAS

HE APRENDIDO mucho de la jardinería, desde que era chico.

—Hijos, vayan a traer estiércol ahora que pasaron los animales —decía mi madre.

Entonces, con mi hermano, salíamos a ese camino terregoso con una pala y una cubeta, recogiendo la mierda de burros, vacas y chivos.

El estiércol mi madre lo dejaba secar un poco, y luego le servía para sus plantas del jardín o para los duraznos de la huerta.

Ese trabajo y el de arrancar zacates fue el primero que tuve cuando apenas tendría menos de 9 años. En ese tiempo yo no lo sabía, pero mi madre mes estaba enseñando mi primera lección de humildad. Los extensos jardines llenos de madreselvas, begonias, bugambileas, dalias, rosales, nomeolvides, cilantro, tomillo, manzanilla, mejorana… tenían su base en una limpieza constante de zacates y en un constante nutrición a base de mierda del ganado que bajaba del cerro.

Esa lección trato de no olvidarla nunca, e incluso hago una traducción de su equivalente en la escritura. Aquí, también uno tiene que estar constante eliminando exceso de palabras y clichés que hacen perder de vista lo que uno quiere decir.

EN EL JARDIN, se puede decir que se aprenden varios valores. Al valor de la humildad se aprende el de la observación. Un jardín es un conjunto de plantas que se acomodan para ser observadas. Hay plantas como los bambúes que además de convertirse en cortinas para darnos privacidad, cuando los mece el viento producen una gran tranquilidad. Los elementos del jardín, incluyendo las rocas y los animales tienen propiedades que nos ayudan a afianzar cosas que creemos, como el sentido de permanencia que nos transmiten las rocas.

Jardines Botánicos de Palos Verdes, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Esa habilidad de poder entender que cada habitante del jardín tiene una función nos permite entender las relaciones entre lo que luce, lo que da sombra, lo que brilla, lo que se opaca, lo que huele… Aún en los peores momentos, uno sabe que en el jardín hay un orden, una organización, una interdependencia, y que todos “está ahí para nosotros”.

También, cuando nos decepcionan las personas, cuando nos frustra el trabajo, al regresar a ver el fruto de nuestro esfuerzo hay una grata recompensa de ver esas ramas verdes guardando una proporción con lo demás, y, acaso, ver a insectos y aves agradecer la casa que les hemos proporcionado.

PERO, nuevamente, en unos cuantos días habrá que recortar, habrá que limpiar de interferencias ese diseño de ramas, flores y tallos, igual que hace un escritor que tiene que reinventar sus observaciones de la vida.

 

—José FUENTES-SALINAS, 0404.2018. Long Beach, CA, tallerjfs@gmail.com

EL DICCIONARIO: de las obras de referencia de papel a la Internet

MI PRIMO tenía uno igual. Era un diccionario de hojas finísimas como de papel arroz, pero con pasta dura. Eso lo hacía almacenar abundantes palabras del inglés y español. Por eso, era muy difícil no encontrar la palabra buscada.

A veces, de tantas palabras que ofrecía, de tantas variantes, de un concepto me hacía creer que estaba frente a un maestro que trataba de darme el contexto semántico de cada palabra, su polisemia. Para mi era importante, porque en el inglés, un “off” o un “in” suele cambiar el sentido de un verbo.

Por eso, cuando llegué a Los Angeles en los 90’s, lo primero que hice fue ir a comprarme un diccionario igualito al que tenía mi primo en la Colonia Roma de la Ciudad de México.  En esos días, aún no tenía, cama, ni escritorio, ni auto… pero tenía un buen diccionario para poder leer el periódico en inglés e ir aprendiendo poco a poco nuevas palabras.

Las palabras las subrayaba y poco a poco iba buscando su significado, hasta que ya sabiendo un poco más el “contexto semántico” me hacía imaginar el sentido de las palabras.

En el modesto departamento en que vivía, me molestaba que de vez en cuando las cucarachas husmearan el diccionario. Las veía con temor por eso de que las finas hojas de arroz fueran apetecibles para ellas, o para los “silver fish”.

A pesar de las computadoras, el Internet y la información “guardada en la nube”, sigo viendo con respeto los cuadernos y los diccionarios. Foto: José FUENTES-SALINAS.

MUCHO antes de la aparición de la Enciclopedia Encarta en CD-ROMS y de la Internet, los libros de referencia eran muy importantes para mí. Eran el punto de partida para cualquier investigación, y se puede decir que no pocas veces pusieron comida sobre mi mesa y la de mi hijo.

“El Libro de los Orígenes” de Panatti y la Enciclopedia Infantil me permitió hacer la página infantil del Tío Caimán por mucho tiempo, y los manuales y diccionarios me permitieron evitar muchas discusiones con imbéciles de buena voluntad.

¿Tienen alguna utilidad en la actualidad en que con un click aparece la palabra que buscábamos en la pantalla?

Yo pienso que sí.

El diccionario de papel tiene un prestigio que no ha desaparecido.

Yo tengo un diccionario ortográfico sobre mi escritorio de editor, y con frecuencia regreso a mis diccionarios y obras de referencia. Para alguien que los ha usado con frecuencia, el proceso de búsqueda es muy rápido, y, a menudo, las respuestas que uno encuentra en las computadoras le siembran a uno “cookies”, o hacen un perfil con el cual luego le venden todo tipo de tarugadas.

Digamos que computadoras y obras de referencia son complementarios.

Algunos de los diccionarios que me han hecho un gran servicio son el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalís, el Diccionario de Semiótica y Lingüística de Todorov, el Diccionario del Español Salvadoreño… e incluso, aunque no fue de mi propiedad, alguna vez me llamó la atención el Diccionario de los Lugares Imaginarios que me había encargado mi ex jefe Paco Taibo I una vez que vine de visita a California.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua siempre me ha dado desconfianza por ese nombre tan pomposo que utiliza, y por la sorna con que lo criticaba mi profesor de la Escuela de Escritores Raúl Prieto y otros autores mexicanos. Me han gustado más bien los diccionarios que han hecho en México, incluyendo el diccionario del Colegio de México,el Grijalbo o el Larrouse.

Y los diccionarios en el ciberespacio los veo con tanta resignación como veo con melancolía mis viejos diccionarios de papel.

 

—José FUENTES-SALINAS, 0402.2018. tallerjfs@gmail.com

HUEVOS DE PASCUA: El cuento del Sorullo Garambullo, Bubulín y el conejo azul

—¡Pues qué huevos de conejo!. Mira nomás donde fue a esconderlos. —dijo Canario Pikitoeoro.

—Cállese las orejas no ande de habladurías, —dijo Interneto agorafóbicus.

—Es que sí, ¡ya ni la friega!… no sabe que los Chavalitos no alcanzan esas ramas del árbol. Aún así los esconden entre las ramas altas, entre el zacate, detrás de la rocas, y hasta debajo de esos arbustos donde puede haber alguna araña.

—Bueno, pues así es el chiste, si no ¿cuál es la diversión?.

Canario e Interneto estaban en el Domingo de Pascua siguiendo una nueva tradición en California.

Las mamás después de ir a la tienda del dólar habían traído toda clase de huevos de plástico, canastas y chocolates baratos.

El Sorullo Garambullo se enojó.

—Oye vieja ya ni la rechiflan se fueron a lo más barato, —dijo— de perdida deberían haber traído unos cuantos paquetes de Snickers.

—Cállate los ojos dijo Lou Chona tú no me diste ni un cinco para traerles huevos, ¡que huevos!.

—¡Ay si no la sueltas te ahogas! —dijo Sorullo Garambuyo.

A los chiquillos no les parecía importar el precio de los huevos tampoco si eran huevos de verdad o huevos de puro plástico. Pero eso si el Bubulín, el filósofo y ambientalista del grupo les dijo: “Eyyy… guys, si no necesitan tantos huevos no los recojan y se lo damos a los niños pobres”.

—Ja ja ja, —soltó la carcajada el Bombín Patasudadas— carnal yo sé que tú eres buena onda pero a los niños pobres lo que menos les interesa son huevos de plástico, ellos quieren huevos de verdad  y si es con un galón de leche mejor.

Bubulín se quedó callado.

Luego pensó en que él se iba a guardar unos cuantos huevitos, pero eran para su abuelito que estaba en el hospital.

Don Meño esa vez no iba poder estar en el juego de los niños, pero le pidió a su hija que pusiera en el Facebook algunas fotos para verlas desde el hospital.

Por eso su hija se preparó muy bien para sacarles fotos. Además, había llevado un día antes a los chiquillos al centro comercial para tomarles fotos con el conejo azul que estaba ahí sentado por varias horas como Santa Claus en Navidad esperando a que se le arrimaran los chamacos y tomarse una foto. Tomarse una foto con el conejo del malll era mucho más barato que contratar a uno, o rentar uno de esos disfraces pestilentes que quién sabe cuantos papás se pusieron.

Esa sería la primera vez que Don Meño no se la estaría pasando con sus nietos pero estaba contento de que se hubieran juntado sus hijas en el parque y que los primos que vinieron de Oregón estuvieron allí con sus otros primitos.

—Oye, mamá, y los conejos ¿no traen billetes? —pregunto Bubulín.

—Ja ja ja ja ja, —dijo su mamá— que chiquillo tan interesado. Este año los conejos no traen billetes porque están medio jodidos.Pero ya confórmate con que traigan chocolates.

Así, el Bubulín siguió buscando huevos y huevos que iba depositando en su canasta.

Se comieron unos cuantos chocolates y los demás los depositaron en un frasco grande para irselos comiendo poco a poco.

El Bubulín el más inteligente de todos los chamacos juntó todos los huevitos de plástico vacíos y los puso en una bolsa.

—Mamá, —le dijo a la Lou Chona— ¿dónde está el tambo de basura para reciclar?.

Eso si que sorprendió al Sorullo Garambullo.

—De verdad que estos cipotes ya se están haciendo más inteligentes— le dijo a la Lou Chona. —Quién iba a pensar que un niño de seis años ya tiene la noción de que el plástico contamina.

—José FUENTES-SALINAS, MAR., 28, 2018. tallerjfs@gmail.com