EL CAFE -Long Beach, California

EL CAFÉ  

  • Por José Fuentes-Salinas
  • En Instagram: taller_jfs
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    * Primer acto. 🎬Uno viene de un departamento, otro de una casa. Ambos tienen un poco de privacidad en sus hogares, y también una cafetera. Pero aún así, buscan una privacidad riesgosa, una privacidad que se podría interrumpir con una conversación de otra mesa o por el atractivo visual de una muchacha que pasa a un lado, o por dos chiquillos que acompañaron a su madre y que juegan con sus muñecos. En esa privacidad frente a sus pantallas, el café levanta su vaporcillo pero ellos están demasiado concentrados en el ciberespacio como para apreciar esa tangible maravilla.

    LOS CAFES: Primer acto, la privacidad de los consumidores. Long Beach, California. FOTO: José FUENTES-SALINAS

  • Segundo acto. 🎬

    Los niños, dueños del optimismo, llegan con su madre a dar su aporte al día. Comen panes con queso y leche con sabores. Luego descubren allá afuera a un amigo de la casa. Uno de ellos sale a la puerta y le grita un saludo -Que lo obliga de buena gana a pasar a saludarlos.

  • Niños en una cafetería de Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

  • Tercer acto. 🎬

    Por las mesas pasan ecuaciones y problemas, cuadernos y conciertos, chisme cibernéticos, y cuando ya se han ido los otros, la mujer que ha venido de lejos se sienta a la mesa para saludar en su pantallita a dos o tres amigos cibernéticos.

    11.09.2019. Café en Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

MES DE LA HERENCIA HISPANA: La hispanidad y los hispanos en California

Quien quiere comunicarsebusca la manera. El que sabe más de un código se adapta al que sabe menos.

Mis sobrinos pequeños me perdonan mis tropiezos con el inglés, y yo sus limitaciones con el español, y así tenemos grandes conversaciones.

Pero hay algunos hispanos que crecieron hablando mal el idioma de sus ancestros, y, con frecuencia, no perdona mi mal inglés, ni tampoco se perdonan ellos mismos el gusto por ejercitarlo aún con sus limitaciones.

Querer comunicarse en cualquier idioma debe ser juzgado solo por la honestidad querer poner una experiencia en común.

El Español Salvadoreño también es parte de la cultura hispana en Los Angeles. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

LA LIBERTAD.-La libertad de expresar las emociones e ideas como uno mejor pueda es un derecho sagrado.

Desde chico, le respete a mi hijo la libertad de hablar español o inglés, según él se sintiera.

También me adjudique la libertad de hacer yo lo mismo. A veces, él me hablaba en inglés y yo le contestaba en español. Al final, los dos ganamos. Su español es tan decente como el mío, aunque a veces es tan lento como mi inglés.

Mi esposa cuando se acelera me regaña en su idioma nativo, el inglés.

LOS HISPANICS.-Iba yo de un periódico hispano en español. En el evento de la revista Hispanic, en el hotel Biltmore, la edecán no hablaba español, ni el publirrelacionista, ni el “Speaker”. Yo pensaba que lo que nos unía era el idioma hispano, pero pronto me sentí como el patito feo, como el frijol negro entre el arroz refinado.

Al final, fueron generosos y aceptaron mi inglés con acento.

Y en lo que pudimos coincidir fue en la pronunciación de los Martínez y los Garcías.

LAS MEZCLAS.-Fuera de las palabras ofensivas de significado universal para referirse al “primer regalo” que hace el ser humano al mundo (según Freud), los idiomas tienen muchas variantes que se refieren a la historia de la cultura de sus hablantes. El inglés y el español tiene muchas palabras de otros idiomas. Son más de 1000 las palabras árabes del Español.

¿Por qué ocurre?

Por la necesidad de compartir una experiencia con una mayor economía de palabras. “Cliquear” es un buen anglicismo del español porque me ahorra una explicación de 10 palabras. Pero también puede ocurrir los abusos de un hablante holgazán, que a la primera provocación dice “marketa”.

LOS ABUSOS.-El primer libro de poesía que me entusiasmó fue “Hojas de hierba”, traducido del inglés al español por editorial Novaro.

Era de los pocos libros que tenía Camilo, el ciego que enseñó a Zacapu la cultura de libros y revistas, desde su tienda.

Para el adolescente que fui, ese tabique de Walt Whitman fue la tablita de salvación al tedioso curso de literatura española del siglo de oro en la escuela secundaria.

Años más tarde, un día llegó mi hijo de la High School, en  Long Beach, a que le ayudara en sus clases de español.

No pude.

Quizá vengándose de los abusos sufridos en la universidad, la maestra de español quería que los chamacos que apenas aprendían en el idioma de Cervantes leyeran La  Celestina y otras obras del español antiguo que aún para mí resultában tediosas y complicadas.

SWAP MEET: Las cajas de herramientas

  • Por José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos

 

“These are the REAL TOOLBOXES”, le dije a Alex.

El chiquillo se me quedó viendo.

Estas son las cajas de herramientas que tu tío conoció, mucho antes de las computadoras.

En el Swap Meet de la Villa Alpina, el tío llevó al muchacho a hacer un recorrido de la historia que mostraban los objetos. Montones de muñecos desperdiciados, herramientas manuales desplazadas por las eléctricas, ropa del último “Viernes Negro”…

Las cajas de herramientas eran un artículo apreciado por los comerciantes. Si no se vendían, les servían de todos modos para guardar los fierros que querían vender.

Alex no entendía cómo esas cajas de herramientas con filos oxidados podrían ser de algún uso, pero no se lo decía por respeto al tío. Sabía qué él siempre le daba algún acomodo a todo, y que si compraba cosas usadas no era por tacañería, sino porque no le gustaba que hubiera tantos desperdicios.

Cajas de herramientas reparadas. Foto: José FUENTES-SALINAS/TLACUILOS

La de ese día era la tercera.

Otras dos las tenía ya en su garaje. En una había acomodado las herramientas del jardín. En la otra, las herramientas para hacer “talachitas” adentro de la casa. Pero, ¿y la tercera?…

“Ah… ya verás”, le dijo. “Esta va a ser para las lijas, el tape, las brochas y las pinturas que a veces se necesitan”.

Salieron del Swap Meet. No sin antes saludar a medio mundo, a Trino “El Charro”, a Ramón “El Bigotes”, al Cowboy de Zacatecas y al Chilango Lango.

Alex paraba oreja. Viéndo a su tío conversar y vacilar con los vendedores aprendía esa habilidad cada vez más en desuso de hablar cara a cara.

En la casa, el tío sacó las pinturas, el tape y unos esténciles para marcarles letras.

“¿Te ayudo?”, preguntó el chiquillo.

“¡Claro!… Fíjate bien nomás lo que hago”.

El tío le puso cintas de tape alrededor de la caja pegadas a hojas de papel. Luego les pintó una franja, y ya cuando estaban oreándose en el sol, le dijo: “ahora tu ponles las letras”.

“¿Cómo?”

“Verás. Con estos cuadritos huecos, se los pegas a un lado, le pegas tape y cubres lo demás, y ya, cuando las cajas estén listas le echas spray”.

A la caja de jardinería le pusieron la “G”, a la de cables de electricidad, la “E”, a la de pintura la “P”, a la de herramientas, la “H”….

“Y ¿por qué a esta la “T”?”, preguntó Alex.

“Porque es la de los ’tiliches’…. Jaa aaaa…”

“¿Y qué es un tiliche?”, preguntó Alex.

“Es algo que uno no sabe para qué carajos sirve… como las cosas que mucha gente regala o vende a los del Swap Meet”.

Ese día, Alex aprendió muchas cosas de su tío.

La más importante: a no ser desperdiciado y a darle un segundo uso a las cosas.

 

 

PSICOLOGIA RECREATIVA: ¿Para qué sirven los “recuerditos”?

Por José Fuentes-Salinas

Leo en el Daily News sobre el nombramiento de un extenso parque en Porter Ranch, donde una tribu indígena local ha propuesto nombrar el sitio para honrar lo que sus líderes dicen que es su tierra ancestral.

En una carta enviada al Departamento de Parques y Recreación de Los Ángeles, un líder de la Banda de Indios de la Misión Fernandeño Tataviam escribió que el parque de 50 acres se encuentra en el territorio tradicional de la tribu, el antiguo pueblo de Sesevenga. La tribu está pidiendo a los funcionarios que nombren el sitio Sesevenga Community Park.

Me gustaría pensar que el nombramiento de un parque serviría para recordar a los habitantes originales. Y, sin duda, es justo lo que piden, pero no es suficiente. Hacen falta museos… y desafortunadamente para llenar esos museos se necesitan artefactos que acaso ya no existen.

ES AQUI, donde me pongo a pensar en el valor de los “recuerditos”, esos objetos que uno tiene en la casa y que tan solo al verlos desatan memorias de sus orígenes.

MIENTRAS escribo esto en mi estudio alcanzo a ver una salsera de porcelana que alguna vez usó mi madre cuando llegaban invitados especiales como Don Vicente Granados, ese chef inmigrante que se fue de Michoacán a Filadelfia y que nos visitaba cada año. Está también una camarilla de tomar cine de otro inmigrante, Don Antonio, quien tomaba películas familiares en los 60’s en Santa Clara, California.

Uno de los atractivos que tienen los mercados de pulgas, o Swap Meets, es que a veces uno se encuentra con objetos usados que le recuerdan ciertos momentos de su infancia, como esa bomba de spray de insecticida con la que se hacían exterminios de moscas en las cocinas de los lejanos pueblos michoacanos.

Los objetos usados que se ligan a una historia personal, familiar o social, son FACILITADORES DE RECUERDOS porque usualmente una imagen tiene una capacidad evocativa más inmediata que las palabras. No son autosuficientes, pero a cierta edad en que la memoria se hace menos eficiente podrían ser de gran ayuda.

En cada familia debería haber un encargado de juntar una buena cantidad de artículos importantes para la historia familiar, como una especie de “museo familiar”. Esto suele ocurrir con el hermano o miembro que tiene más posibilidades de mantener la colección. Aunque he sabido por lo que me cuentan en el Swap Meet, que suele ocurrir que “cuando muere el viejo”, los herederos venden la casa y se deshacen de los “tiliches”.

Estamos viviendo una época de gran consumo basado en la compra y desecho de objetos de corta duración. La movilidad de las familias (desplazamientos e inmigración) hace peligrar las colecciones, y con esto la organización de los auxiliares de la memoria.

¿Qué consecuencias podría tener esto en nuestra forma de pensar y de sentir?

En primer lugar, nuestra memoria no se hace tan precisa, y, con esto perdemos la PERSPECTIVA de lo que somos: ¿por qué somos así? ¿de dónde venimos y cuánto ha costado tener lo que tenemos?

Cada vez que veo la camarilla View Master que compré en Connery Road en Monterey, California, recuerdo cuando de niño pagaba 10 centavos por ver un disco con imágenes de diapositivas afuera de la iglesia. Eso me hace sentirme más agradecido con la tecnología que ahora uso, y sin duda, esa perspectiva me permite hacer un mejor uso de las cosas, al vez que sentirme más en control de lo que quiero ver.

Camarita View master proveniente del Cannery Road Antique Shop, de Monterey. California. Foto José Fuentes-Salinas.

Hoy, no tengo moscas en la casa ni mosquitos, pero la bomba de DDT oxidada que cuelga en la pared de mi estudio, me recuerda aquellos años en que la cocina de mi casa infantil tenía un cordón del foco completamente negro de moscas, y yo tenía que ponerme un pañuelo para rociar la cocina. Después de aquella masacre el suelo se cubría de negro con los insectos agonizantes.

Dos de los malestares mentales que afectan y matan más a la población son la DEPRESION Y TRASTORNOS DE ANSIEDAD. De una u otra forma, en esto hay un elemento de pérdida de control de nuestras vidas. La idea de que no tiene sentido lo que hacemos o vemos, y la noción de que un peligro incontrolable siempre está frente a nosotros tiene mucho que ver con la PERDIDA DE PERSPECTIVA de las cosas. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tanto, nunca antes podíamos predecir el rumbo de ciertas cosas. Pero aún así, el sentido de desavalidez y ansiedad suelen golpearnos con cierta frecuencia.

El nombramiento de lugares públicos (parques, bibliotecas, calles…) con personas o grupos que explican nuestra historia es importante en la medida en que ayudan a tener perspectiva del por qué estamos aquí. Sin duda, si usted recorre las calles de su infancia le llegarán infinidad de recuerdos. Pero ocurre lo mismo cuando usted ve aquellos juguetes o muebles que alguna vez poblaron la felicidad de su niñez.

Dice Sigmund Freud que ante las frustraciones actuales de la vida, nuestra mente hace un recorrido en reversa hacia las huellas de satisfacciones que quedaron en el camino.

Esto nos permite sobreponernos a ese momentáneo estado de insatisfacción.

 

 

 

 

 

 

 

DANZA: Ricardo Gálvez Aguayo, maestro de Los Matachines en Los Angeles

De espaldas a su huerto alambrado y cultivado de tomatillos, sentado en una silla de plástico, Ricardo Gálvez Aguayo dice con voz grave: “la vida me la acabé danzando”.

El hombre de Jalisco es uno de los danzantes que enseñó a los angelinos a bailar la danza de los matachines.

Lo hizo a través de su hijo Javier, que lo mismo va a la Universidad de Irvine que a la de chihuahuas para mostrar su arte.

Con un oído activo parcialmente, y otro completamente sordo a causa del ruido de un balazo que un amigo disparo contra un león de la Sierra, a sus 90 años, dialoga en su casa de Atwater Village, con una gran serenidad.

DE JALISCO A CALIFORNIA

Sombrero de fieltro negro, manos rugosas, ojos cansados, apoyándose en el bastón, rememora los días en que la danza era un ritual festivo que empezaba a las dos de la madrugada y terminaba a las 6:00 de la tarde.

“Yo nací en el rancho de Los Otoles. Ahí danzábamos con la pastorela y en las fiestas de la Santa Cruz. Venían de todos los ranchos, del de Ojo de Agua, de los Gálvez, los Robles, Ternsco de arriba y Tenasco de abajo, de los Bonilla… danzábamos toda la madrugada”, recuerda Gálvez.

Añade que los pueblos solo hablaban de “la danza”, sin hacer distinción si era de los matachines o de los aztecas.

Es su hijo quien se encargó de estudiar esa tradición y dar explicaciones a los universitarios más complicadas.

La danza concluía con una representación del intento de los moros por robar la cruz.

“Se trataba de que el moro llegaba con sus hombres a caballo para llevarse la cruz hasta que se mataban ‘de a mentiras’. El moro decía: ¿que novedades son estas que en mi patria no conozco que festejan la cruz de Cristo?. Nosotros atacamos acuchillándoles una vejiga de cochino llena de sangre que llevaban escondido en el cuerpo.

“Muchos se asustaban porque pensaban que era de a deveras. Una vez hasta yo mismo me asusté porque mi amigo Calixto se desmayó y pensé que se les había pasado la mano. Yo era el bachiller que daba el mensaje y mi padrino Otón, el cristiano”.

Gálvez se sabe de memoria los diálogos. También los movimientos de danza. Toma su bastón y hacer una muestra frente a su esposa, que es 10 años menor que él.

“Hay redobles que todavía los jóvenes no saben hacer”, asegura luego de que acompañamento de un  leve silbido hizo la cruz con sus pies.

ARTE Y TRABAJO DURO

Cuando emigró a Estados Unidos trabajo en el campo. Levantó muchas cosechas, incluso en Idaho. Sus manos toscas aún denotan fuerza.

“Fue por ella que me animé a venir”, comenta dirigiéndole una mirada a su esposa, “Ella nació aquí y cuando cruzamos la frontera en 1957 solo les enseñó su acta de nacimiento”.

Ofelia aún recuerda cuando eran novios por carta.

Él pasaba a todo galope en su caballo y se detenía unos segundos para dejarle una carta, mientras ella barría  la calle.

“Luego mi mamá salía y me decía: hija como que oí un caballo”.

Con siete hijos de familia, don Ricardo entretenía sus hijos contándole las historias del rancho los Otoles.

Quien ponía más atención era Javier. De tanto escuchar un día le preguntó por qué no bailan otra vez.

Su padre, quien se había reunido aquella vez con sus compañeros de baile, le contestó que no podía, que aquí no estaba el Cerro de la Cruz, ni los tambores, ni el uniforme con que se gastaba tres pesos de plata. Pero con un chiflido provocador todo se arregló

Javier aprendió esta tradición y le dió brillo. A sus 52 años es un maestro que lo mismo da clases en México que en Estados Unidos, y en el desfile de Navidad de Hollywood de 1999 llevó al primer grupo de danza nativa en la historia de ese evento.

Me dijeron que tenía que llevar 300 bailarines como mínimo, y le empecé a hablar a todos mis estudiantes, muchos de ellos ya profesionales.

Javier estudió ciencias políticas en la universidad, pero su pasión por la danza lo ha llevado Mexico a estudiar. Éste gusto lo ha transmitido a sus hijos y otros estudiantes que se suelen ver en la Placita Olvera.

“Yo incluso me traje al maestro Florencio Yescas de México”, dice.

Mostrando ya algunas camas debajo de sus sombreros, Javier dice considerarse asimismo como un nahual moderno.

Los Nahuales eran una especie de hechiceros que se convertían en animales. Con un ‘pager’ en la cintura, el profesor Gálvez dice que hora es casi la misma magia universitarios pasa del uso de las computadoras y teléfonos celulares a convertirse en aves y animales danzantes.

“Llevar un pager y un penacho es parte de la sabiduría de un nahual”.

Javier tiene cuatro hijos: Susana, Sonia, Esteban y Daniel.

Susana se graduó recientemente de la Universidad de California en Santa Cruz y le pidió a su padre un regalo que fácilmente cumplió: danzar los matachines.

Con dos hileras de matachines con sus mejores galas Y caracoles que hicieron las veces de trompetas heráldicas, Susi hizo también un homenaje al abuelo Ricardo, “El Danzante Mayor”.

Y aunque Los Matachines han llegado a Hollywood, el abuelo Ricardo Gálvez solo lamenta que en el rancho Los Otoles todo haya terminado.

“No había agua. Empezamos a irnos y todo quedó en la ruina” finaliza sin dejar de hacer con su bastón los movimientos que se asemejan a los que hacían los machetes que sacaban chispas en el suelo.

 

—José FUENTES-SALINAS, originalmente una versión fue publicada en La Opinión de Los Angeles, 2000

DIA DEL PADRE: Poemas en prosa y crónicas

Cuando no puede dormir, mi padre se levanta y se baña.

“Por si la pelona llega”, dice, “quiero que me encuentre galán”.

Pero luego se pone a escribir lo que acaso será un texto de amor.

Mi padre de más de un siglo siempre ha escrito cosas de amor.

Les ha escrito a sus amigos que ya no están.

A los músicos, a los galleros, a los curas y generales, a los profesores.

Mi padre tiene un escritorio de metal y una memoria de arcilla.

Un siglo no es poco para tanto recordar.

Cuando le hablo a miles de millas de distancia, me pregunta por mi hijo y por mi esposa.

Nunca se le ha olvidado la amabilidad, y su voz cansada es algo para apreciar.

El y yo somos sinceros en casi todo, y eso me ha permitido ciertas libertades.

“¿Tienes miedo a la muerte?”, le pregunto cuando lo he ido a visitar.

Y el me responde: “A la pelona no, pero a quedarme sin memoria si, ¿para qué sirve uno sin ella?”.

Entonces entiendo ese gusto por recordar, por escribir, por compartirnos su historia.

El otro día leía sus aventuras con la música.

Su banda y sus músicos iban de pueblo en pueblo a tocar sus instrumentos.

Los cargaban por caminos polvorientos y dormían en el suelo de las casas de los ricos.

Luego, al amanecer, despertaban al festejado con “Las Mañanitas”.

También alguna vez estrenó el cine del pueblo que ya no existe,

el cine que borraba el tedio de las tardes aquellas de mi infancia.

Mi padre, con su banda supo de muchos amores y festejos,

pero cuando le pregunto de amores y aventuras, es muy austero.

Me dice que sus personajes tienen hijos y nietos, y no quiere contarles su pasado.

Padre de tres familias que se hicieron una, él siempre anduvo a pie y en bicicleta

por calles y predios, con violín o hoz en mano, tocando cuerdas o cortando yerba.

Ha sido músico, sastre, jardinero, gallero fino, y adorador de Bach.

Nunca me dijo qué hacer con mi vida, y yo se lo agradezco. Solo me dijo “sé”.

Y, así, ocio tras ocio, he caminado rutas, casi como él.

DIA DE LA MADRE: Narraciones, crónicas y semblanzas de madres prototípicas

“México es uno, y uno es un desmadre”, decía el letrero de vagón del Metro en la Ciudad de México.

En realidad, el letrero había sido: “México es uno y uno es México” —Consejo Nacional de la Publicidad. Pero alguien travieso y politizado, le cambió el sentido.

La palabra “Madre” es un signo que cambia de sentido por ser una metáfora del origen.

Un DESMADRE: un desarreglo. A TODA MADRE: algo excelente. DE POCA MADRE: algo superlativamente bien. CHINGA TU MADRE: “la tuya!…” y empieza el pleito.

Por oposición una palabra casi sagrada y con frecuencia fatigada por la cursilería se puede convertir en el insulto más agresivo, que de manera eufemística Paquita la del Barrio lo deja en: “sin hacer más bulla, me ‘saludas’ a la tuya”.

MUESTRARIO DE MADRES

LA SOLEDAD: Doña Ramoncita Viuda de Granados

Estaba sola la mayor parte del año. En el Panteón Municipal de Zacapu, Michoacán, su tumba tenía el epitafio: “En recuerdo de su hijo Vicente”.

Ramoncita había tenido un solo hijo y ningún nieto, y el hijo, como muchos mexicanos, se había tenido que ir muy lejos a buscar un mejor sueldo y una mejor vida.

Don Vicente Granados se había convertido en un gran chef en Filadelfia, y cada año regresaba a Zacapu a visitar la solitaria tumba de su madre.

No iba solo. El hombre elegante que vestía con sombrero de fieltro, y traje de casimir como Eliot Ness, de Los Intocables, iba con su único amigo del pueblo: el sastre que le hacía sus trajes en el tiempo que duraban sus vacaciones.

También, la numerosa familia del sastre lo había adoptado como un tío magnífico que cada vez que llegaba era como un Santa Clause lleno de regalos que venía del Polo Norte. En esos días que llegaba Don Vicente, había comidas especiales, paseos a la Laguna y fotografías (las únicas fotos de esa época son las que tomaba Don Vicente).

Pero un año ya no volvió. Ni el otro.

En los 60’s, nadie envió una carta.

La tumba de Ramoncita se quedó más sola que antes.

Y aunque tenía letrero de “perpetuidad”, sacaron sus huesos y en ese panteón tan lleno de muertos le acomodaron otra madre acaso menos solitaria.

LOS CAMBIOS: historia de las Paulas

Doña Paula se casó en 1936 y tuvo 13 hijos. Dos se le murieron de bebés, y 11, con mayor o menor fortuna crecieron e hicieron sus familias.

Nadie sabe si el costo de la maternidad le acortó la vida y un día le apareció un cáncer en el aparato reproductor cuando apenas llegaba a los 50 años.

Sacrificándolo todo, dándolo todo, Doña Paula sabía cocinar, planchar, lavar ropa en el lavadero… pero sobre todo sabía magia. Por arte de magia, hacía que el escaso salario de su esposo el sastre le alcanzara para hacer de comer a la gran prole y para crear esos extensos jardines que los turistas norteamericanos (cuando viajaban en caravanas) se detenían a retratar.

Paula, su hija, cambió un poco. Ella fue más años a la escuela, se hizo secretaria, tuvo tres hijos, se casó dos veces y se fue a vivir a otras ciudades que Doña Paula solo visitó cuando iba a sus curaciones a los hospitales.

Paula, la nieta, fue un poco más lejos que las otras. Tuvo más años de escuela y menos hijos. Se graduó de la universidad, se hizo abogada, y tuvo un par de hijos.

A Don Fausto, el abuelo que ha vivido más de un siglo, le parece que lo que ha ocurrido con las madres ha sido algo extraordinario.

LAS SUPERABUELAS: las madres que regresan al maternaje

La Luchona llega a las cinco de la mañana al gimnasio. Hace ejercicio. Empieza por limpiar los baños de las mujeres, luego se mete al salón de los ejercicios aeróbicos, y mientras limpia los vidrios, explica: tiene que salirse al rato a llevar a sus nietas a la escuela, luego regresa a terminar sus cinco horas y a ver qué les va a dar de comer. Si tiene casas que limpiar, se va a limpiarlas…

Sin querer reconocer que su hijo le salió un “bueno pa’ nada”, la Superabuela parece disfrutar de ser una amorosa sargenta que les da estabilidad a esas chamacas que no son suyas, pero como si lo fueran.

Oriunda de Jalisco, la Luchona se casó siendo una niña para escaparse de la violencia de su casa, pero le salió peor, con un marido golpeador.

Se salió de esa relación abusiva. Se la rifó ella sola para cuidar a sus hijos… Y, ahora, también a sus nietos.

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California, 05052019

 

PSICOLOGIA Y COLECCIONISMO: Los objetos usados como facilitadores de la memoria

POR José FUENTES-SALINAS

NO PUEDO DECIR que recuerdo a mi madre con exactitud. Pero esa salsera de boca de pescado me lleva a pensar en sus magníficas comidas que le hacía a Don Vicente Granados.

La salserita me la trajo un día mi hermana para que yo, el menor de la familia, no me sintiera tan desamparado. La tengo ahí en el estudio, y aunque no tengo fotos de Don Vicente, me vienen esas imágenes de un señor de traje y sombrero como Los Intocables, que cada año llegaba a visitar la tumba de su mamá, Doña Ramoncita, a Zacapu.

El hombre había sido hijo único y no tenía más familia que la nuestra gracias a que mi papá se hizo amigo de él, cuando le hacía trajes de casimir inglés en su sastrería. Viajar desde Filadelfia no era poca cosa. Menos cargado de juguetes y regalos para mi familia: el Winchester de mi padre, el juego de cubiertos para mi madre, los “juguetes americanos” para nosotros… Por eso, cuando nos visitaba, le preparaban buenas comidas, donde esa salsera se hacía presente.

Las imágenes son más poderosas que las palabras. Por eso, aunque no recuerdo qué se decía (yo tenía menos de 8 años), las cosas me recuerdan imágenes, y las imágenes me recuerdan estados de ánimos.

Por eso, también, las colecciones tienen importancia. Son una enciclopedia personal de emociones, algunas son:

  • La bomba del DDT oxidada que está en el rincón del estudio me recuerda mi oficio de matamoscas en la casa de Obregón.
  • El libro viejo de La Vida de los Santos y Los Viajes de Gulliver me recuerdan cuando aún no sabía leer y me contentaba con ver láminas en los libros de la biblioteca de la casa.
  • Una enorme moneda de peso que compré en el Swap Meet me recuerdan “mis domingos”, y, a su vez, dos jinetes de caballeros armados en sus caballos me recuerdan los juguetes que me compraba con ese peso.

Un sombrero de fieltro me recuerda a aquel chef de Filadelfia que cada año solía llegar a Zacapu para hacerse un traje con mi padre, y visitar la tumba de su madre. Foto: José FUENTES-SALINAS.

HOY HE LEIDO que en el incendio de la Catedral de Notre Dame se alcanzaron a salvar un tesoro de reliquias, que incluyen un clavo de la cruz de Cristo, su corona de espinas y la túnica de San Luis Rey.

Sin duda las reliquias de las iglesias, así como las reliquias personales, tienen el mismo propósito, el de atestiguar que algo que imaginamos realmente existió.

Así como los creyentes, las familias tienen sus reliquias con las que pretendemos conjurar la fragilidad del tiempo. Hay en todo eso un principio fetichista: el objeto sustituye la acción. Eso nos lleva a coleccionar objetos que tienen un significado personal. Pero aquí, habría que detenernos a hacer una diferenciación: las colecciones se van haciendo poco a poco, tomando consciencia de lo que significan.

En mi caso, tengo una caja de madera pintada con la fachada de la casa de Pino Suarez y Luis Moya, donde viví de niño, con un clavo del viejo ferrocarril desaparecido que me encontré en mi ciudad de nacimiento, así como los cowboys de plástico que nos trajeron Los Reyes Magos.

En un cajón del escritorio tengo unas servilletas de punto de cruz que mi madre tejió. Hay platos que fueron de mi hermana que falleció de cáncer, y un libro de poemas de Bertold Brecht que está firmado por mi hermano que murió muy joven. Las firmas o autógrafos también son una comprobación de que algo realmente ocurrió. El libro “Macario” tiene el autógrafo de Don Antonio, y los libros de mis escritores favoritos Eduardo Galeano, Octavio Paz y Eliseo Diego también están autografiados. Más que autógrafos, los cuadernos escritos por mi padre, me recuerdan la paciencia para acomodar palabras e imágenes en el papel.

EN LO QUE NO creo son en las colecciones de los millonarios que nomás porque tienen dinero se apropian compulsivamente del arte y las reliquias del mundo. Con frecuencia, no hay nada que los conecte personal o emocionalmente a esos objetos.

Es solo acaso una forma de mostrar: yo tengo poder.

 

—LONG BEACH, CA, 04182019

LOS INDIGENAS: María del Carmen Tun Cho, Yalitzia Aparicio, y AMLO

  • CARRERA POR LA IDENTIDAD

El 23 de marzo del 2019 el maratón de Los Ángeles registro 24.000 atletas de los Estados Unidos y de 60 países.

Entre todos ellos, había una mujer indígena que cruzó la meta en el número 6919.

Para muchos, que corrían con lo más moderno de la moda deportiva ese sería un puesto de poca importancia.

Pero la meta de María del Carmen Tun Cho, Madre de seis hijos oriunda de alta Verapaz, Guatemala, era mostrar que se puede correr con “caites” (guaraches) y un vestido que muestra la identidad de los pueblos originarios mayas.

Sabedora de los olvidos y las exclusiones, María del Carmen dijo después de correr: “para mí, participar ya es un triunfo”.

Tlacuilos Cibernéticos. Pintura de José Fuentes-Salinas.

  • ACTUAR SU PROPIA VIDA

Yalitzia Aparicio Martínez no pensaba ser actriz.

Solo acompañaba a su hermana que buscaba trabajo en la película “Roma”, de Alfonso Cuarón. Pero a ella le tocó.

El papel que había en la película no era fácil, tampoco difícil. Ella sería una sirvienta oaxaqueña para una familia de clase media en la colonia Roma de la ciudad de México.

La única clase de actuación que había tomado Yalitzia era de su madre, quien había sido trabajadora doméstica o “chacha”, como algunos le llaman despectivamente.

Cuando fue nominada como mejor actriz a un Oscar de la academia de Hollywood, los comentarios no se hicieron esperar, desde los más benévolos como los del mexicano Rafael Cardona: “la eligieron solamente porque corresponde al genotipo indígena”, hasta los más directos y agresivos como los del actor Sergio Goyri: “ella es solo una pinche indígena que solo sabe decir ‘si señora, no señora'”.

  • LOS ESCOTOMAS

Los escotoma son una zona de ceguera parcial, temporal o permanente. En la oftalmología los doctores tienen aparatos para detectarlos. En la cultura, de cuando en cuando algunos periodistas los detectan.

El racismo contra los indígenas es un escotoma que la clase media mexicana padece.

Los presidentes mexicanos casi siempre habían sido blancos o mestizos, cuando llegó Andrés Manuel López obrador.

El hizo un movimiento al que le llamo “MORENA”, como el color de las mujeres indígenas.

También usaba un presidente afro mexicano, Lázaro Cárdenas, y otro indígena, Benito Juárez, como referencias de campaña.

Luego de los primeros 100 días de su presidencia, y no muy lejos de que México recordara los 500 años de la llegada de Hernán Cortés a México se le ocurrió al presidente moreno pedirle en una carta al rey Felipe de España y el papa Francisco una disculpa por los agravios de la conquista de México, que se hizo con la cruz y la espada.

López obrador, un presidente un poco más indígena que sus colegas anteriores fue juzgado de delirante.

Felipe, no el de España, sino el de México, que también fue presidente, dijo que el tema de los agravios ya se habían saldado desde 1836 con el tratado de Calatrava.

Más certera, Betina Cruz, una mujer indígena oaxaquena iba más allá de las disculpas. “Que López obrador no se lave las manos con disculpas ajenas… No queremos disculpas por lo que pasó sino por lo que siguen pasando. El remedio está en que reconozcan nuestros derechos en México y que no se perpetúe la violencia y despojo de nuestras tierras”.

La representante del Consejo de Gobierno Indígena decía: “Un chingo de empresas” que nos siguen despojando son españolas.

CAMBIO DE HORARIO: Los relojes

Lo sé. El próximo Domingo, a la hora de irme a dormir estaré “perdiendo” una hora.

Claro. Todo es un absurdo. Contar el tiempo es una arbitrariedad, una convención. Por eso, quienes dicen que hay “momentos que son eternos” dicen cosas tan absurdas como la que dijo Cantinflas: “hay momentos verdaderamente momentáneos”.

También es cierto lo que dice el poeta Israelita Yehuda Amichai: “el tiempo no está en los relojes”.

En eso pensaba la otra vez que fui al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson. En un puesto había un montón de relojes de pulsera usados. Tan solo ponerse a contarlos o a revisar cuáles todavía servían era una pérdida de tiempo. Eran relojes “electrónicos” que ya habían pasado de moda.

Venta de relojes usados en el Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson, California.
FOTO: JOSE FUENTES-SALINAS

Me acuerdo bien cuando aparecieron allá a finales de los 70’s. Todo mundo quería tener uno. Pero ahora son tan corrientes que solo falta que los regalen en las caja de Corn Flakes.

Es cierto que de niño quise tener un reloj de pulsera, pero las únicas veces que necesitaba medir el tiempo era cuando andaba en la plaza jugando con mis amigos y en ese lugar bastaba ver el reloj de la Iglesia de Santa Ana para saber la hora. Y no solo eso: las campanadas de la iglesia hacían que inevitablemente volteáramos a ver el reloj.

Mi primer reloj fue un Caravelle de Bulova al que se le veían las tripas. Me lo regaló mi hermana María cuando regresaba de Estados Unidos y yo estaba en la Prepa. Me sirvió mucho para sacar dinero de la Casa de Empeño en Morelia, cuando me iba al cine y desacompletaba para el pasaje de regreso a Zacapu.  El propósito de tener un buen reloj entre los estudiantes universitarios, entre otras cosas, era el de tener un “valor” que empeñar en caso de extrema necesidad.

Luego, con el tiempo, fui aprendiendo que, así como con las personas y los títulos universitarios, había relojes más finos, como el “Rolex”. “Uuuuy…traes un Rolex!”. Pero para quien no luce como de “altos ingresos”, traer un Rolex era señal de desconfianza… o estupidez. Una vez, caminábamos por la Calle Broadway en el Centro de Los Angeles con un amigo, y alguien le ofreció un Rolex por 20 dólares. Era el Día del Padre, y mi amigo pensó que era una brillante idea para regalo. Su padre se lo recibió de buena gana, como un gran detalle, pero se aguantó las ganas de decirle: ¡Cómo serás pendejo!

Yo, con el tiempo, he pensado más en lo práctico, en un buen reloj que me aguante los manotazos en la alberca cuando nado, y que de un vistazo me deje ver la hora. Por eso uso un Citizen Eco-Drive que se recarga con el sol y tiene tremendos numerotes, y la pulsera es de acero inoxidable.

Esa es mi codiciada propiedad que ahora tiene un poco de la nostalgia infantil, aunque solo me costó 150 dólares, lo que muchos gastan por unos zapatos o un pantalón que les durará mucho menos tiempo.

Este mi relojito es de los pocos que todavía manualmente tendrán que ser adelantados con la entrada del cambio de horario en la madrugada del Domingo, a las 2 AM.

Los demás relojes, los de las computadoras, nos robarán automáticamente una hora.

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  • José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com
    Long Beach, California, Marzo, 7, 2019.