DIA DE LA MADRE: Narraciones, crónicas y semblanzas de madres prototípicas

“México es uno, y uno es un desmadre”, decía el letrero de vagón del Metro en la Ciudad de México.

En realidad, el letrero había sido: “México es uno y uno es México” —Consejo Nacional de la Publicidad. Pero alguien travieso y politizado, le cambió el sentido.

La palabra “Madre” es un signo que cambia de sentido por ser una metáfora del origen.

Un DESMADRE: un desarreglo. A TODA MADRE: algo excelente. DE POCA MADRE: algo superlativamente bien. CHINGA TU MADRE: “la tuya!…” y empieza el pleito.

Por oposición una palabra casi sagrada y con frecuencia fatigada por la cursilería se puede convertir en el insulto más agresivo, que de manera eufemística Paquita la del Barrio lo deja en: “sin hacer más bulla, me ‘saludas’ a la tuya”.

MUESTRARIO DE MADRES

LA SOLEDAD: Doña Ramoncita Viuda de Granados

Estaba sola la mayor parte del año. En el Panteón Municipal de Zacapu, Michoacán, su tumba tenía el epitafio: “En recuerdo de su hijo Vicente”.

Ramoncita había tenido un solo hijo y ningún nieto, y el hijo, como muchos mexicanos, se había tenido que ir muy lejos a buscar un mejor sueldo y una mejor vida.

Don Vicente Granados se había convertido en un gran chef en Filadelfia, y cada año regresaba a Zacapu a visitar la solitaria tumba de su madre.

No iba solo. El hombre elegante que vestía con sombrero de fieltro, y traje de casimir como Eliot Ness, de Los Intocables, iba con su único amigo del pueblo: el sastre que le hacía sus trajes en el tiempo que duraban sus vacaciones.

También, la numerosa familia del sastre lo había adoptado como un tío magnífico que cada vez que llegaba era como un Santa Clause lleno de regalos que venía del Polo Norte. En esos días que llegaba Don Vicente, había comidas especiales, paseos a la Laguna y fotografías (las únicas fotos de esa época son las que tomaba Don Vicente).

Pero un año ya no volvió. Ni el otro.

En los 60’s, nadie envió una carta.

La tumba de Ramoncita se quedó más sola que antes.

Y aunque tenía letrero de “perpetuidad”, sacaron sus huesos y en ese panteón tan lleno de muertos le acomodaron otra madre acaso menos solitaria.

LOS CAMBIOS: historia de las Paulas

Doña Paula se casó en 1936 y tuvo 13 hijos. Dos se le murieron de bebés, y 11, con mayor o menor fortuna crecieron e hicieron sus familias.

Nadie sabe si el costo de la maternidad le acortó la vida y un día le apareció un cáncer en el aparato reproductor cuando apenas llegaba a los 50 años.

Sacrificándolo todo, dándolo todo, Doña Paula sabía cocinar, planchar, lavar ropa en el lavadero… pero sobre todo sabía magia. Por arte de magia, hacía que el escaso salario de su esposo el sastre le alcanzara para hacer de comer a la gran prole y para crear esos extensos jardines que los turistas norteamericanos (cuando viajaban en caravanas) se detenían a retratar.

Paula, su hija, cambió un poco. Ella fue más años a la escuela, se hizo secretaria, tuvo tres hijos, se casó dos veces y se fue a vivir a otras ciudades que Doña Paula solo visitó cuando iba a sus curaciones a los hospitales.

Paula, la nieta, fue un poco más lejos que las otras. Tuvo más años de escuela y menos hijos. Se graduó de la universidad, se hizo abogada, y tuvo un par de hijos.

A Don Fausto, el abuelo que ha vivido más de un siglo, le parece que lo que ha ocurrido con las madres ha sido algo extraordinario.

LAS SUPERABUELAS: las madres que regresan al maternaje

La Luchona llega a las cinco de la mañana al gimnasio. Hace ejercicio. Empieza por limpiar los baños de las mujeres, luego se mete al salón de los ejercicios aeróbicos, y mientras limpia los vidrios, explica: tiene que salirse al rato a llevar a sus nietas a la escuela, luego regresa a terminar sus cinco horas y a ver qué les va a dar de comer. Si tiene casas que limpiar, se va a limpiarlas…

Sin querer reconocer que su hijo le salió un “bueno pa’ nada”, la Superabuela parece disfrutar de ser una amorosa sargenta que les da estabilidad a esas chamacas que no son suyas, pero como si lo fueran.

Oriunda de Jalisco, la Luchona se casó siendo una niña para escaparse de la violencia de su casa, pero le salió peor, con un marido golpeador.

Se salió de esa relación abusiva. Se la rifó ella sola para cuidar a sus hijos… Y, ahora, también a sus nietos.

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California, 05052019

 

PSICOLOGIA Y COLECCIONISMO: Los objetos usados como facilitadores de la memoria

POR José FUENTES-SALINAS

NO PUEDO DECIR que recuerdo a mi madre con exactitud. Pero esa salsera de boca de pescado me lleva a pensar en sus magníficas comidas que le hacía a Don Vicente Granados.

La salserita me la trajo un día mi hermana para que yo, el menor de la familia, no me sintiera tan desamparado. La tengo ahí en el estudio, y aunque no tengo fotos de Don Vicente, me vienen esas imágenes de un señor de traje y sombrero como Los Intocables, que cada año llegaba a visitar la tumba de su mamá, Doña Ramoncita, a Zacapu.

El hombre había sido hijo único y no tenía más familia que la nuestra gracias a que mi papá se hizo amigo de él, cuando le hacía trajes de casimir inglés en su sastrería. Viajar desde Filadelfia no era poca cosa. Menos cargado de juguetes y regalos para mi familia: el Winchester de mi padre, el juego de cubiertos para mi madre, los “juguetes americanos” para nosotros… Por eso, cuando nos visitaba, le preparaban buenas comidas, donde esa salsera se hacía presente.

Las imágenes son más poderosas que las palabras. Por eso, aunque no recuerdo qué se decía (yo tenía menos de 8 años), las cosas me recuerdan imágenes, y las imágenes me recuerdan estados de ánimos.

Por eso, también, las colecciones tienen importancia. Son una enciclopedia personal de emociones, algunas son:

  • La bomba del DDT oxidada que está en el rincón del estudio me recuerda mi oficio de matamoscas en la casa de Obregón.
  • El libro viejo de La Vida de los Santos y Los Viajes de Gulliver me recuerdan cuando aún no sabía leer y me contentaba con ver láminas en los libros de la biblioteca de la casa.
  • Una enorme moneda de peso que compré en el Swap Meet me recuerdan “mis domingos”, y, a su vez, dos jinetes de caballeros armados en sus caballos me recuerdan los juguetes que me compraba con ese peso.

Un sombrero de fieltro me recuerda a aquel chef de Filadelfia que cada año solía llegar a Zacapu para hacerse un traje con mi padre, y visitar la tumba de su madre. Foto: José FUENTES-SALINAS.

HOY HE LEIDO que en el incendio de la Catedral de Notre Dame se alcanzaron a salvar un tesoro de reliquias, que incluyen un clavo de la cruz de Cristo, su corona de espinas y la túnica de San Luis Rey.

Sin duda las reliquias de las iglesias, así como las reliquias personales, tienen el mismo propósito, el de atestiguar que algo que imaginamos realmente existió.

Así como los creyentes, las familias tienen sus reliquias con las que pretendemos conjurar la fragilidad del tiempo. Hay en todo eso un principio fetichista: el objeto sustituye la acción. Eso nos lleva a coleccionar objetos que tienen un significado personal. Pero aquí, habría que detenernos a hacer una diferenciación: las colecciones se van haciendo poco a poco, tomando consciencia de lo que significan.

En mi caso, tengo una caja de madera pintada con la fachada de la casa de Pino Suarez y Luis Moya, donde viví de niño, con un clavo del viejo ferrocarril desaparecido que me encontré en mi ciudad de nacimiento, así como los cowboys de plástico que nos trajeron Los Reyes Magos.

En un cajón del escritorio tengo unas servilletas de punto de cruz que mi madre tejió. Hay platos que fueron de mi hermana que falleció de cáncer, y un libro de poemas de Bertold Brecht que está firmado por mi hermano que murió muy joven. Las firmas o autógrafos también son una comprobación de que algo realmente ocurrió. El libro “Macario” tiene el autógrafo de Don Antonio, y los libros de mis escritores favoritos Eduardo Galeano, Octavio Paz y Eliseo Diego también están autografiados. Más que autógrafos, los cuadernos escritos por mi padre, me recuerdan la paciencia para acomodar palabras e imágenes en el papel.

EN LO QUE NO creo son en las colecciones de los millonarios que nomás porque tienen dinero se apropian compulsivamente del arte y las reliquias del mundo. Con frecuencia, no hay nada que los conecte personal o emocionalmente a esos objetos.

Es solo acaso una forma de mostrar: yo tengo poder.

 

—LONG BEACH, CA, 04182019

HISTORIAS DE LAS VEGAS: Reencuentro de inmigrantes michoacanos

Estaba confundido. El recordaba nuestra amistad, pero no mi nombre. Hacía tanto tiempo. Nos encontramos en el pasillo del Hotel Tropicana.

—¡Quihubo pariente!… ¿Cómo estás?

Mi hablado lo sorprendió. Pero yo sabía que era el Enano, y él sabía que yo era el mismo bato aquel de la Secundaria Melchor Ocampo, de Zacapu, del Grupo “B”. En aquellos tiempos en que el “bullying” no era aún políticamente incorrecto, casi todos teníamos sobrenombre: la Burra, Tribilín, la Gringa, la Señorita Puré, la Momia, el Chango, el Colorado… Todo era motivo de sobrenombre: las cejas, lo rubio, el color pálido, las nalgas exquisitas de alguna compañera…

—Y tú ¿cómo es que andas acá?

—Pues igual que tú. Somos piedras de Zacapu, muy rodadoras, ¿o qué no?

El Enanito era un tipo a toda madre. Con él nos íbamos caminando de regreso a la escuela, cruzando la milpa de maíz de la Ciénaga. El vivía allá por las Siete Esquinas, y era un gran lector. Me había prestado los cuentos de “Bertholdo, Bertoldino y Cacaseno”. No sé ni como esos pinches mocosos que éramos estábamos leyendo literatura de la Edad Media.

“Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno es el título de tres cuentos muy populares escritos por Julio César Croce (los dos primeros) y Adriano Banchieri (el último), publicados por primera vez en una edición única en 1620. Estos relatos retoman cuentos antiguos, en particular la disputa de Salomón y Marcolfo que data de la Edad Media” (Wikipedia).

Libro de “Bertoldo, Bertoldo y Cacaseno”. Cortesía Editorial.

El Enano, como yo, habíamos emigrado a California, y no nos habíamos visto desde hace 45 años, desde que estábamos en la secundaria. El se había hecho maestro, y ahora, ya próximo al retiro, andaba en una de sus últimas conferencia en Las Vegas.

No sabíamos cómo entrarle a la conversación. Un espacio en blanco de casi medio siglo no era poco. El único tema en común era la escuela secundaria. Las entretenidas clases de Historia del profesor “Ay nanita!”, los juegos de futbol… y la aventura de matar tuzas o hacer fogatas con el rastrojo.

—Ja aaaa… Me acuerdo cómo nos esperábamos a que saliera una tuza en la milpa para soltarle una piedra. Se veía cómo poco a poco iban sacando la tierra hasta que  asomaban la cabeza. ( palabra tuza procede del náhuatl tozan, topo, clase de rata).

—Si, hombre. Y, luego, con aquellos fríos, cómo juntábamos un poco de rastrojo de las matas secas del maíz para hacer fogatas, hasta que llegaba el prefecto a regresarnos a los fríos salones de clase.

Por alguna razón, el cerebro que envejece se hace más lúcido en recuperar imágenes muy remotas, aunque algunas veces los nombres se escapen. Yo me acordaba de Alfredo Cervantes, el que le sacaba punta a los lápices a mordidas, de Alfredo Córdova, el que escribía como arquitecto sin que sus frases tocaran los renglones… Pero de muchos compañeros solo recordaba la imagen que los identificaba: burra, gringa, chango, momia…

—Tu que eres maestro, deberías hacer que los profes escribieran más libros. El salón de clases es una laboratorio social adonde llega gente de todos los estratos. Más aquí que hay tanto inmigrante. 

—Si pues.

En una comunicación fragmentada, cada cosa que sacábamos derivaba en otros temas de lo que cada uno había vivido después de que salió de la Secundaria: el trabajo aquel que tuve en la Purina de Querétaro, donde mataba ratas que se trepaban a los vagones del tren de sorgo, las tuzas que salían en el Parque El Dorado de Long Beach.

—¿Por qué ya no regresaste?

—Por lo mismo que tu. Uno es como las plantas. Puede desarraigarse y echar raíces en otra parte, pero llega una edad en que esto es peligroso, porque ya se adapta menos. Corre el riesgo de que las raíces se le sequen. Además, para qué regresa uno. Allá todo es un desmadre: fincaron en las tierras más fértiles, y todavía ahora a pesar de tanto dinero que ha entrado no hay una museito decente, un a buena biblioteca… ¿qué habremos hecho mal nosotros los maestros?…

El Enanito no había cambiado en su gran empatía que lo había hecho sobrevivir, en aquellos tiempos, al “bullying” escolar.

El tiempo se le acababa, antes de regresar a su sesión de la conferencia.

Nos terminamos el café, nos intercambiamos los portales en el Facebook y los teléfonos.

Hasta entonces supimos cómo nos llamábamos.

Tienda de souvenirs en Las Vegas, Nevada. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 

  • José FUENTES-SALINAS. Las Vegas, Nevada. 11172018

 

CRONICAS DE CALIFORNIA: La Banda Oaxaqueña “Herencia Zochileña”

ARABELA TIENE SIETE años y entra la iglesia de San Emydius con sus nachos con queso en la mano. Sabe acaso que esa no es la forma más correcta de comulgar con dios, pero tiene hambre, y, además, quiere acompañar a su hermanita que toca el flautín en la banda filarmónica “Herencia Zochileña”. Se me queda viendo como pensando acaso que le voy a decir “niña, a la casa de dios no se llega con botanas”.

Luego, el director y maestro Alberto Martínez, con su trompeta empieza preparar a los niños que acompañarán la misa dominical.

“Aleluya, aleluya Santo, Santo es el señor…”

Luego de la primera intervención de la banda, viene la carta a los hebreos, el Evangelio según San Marcos, la referencia a los fariseos, al divorcio al y el padre hablará del noviazgo, de lo que es tener una compañera, no un objeto…

Mientras, Melanie y Adrián colocan sus iPhones debajo de las partituras musicales que tienen impresas la “Misa Oaxaqueña”.

Yo vine aquí porque Venancio me invitó, porque quería verlos en acción, antes de que se presenten el 10 de noviembre en la Lynwood High School.

“Va a ser una fiesta oaxaqueña para juntar dinero y comprar o arreglar instrumentos”, dijo Venancio que es como el publirelacionista sin título de los zochileños.

Por un momento en ese espacio se juntan las bondades del mundo: los niños que no quieren otra cosa que alegrar los misterios de la existencia, el maestro que generosamente da su tiempo para preservar la música, la soprano que canta el Osaaaanaa… la hija que lleva a su madre en silla de ruedas, el adolescente que carga el pesado corno inglés… Y los voluntarios que allá, en el comedor, servirán a los hambrientos pozole, menudo, tacos y tamales como multiplicando el evangelio proverbial.

Niños de la Banda Infantil Oaxaqueña en California “Herencia Zochileña” en la misa de 2 PM del último domingo de Octubre, 2018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

MAS ALLA DE “COCO” Y HOLLYWOOD 
Más allá de los estereotipos de la cultura mexicana, la comunidad oaxaqueña mantiene el movimiento de la cultura popular.
Cuando van a tocar a un funeral se ponen muy serios. Observan a los dolientes, y, al tocar el “Dios nunca muere”, saben que están contribuyendo a la elaboración del duelo. Pero cuando los invitan a tocar a la Universidad de California de Los Angeles (UCLA) junto con un grupo de danza, saben que ahí, la tuba y las trompetas tienen que provocar el ritmo de los pies.

“No es solamente la música”, dice el director y maestro de la Banda Infantil Herencia Zochileña, Aberto Martínez, “es la cultura, los valores de sus ancestros”.

La banda que el 10 de Noviembre tendría una presentación cultural en la Lynwood High School para juntar fondos para sus instrumentos es una de las mejores expresiones de la cultura latina y mexicana. Para formarse no requieren de fundaciones ni academias, y la espontaneidad con que se forman refleja el carácter verdadero de la cultura popular.

“Así como los brasileños casi nacen con una pelota de futbol, los oaxaqueños nacen con un instrumento”, dice Martínez.

Alberto Martínez, director de la Banda Musical “Herencia Zochileña” en una misa en la Iglesia San Emiydius, en Lynwood California. 1022018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

En una presentación reciente en la misa de 2 PM de la Iglesia de San Emydius, de Lynwood, los chamaquitos se apostaron en una esquina, al lado izquierdo del altar, y a la señal del maestro empezaron a tocar la “Misa Oaxaqueña”. En ese momento ellos se convertían en el centro de la invocación espiritual, como en los tiempos de Mozart.

Son niños. Los menores tienen siete años, los mayores, 17. Y como niños, no se podía evitar ver que debajo de la partitura unos pusieran su iPhone, para en un descanso ponerse en contacto con el ciberespacio.

Cuando se le pregunta a Martínez cuál es el principal obstáculo para la enseñanza musical en estos tiempos de cibertecnología, no duda en decir que son los celulares.

“El mayor obstáculo puede ser la distracción de la tecnología. Por eso, en las juntas yo se los hago saber a los papás. Les digo que se la tienen que prohibir, si no hacen caso. Hay que tener carácter. Yo, cuando vienen a las clases, si le quito el celular a uno, los demás hacen caso”.

Pero ¿no les puede servir para escuchar cómo tocan otras bandas?, se le pregunta.

“Si. En ese sentido puede servir. Pero yo no quieron que se hagan músicos líricos (de oído). Yo quiero que aprendan a leer las partituras. Ahora que, si, cuando vamos a tocar a un lado, les paso en mensaje de texto la lista de piezas que vamos a tocar, para que estén listos”.

Partitura de la Misa Oaxaqueña que niños de 7 años han aprendido a leer. Foto: José FUENTES-SALINAS.

La banda formada hace tres años es una de las varias que existen en el Sur de California. Recientemente fueron de visita a las fiestas patronales de Santiago Zochila y fue una verdadera sorpresa para los niños.

“Fueron a tocar con las mejores bandas de la región, y los dejaron muy impresionados”, prosigue Martínez. “Cuando aún no regresaban a California, empezaron a llegar una gran cantidad de mensajes en el Facebook, de lo impresionado que estaban”, dice.

Martínez, quien trabaja planchando en una tintorería, está satisfecho del trabajo que ha hecho. Tiene tres hijos que también aprendieron la música, uno de ellos, Jorge, toca la tuba en la Banda de Régulo Caro.

Cuenta que hay niños que además de tomar clases de música con él, están en los programas de música de sus propias escuelas, y, con frecuencia, sorprenden a sus maestros.

“Hubo uno, que según eso, estaba atrasado en su escuela, y luego de un mes, aprendió más de lo que le habían enseñado en todo el curso. Yo creo que se trata de motivar a los niños. A veces los padres se ponen a llorar cuando ven cómo sus hijos tocan la música en sus presentaciones. Una señora me dijo ¿cómo le hizo si mi hijo era un diablillo en la casa?”.

Oriundo de Santa María Yalina y casado con una mujer de Santiago Zochila, recuerda que cuando quizo aprender a tocar música, su abuela no quería. “Todos los músicos son unos borrachos”, le decía. Pero como “los oaxaqueños nacen con un instrumento”, pronto aprendió este arte, y antes de emigrar a Estados Unidos, ya había formado una rondalla en la iglesia de su pueblo.

CUENTOS URBANOS: El sentido de la historia

Se fue convirtiendo en historia.

Sus visitas al centro de la ciudad lo dejaban cada vez más perplejo.
Le costaba reconocer el lugar que tantas veces había cruzado.

El parquecito estilo japonés donde dormían los desamparados se había convertido en una enorme estructura de condominios de lujo. Los desamparados todavía existían pero se acomodaban a la entrada de la biblioteca y ahora unos fumaban marihuana libremente por eso de las nuevas leyes.

Todo el centro se renovaba y pronto las grúas del puerto no podrían ser vistas desde esas calles por donde tantas veces había deambulado. “Se crearían muchos trabajos”, la doctrina del desarrollo la habían aprendido bien los políticos, inclusive el joven alcalde que se sentía orgulloso de ser el primer latino homosexual en gobernar la ciudad.

La ciudad se iba convirtiendo en algo distinto. Ahora resultaba más complicado estacionarse, aunque los estacionamientos ahora aceptaran tarjetas de crédito. La ciudad que presumía de ser la más amistosa para las bicicletas en el país ofrendaba su corazón a la clase media y a las compañías constructoras que tan generosas habían sido para rechazar la propuesta de control de rentas.

Lo bueno es que, además de ese tráfico pestilente de autos y camiones que desembocaban en el centro y en los muelles, allí llegaba el metro de la línea azul.

Muros que cubren la vista de el trabajo de construcción. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Las redes de transporte colectivo se iban extendiendo en todo el condado y pronto habrían de cambiar la nomenclatura: la gente se había hecho tan “color blind” que en lugar de tonos de azul y dorados, serían líneas numeradas. Ocurrió también en la demografía. Ahora ya no era posible distinguir entre negros, morenos, blancos, caucásicos, asiáticos… Ahora la segregación era por niveles de ingresos, porque eso de “clase trabajadora” y el “1%” había sido algo riesgoso en la política del Siglo XX. ¿En qué categoría cabía ahora el ex alcalde de la ciudad vecina que se había convertido en “chairman” de la compañía comercializadora de marihuana?. El primer latino en gobernar una ciudad de ese calibre, el ex director de sindicatos de trabajadores, y vocero del congreso de legisladores, ahora se justificaba diciendo que era importante que los latinos fueran representados en el negocio de la marihuana.

Sentía que el sentido de la historia no le cabía en la imaginación. Lo que había sido el gran crimen del siglo XX, por el que se mataron muchos pobres en Latinoamérica ahora era un negocio de cuellos blancos en Norteamérica, y hasta el ex líder del congreso republicano, el mismo que lloró cuando el Papa le reclamó su rechazo a la reforma de inmigración, el ex legislador ahora también trabajaba en el negocio de la mota, o de la marihuana, porque también en eso las cosas habían cambiado: el término mota era derogativo.

Con las manos en las bolsas y la misma chamarra de mezclilla de hace años ahora un poco desgarrada, caminaba rumbo a pagar el gas y el agua las oficinas del City Hall. Se sentía agradecido de que su facha se hubiera puesto de moda. Su vestimenta de mezclilla deslavada y con señales de tortura era altamente cotizada en los centros comerciales.

Antes de entrar a la biblioteca se detuvo a tomar una foto con su iPhone a los chuches de un desamparado que estaban junto a un paisaje y la ciudad habían puesto para hacer menos cruel el movimiento de grúas y trascabos que construían la remodelación del Downtown. El dormitorio del rincón del desamparado tenía como un muro enorme un póster en acrílico de unos yates en la marina con un sol a la tardecer.

…los desamparados se habían ido a un rincón de la entrada de la biblioteca, donde los chinches de un “homeless” se acompañaban de un yate de lujo con el fondo de un atardecer. Foto: José FUENTES-SALINAS

La biblioteca todavía era la misma.

Desde siempre las bibliotecas públicas habían sido su debilidad. ¡Tanto conocimiento gratuito!… Recordaba la primera que visitó en Wilmington, entre la calle Opp y Fries. Ahí leyó la biografía de Reis Tijerina y su lucha por la tierra. De ahí también saco discos LP para aprender inglés italiano… Ja ja ja… El inglés lo aprendía por necesidad, el italiano, por gusto. “il dennaro contante”… “il machelaio”…  Se le hacía grato entender un poco el lenguaje que había escuchado en las películas de Sofía Loren y Marcelo Mastroianni, o la del “Archidiablo” donde la audiencia en español escuchaba “la putannnaa”… Que era traducido en español por un discreto “mujer pública” en los subtítulos de la pantalla.

La biblioteca ahora daba el aspecto de decadencia, esperando su demolición. Al fondo, la mayoría de viejas computadoras eran ocupadas por desamparados. Pero a la entrada aún aparecían los estantes de libros recién comprados.

Le gustaban los cuentos o las novelas cortas, pero tenía la sospecha de que la elección de las obras estaba en manos de algún burócrata de la cultura que se dejaba mangonear por el mercado de libros, sin pensar en ese punto medio entre la demanda de una población lectora y los “bestsellers”. Aún así, aparecían buenos libros de Inés Arredondo y Mario Benedetti, de Sergio Ramírez y Carlos Fuentes, o “Manuales del Pendejismo”…

Cuentos de Sergio Ramirez e Inés Arredondo.

Urgando las historias se daba cuenta que se había convertido en historia él mismo. Las revoluciones del siglo XX ya se habían convertido en otra cosa, en contextos en que los autores hacían actos de reflexión, contricción, arrepentimiento…

Como un rompecabezas donde siempre faltan dos o tres piezas, buscaba elementos de identidad en sus lecturas.

Pero esas piezas vinculadas a lo que está ocurriendo en principio del siglo XXI siempre se escapaban. No encontraba títulos como: “Teoría y práctica del sonambulismo cibernético”, “El sonambulismo cibernético y su relación con el inconsciente”…

Quería pensar que los cambios en la transición del siglo XX al XXI solo habían sido de canal y de contextos, y si antes se tenía que ver en una pequeña sala de cine a Chaplin bailando un vals con un perro amarrado, ahora eso se podía ver en la palma de la mano en un iPhone.

Era un hombre racional. Lo sabía. Buscaba siempre la interconexión entre lo que fue y lo que es. No quería que el progreso lo agarrara del pescuezo y lo arrinconada en un asilo. Le provocaba asco las segregación.

¡Sus pies ah sus pies!… A veces los estimaba más que sus dedos.

Por eso cada vez que podía se iba por ahí caminando, viendo, solo viendo y pensando.

Tomo dos libros, y sin hacer fila los registró de salida.

La muchachita le dijo en español: “se vencen el 25 de octubre. Que tenga buen día. Vuelva pronto. Gracias”.

El hombre salió contento con el recibo del pago del agua y de sus libros.

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—José FUENTES-SALINAS/ www.tlacuilos.com

MAS HISTORIAS:

SWAP MEET: Uno nunca sabe qué va a encontrar en un tianguis

Las cucharas: una historia del hambre

Era la herramienta mínima del hambre. El instrumento que hace posible la sopa. Desde niño lo supe. Las cucharas eran de peltre y con un agujerito para colgarlas. Con los bocados y las lavadas se les caía la pintura. Luego llegaron las inoxidables, las que hacían lucir las letras de la sopa, y los frijoles.

Entonces, un estuche de madera “americano” de cucharas, cuchillos y tenedores se convertía en el regalo especial para los novios recién casados. También fue el regalo para Doña Paula que fue tan amable en hospedar a Don Vicente Granados, cheff de Pensylvania.

“Saquen las cucharas” era decir “saquen el hambre”. En aquellos tiempos sin plásticos, ni prisas, el diálogo entre las cucharas y los platos de cerámica tenía el intermediario de la sopa. Ponerle una cucharada más a la sopa era aceptar a un invitado inesperado.

La cuchara es la miniatura de un brazo extendido con una mano en posición de pedir. De madera, hueso, cobre, plata, oro y acero, ha sido el arma contra el hambre, y la unidad de medida del arte culinario. Una cucharadita de miel son cinco mililitros para el té. Una cucharada sopera son tres veces lo mismo.

¿En qué momento la cuchara se hizo indispensable?

Una cucharadita de jarabe curaba un mal, y un cucharazo de madera llegó a ser un recurso educativo familiar, y  la cucharadita del bebé fue el inicio de su madurez. “No metas la cuchara donde no debes” era no meterse en los asuntos ajenos, en la sopa que otro entendimiento tenía que digerir.

Ah!… pero una cucharadita de miel, una probadita de té… ¿qué más ternura se puede tener?

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 09082018

EL DICCIONARIO: de las obras de referencia de papel a la Internet

MI PRIMO tenía uno igual. Era un diccionario de hojas finísimas como de papel arroz, pero con pasta dura. Eso lo hacía almacenar abundantes palabras del inglés y español. Por eso, era muy difícil no encontrar la palabra buscada.

A veces, de tantas palabras que ofrecía, de tantas variantes, de un concepto me hacía creer que estaba frente a un maestro que trataba de darme el contexto semántico de cada palabra, su polisemia. Para mi era importante, porque en el inglés, un “off” o un “in” suele cambiar el sentido de un verbo.

Por eso, cuando llegué a Los Angeles en los 90’s, lo primero que hice fue ir a comprarme un diccionario igualito al que tenía mi primo en la Colonia Roma de la Ciudad de México.  En esos días, aún no tenía, cama, ni escritorio, ni auto… pero tenía un buen diccionario para poder leer el periódico en inglés e ir aprendiendo poco a poco nuevas palabras.

Las palabras las subrayaba y poco a poco iba buscando su significado, hasta que ya sabiendo un poco más el “contexto semántico” me hacía imaginar el sentido de las palabras.

En el modesto departamento en que vivía, me molestaba que de vez en cuando las cucarachas husmearan el diccionario. Las veía con temor por eso de que las finas hojas de arroz fueran apetecibles para ellas, o para los “silver fish”.

A pesar de las computadoras, el Internet y la información “guardada en la nube”, sigo viendo con respeto los cuadernos y los diccionarios. Foto: José FUENTES-SALINAS.

MUCHO antes de la aparición de la Enciclopedia Encarta en CD-ROMS y de la Internet, los libros de referencia eran muy importantes para mí. Eran el punto de partida para cualquier investigación, y se puede decir que no pocas veces pusieron comida sobre mi mesa y la de mi hijo.

“El Libro de los Orígenes” de Panatti y la Enciclopedia Infantil me permitió hacer la página infantil del Tío Caimán por mucho tiempo, y los manuales y diccionarios me permitieron evitar muchas discusiones con imbéciles de buena voluntad.

¿Tienen alguna utilidad en la actualidad en que con un click aparece la palabra que buscábamos en la pantalla?

Yo pienso que sí.

El diccionario de papel tiene un prestigio que no ha desaparecido.

Yo tengo un diccionario ortográfico sobre mi escritorio de editor, y con frecuencia regreso a mis diccionarios y obras de referencia. Para alguien que los ha usado con frecuencia, el proceso de búsqueda es muy rápido, y, a menudo, las respuestas que uno encuentra en las computadoras le siembran a uno “cookies”, o hacen un perfil con el cual luego le venden todo tipo de tarugadas.

Digamos que computadoras y obras de referencia son complementarios.

Algunos de los diccionarios que me han hecho un gran servicio son el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalís, el Diccionario de Semiótica y Lingüística de Todorov, el Diccionario del Español Salvadoreño… e incluso, aunque no fue de mi propiedad, alguna vez me llamó la atención el Diccionario de los Lugares Imaginarios que me había encargado mi ex jefe Paco Taibo I una vez que vine de visita a California.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua siempre me ha dado desconfianza por ese nombre tan pomposo que utiliza, y por la sorna con que lo criticaba mi profesor de la Escuela de Escritores Raúl Prieto y otros autores mexicanos. Me han gustado más bien los diccionarios que han hecho en México, incluyendo el diccionario del Colegio de México,el Grijalbo o el Larrouse.

Y los diccionarios en el ciberespacio los veo con tanta resignación como veo con melancolía mis viejos diccionarios de papel.

 

—José FUENTES-SALINAS, 0402.2018. tallerjfs@gmail.com

FABULILLAS: El robot que limpiaba casas y daba instrucciones para vivir

UNA VEZ QUE LA CASA estaba perfectamente organizada, el robot pasó por cada habitación, cocina, comedor, sala y baños, a tomar fotografías en 360°, con un carrusel de cámaras que hacían un círculo.

Las imágenes de cómo debía lucir la casa se guardaron en su cerebro.

Luego vino la parte más importante.

Después de unos días de desarreglos, de calcetines regados en el suelo, de papeles de propaganda, bolsas de desecho y ropa tirada en cualquier lugar, el robot se puso funcionar.

Como un magnífico sirviente, con su visión de 360° empezó en la cocina recoger cáscaras de plátano, cajas vacías de cereal, servilletas de papel usadas… Y todas las iba depositando en sus respectivos lugares.

Llegó el comedor. Recogió la botella de vino de la cena del día anterior, los papeles de la propaganda política de los concejales de la ciudad, las ofertas de los supermercados y de servicios de cambios de aceite y llantas.

En la sala, el robot a acomodó las almohadas de los sillones y los arregló como en las imágenes archivadas en su cerebro. Los ositos de peluche de los 49ers de San Francisco los puso en medio.

Como un devorador del desorden, como una aspiradora de desarreglos, el robot furiosamente iba poniendo cada cosa en su lugar.

Y no solo eso. Mientras lo hacía tenía programada la “Marcha de los soldados” de la ópera Fausto, de Charles Gounod, aunque, si se prefería, se podía programar la “Cumbia Sampoesana” con Aniceto Molina.

INSTRUCCIONES PARA VIVIR

LUEGO DE HABER terminado su trabajo, el robot dejó a su cliente un instructivo para mejorar su calidad de vida, basado en recomendaciones del Instituto de la Longevidad de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA):

  • Su cerebro es tan importante como el corazón, protéjalos. Son como un buen matrimonio, lo que le hace bien a uno le hace bien al otro.
  • Nunca es tarde para aprender a vivir mejor. Eso ya lo sabía su abuelo, pero nunca le hizo caso.
  • Organice su cuarto, su casa, su trabajo, su vida… El desmadre produce demasiada ansiedad y cortisol, la hormona del estrés, que le puede arruinar la memoria y la salud. Clasifique los objetos, acuérdese del álgebra; organícelos todos los días como lo hacía el abuelo.
  • No pretenda abarcar toda la información del ciberespacio. El que mucho abarca poco aprieta. La publicidad e información del periódico dominical es lo que le tomó a su abuelo una vida en digerir. Cuando entre al ciberespacio vaya con una pregunta bien hecha para que no vaya perderse en el supermercado de respuestas.
  • Simplifique su vida, use las cosas para lo que fueron hechas: sus pies para caminar, su cerebro para pensar imaginar… la noche para dormir.
  • Nunca agote sus recursos, ni su energía, ni su dinero, la fantasía de control que le da la ciencia y la tecnología suelen ser insuficientes.
 —José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 11/Mar./2018. tallerjfs@gmail.com

La Rosa Blanca de Colton

Repartieron las últimas palabras y las flores. Bajó con una gran precisión y lentitud movida por la moderna tecnología.

Me dieron una rosa blanca para que la depositara sobre ella. En lugar de eso, la tomé y la llevé a lo más alto. A que le diera luz. La convertí en mi modelo, la puse en medio de un tronco de un viejo árbol, la llevé sobre la pala que echaría la tierra, la puse en un altar con vista panorámica hacia los camínos y montañas.

Luego la puse a beber agua de la fuente donde se reflejaba el sol.

Finalmente, días después, luego de perder unos pétalos, quedó colgada con un alfiler cerca de los libros que más quiero, en mi biblioteca.

La rosa blanca tenía su misma palidez, su tranquilidad, su expresión, cuando descansaba tan tranquilamente la noche anterior.

Ella decidió empezando el año dejar de oponerse a ese fantasma que la acechó por 10 años.

Se dejó llevar lentamente por ese fantasma que le fue quitando fuerzas, hasta que finalmente le quitara lo que más placer le daba: su conversación.

Todavía, en sus últimos días pudo escuchar música purépecha de Los Erandi, poesía de Jaime Sabines y música de Billy Vaughn.

Ya sin habla, murmuraba al final un último deseo personal, y hacía los encargos más importantes, pedía que le pintara el pelo para cubrir esas leves canas.

Frente a ella, mientras el viejo padrecito daba sus últimas bendiciones, en el pasto, frente a todas las personas, sus nietos jugaban con sus cochecitos.

La lluvia se detuvo esta mañana. Entre las nubes, un sol generoso salió para acompañar a los dolientes. Entre los árboles y el pasto recién regado, los niños corrían como si aquello se tratara de un día de campo.

En el centro de aquel verdor, una concentración de sombras rezaba, lloraba y se abrazaba. Algunos de sus abrazos me alcanzaron al estacionamiento.

Luego salimos rumbo a un almuerzo. Pasamos por unos pollos rostizados y llegamos. Era un día como cualquier otro: el tráfico, los camiones llevando sus mercancías, los muchachos regresando de la escuela. No muy lejos de ahí en Coahuila, México, 65 mineros también quedaban sepultados.

Colton es una ciudad poco poblada que se parecía a su pueblo natal de donde había llegado al mundo hace 58 años.

Luego de la misa en la iglesia de Santa María, el cortejo había pasado por caminos humedecidos por la lluvia. Vimos pirules, pinos creciendo para la Navidad, nopales, magueyes, bugambilias…

Sobre las colinas, la neblina había desaparecido, dejando un aire más transparente que nunca.

Esas lomas, esos caminos que tanto se parecían a La Piedrera y a La Crucita quedaban por siempre vigilando su descanso, su debilitado cuerpo.

LEJANIAS: El inmigrante que siempre ha tenido los pies sobre la tierra

Uno de los tractores que campesinos inmigrantes han usado en California para sembrar, cosechar y alimentar al mundo. FOTO: José Fuentes-Salinas

Hicieron una hilera de maquinaria vieja entre la casa de fruta y el río: Dinosaurios y tigres dientes de sable que escarbaron la tierra, que hicieron surcos y caminos, que sacudieron árboles y les arrancaron frutos.
Caminé a un lado de todos ellos, Como un niño que va al museo.
“Sí. Todo por servir se acaba”, dice Salvador Esqueda, “yo me trepé a ese tractor que usted ve ahí”.
Salvador siempre ha estado con los pies sobre la tierra.
A los 10 años tiraba la semilla entre los surcos de su natal Zamora, Michoacán, mientras su padre jalaba un castigado caballo. A los 15 ya era una máquina para recoger fresas, alternando horas de escuela y horas de campo.
“Qué bonito sentía, usted viera, compartir mi sueldo con mi madre”.
Después vinieron las cosas del amor y las lejanías en California.
Y, como quien me cuenta sus hazañas, presume a sus hijos universitarios, aunque… Le preocupa y el de Chicago que suele hablarle para compartir sus soledades.
“Quieres que me vaya vivir allá, usted va a creer”.
En medio siglo de existencia, Salvador sabe bastante de surcos y cosechas, del movimiento del sol y de las máquinas.
Dice que tiene un tío en Zacapu y otros quién sabe dónde, que como él un día de un año lejano se fueron para siempre de su madre tierra a sembrar otras tierras, y ayudar a tantas madres.

Salvador Esqueda, inmigrante michoacano que ha contribuído a alimentar al mundo, desde la capital mundial de las almendras, duraznos, lechuga…
FOTO: José Fuentes-Salinas

-San José, California, 2017

FOTOS Y TEXTO: José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com