EL DICCIONARIO: de las obras de referencia de papel a la Internet

MI PRIMO tenía uno igual. Era un diccionario de hojas finísimas como de papel arroz, pero con pasta dura. Eso lo hacía almacenar abundantes palabras del inglés y español. Por eso, era muy difícil no encontrar la palabra buscada.

A veces, de tantas palabras que ofrecía, de tantas variantes, de un concepto me hacía creer que estaba frente a un maestro que trataba de darme el contexto semántico de cada palabra, su polisemia. Para mi era importante, porque en el inglés, un “off” o un “in” suele cambiar el sentido de un verbo.

Por eso, cuando llegué a Los Angeles en los 90’s, lo primero que hice fue ir a comprarme un diccionario igualito al que tenía mi primo en la Colonia Roma de la Ciudad de México.  En esos días, aún no tenía, cama, ni escritorio, ni auto… pero tenía un buen diccionario para poder leer el periódico en inglés e ir aprendiendo poco a poco nuevas palabras.

Las palabras las subrayaba y poco a poco iba buscando su significado, hasta que ya sabiendo un poco más el “contexto semántico” me hacía imaginar el sentido de las palabras.

En el modesto departamento en que vivía, me molestaba que de vez en cuando las cucarachas husmearan el diccionario. Las veía con temor por eso de que las finas hojas de arroz fueran apetecibles para ellas, o para los “silver fish”.

A pesar de las computadoras, el Internet y la información “guardada en la nube”, sigo viendo con respeto los cuadernos y los diccionarios. Foto: José FUENTES-SALINAS.

MUCHO antes de la aparición de la Enciclopedia Encarta en CD-ROMS y de la Internet, los libros de referencia eran muy importantes para mí. Eran el punto de partida para cualquier investigación, y se puede decir que no pocas veces pusieron comida sobre mi mesa y la de mi hijo.

“El Libro de los Orígenes” de Panatti y la Enciclopedia Infantil me permitió hacer la página infantil del Tío Caimán por mucho tiempo, y los manuales y diccionarios me permitieron evitar muchas discusiones con imbéciles de buena voluntad.

¿Tienen alguna utilidad en la actualidad en que con un click aparece la palabra que buscábamos en la pantalla?

Yo pienso que sí.

El diccionario de papel tiene un prestigio que no ha desaparecido.

Yo tengo un diccionario ortográfico sobre mi escritorio de editor, y con frecuencia regreso a mis diccionarios y obras de referencia. Para alguien que los ha usado con frecuencia, el proceso de búsqueda es muy rápido, y, a menudo, las respuestas que uno encuentra en las computadoras le siembran a uno “cookies”, o hacen un perfil con el cual luego le venden todo tipo de tarugadas.

Digamos que computadoras y obras de referencia son complementarios.

Algunos de los diccionarios que me han hecho un gran servicio son el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalís, el Diccionario de Semiótica y Lingüística de Todorov, el Diccionario del Español Salvadoreño… e incluso, aunque no fue de mi propiedad, alguna vez me llamó la atención el Diccionario de los Lugares Imaginarios que me había encargado mi ex jefe Paco Taibo I una vez que vine de visita a California.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua siempre me ha dado desconfianza por ese nombre tan pomposo que utiliza, y por la sorna con que lo criticaba mi profesor de la Escuela de Escritores Raúl Prieto y otros autores mexicanos. Me han gustado más bien los diccionarios que han hecho en México, incluyendo el diccionario del Colegio de México,el Grijalbo o el Larrouse.

Y los diccionarios en el ciberespacio los veo con tanta resignación como veo con melancolía mis viejos diccionarios de papel.

 

—José FUENTES-SALINAS, 0402.2018. tallerjfs@gmail.com

FABULILLAS: El robot que limpiaba casas y daba instrucciones para vivir

UNA VEZ QUE LA CASA estaba perfectamente organizada, el robot pasó por cada habitación, cocina, comedor, sala y baños, a tomar fotografías en 360°, con un carrusel de cámaras que hacían un círculo.

Las imágenes de cómo debía lucir la casa se guardaron en su cerebro.

Luego vino la parte más importante.

Después de unos días de desarreglos, de calcetines regados en el suelo, de papeles de propaganda, bolsas de desecho y ropa tirada en cualquier lugar, el robot se puso funcionar.

Como un magnífico sirviente, con su visión de 360° empezó en la cocina recoger cáscaras de plátano, cajas vacías de cereal, servilletas de papel usadas… Y todas las iba depositando en sus respectivos lugares.

Llegó el comedor. Recogió la botella de vino de la cena del día anterior, los papeles de la propaganda política de los concejales de la ciudad, las ofertas de los supermercados y de servicios de cambios de aceite y llantas.

En la sala, el robot a acomodó las almohadas de los sillones y los arregló como en las imágenes archivadas en su cerebro. Los ositos de peluche de los 49ers de San Francisco los puso en medio.

Como un devorador del desorden, como una aspiradora de desarreglos, el robot furiosamente iba poniendo cada cosa en su lugar.

Y no solo eso. Mientras lo hacía tenía programada la “Marcha de los soldados” de la ópera Fausto, de Charles Gounod, aunque, si se prefería, se podía programar la “Cumbia Sampoesana” con Aniceto Molina.

INSTRUCCIONES PARA VIVIR

LUEGO DE HABER terminado su trabajo, el robot dejó a su cliente un instructivo para mejorar su calidad de vida, basado en recomendaciones del Instituto de la Longevidad de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA):

  • Su cerebro es tan importante como el corazón, protéjalos. Son como un buen matrimonio, lo que le hace bien a uno le hace bien al otro.
  • Nunca es tarde para aprender a vivir mejor. Eso ya lo sabía su abuelo, pero nunca le hizo caso.
  • Organice su cuarto, su casa, su trabajo, su vida… El desmadre produce demasiada ansiedad y cortisol, la hormona del estrés, que le puede arruinar la memoria y la salud. Clasifique los objetos, acuérdese del álgebra; organícelos todos los días como lo hacía el abuelo.
  • No pretenda abarcar toda la información del ciberespacio. El que mucho abarca poco aprieta. La publicidad e información del periódico dominical es lo que le tomó a su abuelo una vida en digerir. Cuando entre al ciberespacio vaya con una pregunta bien hecha para que no vaya perderse en el supermercado de respuestas.
  • Simplifique su vida, use las cosas para lo que fueron hechas: sus pies para caminar, su cerebro para pensar imaginar… la noche para dormir.
  • Nunca agote sus recursos, ni su energía, ni su dinero, la fantasía de control que le da la ciencia y la tecnología suelen ser insuficientes.
 —José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 11/Mar./2018. tallerjfs@gmail.com

La Rosa Blanca de Colton

Repartieron las últimas palabras y las flores. Bajó con una gran precisión y lentitud movida por la moderna tecnología.

Me dieron una rosa blanca para que la depositara sobre ella. En lugar de eso, la tomé y la llevé a lo más alto. A que le diera luz. La convertí en mi modelo, la puse en medio de un tronco de un viejo árbol, la llevé sobre la pala que echaría la tierra, la puse en un altar con vista panorámica hacia los camínos y montañas.

Luego la puse a beber agua de la fuente donde se reflejaba el sol.

Finalmente, días después, luego de perder unos pétalos, quedó colgada con un alfiler cerca de los libros que más quiero, en mi biblioteca.

La rosa blanca tenía su misma palidez, su tranquilidad, su expresión, cuando descansaba tan tranquilamente la noche anterior.

Ella decidió empezando el año dejar de oponerse a ese fantasma que la acechó por 10 años.

Se dejó llevar lentamente por ese fantasma que le fue quitando fuerzas, hasta que finalmente le quitara lo que más placer le daba: su conversación.

Todavía, en sus últimos días pudo escuchar música purépecha de Los Erandi, poesía de Jaime Sabines y música de Billy Vaughn.

Ya sin habla, murmuraba al final un último deseo personal, y hacía los encargos más importantes, pedía que le pintara el pelo para cubrir esas leves canas.

Frente a ella, mientras el viejo padrecito daba sus últimas bendiciones, en el pasto, frente a todas las personas, sus nietos jugaban con sus cochecitos.

La lluvia se detuvo esta mañana. Entre las nubes, un sol generoso salió para acompañar a los dolientes. Entre los árboles y el pasto recién regado, los niños corrían como si aquello se tratara de un día de campo.

En el centro de aquel verdor, una concentración de sombras rezaba, lloraba y se abrazaba. Algunos de sus abrazos me alcanzaron al estacionamiento.

Luego salimos rumbo a un almuerzo. Pasamos por unos pollos rostizados y llegamos. Era un día como cualquier otro: el tráfico, los camiones llevando sus mercancías, los muchachos regresando de la escuela. No muy lejos de ahí en Coahuila, México, 65 mineros también quedaban sepultados.

Colton es una ciudad poco poblada que se parecía a su pueblo natal de donde había llegado al mundo hace 58 años.

Luego de la misa en la iglesia de Santa María, el cortejo había pasado por caminos humedecidos por la lluvia. Vimos pirules, pinos creciendo para la Navidad, nopales, magueyes, bugambilias…

Sobre las colinas, la neblina había desaparecido, dejando un aire más transparente que nunca.

Esas lomas, esos caminos que tanto se parecían a La Piedrera y a La Crucita quedaban por siempre vigilando su descanso, su debilitado cuerpo.

LEJANIAS: El inmigrante que siempre ha tenido los pies sobre la tierra

Uno de los tractores que campesinos inmigrantes han usado en California para sembrar, cosechar y alimentar al mundo. FOTO: José Fuentes-Salinas

Hicieron una hilera de maquinaria vieja entre la casa de fruta y el río: Dinosaurios y tigres dientes de sable que escarbaron la tierra, que hicieron surcos y caminos, que sacudieron árboles y les arrancaron frutos.
Caminé a un lado de todos ellos, Como un niño que va al museo.
“Sí. Todo por servir se acaba”, dice Salvador Esqueda, “yo me trepé a ese tractor que usted ve ahí”.
Salvador siempre ha estado con los pies sobre la tierra.
A los 10 años tiraba la semilla entre los surcos de su natal Zamora, Michoacán, mientras su padre jalaba un castigado caballo. A los 15 ya era una máquina para recoger fresas, alternando horas de escuela y horas de campo.
“Qué bonito sentía, usted viera, compartir mi sueldo con mi madre”.
Después vinieron las cosas del amor y las lejanías en California.
Y, como quien me cuenta sus hazañas, presume a sus hijos universitarios, aunque… Le preocupa y el de Chicago que suele hablarle para compartir sus soledades.
“Quieres que me vaya vivir allá, usted va a creer”.
En medio siglo de existencia, Salvador sabe bastante de surcos y cosechas, del movimiento del sol y de las máquinas.
Dice que tiene un tío en Zacapu y otros quién sabe dónde, que como él un día de un año lejano se fueron para siempre de su madre tierra a sembrar otras tierras, y ayudar a tantas madres.

Salvador Esqueda, inmigrante michoacano que ha contribuído a alimentar al mundo, desde la capital mundial de las almendras, duraznos, lechuga…
FOTO: José Fuentes-Salinas

-San José, California, 2017

FOTOS Y TEXTO: José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

 

 

Cambria

No hay “M”, o “KFC”, gigantescas, o dominós o campanas. En Cambria no se aceptan los comederos públicos de las cadenas de comida rápida.
Y aunque eso no siempre significa, Mejor calidad, lo cierto es que en ese pueblo costero, que está a mitad de camino entre San Francisco y Los Ángeles, también se está a la mitad entre las aberraciones de la cultura y la belleza extrema de la naturaleza.
En San Simeón, seis millas al norte, Está lo que fue la mansión-castillo de William Randolph Hearst que aún conservas rocas esculpidas por los egipcios hace 3,000 años, mientras que a 15 millas al sur está una enorme roca esculpida por el mar que es el principal atractivo del Morro Bay.
La plata de minas cercanas, la tala de Pinos, la cacería de ballenas y hasta la construcción de La Casa Encantada, con osos polares y cebras, con fragmentos de conventos y castillos europeos, de el millonario, sacudieron la economía de Cambria.
Hoy, basta con que tenga buena vista al mar, y que esté cerca de Paso Robles, donde hay buenos vinos para apreciar más reposadamente el espectáculo que nadie desearía comprar.

Fotos y texto: José Fuentes-Salinas, Jun., 10, 2017

Un guía de turistas explica el arte de los Siglos XVI que adorna lo que fue La Casa Encantada de William Randolph Hearst, en San Simeón, California.

Las rocas, la galería del mar en Moonstone Beach.

Sin negocios de franquicias, ni letreros espectaculares, Cambria es un pueblo que destaca solamente el atractivo natural del mar.

Caravan Motor Homes: El Primer Trabajo

PARAMOUNT, CA., 1978.- Concluyó el fin de semana. Al final de la jornada del viernes, se recogió la cooperación para las cervezas. El compa Beto del Montecarlo fue a traerlas. El era el encargado, y vaya que estaba preparado. La cajuela del Montecarlo se había convertido en una hielera.

Así, al salir de la nave industrial de Caravan Motorhomes, en el estacionamiento ya esperaban las “chelas” bien “helodias” para despedir la semana.

En la cajuela de un Montecarlo, Beto había hecho una hielera donde colocaban las cervezas para festejar la semana laboral. Foto: José Fuentes-Salinas

El Bob, uno de los dueños y supervisor de la compañía se hacía de la vista gorda. Solo cerraba la puerta de la fábrica para evitar compromisos.

De Zacatecas, Sinaloa, Michoacán… los compas que hacían zumbar herramientas todos los días, bromeaban, y hablaban de la familia de aquí y de allá, de los autos, de lo que pasó en la semana, de nada… De todo. Se pitorreaban de aquel amigo del Bob que daba la impresión de que trabajaba mucho, andando de prisa de aquí para allá, pero que, al final, lo que hacía era meterse a las Motor Homes y ponerse a escuchar radio.

Pero el que sí le ponía duro era el Ramón, que como un Rambo de las herramientas automáticas ponía la estructura y el triplay de los muros de esos coches casa que pronto podrían andar paseando en Yosemite o Malibu. Todos, como hormiguitas, tenían un trabajo específico. El Zardo, un chamaco zacapense que a sus veinte años, tenía su primer trabajo en una fábrica, se encargaba de poner las hojas de fibra de vidrio que van sobre la cabina del conductor. Luego les colocaba el tanquecito del gas, y ya cuando las unidades estaban terminadas les echaba un impermeabilizan de chapopote en la parte de abajo. También les pintaba las franjas de los costados. Con spray de chapopote, había veces que quedaba como mapache, pero, al revés: el rostro oscuro y los pómulos claros, protegidos por las gafas.

Carpinteros, soldadores, ensambladores, pintores… Aquí se aprende de todo, compa. A Vicente se lo cotorreaban porque venía de La Piedad, Michoacán, pero, de pronto, era ya un mecánico especializados.

“Este guey hacía ollas en el ‘terri'”, decía Ramón.

Y Vicente le reviraba:

“Y tu hacías guaraches en Purépero, cabrón… Ja aaaa…”

El viernes era el día del cheque. Quienes habían hecho “overtime” libaban cerveza con más gusto. Sabiendo que el sábado se irían al mercado de Mariscos de San Pedro, a darse un festín, o al Swap Meet de paramount a “chacharear”.

Para el Zardo, esa era una experiencia de aprendizaje. Ahí, en California, conocía lo que era trabajar de verdad, como lo hacen los mexicanos. Con dos años de estudio universitario, veía con orgullo ese cheque que pronto lo irían a cambiar a la tienda de Wilmas, y, acaso, le podría raspar un poco para comprarse una garrita para lucir bien en la escuela nocturna de inglés como segundo idioma.

El Zardo, a sus veinte años, no se aguitaba de ese trabajo “sucio”.

“Los únicos trabajos que no sirven para un carajo son los que pagan mal y no aprendes nada”, se decía, mientras le ponía atención a la forma como Vicente soldaba y cortaba láminas con herramientas automáticas que luego aprendería a usar.

Y, al final, con una cervecita en la mano, celebraba con todos la forma en que los coches casa salían todos los días, con una precisión de una perfecta cadena productiva.

Psicología y marketing de la moda: #bebe Online

DE COMO la moda y el consumo es el resultado de la aplicación de una serie de ideas estéticas y psicológicas al servicio del marketing: el caso bebe.

La identidad

Sus clientes tiene entre 18 y 35 años, una edad en que la búsqueda de la identidad pasa por el cuerpo y por la capacidad de seducción. “Yo no tengo eso que tienes, pero con esto que tengo puedo conseguir muchos de los que tú tienes”, cuenta un chiste sobre el Complejo de Castración. Es por eso que la marca bebe, que fue inspirada en el slogan de Shakespeare “To Be or not to Be” usó de modelos a las Kardashians, Rihanna, Katy Perry… y otras nalgonas.

La moda del Siglo XXI es un conjunto de ideas decantadas del psicoanálisis y las estética al servicio del marketing. Maniquíes al la venta en el Swap Meet de Carson, California. Foto: José Fuentes-Salinas.

El fundador
Manny Mashouf (78) el fundador de Bebe, no fue un modisto. A él le gustaba la carne, cuando abrió una restaurant de asados, pero se había graduado de Ciencias Políticas en la Universidad de San Francisco, luego de haber inmigrado de Irán. Ser o no Ser. Cuentan que fue después de una fiesta en San Francisco, cuando las palabras existenciales de Hamlet lo llevaron al bautizo de su tienda.

Online
En 1976, cuando Manny Mashouf fundaba sus tiendas de ropa en San Francisco, no muy lejos de ahí, Steve Jobs y Steve Wozniak estaban inventando en su garaje una de las máquinas que enterraría su negocio, la Apple. Cuarenta años después, en Marzo del 2017, bebe anunciaba que cerraría sus tiendas porque, entre otras cosas, sus consumidoras preferían comprar con un click desde sus computadoras.

Arte y seducción
Frente a la tienda bebe del Centro Comercial Del Amo, en Torrance, dos vendedoras de cosméticos observan los anuncios de ofertas a mitad de precio.
“Estas ofertas no son mentiras. Realmente se tienen que ir”, dice una de ellas. “No es como cuando en las temporadas de ofertas primero suben los precios, para luego aparentar rebajarlos”.
El centro comercial es una galería de arte en movimiento. Es a veces un arte grotesco, pero arte al fin. Caminan muchachas con cabelleras verdes, azules y violetas. Lucen pantalones nuevos agujereados. Los escaparates muestran la creatividad del arte minimalista, con ropa íntima y diseños que de otra forma serían parte de una galería.
La experiencia de venir a un Centro Comercial, es casi como ir a un Swap Meet, pero mucho más caro, y si las sorpresas en el mercado de pulgas están en el suelo, aquí van caminando o están sentadas.
“A mi me gusta comprar caminando, no sentada frente a una computadora”, dice una de las maquillistas.

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  • José Fuentes-Salinas, Long Beach, CA., Abril, 2017

Swap Meet: de cómo sin proponérselo, los comerciantes son “ambientalistas”

Trino y Ramón ya están guardando sus chunches para irse.

Los Vientos de Santa Ana han enviado una onda calurosa al Sur de California, y el asfalto en el Swap Meet de la Villa Alpina empieza a arder.

Con sus bigotes canosos y su rosario en el pecho Ramón va guardando en cajas de cartón CDs, videos y candelabros de vidrio. Hace ya varias semanas que no le veo algo más interesante. El fue el que me vendió el buzón oxidado que ahora uso para guardar las deudas pendientes. Lo tengo arriba del escritorio, a un lado de mi título de psicólogo, para que no se me olviden.

A Don Trino no le he comprado nada, pero hoy tenía un estuche oxidado para herramientas que me vendió en cinco dólares. Lo voy a lijar y lo voy  a pintar por dentro para guardar unas pocas herramientas para talachitas menores. Trino es de Talpa, y Ramón, de Guadalajara. Hay veces que no compro nada, pero me la paso a gusto platicando con los comerciantes y tomando unas fotos.

“Usted sí parece un charro”, le digo a Trino, quien trae un enorme sombrero de caporal, negro, así como se usan en Jalisco.

“Te lo vendo, si quieres”, dice, “ya he vendido cinco. Este es tan bueno que hasta me mata las pulgas, ja jaaa”.

Los comerciantes de artículos usados son, de cierta forma unos ambientalistas. Foto: JFS

Trinó es un hombre ya de la Tercera Edad, pero se ve macizo, levantando y guardando en el camión cadenas, palas y otras herramientas.

“Con eso ya no necesita ir al gimnasio”, le digo.

Trino dice que ya tiene más de 30 año vendiendo en el Swap Meet. Tiene muchas historias para cada cosa. Por ejemplo, hablando de los sombreros cuenta que allá en Talpa, había un amigo que andaba borracho y se quedó dormido a la entrada del Santuario de la virgen, con el sombrero a un lado. La gente que pasaba, pensaba que era un pordiosero, y le iban poniendo dinero en el sombrero.

“Pero cuando despertó vio un montón de billetes en el sombrero y gritó: Milaaagro!…  ja jaaa…”.

Caminando, pasado el mediodía, me encuentro con el “Indiana Jones”. El carga otros tiliches para su puesto,  y siempre anda vestido con traje militar.

“Estas cosas me las acaban de vender”, dice. “Aquí también entre los negociantes nos vendemos las cosas”.

“Indiana Jones” me explica que hay muchas formas de aprovisionarse de cosas.

“Hay muchos que van a las subastas de bodegas de alquiler. Tú sabes: hay gente que renta un cuarto para meter sus cosas y se va a otro estado, y ya después no vuelven y el gerente remata sus tiliches. Quienes van a la subasta son bien coyotes y de una primera vista ya saben cuánto puede valer todo”.

Cuenta que a veces se llevan sorpresas, como cuando en un abrigo encuentra unas cuantas joyas, o en una caja de clavos oxidados un pequeño anillo con diamante.

“Así me pasó la otra vez. Necesitaba unos clavos, y a un vendedor de aquí le compré una caja de clavos y al sacarlos salió un anillito de oro con diamante que vendí por 300 dólares”.

Al Swap Meet, tanto comerciantes como clientes, muchas veces solamente se van a distraer.

“¡Ya despiértate, viejo!”, le dicen a un vendedor que se estaba echando una siestecita. “De seguro ahorita vas a llegar a decirle a tu mujer que te cansaste de dormir, porque no hubo clientes”.

 

– LONG BEACH, CA., 1, Abril, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

Las adicciones: las menores

“YA SE ACABO EL CAFE”, me había dicho la Chulita hace una semana. Fui al Coffee Bean & Tea Leaf de Palo Verde y Spring. Ahí, la dueña tiene la costumbre de regalar un café por cada compra de un paquete de granos. Nos gusta el Colombia Nariño. Es una aroma y un sabor que se podría utilizar de loción para después de rasurarse o como aromatizante de ambiente. Mi café, si es bueno, me lo tomo sin azúcar y sin crema, desde que una vez, de adolescente, le puse atención a un comentario de Brigitte Bardot. Así lo he hecho por muchos años, y puedo apreciar mejor su sabor. Para más detalle, el café lo preparo fresco, en una cafetera Cuisinart que nos regaló Marlon, que muele y procesa el café al instante.

Tengo gustos baratos. Y esta es mi única adicción. Ahorita les explico por qué.

Ayer sábado que la Chulita se fue a trabajar a una conferencia, me preparé mi granola Quaker con un plátano y leche, y me fui a arreglar el garaje. Estuve ahí un buen rato batallando con un monstruo que siempre, a las pocas semana, se vuelve a fortalecer y hasta se ríe de mis esfuerzos de ser organizado.

Luego, fui por un sandwich de jamón a Subway y me puse a leer los cuentos de Cortazar en el patio. Estaba relajado, con las begonias, el bambú, y el cedro a mis espaldas, cuando empecé a cabecear. Era una ambiente perfecto de Marzo, sin frío ni calor. Pero de pronto, ya cercanas las 4 de la tarde empecé a sentir un poco de jaqueca, algo más bien inusual en mi.

Me levante. Fui a regar el pasto. Aquí en Long Beach, los días permitidos para regar son los martes y sábados, desde la llegada de la sequía. ¿Por qué en un día tan perfecto me llega este pinche dolor de cabeza?… Empecé a inventar explicaciones, todas ellas relacionadas a la química: el polen de los pinos, un mosquito que me transmitió el zika, el jamón del sandwich estaba mal, el exceso de esfuerzo al arreglar el garaje, el baño de sol, la despertada tempranera, el cambio de los horarios (hoy perdimos una hora de sueño)…

Cuando llegó la Chulita, se sorprendió que le aceptara un Advil, y que en la Pizzería Rizzini’s no pidiera una Sam Adams, ni un vinagrito.

Con dolor de cabeza leve me fui a dormir. Pensé en eso que hacen los doctores cuando le preguntan a uno: ¿Del uno al 10, cuánto le duele?… Yo diría que era como un siete, algo así como una cruda mal curada. Tuve un mal sueño. Soñé que a lo mejor empezaba a padecer de presión alta (me la había medido antes y estaba regular), o que algo más complicado estaba ocurriendo. En la era de la megainformación, uno se imagina todo tipo de catástrofes, la información no nos ha servido para sentir que tenemos más control de nuestras vidas.

El domingo me desperté con esa punzada aún en los parietales. Antes, la había tenido en la nuca. Pero “la mañana es más sabia que la noche”, decía Domingo, mi amigo de Curimeo.

En la mañana se me ocurrió que ayer se me había olvidado tomar mi dosis de cafeína.

Así les pasa a los viejitos. Cuando su viejita no está, se les olvida tomarse sus medicinas.

Granos de café Colombia Nariño. Foto: JFS

-Long Beach, California, 12 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

Librería Barnes & Noble: encuentro con los lectores

ERA IMPRESIONANTE LA CARGA. Puro peso pesado. En la fila de libros en español de la librería Barnes and Noble, en Torrance, California, tenían apartados un montóncito de munición intelectual que hubiera identificado a un profesor de UCLA o USC. Eran libros de Nabokov, Chomsky, Borges,… Pero Ponciano y su hermano no eran profesores universitarios ni maestros de primaria… Ni periodistas.
– Yo estoy retirado -dijo el hermano- y él se vino Estados Unidos de matacuaz.
Conversamos. Oriundos de la Huerta, Jalisco, allá por los rumbos de Casimiro Castillo, y Cihuatlán, Colima, Ponciano se había venido en los tiempos de José López Portillo, cuando se escaseó el trabajo. Dice que su gusto por los libros lo aprendido en el seminario.
Pero el gusto era un poco insostenible porque en el pueblo no había una sola biblioteca, aunque si muchas cantinas. Aún así, antes de venirse a los Estados Unidos a trabajar en la construcción, ya había leído la filosofía de Ramón Xirau y las obras de Octavio Paz.
Maestro en la construcción, y en la construcción de su propia cultura, Ponciano y su hermano parecían niños que entran a un supermercado de juguetes, y uno a uno van echando libros a la canasta como quien echa gruesos ladrillos para leer.

Lectores en compra de libros en la Librería Barnes And Noble, de Torrance, California.

  • Torrance, California, 10 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com