LBPD: Redadas navideñas contra la prostitución

Coge la pistola PPK 380 y se la faja en la cintura. El sargento David D Canaan dice: “lo único que queremos decir es que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

Antes de que él y unos oficiales a su mando se prepararan para realizar una redada encubierta contra solicitantes de prostitutas, explica que el problema no es tanto la venta de sexo en sí, sino las cosas que vienen juntas: narcotráfico, tiroteos, asesinatos, robos, devaluación de los vecindarios… Y aparte algunas veces sus parejas las mandan a comprar drogas o las golpean, dice.

Son las 4:30 p.m. En sus oficinas del tercer piso hay una placa que dice “nosotros creemos en el toque Personal”. “Somos proactivos e innovadores”.

Al fondo, la oficial Cynthia Renaud, Candice White y Monique Glover se relajan y bromean antes de que salgan a un Hotel de la Pacific Coast Highway y El Molino Street.

Ella serán las estrellas del operativo de la noche, que ahora no solo busca arrestar a las prostitutas, sino a los clientes, los Johns que crean la demanda de servicios sexuales.

De pelo largo ensortijado y facciones dignas de una modelo CoverGirl, Cynthia explica que el problema es a todas horas. Aún en la mañana, cuando aparecen trabajadores de mensajería o personas jubiladas buscando prostitutas.

“Hay quien es a las 11:00 de la mañana quieren echarse un rapidito”, dice.

Hay algún conflicto psicológico personal cuando se trata de un jubilado?, se le pregunta.

“No. Porque cuando ellos se te acercan y te dicen lo que quieren, les pierde la simpatía”, agrega.

Las mujeres policías lucen exactamente igual que cualquier mujer que va al gimnasio y se maquilla.

Momentos más tarde, Cynthia lucirá una blusa con un ligero escote medio, un pantalón que destaca sus formas curvilíneas y unas botas de gamuza, todo negro, como su cabellera.

Monique traerá un short de mezclilla muy ajustado y una blusa de estambre verde, mientras que Candice portará una camisa de franela de cuadros y unos blue jeans.

“Claro que tenemos miedo! Si no tuviéramos miedo no haríamos bien las cosas”, comenta Cynthia, quien la primera vez que salió se encontró con un tipo que cargaba pistola.

Monique continúa la plática sobre las cuestiones de seguridad.

“La primera vez que salí, había dos tipos y uno se quedó en el auto. El chico tenía un cuchillo y una pistola pero vino el vice ayudarme”.

Le llama vice a los policías encubiertos que están vigilando su trabajo y están prestos para arrestar a los solicitantes.

“A mí no me ha ocurrido nada excitante” continúa Candice, “lo único es que a veces en menos de 30 segundos ya tienes a alguien”.

El sargento Cannan no se hace la seña de que ya tenemos que partir.

En el abrir y cerrar de las puertas de los elevadores se ven las rejas adornadas con cordones brillantes de Navidad. Pronto ahí estarán entre 20 y 40 arrestados de todos los orígenes étnicos y clases sociales.

Cynthia lleva en la mano el anuario de la policía empastado en keratol y letras doradas. En otra lleva un lunch: un sandwich de Rosbif, zanahorias y verduras. La noche será larga.

En el Hotel de la PCH el operativo está bien organizado. Tres cuartos de hotel se convertirán hasta la medianoche en una estación de policía.

“Es como una línea de ensamble”, explica el oficial Robert Razo, quién será el “eye man”, el hombre que avisará cuando vayan llegando los clientes.

La “línea de ensamble” que por tres años ha funcionado muy bien, empieza con un cuart donde la supuesta prostituta deposita en manos de sus compañeros a los solicitantes, luego, en el siguiente cuarto que está intercomunicado, otros más revisen sus datos basados en las licencias de manejo.

En el tercer cuarto, Cynthia, Candice, y Monique tomarán sus descansos y por una computadora mandarán su propio reporte.

Los vecinos de alrededor están contentos con lo que estamos haciendo, dice un oficial que en su Ford Taurus se apostaba a un lado de un nuevo edificio de condominios que a unos dos años de construirse todavía anuncia la venta de sus unidades, pues la prostitución devaluó el precio de la vivienda.

Desde el auto, el oficial disfrazado de conserje, con una vieja escoba de paja y una cubeta, parece una sombra debajo de la escalera.

“Yo vigilo también que nada pase”, había dicho el hombrecito risueño de bigote recortado.
Cuenta que aunque la mayoría de los infractores son cooperativos, algunos piensan al principio que los van a robar, y otros tratan de correr.

Cuando pasamos a un lote de autos, el oficial que conduce el Taurus pregunta a sus compañeros si quitaron el perro.

Luego explica que si llegara a ocurrir una emergencia en otro lado, algún crimen cerca de ahí, que seguramente lo atenderían, pero en ese momento la prioridad es la seguridad de sus compañeras y el éxito del operativo.

Llegue el momento de espera.

Las enormes luces rojas del motel y la oscuridad de al lado contrastan con las series de foquitos navideños del conjunto de departamentos, donde destaca un arbolito de navidad que se ve por la ventana abierta de lado donde comienza Signal Hills.

A la hora de mayor tráfico en la Pacific Coast Highway, empiezan a llegar los clientes.
Se detiene un Ford Probe blanco, se va, regresa. Un Chevy Corsica azul detiene el tráfico, los autos de atrás suenan el claxon.

La conversación entre la oficial y el cliente se escucha por la radio en el interior del auto: “ma…, $20, todo, $40”.

Entrada al Hotel un Cherokee del año.

Baja un señor elegante de camisa blanca y traje de casimir. Canoso, mayormente calvo, de tés y ojos claros, con lentes de aro metálico, se encuentra con la gran sorpresa.

Todo sucede rápido, clama consideración por su esposa e inmediatamente se le toman los datos: es asistente del Director de una oficina del departamento de vivienda, tiene asma… En la televisión del cuarto, Michael Jordan encesta un balón.

Cuando el primero de la noche se apresura dar explicaciones, entra al cuarto el segundo, Mohamed, un hombre pakistaní, alto y robusto, de bigote y barba que se ve angustiado a su alrededor y empieza llorar: “mi esposa, mi esposa… me va a pedir el divorcio”, exclama, diciendo algo que se repetirá varias veces en el transcurso de la noche.

Cynthia sale a la calle nuevamente.

Masca chicle y voltea a todos lados.

Se para un troca 4×4 rojo. Se adelanta, regresa. Llega un viejo Buick Regal. El oficial del interior del auto comunica con precisión marcas, modelos y posición del vehículo. En su radio nuevamente se escucha la voz dulce de la oficial:

“Si. Puedo hacerte todo”.

Cuando el cliente trata de convencerla de que se suba y se vayan a otro lugar, ella le explica que no puede moverse de ahí, porque si no su novio la mataría.

“Pero tengo un cuarto aquí, si quieres”, le dice.

El turno de Monique.

En el cuarto se van juntando los clientes.

J. Arévalo, de 36 años, hace contrapeso a un individuo gordísimo y caucásico de unos 60 años de edad que está sentado al filo de la cama. Hay cinco ya, y Mohamed ha dejado de hacer escándalo, luego de una advertencia de que si no lo hacía, en lugar de bandas de plástico le pondrían esposas, de las otras.

Para entonces en la televisión los Lakers le van ganando a los Bulls.

Cuando se juntan seis, incluyendo el drogadicto que llegó en una bicicleta de lujo, los sacan en fila hacia la van que los llevará a la cárcel en la calle Broadway.

Cuando el gordo trata de subir tiene que ser ayudado por dos agentes que lo levantan.
En el cuarto de las chicas, entra el sargento Canán a ver cómo están.

“Siempre dicen lo mismo: si yo no hice nada”, comenta Cintia, “quien recostada sobre la cama come zanahorias “baby carrots”.

Esa noche, un cliente trato de agarrarla, pero otros fueron más finos.

“Algunas veces encontramos gente de alto rango, inclusive yo conocí a un oficial de libertad vigilada (probation officer)”, dice.

“Nosotros hemos arrestado hombres de negocios, oficiales de la ciudades, comerciantes… Incluso policías, agarramos de todo”, agrega el sargento Cannan.

En los otros cuartos, mientras lo Lakers de Los Ángeles van ganando 101 a 83 sobre los Bulls de Chicago, entra otro joven que con más serenidad pregunta: “cuando voy a ir a la cárcel?”.

Mientras Ralph Garcia cuenta su dinero, aparece en la televisión comercial de un guajolote, y, arriba de ahí, si anota uno más en la cuenta de Candice. A un lado hay un papel de computadora donde se lee: “Bienvenido al Departamento Policia de Long Beach. Mobil Booking Facility no sniveling”.

Vuelven las mismas preguntas:

“Ocupacion?”.

“Plomero”.
“Algún problema médico?…

Todos con tenis, jeans, dockers, camisas de franela o playeras polo… Los policías parecen un grupo de amigos que se reunieron para ver el Basketball. Lo único que los distingue es la placa en el cinto y la Smith And Wesson 45, como la que Joe Starbid lleva en el cinto.

Starbid, un oficial de rostro sereno y a veces sonriente, mientras verifiquen su terminal del récord De las licencias de manejo, dice que acaso uno de cuatro arrestados tiene algún otro asunto legal pendiente. Los que reaccionan más agresivamente se hacen más sospechosos. Opina que las cuestiones vinculadas al sexo son más o menos iguales en cualquier religión y grupo étnico. Y, aun cuando la policía va a platicar con líderes religiosos y comunitarios, buscando su apoyo para mejorar la calidad de vida de los vecindarios, medidas como éstas se hacen necesarias.

“A nosotros nos preocupa la relación entre drogas, prostitución y crimen y muchas veces no podemos ir a la comunidad y decirles: mira yo te vi con una prostituta. Hemos apresado también a las mismas prostitutas varias veces, pero ellas a veces andan tan drogadas que no nos reconocen”, comenta Starbid.

El oficial dice que muchos de los clientes fomentan la prostitución a través de la demanda en la zona, aunque no viven ahí. Muchos tienen sueldos bien pagados en grandes compañías de la zona y, cuando regresan a sus casas, hacen una “pequeña escala de placer”.

“A veces veo en sus carteras la foto de su familia y me pregunto que buscan?, sexo oral?. Muchos se meten con sus parejas en los callejones y dejan tiradas jeringas y condones que algunas veces encuentran los niños”.

Los Bulls de Chicago encestan casi desde la media cancha.

En el cuarto, el oficial Ralph García atina una bola de papel en el cesto de la basura y pregunta a qué hora llegan las pizzas.

En el cuarto de recepción, Bill Burns se asoma por la ventana. Viene otro cliente. Bill y Jack Dial se repliegan a la pared de lado de la cama.

Entra un hombre de unos 60 años, que al verlo exclama sollozando: mi esposa!… que va pasar?… Llevamos 22 años de casado”.

“Es lo que siempre” dicen comenta Burns, que no ha participado en este operativo por tres años, “hasta que llegan aquí, dicen ‘mi maravillosa esposa me espera en la casa’”.
Cerca de las 9:00 de la noche, también llega un señor moreno de bigote recortado, botas vaqueras de piel de avestruz, chamarra de mezclilla con lana adentro y un cinto bordado de México.

Bosqueja una leve sonrisa, cuando la fotógrafa le dispara un flechazo y lo despojan del cinto.

El juego está casi por concluir.

Lakers y Bulls están empatados a 116 puntos, suben a 118-118, a 120-120… Entra un señor camboyano con sandalias de plástico.

En la televisión una mujer se tapa la cara de nervios cuando Michael Jordan va a ejecutar un tiro libre.

Hay tensión en el cuarto y en la cancha.

En el otro cuarto, sentados y amarrados como pollos, los buscadores de sexo saben que no llegaron a tiempo a sus casas, pero aún así no se perdieron el partido de basquetbol, con la diferencia de que ahora, en lugar de tener a sus esposas rodeándoles del cuello, tienen otras esposas en las muñecas.

“No vamos a erradicar la prostitución”, dice el sargento Canaan, jefe del operativo. “Pero con esto queremos mandar un mensaje bien claro de que Long Beach no es un lugar amistoso para la prostitución”.

 

 

-José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 24 de diciembre, 1996. *Una versión de esta crónica apareció en el periódico La Opinión, de Los Angeles.

Los Héroes de la Independencia

¿Me lo habría mandado algún dios misericordioso en un acto de magia?.

Todo aquello era muy raro.

El viernes había ido al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson.

Pasé a conversar con Enrique, el vendedor de joyas usadas, monedas viejas y chacharitas.

Hacía una semana que le había comprado un peso mexicano con mi fecha de nacimiento, en un acto de nostalgia.

Hablábamos y hablábamos de lo feliz que nos hacían nuestros atribulados padres como estas moneditas del día domingo.

Esa monedota de Morelos la llevada desde entonces como un fetiche, como una moneda de suerte.

Al regresar a la casa en Long Beach me quité la ropa para lavarla.

Saqué de las bolsas del pantalón mis llaves, mi billetera y la moneda de Morelos.

De pronto, sentí que en un rinconcito de la bolsa había otra monedita.

Era doña Josefa Ortiz de Domínguez, la heroína de la independencia, que acaso no quería dejar solo al Generalísimo Morelos.

¿Cómo habría llegado allí, de donde?

Cuando vi que era de la misma fecha de mi nacimiento entendí el mensaje: alguien del más allá quería recordarme que los pesos pesados están hechos de las humildes Josefitas de cinco centavos.

 

—José Fuentes-Salinas, 07202018.

La cultura está hecha de escritores muertos

AHORA LE tocó a su poeta irreverente, el que tenía la misma edad de su padre, y hasta se le parecía en su forma de hablar directa.

El no creía en las coincidencias, pero el jueves le sorprendió ver en el supermercado de libros la antología del escritor chileno.

Ya tenía una antología publicada en México, pero era de 1993. En 25 años, seguro que habría algo nuevo, aunque sabía que el viejito se había recluido en un pueblo lejano y melancólico donde le habían celebrado sus primeros 100 años, y, en el Youtube se podían ver videos por tal motivo.

El hombre no era consumista, ni siquiera de libros. Quería saber si la nueva antología del poeta cascarrabias había agregado algunos poemas que valieran la pena. Sacó la nueva antología y quizo tomarle fotos con el iPhone al índice para compararlo con el libro, pero la empleada lo detuvo: “no puede tomarle fotos a las páginas”. Y, por más que le explicó que solo era el índice, la empleada no dio otra respuesta. Salió de la librería encabronado. “Por eso se los va a llevar la chingada, son como burócratas”, se fue pensando.

Los supermercados de libros rara vez tienen la atención al cliente que los viejos libreros tenían. Foto: José Fuentes-Salinas.

El viernes no fue a trabajar.

Echó al morral de cuero el libro de antología y se fue a otra tienda de libros más cercana a su casa. Pero antes pasó al café. Compró un paquete de granos de Colombia Nariño y le dieron una taza de café gratis.

Se sentó. El vapor del café se levantaba sobre la mesa. Luego empezó a escuchar la plática de las mesas de al lado.

“Esto debe ser un hospital, no un café”, se dijo.

En la mesa de un lado se la pasaban hablando de la genética del cáncer y los últimos tratamientos. En la otra, unas señoras detallaban los problemas de la ciática, y los tumores malignos y benignos. Ellos, y ellas, con cabezas blancas o calvas, provocaron que el hombre sacara el libro “Poemas para combatir la calvicie”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. En la portada Nicanor Parra parecía reírse de las pláticas.

Fue entonces, que el hombre se puso a pensar en si el poeta todavía vivía. Le parecía raro que en los Estados Unidos hayan sacado una antología con pasta dura.

La pregunta se la hizo al Google.

Fue entonces que se dio cuenta que a principios de año se había muerto sin hacer tanta bulla.

Quizá para evitar ese tipo de pláticas como las que ocurrían en el café de Long Beach el poeta se había retirado a una playa lejana a vivir.

El hombre dio un sorbo al café y se quedó pensando que sus escritores favoritos iban colgando los tenis, y este que era el más longevo se había ido de manera más discreta.

Se imaginó entonces una anti-biografía del anti-poeta:

Nicanor Segundo Parra Sandoval, poeta, matemático y físico. Nació en San Fabián de Alico, murió en La Reina. Dos hijos, Colombina y Juan de Dios… ¡Válgame Diós!… No creía en Dios. Más que poemas, escribía anti-poemas. Tenía alergia a la cursilería. RIP.

Libro de Nicanor Parra y cuaderno de escritura sobre la mesa de un café. Foto: José Fuentes-Salinas.

—José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com, 05122018.

 

RIVERSIDE: Chalk, gis, tiza… el arte efímero

DE ESTA PLANCHA oscura del asfalto aparecerá el color y el rostro.

Bajo el sol del mediodía Jesús Castañeda, con su gorro de aficionado del equipo de fútbol Atlas, crea arte donde no hubo nada, donde tampoco mañana lo habrá.

Es un arte ancestral de rayar rocas y muros con arcilla coloreada, con gis o tiza.

La tiza la usaron los antiguos mexicanos. Es la tierra blanca que lo mismo podría encontrarse en Tizapán que en Tizayuca.

El gis también lo usaron los antiguos egipcios para trazar pirámides.

El gypso o gypsum lo usaron los griegos y romanos, y el mismo Leonardo da Vinci.

Pero en la calle del centro de Riverside, California, Jesús Castañeda solo la usa para recordar su infancia y sus ancestros mexicanos.

“Esto que estoy haciendo está inspirado en uno de los murales de Diego Rivera”, dice ante una camarita que registrara lo que mañana será solo un recuerdo.

Bajo el caluroso mediodía, Jesús Castañeda traza una diseño de una mujer inspirado en los murales del pintor mexicano Diego Rivera, en el centro de Riverside en el Festival del Tamal, 2018. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 —José Fuentes-Salinas, Riverside, California, 04212018. tallerjfs@gmail.com

FABULILLAS: El robot que limpiaba casas y daba instrucciones para vivir

UNA VEZ QUE LA CASA estaba perfectamente organizada, el robot pasó por cada habitación, cocina, comedor, sala y baños, a tomar fotografías en 360°, con un carrusel de cámaras que hacían un círculo.

Las imágenes de cómo debía lucir la casa se guardaron en su cerebro.

Luego vino la parte más importante.

Después de unos días de desarreglos, de calcetines regados en el suelo, de papeles de propaganda, bolsas de desecho y ropa tirada en cualquier lugar, el robot se puso funcionar.

Como un magnífico sirviente, con su visión de 360° empezó en la cocina recoger cáscaras de plátano, cajas vacías de cereal, servilletas de papel usadas… Y todas las iba depositando en sus respectivos lugares.

Llegó el comedor. Recogió la botella de vino de la cena del día anterior, los papeles de la propaganda política de los concejales de la ciudad, las ofertas de los supermercados y de servicios de cambios de aceite y llantas.

En la sala, el robot a acomodó las almohadas de los sillones y los arregló como en las imágenes archivadas en su cerebro. Los ositos de peluche de los 49ers de San Francisco los puso en medio.

Como un devorador del desorden, como una aspiradora de desarreglos, el robot furiosamente iba poniendo cada cosa en su lugar.

Y no solo eso. Mientras lo hacía tenía programada la “Marcha de los soldados” de la ópera Fausto, de Charles Gounod, aunque, si se prefería, se podía programar la “Cumbia Sampoesana” con Aniceto Molina.

INSTRUCCIONES PARA VIVIR

LUEGO DE HABER terminado su trabajo, el robot dejó a su cliente un instructivo para mejorar su calidad de vida, basado en recomendaciones del Instituto de la Longevidad de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA):

  • Su cerebro es tan importante como el corazón, protéjalos. Son como un buen matrimonio, lo que le hace bien a uno le hace bien al otro.
  • Nunca es tarde para aprender a vivir mejor. Eso ya lo sabía su abuelo, pero nunca le hizo caso.
  • Organice su cuarto, su casa, su trabajo, su vida… El desmadre produce demasiada ansiedad y cortisol, la hormona del estrés, que le puede arruinar la memoria y la salud. Clasifique los objetos, acuérdese del álgebra; organícelos todos los días como lo hacía el abuelo.
  • No pretenda abarcar toda la información del ciberespacio. El que mucho abarca poco aprieta. La publicidad e información del periódico dominical es lo que le tomó a su abuelo una vida en digerir. Cuando entre al ciberespacio vaya con una pregunta bien hecha para que no vaya perderse en el supermercado de respuestas.
  • Simplifique su vida, use las cosas para lo que fueron hechas: sus pies para caminar, su cerebro para pensar imaginar… la noche para dormir.
  • Nunca agote sus recursos, ni su energía, ni su dinero, la fantasía de control que le da la ciencia y la tecnología suelen ser insuficientes.
 —José FUENTES-SALINAS, Long Beach, Ca., 11/Mar./2018. tallerjfs@gmail.com

LOS ACTORES: de cómo en Hawthorne, California, se prepara “La Pasión”

CASI TODOS VIENEN DE HOLLYWOOD. Pero no de los estudios donde se fabrican lo mismo asesinos que héroes para todas las necesidades.

Los actores vienen de la comunidad católica primera de Corintios XIII de la Iglesia Cristo Rey.

En el patio de la escuela parroquial de la iglesia de San José  El Carpintero, ellos representan “La historia más grande jamás contada”, el martirio y crucifixión del maestro Jesús.

El fin de semana, frente a niños y adultos que salieron de misa de ese iglesia de Hawthorne, soldados, apóstoles, sacerdotes y asesinos refrendan la superioridad de la bondad.

Ellos son:

  • Barrabás, un taxista llamado César Baena.
  • María Magdalena, Gisela Baena, enfermera.
  • Dimas, el panadero Reinaldo Flores que se ocupa al mismo tiempo de un ladrón bueno que de un soldado romano y un apóstol.
  • Judas, interpretado por Moisés Alberto Raúl, de oficio carnicero.
  • Gestas: el que le hace la pregunta más difícil a Jesús: ¿si eres Dios por qué no usas tu poder?. Es José Luis Álvarez cuyo oficio es medir la temperatura de los árboles de las casas de los actores como Arnold Schwarzenegger.
  • Simón Pedro: René Burgos, mecánico, arregla los camiones de basura del Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles.
  • Entre hermanos y familiares, que se turnan papeles y oficios de acomodar tronos y cruces, así como el de hacer aparecer escenografías, hay estudiantes, amas de casa, soldadores y milusos.

El único que tiene un título universitario, es el que dará la mayor muestra de humildad: Jesús, el Salvador del Mundo, es Salvador Vázquez, un salvadoreño de Soyapango que en 1981 dejó el cantón de El Limón para venirse a los Estados Unidos donde se recibió de trabajador social en Cal State Los Ángeles.

Salvador es el maestro, y además de ser profesor le gusta patear la pelota de fútbol.

Luego de que lo azoten, le pongan la corona de espinas y lo crucifiquen tendrá que irse rápido a dormir porque el domingo tiene un partido a las 9:00 de la mañana en Pasadena.

Los actores dirigidos por Rolando Burgos, llevan 15 años representando la pasión y muerte de Jesucristo, y su profesionalismo es tanto que los adultos se quedan mudos y las niñas del público se conmueven a tal grado que cuando crucifican al redentor les brotan lágrimas.

De siete años, Jessica Becerra contesta a una pregunta boba: ¿cómo me siento… Qué no ves mis lágrimas?.

 

—José FUENTES-SALINAS, 31 de marzo de 2001, tallerjfs@gmail.com

 

EL MENUDO: desperdicio transformado en manjar

En el México de la Colonia, la carne maciza de res era para los soldados, para los poseedores, no para los desposeídos. Y por más que los indios purépechas llegaran a la carnicería a querer comprar carne, el carnicero nunca tenía, o la subía de precio.
Por eso, en Michoacán, Jalisco y Guanajuato, los indios empezaron a conformarse con las patas y la panza de la vaca, con las tripas.
Esto no era una novedad para los españoles. En el “Arte de Cozina” del Siglo XVI de Diego Granado, y en el “Arte Cisoria” de 1423 de Enrique de Villena, se decía claramente que las sobras de la vaca eran para la plebada.
Lo que no esperaban los riquillos, era que los indios le agregaran chilito, cebolla, tomate y especias, y, de repente transformaran los desperdicios en un platillo para enloquecer el paladar.
Cuentan que una vez, el curioso carnicero les preguntó: ¿y para qué quieren esas menudencias?
Y los indios no tuvieron más que decir: para hacer menudo.

LUJURIA DEL SABOR
Con ajo, cebolla, limón, chile guajillo, con o sin maíz pozolero, con chiltepín y aguacate, el librillo o el cuajo se pone en una tortilla recién hecha, y a golpe de mordida se combina con las cucharadas de caldo… Ahhh!… acompañado de una cervecita bien fría, la “cruda” empieza a desaparecer.
El menudo es el remedio para el exceso de fiesta y tragos.
Mi cuñado Tony Vega, oriundo de Purépero, Michoacán, empezaba a preparar el menudo casi al mismo tiempo en que llegaban sus invitados a su casa de Fontana. A la mañana siguiente no había que hacer nada, excepto preparar la cebolla picada, el cilantro, el aguacate y el orégano.
No siempre fue así.
“Mire, cuando llegamos la primera vez a California en los 60’s, aquí tiraban el menudo y las patas”, dice Tony. “Yo trabajaba con la familia en Orland pizcando aceituna y ciruela, y los fines de semana nos íbamos al matadero y nos regalaban el menudo y las patas. Todo eso lo tiraban, lo ponían en unos tambos. De ahí lo agarrábamos nosotros y lo dejábamos a remojar en sosa cáustica. Quedaba blanquito”.
Las cosas empezaron a cambiar cuando los inmigrantes mexicanos vinieron a “evangelizar” la gastronomía norteamericana. Además de traer el guacamole, el cilantro, la variedad de salsas, las tortillas y los nachos, animaron a los herejes a que comieran lengua, panza y tripas de reses y cerdos.

Cuando se estableció en Wilmington, California, donde ahora está la capital mundial del menudo enlatado (Juanita’s), “la libra de menudo lo vendían a 20 centavos en la Carnicería Flores”, recuerda.

Aspecto de la Carnicería Flores en el 2018, muchos años después de que Tony Vega, un inmigrante mexicano, compraba el menudo a 20 centavos la libra.

EL MERCADEO
En Wilmington, donde la costumbre de comer menudo apenas se asentaba en los 70’s, el 28 de enero del 2018, estaba señalado para producir el “Menudo más grande del mundo”.
En la fábrica de menudo Juanita’s de la 645 Eubank Ave., las actrices mexicanas Angélica María y su hija Angélica Vale, el gerente Aaron de la Torre, el concejal Joe Buscaino, estarían presentes cuando Christina Colón adjudicara oficialmente el título de los Records Guinness a esa comida que en los 60’s se tiraba a la basura.

  Todo por culpa del hambre de los mexicanos.