DANZA: Ricardo Gálvez Aguayo, maestro de Los Matachines en Los Angeles

De espaldas a su huerto alambrado y cultivado de tomatillos, sentado en una silla de plástico, Ricardo Gálvez Aguayo dice con voz grave: “la vida me la acabé danzando”.

El hombre de Jalisco es uno de los danzantes que enseñó a los angelinos a bailar la danza de los matachines.

Lo hizo a través de su hijo Javier, que lo mismo va a la Universidad de Irvine que a la de chihuahuas para mostrar su arte.

Con un oído activo parcialmente, y otro completamente sordo a causa del ruido de un balazo que un amigo disparo contra un león de la Sierra, a sus 90 años, dialoga en su casa de Atwater Village, con una gran serenidad.

DE JALISCO A CALIFORNIA

Sombrero de fieltro negro, manos rugosas, ojos cansados, apoyándose en el bastón, rememora los días en que la danza era un ritual festivo que empezaba a las dos de la madrugada y terminaba a las 6:00 de la tarde.

“Yo nací en el rancho de Los Otoles. Ahí danzábamos con la pastorela y en las fiestas de la Santa Cruz. Venían de todos los ranchos, del de Ojo de Agua, de los Gálvez, los Robles, Ternsco de arriba y Tenasco de abajo, de los Bonilla… danzábamos toda la madrugada”, recuerda Gálvez.

Añade que los pueblos solo hablaban de “la danza”, sin hacer distinción si era de los matachines o de los aztecas.

Es su hijo quien se encargó de estudiar esa tradición y dar explicaciones a los universitarios más complicadas.

La danza concluía con una representación del intento de los moros por robar la cruz.

“Se trataba de que el moro llegaba con sus hombres a caballo para llevarse la cruz hasta que se mataban ‘de a mentiras’. El moro decía: ¿que novedades son estas que en mi patria no conozco que festejan la cruz de Cristo?. Nosotros atacamos acuchillándoles una vejiga de cochino llena de sangre que llevaban escondido en el cuerpo.

“Muchos se asustaban porque pensaban que era de a deveras. Una vez hasta yo mismo me asusté porque mi amigo Calixto se desmayó y pensé que se les había pasado la mano. Yo era el bachiller que daba el mensaje y mi padrino Otón, el cristiano”.

Gálvez se sabe de memoria los diálogos. También los movimientos de danza. Toma su bastón y hacer una muestra frente a su esposa, que es 10 años menor que él.

“Hay redobles que todavía los jóvenes no saben hacer”, asegura luego de que acompañamento de un  leve silbido hizo la cruz con sus pies.

ARTE Y TRABAJO DURO

Cuando emigró a Estados Unidos trabajo en el campo. Levantó muchas cosechas, incluso en Idaho. Sus manos toscas aún denotan fuerza.

“Fue por ella que me animé a venir”, comenta dirigiéndole una mirada a su esposa, “Ella nació aquí y cuando cruzamos la frontera en 1957 solo les enseñó su acta de nacimiento”.

Ofelia aún recuerda cuando eran novios por carta.

Él pasaba a todo galope en su caballo y se detenía unos segundos para dejarle una carta, mientras ella barría  la calle.

“Luego mi mamá salía y me decía: hija como que oí un caballo”.

Con siete hijos de familia, don Ricardo entretenía sus hijos contándole las historias del rancho los Otoles.

Quien ponía más atención era Javier. De tanto escuchar un día le preguntó por qué no bailan otra vez.

Su padre, quien se había reunido aquella vez con sus compañeros de baile, le contestó que no podía, que aquí no estaba el Cerro de la Cruz, ni los tambores, ni el uniforme con que se gastaba tres pesos de plata. Pero con un chiflido provocador todo se arregló

Javier aprendió esta tradición y le dió brillo. A sus 52 años es un maestro que lo mismo da clases en México que en Estados Unidos, y en el desfile de Navidad de Hollywood de 1999 llevó al primer grupo de danza nativa en la historia de ese evento.

Me dijeron que tenía que llevar 300 bailarines como mínimo, y le empecé a hablar a todos mis estudiantes, muchos de ellos ya profesionales.

Javier estudió ciencias políticas en la universidad, pero su pasión por la danza lo ha llevado Mexico a estudiar. Éste gusto lo ha transmitido a sus hijos y otros estudiantes que se suelen ver en la Placita Olvera.

“Yo incluso me traje al maestro Florencio Yescas de México”, dice.

Mostrando ya algunas camas debajo de sus sombreros, Javier dice considerarse asimismo como un nahual moderno.

Los Nahuales eran una especie de hechiceros que se convertían en animales. Con un ‘pager’ en la cintura, el profesor Gálvez dice que hora es casi la misma magia universitarios pasa del uso de las computadoras y teléfonos celulares a convertirse en aves y animales danzantes.

“Llevar un pager y un penacho es parte de la sabiduría de un nahual”.

Javier tiene cuatro hijos: Susana, Sonia, Esteban y Daniel.

Susana se graduó recientemente de la Universidad de California en Santa Cruz y le pidió a su padre un regalo que fácilmente cumplió: danzar los matachines.

Con dos hileras de matachines con sus mejores galas Y caracoles que hicieron las veces de trompetas heráldicas, Susi hizo también un homenaje al abuelo Ricardo, “El Danzante Mayor”.

Y aunque Los Matachines han llegado a Hollywood, el abuelo Ricardo Gálvez solo lamenta que en el rancho Los Otoles todo haya terminado.

“No había agua. Empezamos a irnos y todo quedó en la ruina” finaliza sin dejar de hacer con su bastón los movimientos que se asemejan a los que hacían los machetes que sacaban chispas en el suelo.

 

—José FUENTES-SALINAS, originalmente una versión fue publicada en La Opinión de Los Angeles, 2000

DIA DE LA MADRE: Narraciones, crónicas y semblanzas de madres prototípicas

“México es uno, y uno es un desmadre”, decía el letrero de vagón del Metro en la Ciudad de México.

En realidad, el letrero había sido: “México es uno y uno es México” —Consejo Nacional de la Publicidad. Pero alguien travieso y politizado, le cambió el sentido.

La palabra “Madre” es un signo que cambia de sentido por ser una metáfora del origen.

Un DESMADRE: un desarreglo. A TODA MADRE: algo excelente. DE POCA MADRE: algo superlativamente bien. CHINGA TU MADRE: “la tuya!…” y empieza el pleito.

Por oposición una palabra casi sagrada y con frecuencia fatigada por la cursilería se puede convertir en el insulto más agresivo, que de manera eufemística Paquita la del Barrio lo deja en: “sin hacer más bulla, me ‘saludas’ a la tuya”.

MUESTRARIO DE MADRES

LA SOLEDAD: Doña Ramoncita Viuda de Granados

Estaba sola la mayor parte del año. En el Panteón Municipal de Zacapu, Michoacán, su tumba tenía el epitafio: “En recuerdo de su hijo Vicente”.

Ramoncita había tenido un solo hijo y ningún nieto, y el hijo, como muchos mexicanos, se había tenido que ir muy lejos a buscar un mejor sueldo y una mejor vida.

Don Vicente Granados se había convertido en un gran chef en Filadelfia, y cada año regresaba a Zacapu a visitar la solitaria tumba de su madre.

No iba solo. El hombre elegante que vestía con sombrero de fieltro, y traje de casimir como Eliot Ness, de Los Intocables, iba con su único amigo del pueblo: el sastre que le hacía sus trajes en el tiempo que duraban sus vacaciones.

También, la numerosa familia del sastre lo había adoptado como un tío magnífico que cada vez que llegaba era como un Santa Clause lleno de regalos que venía del Polo Norte. En esos días que llegaba Don Vicente, había comidas especiales, paseos a la Laguna y fotografías (las únicas fotos de esa época son las que tomaba Don Vicente).

Pero un año ya no volvió. Ni el otro.

En los 60’s, nadie envió una carta.

La tumba de Ramoncita se quedó más sola que antes.

Y aunque tenía letrero de “perpetuidad”, sacaron sus huesos y en ese panteón tan lleno de muertos le acomodaron otra madre acaso menos solitaria.

LOS CAMBIOS: historia de las Paulas

Doña Paula se casó en 1936 y tuvo 13 hijos. Dos se le murieron de bebés, y 11, con mayor o menor fortuna crecieron e hicieron sus familias.

Nadie sabe si el costo de la maternidad le acortó la vida y un día le apareció un cáncer en el aparato reproductor cuando apenas llegaba a los 50 años.

Sacrificándolo todo, dándolo todo, Doña Paula sabía cocinar, planchar, lavar ropa en el lavadero… pero sobre todo sabía magia. Por arte de magia, hacía que el escaso salario de su esposo el sastre le alcanzara para hacer de comer a la gran prole y para crear esos extensos jardines que los turistas norteamericanos (cuando viajaban en caravanas) se detenían a retratar.

Paula, su hija, cambió un poco. Ella fue más años a la escuela, se hizo secretaria, tuvo tres hijos, se casó dos veces y se fue a vivir a otras ciudades que Doña Paula solo visitó cuando iba a sus curaciones a los hospitales.

Paula, la nieta, fue un poco más lejos que las otras. Tuvo más años de escuela y menos hijos. Se graduó de la universidad, se hizo abogada, y tuvo un par de hijos.

A Don Fausto, el abuelo que ha vivido más de un siglo, le parece que lo que ha ocurrido con las madres ha sido algo extraordinario.

LAS SUPERABUELAS: las madres que regresan al maternaje

La Luchona llega a las cinco de la mañana al gimnasio. Hace ejercicio. Empieza por limpiar los baños de las mujeres, luego se mete al salón de los ejercicios aeróbicos, y mientras limpia los vidrios, explica: tiene que salirse al rato a llevar a sus nietas a la escuela, luego regresa a terminar sus cinco horas y a ver qué les va a dar de comer. Si tiene casas que limpiar, se va a limpiarlas…

Sin querer reconocer que su hijo le salió un “bueno pa’ nada”, la Superabuela parece disfrutar de ser una amorosa sargenta que les da estabilidad a esas chamacas que no son suyas, pero como si lo fueran.

Oriunda de Jalisco, la Luchona se casó siendo una niña para escaparse de la violencia de su casa, pero le salió peor, con un marido golpeador.

Se salió de esa relación abusiva. Se la rifó ella sola para cuidar a sus hijos… Y, ahora, también a sus nietos.

 

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California, 05052019

 

CAMBIO DE HORARIO: Los relojes

Lo sé. El próximo Domingo, a la hora de irme a dormir estaré “perdiendo” una hora.

Claro. Todo es un absurdo. Contar el tiempo es una arbitrariedad, una convención. Por eso, quienes dicen que hay “momentos que son eternos” dicen cosas tan absurdas como la que dijo Cantinflas: “hay momentos verdaderamente momentáneos”.

También es cierto lo que dice el poeta Israelita Yehuda Amichai: “el tiempo no está en los relojes”.

En eso pensaba la otra vez que fui al Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson. En un puesto había un montón de relojes de pulsera usados. Tan solo ponerse a contarlos o a revisar cuáles todavía servían era una pérdida de tiempo. Eran relojes “electrónicos” que ya habían pasado de moda.

Venta de relojes usados en el Swap Meet de la Villa Alpina, en Carson, California.
FOTO: JOSE FUENTES-SALINAS

Me acuerdo bien cuando aparecieron allá a finales de los 70’s. Todo mundo quería tener uno. Pero ahora son tan corrientes que solo falta que los regalen en las caja de Corn Flakes.

Es cierto que de niño quise tener un reloj de pulsera, pero las únicas veces que necesitaba medir el tiempo era cuando andaba en la plaza jugando con mis amigos y en ese lugar bastaba ver el reloj de la Iglesia de Santa Ana para saber la hora. Y no solo eso: las campanadas de la iglesia hacían que inevitablemente volteáramos a ver el reloj.

Mi primer reloj fue un Caravelle de Bulova al que se le veían las tripas. Me lo regaló mi hermana María cuando regresaba de Estados Unidos y yo estaba en la Prepa. Me sirvió mucho para sacar dinero de la Casa de Empeño en Morelia, cuando me iba al cine y desacompletaba para el pasaje de regreso a Zacapu.  El propósito de tener un buen reloj entre los estudiantes universitarios, entre otras cosas, era el de tener un “valor” que empeñar en caso de extrema necesidad.

Luego, con el tiempo, fui aprendiendo que, así como con las personas y los títulos universitarios, había relojes más finos, como el “Rolex”. “Uuuuy…traes un Rolex!”. Pero para quien no luce como de “altos ingresos”, traer un Rolex era señal de desconfianza… o estupidez. Una vez, caminábamos por la Calle Broadway en el Centro de Los Angeles con un amigo, y alguien le ofreció un Rolex por 20 dólares. Era el Día del Padre, y mi amigo pensó que era una brillante idea para regalo. Su padre se lo recibió de buena gana, como un gran detalle, pero se aguantó las ganas de decirle: ¡Cómo serás pendejo!

Yo, con el tiempo, he pensado más en lo práctico, en un buen reloj que me aguante los manotazos en la alberca cuando nado, y que de un vistazo me deje ver la hora. Por eso uso un Citizen Eco-Drive que se recarga con el sol y tiene tremendos numerotes, y la pulsera es de acero inoxidable.

Esa es mi codiciada propiedad que ahora tiene un poco de la nostalgia infantil, aunque solo me costó 150 dólares, lo que muchos gastan por unos zapatos o un pantalón que les durará mucho menos tiempo.

Este mi relojito es de los pocos que todavía manualmente tendrán que ser adelantados con la entrada del cambio de horario en la madrugada del Domingo, a las 2 AM.

Los demás relojes, los de las computadoras, nos robarán automáticamente una hora.

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  • José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com
    Long Beach, California, Marzo, 7, 2019.

LOS ANGELES: Don Robert, un pintor sin más apuros

Cementerio de El Calvario, East Los Angeles.- El niño flaquito de corbata era el que expresaba más espontáneamente su dolor.

Cuando dieron vuelta al ataúd para sacarlo de la capilla, se limpió las lágrimas y ayudó a escoltar al abuelo.

Si supieran los abuelos de lo doloroso que son estas despedidas, seguro que no se mueren, o quizá se mueren con más tranquilidad.

Yo no era familiar de Robert Rodriguez. Fui su amigo en su etapa tardía, desde aquella vez que nos presentó su hija en un “Block Party” del 4 de Julio. Yo sabía que le gustaba pintar y que lo hacía muy bien. Su hija conservaba algunas de sus pinturas. También, sabía, que como yo, pintaba “por gusto” y se había enseñado a sí mismo. Era evidente, entonces, que teníamos mucho en común. Ambos pensábamos que el arte latino era muy digno de presumir, y no se reducía a las pinturas nacionalistas, sino que también era el cubismo, surrealismo… y las estelas mayas.

Era la persona mayor de aquellas reuniones, y la más joven. No había ido a la universidad, pero era la única con quien podría hablar de Picasso y de Tamayo. Por eso, desde que lo invité a mi casa, aún con bastón llegaba, o su hija me invitaba a conversar con él cuando la visitaba. Además de ser un autodidacta en el arte, Don Robert era bilingüe, y en un perfecto español, conversábamos de nuestro oficio sin galerías comerciales.

La última vez que lo vi, hacía unos meses que había enviudado. Pero su semblante no era la de un hombre apagado. Con una gran serenidad y a veces con una risilla, me contaba de lucha por sostener una familia, y por aprender al mismo tiempo a maravillarse con el arte.

Mi última conversación con mi amigo Robert Rodriguez. Foto: José Fuentes-Salinas.

Me habló de algunos amigos que quedaron en el camino, y de la forma en que dar pinceladas sobre una manta, dar forma a los colores, lo hacía más cuerdo.

Los hombres mayores que cultivan la creatividad son muy certeros en decir lo que vale la pena compartir.

La última vez que conversamos, Robert me habló de dos cosas: de esas machitas que le habían encontrado en los pulmones y de el gusto que le daría abrir el patio de su casa para enseñar a los jóvenes ese oficio que el aprendió por él mismo con tanta paciencia, sin pensar en recibir premios, ni venderlo en las galerías.

 

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, California., 4 de Enero, 2019. Instagram: taller_jfs, tallerjfs@gmail.com

CRONICAS DE CALIFORNIA: La Banda Oaxaqueña “Herencia Zochileña”

ARABELA TIENE SIETE años y entra la iglesia de San Emydius con sus nachos con queso en la mano. Sabe acaso que esa no es la forma más correcta de comulgar con dios, pero tiene hambre, y, además, quiere acompañar a su hermanita que toca el flautín en la banda filarmónica “Herencia Zochileña”. Se me queda viendo como pensando acaso que le voy a decir “niña, a la casa de dios no se llega con botanas”.

Luego, el director y maestro Alberto Martínez, con su trompeta empieza preparar a los niños que acompañarán la misa dominical.

“Aleluya, aleluya Santo, Santo es el señor…”

Luego de la primera intervención de la banda, viene la carta a los hebreos, el Evangelio según San Marcos, la referencia a los fariseos, al divorcio al y el padre hablará del noviazgo, de lo que es tener una compañera, no un objeto…

Mientras, Melanie y Adrián colocan sus iPhones debajo de las partituras musicales que tienen impresas la “Misa Oaxaqueña”.

Yo vine aquí porque Venancio me invitó, porque quería verlos en acción, antes de que se presenten el 10 de noviembre en la Lynwood High School.

“Va a ser una fiesta oaxaqueña para juntar dinero y comprar o arreglar instrumentos”, dijo Venancio que es como el publirelacionista sin título de los zochileños.

Por un momento en ese espacio se juntan las bondades del mundo: los niños que no quieren otra cosa que alegrar los misterios de la existencia, el maestro que generosamente da su tiempo para preservar la música, la soprano que canta el Osaaaanaa… la hija que lleva a su madre en silla de ruedas, el adolescente que carga el pesado corno inglés… Y los voluntarios que allá, en el comedor, servirán a los hambrientos pozole, menudo, tacos y tamales como multiplicando el evangelio proverbial.

Niños de la Banda Infantil Oaxaqueña en California “Herencia Zochileña” en la misa de 2 PM del último domingo de Octubre, 2018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

MAS ALLA DE “COCO” Y HOLLYWOOD 
Más allá de los estereotipos de la cultura mexicana, la comunidad oaxaqueña mantiene el movimiento de la cultura popular.
Cuando van a tocar a un funeral se ponen muy serios. Observan a los dolientes, y, al tocar el “Dios nunca muere”, saben que están contribuyendo a la elaboración del duelo. Pero cuando los invitan a tocar a la Universidad de California de Los Angeles (UCLA) junto con un grupo de danza, saben que ahí, la tuba y las trompetas tienen que provocar el ritmo de los pies.

“No es solamente la música”, dice el director y maestro de la Banda Infantil Herencia Zochileña, Aberto Martínez, “es la cultura, los valores de sus ancestros”.

La banda que el 10 de Noviembre tendría una presentación cultural en la Lynwood High School para juntar fondos para sus instrumentos es una de las mejores expresiones de la cultura latina y mexicana. Para formarse no requieren de fundaciones ni academias, y la espontaneidad con que se forman refleja el carácter verdadero de la cultura popular.

“Así como los brasileños casi nacen con una pelota de futbol, los oaxaqueños nacen con un instrumento”, dice Martínez.

Alberto Martínez, director de la Banda Musical “Herencia Zochileña” en una misa en la Iglesia San Emiydius, en Lynwood California. 1022018. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

En una presentación reciente en la misa de 2 PM de la Iglesia de San Emydius, de Lynwood, los chamaquitos se apostaron en una esquina, al lado izquierdo del altar, y a la señal del maestro empezaron a tocar la “Misa Oaxaqueña”. En ese momento ellos se convertían en el centro de la invocación espiritual, como en los tiempos de Mozart.

Son niños. Los menores tienen siete años, los mayores, 17. Y como niños, no se podía evitar ver que debajo de la partitura unos pusieran su iPhone, para en un descanso ponerse en contacto con el ciberespacio.

Cuando se le pregunta a Martínez cuál es el principal obstáculo para la enseñanza musical en estos tiempos de cibertecnología, no duda en decir que son los celulares.

“El mayor obstáculo puede ser la distracción de la tecnología. Por eso, en las juntas yo se los hago saber a los papás. Les digo que se la tienen que prohibir, si no hacen caso. Hay que tener carácter. Yo, cuando vienen a las clases, si le quito el celular a uno, los demás hacen caso”.

Pero ¿no les puede servir para escuchar cómo tocan otras bandas?, se le pregunta.

“Si. En ese sentido puede servir. Pero yo no quieron que se hagan músicos líricos (de oído). Yo quiero que aprendan a leer las partituras. Ahora que, si, cuando vamos a tocar a un lado, les paso en mensaje de texto la lista de piezas que vamos a tocar, para que estén listos”.

Partitura de la Misa Oaxaqueña que niños de 7 años han aprendido a leer. Foto: José FUENTES-SALINAS.

La banda formada hace tres años es una de las varias que existen en el Sur de California. Recientemente fueron de visita a las fiestas patronales de Santiago Zochila y fue una verdadera sorpresa para los niños.

“Fueron a tocar con las mejores bandas de la región, y los dejaron muy impresionados”, prosigue Martínez. “Cuando aún no regresaban a California, empezaron a llegar una gran cantidad de mensajes en el Facebook, de lo impresionado que estaban”, dice.

Martínez, quien trabaja planchando en una tintorería, está satisfecho del trabajo que ha hecho. Tiene tres hijos que también aprendieron la música, uno de ellos, Jorge, toca la tuba en la Banda de Régulo Caro.

Cuenta que hay niños que además de tomar clases de música con él, están en los programas de música de sus propias escuelas, y, con frecuencia, sorprenden a sus maestros.

“Hubo uno, que según eso, estaba atrasado en su escuela, y luego de un mes, aprendió más de lo que le habían enseñado en todo el curso. Yo creo que se trata de motivar a los niños. A veces los padres se ponen a llorar cuando ven cómo sus hijos tocan la música en sus presentaciones. Una señora me dijo ¿cómo le hizo si mi hijo era un diablillo en la casa?”.

Oriundo de Santa María Yalina y casado con una mujer de Santiago Zochila, recuerda que cuando quizo aprender a tocar música, su abuela no quería. “Todos los músicos son unos borrachos”, le decía. Pero como “los oaxaqueños nacen con un instrumento”, pronto aprendió este arte, y antes de emigrar a Estados Unidos, ya había formado una rondalla en la iglesia de su pueblo.

CRONICAS DE FUTBOL: Una para Pablo Bussato

Long Beach, California, 1995

EN EL EXTREMO derecho estoy yo, con ese pantalón de pechera de mezclilla que aún conservo. En el extremo izquierdo está Pablo Bussato. En el centro está mi hijo Marlon y el sobrino de Pablo, Santiago “Santi”. Un mexicano y un argentino nos dedicábamos a entrenar a un grupo de chamacos todos los jueves por la tarde en el Parque El Dorado.

En la Liga AYSO, donde “todos juegan” eso significaba que nosotros mismos nos mezclábamos con los chamacos del equipo “Blue Flames” para patear unos balones.

“Ustedes los latinos tienen el futbol en la sangre”, me decía una vez el padre de uno de ellos, quien nos había regalado el banderín.

“La verdad es que también los ingleses, y los europeos”, le dije.

El equipo infantil de futbol en Long Beach, California, “Blue Flames”. Cortesía.

Tanto Pablo como yo, sabíamos que el juego era eso: un juego. Pero en el proceso sabíamos que esa era una forma de acercar familias de diferente origen social para que aprendieran a interactuar en equipo.

Ahí estaba, por ejemplo, el hijo de un militar jamaiquino-americano casado con una mujer japonesa, el chamaco de una mexicana casada con un norteamericano que vivía con su abuelo, el hijo de una familia que tenían varias franquicias de Pollo Loco…

 

El Guachito y Santi representaban la tradición mexicano-argentina. Ellos eran como dos chapulines que buscaban con insistencia y picardía el balón. Otros, eran excelentes defensas… Pero, al final, sabíamos que no competíamos tanto por los trofeos, sino por el gusto de patear el balón.

Luego de trabajar en el Centro de Los Angeles, y agarrar el Metro hasta la estación Willow, llegar a las cinco de la tarde al Parque El Dorado era el premio a mis trabajos en la redacción de La Opinión. Pablo, me parece que era biólogo, y trabajaba en el Condado de Los Angeles. El ya murió de cáncer, según supe, pero con frecuencia me acuerdo de él cuando voy a El Dorado.

Las rutinas eran estas: ejercicios de calentamiento, patear balones y organizar la “cascarita”. Con Pablo comentábamos que uno de los problemas de algunos chamacos es que no veían futbol en la televisión, y acaso eso no les permitía tener un sentido de la dinámica del juego.

Con todo eso, los padres se organizaban para llevar las aguas y los “snacks” para los juegos del sábado, y eso les servía para socializar entre familias que de otra forma nunca se hubieran encontrado.

Arbol de el Parque El Dorado, muy cerca de donde alguna vez entrenamos a los Blue Flames. Foto: Josee FUENTES-SALINAS.

  • José FUENTES-SALINAS, 10282018.

 

CRONICAS DE PERROS: De la lealtad, las costumbres y la mierda

Zacapu, Michoacán, 1960’s

El sol iniciaba su lento ocultamiento detrás de los cerros, donde al pié de ellos estaba el burdel y las tabiqueras. El humo de los hornos se destacaba atravezados por los últimos rayos del sol.

Mientras, doña Paula se sentaba en su piedra a la entrada de su casa, y el Firpo se acurrucaba a sus pies para servirle de tapete. Esto que hacía el veterano Doberman, era lo mismo que hacían los primeros perros hace 14,000 años: calentarles los pies a los hombres y mujeres de las cavernas.

Los perros, antes de que los convirtieran en psicoterapeutas y payasos de los “homo urbanus”, tenían muchas funciones: compañías y comedores de sobras, ayudantes para cuidar el ganado y cosechas, y asistentes de la cacería.

Para cuando mi padre, un gallero, músico, maestro y sastre, decidió que los Doberman eran los mejores para cuidar los gallineros y la casa, yo no sabía nada de ellos. Los Doberman fue una raza que producida por un recolector de impuestos alemán en 1870 que mezcló perros pastores, agregando genes luego del Manchester Terrier y Greyhounds.

http://tlacuilos.com/las-calumnias/

El primer Doberman se lo regaló un amigo gallero de la Ciudad de México, don Jorge Salcedo. Pero no podría decir cómo es que el Firpo fue el sobreviviente de varios que llegaron a la casa: Atila, Topolín, Laica… Quizá la razón fue que Firpo tuvo una madrina que casi era enfermera.

Mi hermana Eva, que tomaba cursos por correspondencia de Hemphill School y en la escuela de las monjas de San Vicente de Paul, le salvó la pata a Firpo aquella vez que se le dejó ir a un camión de 18 ruedas, molesto acaso por el tremendo ruido que hacía al bajar de las colinas.

Desde entonces, Firpo se hizo un tipo muy cauteloso, pero no por eso dejó de cumplir sus tareas de jugar con nosotros en la huerta de duraznos, ni de vigilar los gallineros, ni de calentarle los pies a mi madre mientras tejía.

Podría decirse incluso que aprendió a controlar sus impulsos heredados de los genes de sus ancestros, y dejó de agredir a los rebaños de chivas y vacas que pasaban por la casa. Aunque, los pastores lo veían siempre con cierto temor.

De Laica, Atila y Topolín no recuerdo muchas virtudes, excepto que cuando mi hermano Salvador estaba dando el servicio militar, llevó a dos de ellos a un desfile.

No sé si mi hermano sabía que los Doberman Pinscher eran la mascota oficial del United States Marine Corps en la Segunda Guerra Mundial, pero mi hermano se veía muy impresionante luciendo a Laica y Atila con su uniforme militar.

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https://warfarehistorynetwork.com/daily/wwii/the-dogs-of-war/

Los perros son de las pocas especies que han sido testigos de los vicios y cualidades del ser humano en tres Eras del planeta. Y, a veces, cuando critico la estupidez con que algunas veces se convive con estas mascotas me lo toman a mal.

Es cierto lo que dice el Papa Francisco: el perro no sustituye la compañía de un ser humano, y yo, como psicólogo graduado les digo: no, el perro no es un psicoterapeuta, y si alguien por ahí dice que es “el mejor amigo del hombre”, lo dice porque un perro no puede contradecirle y ponerlo en su lugar cuando se están diciendo disparates.

Un perro es dependiente de usted, y no tiene otra alternativa más que ser “agradecido”. Pero no es como para que el animal diga: “mira, aunque no me des de comer, yo ahorita voy a trabajar, y al rato vengo para hacerte compañía y jugar”.

La confusión sobre la naturaleza y cuidado de los animales ha llevado a muchas inmoralidades y faltas de sentido común.

Y mientras los perros en California tienen parques, hoteles, playas, cementerios, peluquerías, hospitales y boutiques (son tan buen negocio), hay individuos que mueren de hambre y que duermen en la calle o en sus autos.

De hecho, hay gente que tiene más empatía con los perros que con muchos niños y trabajadores inmigrantes.

http://tlacuilos.com/historias-en-el-bus/

Pero como el narcisismo proyectado a los animales no es muy consistente (así como muchas relaciones entre los propios humanos), los pobres animales suelen ser enviados al corredor de la muerte, a los “shelters”, donde si no son “adoptados” los “ponen a dormir”.

¿Se fija cómo en estos dos términos hay un intento de disfrazar nuestros vicios?.

Ya no se habla de adquirir, sino de adoptar, como si se tratara de un niño, y no se habla de matar, sino de “poner a dormir” o practicarles la “eutanasia”.

Give me a break!… “La eutanasia es la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado con la intención de evitar sufrimientos”, pero en el inglés se dice: “Each year, approximately 1.5 million shelter animals are euthanized (670,000 dogs and 860,000 cats)” .

https://www.aspca.org/animal-homelessness/shelter-intake-and-surrender/pet-statistics

Si viviera en el campo, y tuviera un espacio que se asemejara a la casa de mi infancia, donde un perro como el Firpo corriera a su antojo entre la huerta y el jardín de mi madre… Seguramente que me gustaría tener una mascota, y sentarme a leer por las tardes en el patio a un lado de él.

Pero me preocupa el rol que les están haciendo cumplir a las mascotas en las ciudades: los usan como pretexto para salir a caminar a las calles, y no pocas veces, los perros ponen en apuros las economías de las familias.

Una visita a una clínica les quita el dinero que tenían guardado para la renta o las vacaciones. También hay quienes ya no desarrollan esa habilidad de conversar con las personas en la calle, porque van con la mascota, y la mascota no les rezonga, ni les dice: ya cállate, estas diciendo puras pendejadas, te escuchas cursi.

¿Serán “felices” las mascotas cuando las sacan a cagar?

Se cagan donde les da la gana y hacen que sus dueños levanten la mierda en unas bolsitas de plástico… pero van encadenadas o amarradas.

El problema es cuando traen diarrea, como aquella familia que vi en el malecón de Santa Mónica (Pier). Al perro bóxer se le antojó defecar en medio de los visitantes que llagaban a la feria un sábado, y si no es porque todas las miradas estaban puestas en el dueño, seguro que ahí hubiera dejado el excremento pastoso.

Los perritos son muy limpios. Les encanta un césped bien podado para zurrar.

El  único problema es que el ácido clorhídrico que acompaña el excremento quema el pasto, y ya se están haciendo populares letreros que indican: “favor de no cagarse aquí”.

Letrero de un vecino que advierte a los paseadores de perros que ese no es un sitio para cagarse. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 

LITERATURA Y MATEMATICAS: Crónica de números en un día soleado

Es la 1:00 de la tarde en la plaza del Town Center. Hay 100 mesas con sillas vacías, y frente a mi 20 salas de cine, adonde acuden solo dos o tres parejas de personas que deben haber repasado los 70 años. Aún lado, en la otra única mesa ocupada, dos mujeres llevan una hora hablando de los precios de las casas. Una de ellas dice que sus padres compraron una segunda casa en la costa este, por si ella decidiera dejar California, la quinta economía del mundo. A donde quieran que volteo no hay nada que me apresure. La fuente que está a la mitad, entre las 10 taquillas de los cines y este patio, cada 30 segundos alcanza una gran altura que llega al número 26 de los cinemas, en medio de un azul intenso de la 1:00 de la tarde, con una temperaturas de 78°. Estoy de vacaciones por una semana y he decidido hacer nada de 7:00 a 4:00 de la tarde que es cuando tendría que cumplir mi horario de trabajo de ocho horas.  Podría tener el tiempo de contar las hojas del árbol que está sobre mi cabeza, pero no estoy loco ni obsesionado por los números. Solo estoy vacilando.

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California. 10102018

LA FOTOGRAFIA EN EL SIGLO XXI: entre las “selfies” y el desperdicio

Hilario Barajas tomó su iPhone y se conectó de Long Beach a Guatemala.

En el descanso de su trabajo de pintor, sacó la cajita mágica, el “medium” electrónico que podía evocar el pasado y el presente, sin recurrir a la telepatía.

Abrió el facebook y vió a sus amigos echándose unas chelas y comiendo mariscos. En sus cuenta él aparecía como si hubiera venido a California al cotorreo, a pasarla chido, de “party” en “party”.

“A nadie le gusta que lo vean mugroso, o lleno de pintura. Ja jaja…”

Así como antes “los momentos Kodak” no eran para mostrar las miserias, ahorita el momento “apple” no es para mostrar la “chinguita” que uno se pone.

Umberto Eco, el semiólogo italiano lo sabía.

En sus últimos textos, decía que la nueva tecnología cibernética compartía un poco el asombro por la magia. Después de todo, ¿cómo era posible que Hilario, un pintor de brocha gorda y spray, de repente pudiera ver imágenes de Huehuetenango, desde una calle de Long Beach, California?”.

También era como un espejito mágico, que todos los días a través de las “selfies” refrendaba la idea de: “There, You Are!”.

 

“si después de haberse tomado trescientas “selfies” alguien no sabe quién es, debería ir con un psicoanalista”

Hilario tenía un trabajo interesante que bien podría documentar, si él lo quisiera, la vida de los trabajadores inmigrantes en los Estados Unidos. Además, su esposa tenía un puesto en el Swap Meet, donde vendía pulseras de semillas con los santos grabadas y otras artesanías. Para los Barajas, eso tampoco era digno de fotografiar.

La esposa tenía también un trabajo de medio tiempo para limpiar un gimnasio, y esto los calificaba para mostrar la tremenda productividad de los latinos en USA.

“Mire compa, yo sé lo que me quiere decir: nosotros no existimos en las noticias a menos que seamos víctimas o victimarios, pero mostrarnos así como así haciendo el jale de todos los días ¿para qué?… Es tan obvio que nosotros somos muy trabajadores, y no como el Trompas lo dice: una bola de criminales y violadores. Cualquiera que ande en la calle nos ve como changos trepados en las palmeras o árboles, podando las ramas; nos ve cambiando los techos de las casas bajo pleno solazo o recogiendo la basura en los restaurantes… Cualquiera que tenga tres dedos de frente sabe cómo nos partimos la madre para que estas ciudades se vean bien”.

Hilario regresó a trabajar.

Ese trabajo le gusta porque es calmado, porque la mayoría de sus clientes no están en sus casas, y los vecindarios son muy calmados.

DEL TIANGUIS AL MUSEO

Esa semana en que me encontré con Hilario, también había ido al Swap Meet de Carson y al Museo Norton de Pasadena.

Por una extraña coincidencia, encontré vínculos entre uno y otro lugar. Una de las escenas del mercado de usado era similar a una pintura de los pintores de los Países Bajos del Siglo XVI. Con el iPhone había capturado una imagen donde los vendedores están conviviendo en un descanso, platicando y jugando cartas, mientras que en la pintura se ven dos comerciantes haciendo lo mismo.

 

Es muy probable que si no hubiera tecnología electrónica para fotografiar este tipo de escenas, ni fotografía analógica, los pintores estarían retratando en sus lienzos escenas como esta de los vendedores del mercado de pulgas, de Carson, California. Foto: José Fuentes-Salinas

Detalle de una pintura exhibida en el Museo Norton Simon de Pasadena, California, que muestra los mercados retratados por los pintores de los Países Bajos, en el Siglo XVI. Foto: José Fuentes-Salinas.

Realmente estamos desperdiciando la tecnología de imágenes, pensé. Estamos tomando demasiados autorretratos  y no documentamos un poco lo que vemos alrededor. Estamos viviendo en una sociedad tremendamente narcisista y con crisis de identidad: si después de haberse tomado trescientas “selfies” alguien no sabe quién es, debería ir con un psicoanalista.

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CUENTOS URBANOS: El sentido de la historia

Se fue convirtiendo en historia.

Sus visitas al centro de la ciudad lo dejaban cada vez más perplejo.
Le costaba reconocer el lugar que tantas veces había cruzado.

El parquecito estilo japonés donde dormían los desamparados se había convertido en una enorme estructura de condominios de lujo. Los desamparados todavía existían pero se acomodaban a la entrada de la biblioteca y ahora unos fumaban marihuana libremente por eso de las nuevas leyes.

Todo el centro se renovaba y pronto las grúas del puerto no podrían ser vistas desde esas calles por donde tantas veces había deambulado. “Se crearían muchos trabajos”, la doctrina del desarrollo la habían aprendido bien los políticos, inclusive el joven alcalde que se sentía orgulloso de ser el primer latino homosexual en gobernar la ciudad.

La ciudad se iba convirtiendo en algo distinto. Ahora resultaba más complicado estacionarse, aunque los estacionamientos ahora aceptaran tarjetas de crédito. La ciudad que presumía de ser la más amistosa para las bicicletas en el país ofrendaba su corazón a la clase media y a las compañías constructoras que tan generosas habían sido para rechazar la propuesta de control de rentas.

Lo bueno es que, además de ese tráfico pestilente de autos y camiones que desembocaban en el centro y en los muelles, allí llegaba el metro de la línea azul.

Muros que cubren la vista de el trabajo de construcción. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Las redes de transporte colectivo se iban extendiendo en todo el condado y pronto habrían de cambiar la nomenclatura: la gente se había hecho tan “color blind” que en lugar de tonos de azul y dorados, serían líneas numeradas. Ocurrió también en la demografía. Ahora ya no era posible distinguir entre negros, morenos, blancos, caucásicos, asiáticos… Ahora la segregación era por niveles de ingresos, porque eso de “clase trabajadora” y el “1%” había sido algo riesgoso en la política del Siglo XX. ¿En qué categoría cabía ahora el ex alcalde de la ciudad vecina que se había convertido en “chairman” de la compañía comercializadora de marihuana?. El primer latino en gobernar una ciudad de ese calibre, el ex director de sindicatos de trabajadores, y vocero del congreso de legisladores, ahora se justificaba diciendo que era importante que los latinos fueran representados en el negocio de la marihuana.

Sentía que el sentido de la historia no le cabía en la imaginación. Lo que había sido el gran crimen del siglo XX, por el que se mataron muchos pobres en Latinoamérica ahora era un negocio de cuellos blancos en Norteamérica, y hasta el ex líder del congreso republicano, el mismo que lloró cuando el Papa le reclamó su rechazo a la reforma de inmigración, el ex legislador ahora también trabajaba en el negocio de la mota, o de la marihuana, porque también en eso las cosas habían cambiado: el término mota era derogativo.

Con las manos en las bolsas y la misma chamarra de mezclilla de hace años ahora un poco desgarrada, caminaba rumbo a pagar el gas y el agua las oficinas del City Hall. Se sentía agradecido de que su facha se hubiera puesto de moda. Su vestimenta de mezclilla deslavada y con señales de tortura era altamente cotizada en los centros comerciales.

Antes de entrar a la biblioteca se detuvo a tomar una foto con su iPhone a los chuches de un desamparado que estaban junto a un paisaje y la ciudad habían puesto para hacer menos cruel el movimiento de grúas y trascabos que construían la remodelación del Downtown. El dormitorio del rincón del desamparado tenía como un muro enorme un póster en acrílico de unos yates en la marina con un sol a la tardecer.

…los desamparados se habían ido a un rincón de la entrada de la biblioteca, donde los chinches de un “homeless” se acompañaban de un yate de lujo con el fondo de un atardecer. Foto: José FUENTES-SALINAS

La biblioteca todavía era la misma.

Desde siempre las bibliotecas públicas habían sido su debilidad. ¡Tanto conocimiento gratuito!… Recordaba la primera que visitó en Wilmington, entre la calle Opp y Fries. Ahí leyó la biografía de Reis Tijerina y su lucha por la tierra. De ahí también saco discos LP para aprender inglés italiano… Ja ja ja… El inglés lo aprendía por necesidad, el italiano, por gusto. “il dennaro contante”… “il machelaio”…  Se le hacía grato entender un poco el lenguaje que había escuchado en las películas de Sofía Loren y Marcelo Mastroianni, o la del “Archidiablo” donde la audiencia en español escuchaba “la putannnaa”… Que era traducido en español por un discreto “mujer pública” en los subtítulos de la pantalla.

La biblioteca ahora daba el aspecto de decadencia, esperando su demolición. Al fondo, la mayoría de viejas computadoras eran ocupadas por desamparados. Pero a la entrada aún aparecían los estantes de libros recién comprados.

Le gustaban los cuentos o las novelas cortas, pero tenía la sospecha de que la elección de las obras estaba en manos de algún burócrata de la cultura que se dejaba mangonear por el mercado de libros, sin pensar en ese punto medio entre la demanda de una población lectora y los “bestsellers”. Aún así, aparecían buenos libros de Inés Arredondo y Mario Benedetti, de Sergio Ramírez y Carlos Fuentes, o “Manuales del Pendejismo”…

Cuentos de Sergio Ramirez e Inés Arredondo.

Urgando las historias se daba cuenta que se había convertido en historia él mismo. Las revoluciones del siglo XX ya se habían convertido en otra cosa, en contextos en que los autores hacían actos de reflexión, contricción, arrepentimiento…

Como un rompecabezas donde siempre faltan dos o tres piezas, buscaba elementos de identidad en sus lecturas.

Pero esas piezas vinculadas a lo que está ocurriendo en principio del siglo XXI siempre se escapaban. No encontraba títulos como: “Teoría y práctica del sonambulismo cibernético”, “El sonambulismo cibernético y su relación con el inconsciente”…

Quería pensar que los cambios en la transición del siglo XX al XXI solo habían sido de canal y de contextos, y si antes se tenía que ver en una pequeña sala de cine a Chaplin bailando un vals con un perro amarrado, ahora eso se podía ver en la palma de la mano en un iPhone.

Era un hombre racional. Lo sabía. Buscaba siempre la interconexión entre lo que fue y lo que es. No quería que el progreso lo agarrara del pescuezo y lo arrinconada en un asilo. Le provocaba asco las segregación.

¡Sus pies ah sus pies!… A veces los estimaba más que sus dedos.

Por eso cada vez que podía se iba por ahí caminando, viendo, solo viendo y pensando.

Tomo dos libros, y sin hacer fila los registró de salida.

La muchachita le dijo en español: “se vencen el 25 de octubre. Que tenga buen día. Vuelva pronto. Gracias”.

El hombre salió contento con el recibo del pago del agua y de sus libros.

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—José FUENTES-SALINAS/ www.tlacuilos.com

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