COVID-19: De cómo el coronavirus cambió los hábitos de las personas

Harás que la comida te rinda más, no es tiempo de desperdicios, uno no sabe si se volverá a escasear como el papel sanitario y las botellas de agua; te lavarás las manos con frecuencia, si eso no lo entendiste en la escuela, es bueno que lo entiendas hoy; usarás el gel desinfectante que mata el 99 % de las bacterias; no me preguntes cuál microbio es el 1 %, sería terrible que fuera el coronavirus; no te tocarás la cara ni la nariz, por si acaso no te hubieras lavado bien las manos; te mantendrás alejado de las personas, principalmente si les gusta reír a carcajadas o cantar con voz estruendosa, acuérdate que en el coro de una iglesia casi todo se contagiaron; si vas a misa no tocarás a los santos ni el agua bendita, tú sabes, dios perdona pero el virus no; cuando vayas al supermercado procura ir temprano cuando no haya mucha gente, y usa tapabocas porque si no no te dejarán entrar; los tapabocas de tela pueden ser bonitos y con la marca de tus equipos favoritos, pero es mal gusto usar un tapabocas con calaveras, porque muchos se asustan; los mejores tapabocas son los que tienen un resorte alrededor del cuello y se bajan y se suben como los calzones, cuando no los necesitas; olvídate de todos los conciertos del año, no hay forma de estar seguro entre tanta gente gritando, no te parece curioso que cuando podías ir te la pasabas grabando el vídeo, y ahora que no puedes te aburren los vídeos?; no te creas de quién es dicen que es cuestión de unos meses, que esto pasará rápido, esto es un maratón, no una carrera de relevos; si no sabes usar esas pantallitas de tu teléfono celular para verte con tus amigos, es tiempo que lo aprendas, va a ser la única forma en que los puedas ver por mucho tiempo; no uses el mugroso dinero, quién sabe cuántas personas lo han tocado?; paga con tarjeta de plástico y piensa en comprar solo lo que necesitas, nadie sabe cómo va a estar la economía mientras haya contagios; la próxima vez que votes fíjate por quién votas, este presidente ya sabía lo que se venía pero no lo dijo para no asustar a los consumidores y a las empresas; aprende hacer algo en tu casa con tus manos para que no te aburras, es tiempo de aprender más recetas y coser ollas de frijoles; sal a caminar y andar en bicicleta pero llévate el tapabocas por si alguien se te acerca; aléjate de los imbéciles que se creen inmunes al virus; hay muchas cosas que ya disfrutabas en hacerlas en solitario, porque a nadie más le gustaban, sigue haciéndolas; cuenta tus años y revisa las estadísticas de mortalidad por el coronavirus, ya calificas?; cómprate un lente de 360° para ver a las personas a tu alrededor y ver a quien te motiva más hacer lo correcto, mira como tu vecino el viudo no la pasa tan mal entre la playa y su casa distanciándose de las infecciones; cose un mantel, sírvete un café, escarba la tierra del jardín, cortar ramas, riega plantas, invierten en lo que quieras ver todos los días, y lo que quieres tener a tu alcance; mide tus fuerzas y tu paciencia, las vas a necesitar a largo plazo; protégete a ti mismo y a las personas esenciales que siempre hacen falta, las que cultivan, las que despachan comida, las que limpian, las que curan; protégelas del mal, cúbrete la chingada boca cuando te atiendan; medita, más, camina más, se más creativo, la soledad puede ser útil; piensa en lo que tienes, pero mejor en lo que eres y nadie te quita aunque te quedes sin empleo; aprende nuevos trucos para poner comida sobre la mesa; no te metas en más problemas, con los que tienes son suficientes… Respira profundo y sigue caminando y meando para no hacer hoyo.

Amanecer entre la Avenida Anaheim y Ximeno, de Long Beach, California. 07.04.2020. Foto: José Fuentes-Salinas, Instagram; taller_jfs

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 4 de Julio, 2020

Instagram: taller_jfs

Crónicas desde lejos: “El cuñado”

Oye cuate, cómo que así… ¿Cómo que ya colgaste los Conversen?

Un sketch.

Bertha llega a visitar a su hermana Martha, y alrededor de la mesa del comedor están sobrinos y familia.

Dicharachera y directa, Bertha le da carriilla al Fer, y él se la devuelve.

— Mira, tu, en lugar de andarte gastando el dinero de tu marido en chácharas, deberías atenderlo mejor.

— Ay, tu cállate, que tu no me los das, y tu le deberías ayudar a tu esposa…

Quienes observan, saben que ese no es un pleito, que es como un juego de dimes y diretes matizados con carcajadas, y con una discreta intervención de Martha que mientras pone platos sobre la mesa dice: “ayyyy… Fernanditoooo”.

Libro con dedicatoria. JFS

1970’s

El cuñado empezó a congraciarse con los cuñados adolescentes hace varios años, cuando decidió ser el padrino del equipo de futbol “Marte” y les regaló un balón. Era un equipo formado por Mario (portero), José (defensa), Miguel Huante, Pochis, El Nene, Carlos Rendón, La Burra… El Marte nunca fue muy bueno, pero tenían un buen balón profesional de cuero, y de  pentágonos verdes y blancos, que pesaba una barbaridad. Frecuentemente perdían por golizas a pesar de las atajadas de Mario. El Marte casi siempre andaban abajo en la tabla de clasificación, cerca del Apolo 12.

Otro detalle del cuñado fue que cuando Zacapu tenía dos superequipos de futbol, Sindicato Celanese y la Selección Zacapu, les dio un pase a los chamacos para que fueran a ver los partidos a las canchas de Celanese. Fue así como los cuñados adolescentes se escapaban del tedio dominical, yéndose a los juegos cercanos a La Bomba. Los juegos de la Zona Centro eran encontronazos con jugadores como el Chelis, los hermanos Amaro, Fidel y el guero La Araña Negra.

—¿Cómo estuvo el juego? —preguntaba el Fer, si de casualidad ya había regresado del Cine con Martha, el domingo, y ya estaban a la entrada del Zaguán de la casa de Obregón platicando

—Bien. Un partidazo —decían- hasta hubo banda.

Oficios varios

Entre los concuños, el Guero y Tony eran carrilludos. Se decían de todo, al Fer siempre se lo cabuleaban por su calvicie, al grado de compararlo con un ex-presidente de México. Pero él, por varios años sobrellevó esta condición en su peluquería, acaso dándoles descuentos a quienes ya eran candidatos a la calvicie.

También fue obrero de La Viscosa, donde también había trabajado su madre, y con frecuencia discutía si la tecnología alemana de las ‘espreas’ era superior a la norteamericana y a la japonesa.

Tenía aspiraciones. Una la de ser buen matemático con cursos por correo, y la de tocar la guitarra como Los Diamantes. Tomaba cursos por correspondencia de Algebra y se iba a su escritorio a resolver teoremas y ejercicios.

Por temporadas, también, invitaba a otro obrero de Celanese que había sido músico, a que le enseñara el Circulo de Do.

Al Fer también le gustaba el buen café (no como “agua de calcetín”, diría) y la ropa y zapatos de marca, los zapatos Conversen, y las cachuchas de lana que lo hacían ver como Rolando La Serie.

Me parece que una de sus hijas heredó el estilo dicharachero y confrontativo, y otra el gusto por la ropa de marca, no sé, acaso la otra disfruta de los buenos cafés.

Bueno. Cuate. Ahorita que te están velando, con un cafecito recién molido brindo por tu buen descanso, y, mientras, reviso este libro del marxismo que me heredaste la última vez que nos vimos, y que sabías que lo había leído desde chavalillo, en tu pequeño estudio.

Suertudo. Tuviste cuatro mujersotas que te cuidaron hasta el final.

 

CRONICAS: COVID-19, el coronavirus y los nuevos estilos de vida entre los inmigrantes mexicanos en California

No se si ya se dió cuenta, prima. Pero ahora que vaya a que me corte el pelo, no voy a poder platicar con usted. Bueno, no así de cerquita, como antes. Usted sabe: hay que guardar la distancia razonable.

Y, déjeme decirle que la voy a ver a usted a que me corte el pelo para el Día del Padre solamente poque le tengo confianza, además de que siempre me hace ver bien.

No sé cómo le va a hacer para hacerme la rayita, o el “fade” atrás, pero, a lo mejor no le molesta que me afloje un poco el tapaboca, usted dirá.

Mire: así van a ser las cosas en muchos lugares desde ahora, y hasta que no aparezca una vacuna. En los aviones se va a acabar ese cotorreo de “¿a dónde va?… ¿cómo se llama el morrito?… ¿cuánto tiempo tiene sin ver a su abuelita?… ¿le van a bautizar el chiquito?..”

No, prima. Ahora los pasajeros van separaditos con sus tapabocas y las azafatas le dicen: miren, si no tienen sueño, háganse pendejos como si durmieran. Ja jaaa… Y olvídese de echarle piropos, o de preguntarles: ¿eres de Purépero?… pues que bonitos ojos tienes.

Eso sí. Cuando se trate de seguridad, le van a pedir que se los baje (los tapabocas, no sea mal pensada). Ahorita como andamos, todos con tapabocas, parecemos bandidos. Y si se pone unas gafas oscuras, pues ya pa’qué le cuento: tipo sospechosos. Mire, si ya antes con las medidas de seguridad había veces que uno hacía streap tease, ahora no sé cómo le van a hacer. Ahora los peligros no son los terroristas sino los coronavirus. Pero en el fondo de todo eso el problema es que los viajes van a ser cada vez menos de placer y más por necesidad. Yo por eso les estoy pidiendo a mis parientes en México que por favor no se mueran, que no me hagan viajar de urgencia.

A lo mejor se vuelve a poner de moda los viajes en carrertera, pero no en autobús, porque sería peor. A lo mejor muchos se van a comprar o a rentar sus “Motor-homes”, sus RV’s. Así era antes, cuando Doña Chelo cosía huevos y preparaba sandwiches para el camino.

A mi me gustaría llevármela a pasear así, prima. Usted ¿qué dice?… por lo menos a Yosemite para que se relaje de todo este relajo. Mire, usted me conoce por ser el mañanero, por ser de esos tipos “alrrevesados” que siempre les gusta irse tempranito a todos lados: ir al cine cuando no van muchos y las salas están casi vacías, ir a los parques cuando hay solo dos o tres corriendo, y salir tempranito a los viajes, cuando los baños públicos estan recién lavaditos.

Si, prima. Ríase. Ya llegué a la edad en que califico para morir de cualquier contagio, ya tengo esa “condición subyacente” que es la edad para que un chingado virus me parta la maraca. pero no soy pendejo, déjeme decirle. Yo no me arriesgo así a lo bestia como los del Condado de Orange, que no quieren usar mascarillas los señoritos (como si tuvieran una trompa muy linda).

Yo soy abusadillo desde chiquillo, y sé que en estos tiempos lo más peligroso es estar cerca de los imbéciles que se creen supermanes.

¡Ah qué, prima!… ya la voy a dejar ir.

Disculpe mi atrevimiento, pero yo nomás digo.

Ahí se me cuida.

CRONICAS: El Dorado Park, Long Beach, California, en tiempos de pandemia por el COVID-19

ESTA SOLO. Son las seis de la mañana y la humedad del pasto apenas se está levantando.  En el Parque El Dorado, las huellas del coronavirus son evidentes: letreros que indican a las personas la distancia segura para caminar con sus mascotas, y las canchas de basquetbol y otros juegos con el letrero de “CLOSED”.

En la temporada de cuarentena por el COVID-19, la ciudad de Long Beach instaló letreros para advertir de la necesidad del distanciamiento preventivo entre los visitantes a El Dorado Park. Foto: JOSE FUENTES-SALINAS Instagram: taller_jfs

YO LLEGO aquí porque está cerca de casa y porque estoy pagando por este parque, como muchos otros pagadores de impuestos. Pero con frecuencia me siento como un millonario que habita en una gran mansión con varios acres de jardines que son cuidados por manos expertas. Por la mañana de estos días largos de verano, aseguraría que somos menos de diez los que llegamos. Uno de ellos es un padre que llega empujando a su bebé en una carreola y con un perrito a un lado que al llegar a los límites del campo de golf lo suelta para tirarle una pelota y que haga sus ejercicios. Otra de ellas es una mujer que solo va a caminar y lleva en la mano su mascarilla para prevenir el contagio del coronavirus por si acaso se encontrara con otras personas.

PERO la realidad es que el atractivo de ir temprano al parque es que no hay mucha gente, y quienes van pueden estar a una gran distancia de los demás. De hecho, con nadie más.

UNO puede ver el sol levantarse lentamente en el horizonte desde los campos de golf, y ver como las siluetas de los viejos pirules dan la imagen un hermoso árbol desgarrado de verde. La compañía Azteca Landscaping es la primera que empieza a trabajar algunos días. Con una podadora gigantesca en un tractor llegan a podar la extensa area del parque. O bien, con una sopladora de polvo llegan a barrer el camino asfaltado echando desde la orilla el polvo hacia las áreas verdes.

Cuando cerraron los gimnasios para prevenir los contagios por el COVID-19, algunos elegimos el parque como alternativa para hacer las rutinas mañaneras. Foto: JOSE FUENTES-SALINAS, Instagram: taller_jfs

LOS ANIMALES del parque parecen no preocuparse, mientras las grullas se paran al borde de los tambos de basura para ver si les dejaron un pedazo de pizza, las ardillas tratan de buscar también algo que comer, antes que un halcón se las desayune.

A VECES también pasa por ahí un homeless caminando o en bicicleta, que al igual que las aves busca algo de valor en la basura, aunque en su caso se trata de botellas de plástico para vender en los centros de reciclaje.

EL PARQUE El Dorado tiene algo para todos. Inclusive, para un niñita, ese es el lugar para comunicarse con Dios, con el cielo, adonde cree que se fue su madre. Una pequeña cartita pegada al tronco de un anchuroso árbol dice “to my mom in heaven”.

En uno de los viejos árboles del Paruqe El Dorado una niña dejó una carta dirigida al cielo adonde se fue su madre. Foto: JOSE FUENTES-SALINAS. Instagram: taller_jfs

POR MI PARTE, después de que cerraron los gimnasios en la cuarentena por el COVID-19, los ejercicios en este parque son lo más cercano a esa sana rutina de empezar el día trotando, estirando los músculos, respirando profundo, para estar listos a todo lo que salga durante el día.

ESTA COSTUMBRE tempranera tiene algo de la vida rural, en la que uno tiene que seguir el ciclo solar: levantarse cuando aparece la luz, y dormir cuando hay suficiente oscuridad.

SI. Es cierto que extraño los gimnasios, pero ahora que anuncian que los abrirán este 12 de junio no es muy probable que vaya. No sé qué protocolo sanitario contra el COVID-19 vayan a seguir, pero es casi seguro que las mascarillas, el distanciamiento y ese temor flotante de contagiarse le quitará buena parte del placer que habían tenido  hasta antes de la pandemia: el gusto por saludar a los amigos, por bromear, por compartir pesas y aparatos, y nadar lado a lado.

YO DIRIA que este parque tan solitario a estas horas seguirá por un buen tiempo siendo mi gimnasio al aire libre, haciendo ejercicios aeróbicos sobre una banca de concreto y levantando dos pares de pesas de 20 y 15 libras, con mis audífonos de lujo Bose conectados a las puyas colombianas de Calixto Ochoa, o a la soca y cumbia que tengo grabadas en el iPhone.

En este viejo árbol que destaca por su extensas raíces, una niña dejó una carta adherida al tronco dirigida al cielo, donde está su madre. Foto: JOSE FUENTES-SALINAS. Instagram: taller_jfs

CRONICAS: La jardinería como ejercicio de la percepción y una forma de descanso

POR José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

Estaba pensando en los estilistas.

El trabajo de la jardinería es a veces como el trabajo de los estilistas, de agarrar unas tijeras y podar las ramas que se han excedido en su crecimiento.

No es fácil entender esto. ¿Cómo saber que una rama ha crecido demasiado?

La primera cosa que se me ocurre es que el jardinero es como un juez que imparte justicia a las plantas que siempre están compitiendo por la luz. El níspero, por ejemplo, había crecido demasiado y le estaba tapando la luz al maguey y al guayabo, pero las de la izquierda estaba adecuadamente extendiéndose hacia la bugambilia. Ahi, cumplían la función de hacer una cortina para tener un poco de privacidad en el jardín trasero.

El trabajo de jardinería algunas veces se parece al de los estilistas, aunque las tijeras sean un poco diferentes. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Los estilistas generalmente observan por unos minutos el rostro del cliente, el tipo de cabeza, y mientras van cortando el pelo, se detienen brevemente a observar, luego prosiguen. También imagino así a la jardinería. Uno hay que detenerse en ciertos momentos a observar el crecimiento de las plantas, a ver cómo corre la luz, y cómo se proyectan las sombras. A veces, uno no está como para agarrar las tijeras y empezar a podar, pero puede contemplar, mientras acaso se comen una manzana al regresar del trabajo, y ya, cuando tiene la certeza de que hay que cortar, corta sin miramientos.

Esto es lo que he hecho desde hace unos días. El arbusto de la esquina, un día llegué del trabajo y zas zas… le hice un corte profundo con el que eliminé algunas ramas viejas plagadas de mosquitas blancas.

—Va a retoñar muy bien en la Primavera —me dijo el vecino.

Ocurrió también con el naranjito injertado de limón, y con el “orgullo de Madeira”, una planta que produce unos conos de flores violeta que son una delicia para las abejas. Esa me la dio Gordon en una maceta, y ahora compite en estatura con la lima, que aquí le llaman “mexican sweet lemon”. La cosa es que el orgullo de madeira ya tenía demasiada fronda y proyectaba demasiada sombra a la lima. Entonces tuve que hacerle una buena podada, a pesar de que sus ramas habían tomado unas formas caprichosas que lucían muy escultórica.

Trabajo de podar los arbustos. Al fondo se ve el “orgullo de Madeira”, una planta originaria de Portugal, a la derecha está la bugambilia jaspeada, el níspero y algunas plantas de las llamadas suculentas, incluyendo la sábila verdinensis, el agave suave y el agave Reina Victoria. Foto: José FUENTES-SALINAS.

He aprendido que el trabajo de jardinería también está a la mitad entre la arquitectura y la agricultura. El níspero, el guayabo, el naranjo, la bugambilia… todas las plantas producen frutos y flores, y algunas veces uno no quiere sacrificar una rama que está floreando, o produciendo frutos. Pero uno tiene que pensar en la forma que está adquiriendo, y cortar sin miramientos. Y no solo pensando en los placeres de la vista cuando uno se sienta en el jardín, sino, también, hay que atender las necesidades de los pájaros y de los insectos. Unos, con frecuencia vienen a pararse en las ramillas a refrescarse del calor, otras llegan en su necesario trabajo de polinización.

La enredadera de uvas concord que tapaba el tejaban por mucho tiempo produjo una excelente sombra muy disfrutable para los meses de verano. Pero llegó el momento en que tlacuaches y mapaches llegaba a hacer un gran bacanal que no nos dejaba dormir, y, al siguiente día el patio quedaba como mermelada. Fue cuando, con gran pesar, tuve que cortarla.

En su lugar, puse agaves, nopales, nísperos… pero también estos hay que meter en un orden, principalmente luego de la temporada de lluvias de invierno, cuando crece el zacate y las demás plantas.

El zacate y las malas yerbas las he ido arrancando constantemente como una forma de descansar del trabajo frente a la computadora. El otro trabajo, el de podar, lo he dejado para después, cuando hay un poquito de más tiempo, y cuando el tambo de la basura tiene suficiente espacio. Si, entiendo. Las ramas no las debería de tirar, sino, más bien, reciclar. Pero el jardín no es muy grande, y no hay un espacio para hacer un montón de ramas que se degraden. A lo mucho, lo que he hecho es meter en un agujero las cáscaras de naranjas y las rosas luego del Día de San Valentín.

Las rocas cumplen una función decorativa, tanto como las plantas. Las rocas son el elemento constante, el de permanencia. Aquí, usé rocas volcánicas para crecer plantas de bajo consumo de agua. Foto: José FUENTES-SALINAS.

La jardinería es algo más que podar pasto o cuidar macetas. Es un trabajo de observación y reacomodación de plantas, rocas y otros elementos.

Para quienes utilizamos la jardinería como una forma constante de descanso, el trabajo de observar arriba y abajo, lo general y lo particular, lo lejano y lo cercano, lo fijo y el movimiento…

Es un placer constante porque siempre hay algo que hacer, siempre hay una posibilidad de acomodar algo. Por supuesto, eso no ocurre en los jardines aburridos donde simplemente hay pasto y dos o tres arbustos. Los jardines, por muy pequeños que sean, siempre invitan a la interacción.

Antiguamente, también, eran un pretexto para la convivencia y el trueque, para la colección. Mi madre hacía crecer su galería de plantas con el trueque de plántulas, ramas, y esquejes para reproducir. Hoy, la gente parece no tener la misma confianza. Aún así, en este jardín, hay te de Guam que me regaló Doña Lupe Chon, un cactus y un orgullo de Madeira que me regaló Gordon Wilvang, dos guayabos de Zacapu y un chirimoyo que me regaló Luis Coria… y acaso lo más chistoso son los nopales. En una carne asada en el patio, a a esposa de Luis Arritola se le ocurrió plantar una de las pencas que íbamos a asar, y de ahí ha crecido una nopalera.

Si tuviera un vivero, en este contenedor habría suficientes ramas como para crecer una gran cantidad de plantas, incluyendo kaloncheas, nopales y agaves. Foto: José FUENTES-SALINAS

CRONICAS: De cómo en California se celebran Rosca de Reyes y Levantamientos del Niño Dios

Por José FUENTES-SALINAS/ tlacuilos.com

ANAHEIM, CALIFORNIA.- En el mercado donde hace unos días aún estaban los chamucos coqueteando con las pastoras, y los Reyes Magos se apuraban con su oro, incienso y mirra; el mercadito donde se venden metates y molcajetes, yerba de cuachalalate y estafiate, donde se curan dolores de todo, con remedios del changarro de El Señor de los Milagros o con acupunturistas chinos; en el mercado, al fin, donde se vende oro y pozole… Ahí van llegando los niños dioses para celebrar La Candelaria.

Junto a changarros con la Santa Muerte y Malverde, o con sombreros Stetson, o tanguitas y lencería para las faenas nocturna… Ahí llegan los niños dioses para que los vistan o ya van vestidos para el día de La Candelaria (2 de febrero) en que los tragones de Rosca de Reyes habrán de ponerse a mano con la tamalada y, además, serán padrinos del niño Dios.

Niño Dios. Anaheim Marketplace. Foto: José FUENTES-SALINAS.

¿De cuál niño Dios?

Hay muchos para elegir: Niño de la abundancia, Angel de la guardia, Niño del buen consejo, Santo niño de Atocha, Niño de las palomas, Niño del Nazareno, San Charbel y Santo Papa, con silla y hasta con tableta digital, con modelos a su gusto incluso con el uniforme de chivas.  Niños milagrosos y venerados, doctores y cirujanos con padrinazgo y compromisos…

Tienda de artesanías mexicanas en el Anaheim Marketplace. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

Los rituales de la Nochebuena pasaron por el día de reyes, —hay.… No me vengan a degollar en la rosca—. Jesús el arrullado… Jesús el pretexto para el para todo: tamales y atole para el Día de la virgen de la Candelaria de los patos por el rumbo de Texcoco, México,  o aquí, cerca de Disneylandia.

Los fervorosos creyentes quieren ya levantar a María y vestir con ropa nueva al chamaco. Pero aunque tiene 40 días, ya le amenazan a su niñito con un crucifico y un Nazareno con una corona de espinas, ¿por qué tanto sadismo?, no hay que ser, vamos ahi, no sean hojaldras, por qué desde ahorita le anuncian la friega que le van a poner esta bola fariseos y cómplices del Imperio. Oigan, no!, mejor déjenlo de “mi angelito de la guardia, de mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”.

A ver, a ver, hay que se más sensatos.

¿Por qué no visten mejor a un niñito inmigrante para que le dé diarrea al presidente Trompas?

01/25/2020. Versiones del niño Dios en el Marketplace de Anaheim, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

CRONICAS: De cómo cocineros, meseras y empleados de un restaurant trabajan como reloj

Por José FUENTES-SALINAS/ tlacuilos.com

LONG BEACH, CALIFORNIA.- Me gruñen las tripas. Busco algo que me aliviane el sábado. No, no quiero mesa, le digo a la cajera. Me da cuchillo y tenedor envueltos en una servilleta y me voy a sentar a la barra. Cuando voy solo, me gusta ese lugar para ver como trabajan en chinga mis paisanos y también La Guera. La rubia se llama April, y se ve como una de esas señoras que no estudiaron una carrera, y por eso andan en chinga anotando pedidos, sirviendo vasos con agua o café, limpiando la mesita de la caja, dando órdenes, recibiendo quejas, revisando la ruta crítica de la “rush hour”. ¿Más café? ¿más agua? ¿todo bien?…

El tlacuilo escribiendo crónicas en un café. Foto: José Fuentes-Salinas

Con esta pinche hambre lista para morder, y que no acepta explicaciones, ya me estaba encabronando porque luego de 20 minutos no salía mi omelette de vegetales con “hash browns” y pan integral. Pero me puse a ver también la chinga que se estaban poniendo los cocineros para sacar las órdenes. El viejo Marcial parecía un pulpo tirando huevos, volteándolos, jalando platos… igual que sus tres acompañantes, dos chavalas jóvenes y una señora. Pin pum papas!… Los cocineros eran como varios porteros de futbol a los que todos les tiran balones a quemarropa.

Yo estaba en la barra y decidí no sacar el iPhone a propósito, solo para ver esa cadena de producción donde el único lento era Leo, ese viejo ya en edad de retiro que parecía que solo hacía sombra junto a la barra a donde los jubilados se suelen acomodar.

—¿Quiere café? -me preguntó ese hombre que parecía un viejo elefante calvo.

—No. Mejor tráigame un omelette.

—Yo no soy mesero —dijo con sentido de propiedad.

El restaurante abre las 24 horas, pero a las horas del hambre parece un verdadero hormiguero. Es en ese momento en que se necesita la serenidad de los veteranos, con el dinamismo de los jóvenes. Marcial y Ana parece que se aíslan del entorno. Parece que no ven otra cosa que el tablero electrónico de las órdenes y como robotitos, avientan huevos, verdura picada, chorizos, tocino… y tienen un reloj interno que les dice: ya!… pásalos al plato. Luego sigue la siguiente linea de ataque, donde dos chamacas echan dos o tres platos en una charola y se los llevan a las mesas, revisando que sea lo que pidió el cliente.

Otras veces, mientras me sirven el plato, he tenido oportunidad de conversar con algún jubilado que invariablemente me habla de sus divorcios, de lo desagradecido de sus chamacos que no los visitan, de sus errores de no haber ahorrado, de su lucha por tratar de convivir con su actual pareja… Ah!… y sobre todo de lo enajenante que es la tecnología que les ha robado la conversación cara a cara.

Todavía hace unos años había a la entrada del restaurant dos o tres periódicos. Ahora ya no hay nada, ni siquiera revistas para las personas de la Tercera Edad. De ahí que si uno no quiere pegarse a la chingada pantalla del iPhone, no tiene más remedio que dedicarse a ese quehacer aristotélico de la observación.

Yo no pedí café, porque en unos minutos voy a pasar al café de a un lado, donde me siento más relajado. Eso hace que April ya no haya qué ofrecerme cada vez que pasa en zumba cerca de la barra. Me gruñen las tripas, pero mi enojo está convirtiéndose en admiración por los trabajadores. A una señora gordita y chaparrita que está cerca de la caja, April le repite dos veces en español que tiene que llevar café a una mesa. La señora se ve que no habla inglés, pero April no se enoja a pesar de que hasta la chamarra se quitó por el sudor de andar tan de prisa.

De repente llegan otros dos empleados, y April les dice que ella está en el frente y Javier está detrás despachando las órdenes en el Drive-Thru. Encima de que el restaurante se va llenando, las órdenes de los huevones que pidieron sus huevos por teléfono o por el Drive-Thru no dejan de llegar. Una de las muchachas se encarga de acomodarlos en las bolsa, revisando que sean las correctas.

April va a la caja, regresa, echa hielo y agua a los vasos, los lleva, regresa, les pregunta por órdenes a las meseras… Aún así se da unos segundos para preguntar: Do you need anything, honey?…

Por fin, luego de media hora, llega mi plato. Lo estaba viendo desde que Don Marcial se lo puso en el mostrador al muchacho.

El omelette con verduras parece que inmediatamente se me sube del estómago al cerebro.

Hace unos minutos, no pensaba dejar propina, pero, poniendo atención a lo que es el trabajo de los empleados, me sentiría mal si no lo hiciera.

Y no solo eso.

Llamo a April, y cuando ella está pensando en un reclamo, yo solo acierto a decirle: “You’re a Supermanager”.

Ella me da un leve abrazo y ríe.

“I try”, dice.

CRONICAS de Zacapu: las tradiciones de Navidad de la generación de los 50’s

Por José FUENTES-SALINAS/ Tlacuilos.com

En la infancia las palabras sucumben a las imágenes. El psicólogo Allan Paivio lo sabe: de la infancia más arcaica quedan imágenes, más que palabras.

Por eso, más que palabras, recuerdo a mis hermanos bajando del cerro con una rama de pino cortada a machetazos. Esa rama olorosa con muchas ramificaciones era nuestro árbol de Navidad que estaría sobre el nacimiento, hecho con musgo, flor de piedra y heno colgando sobre las ramas.

De heno, estaba también hecho el pesebre vacío, y entre el heno y la flor de piedra, mis hermanas acomodaban pastores borreguitos, leñadores, peregrinos y Reyes Magos. Las figuras eran de barro de Tonalá y solo las traían los vendedores en esa época. En cada año, siempre había algún fracturado algún remendado, y acaso alguien con prótesis, listo para irse a un descanso.

Nosotros vivíamos fuera de la ciudad, frente al camino que daba a los burdeles -la Zona de Tolerancia- y rodeado de milpas, y una huerta enorme de duraznos que cuidaba el viejito Don Avelino.

Este pesebre navideño del Indoor Market de Anaheim, California, muestra la evolución que vino después cuando las figuras religiosas se empezaron a fabricar de pasta, hechas en China. Foto: José FUENTES-SALINAS

La temporada navideña no era de compras excesivas, por lo menos no de esas compras de locura de irse a acampar fuera de las tiendas, como ocurre en California. Las compras eran de cosas para comer y beber, para jugar a las posadas dándoles garrotazos a las piñatas que con un último golpe certero les rompían el cántaro que estaba cubierto de papel pegado con engrudo.

No recuerdo que alguien se haya lastimado al brincar sobre los restos de barro de la piñata. Lo que sí recuerdo es que algunas veces los sapotes negros se aplastaban, o que pensando que era una jícama alguien jalara los cabellos de alguna niña.

Las compras navideñas eran si acaso para adquirir estrictamente la ‘ropa de frío’ que faltaba, o la consola para tocar los discos Long Play, o para surtirse de música en la única disquera de Zacapu.

“Ya se va a diciembre, ya es Año Nuevo… Déjame quererte más”…. La temporada navideña tenía sonido, sabor y aroma. Discos de José Alfredo Jiménez, de Los Dandys, de la Sonora Santanera, de Ray Conniff, de Tony Camargo y su burrito sabanero. La Navidad sabía a cañas y mandarinas, jícamas y guayabas, a ponche con o sin piquete. Olía a pino, a pólvora de cohetitos.

Se gastaba, había dinero en el pueblo: los aguinaldos de los empleados del gobierno, las utilidades de los obreros de La Viscosa, el dinero de quienes levantaban las cosechas, los dólares de los emigrados que regresaban a los “Hometown” con sus autos nuevos y su ropa americana que aguanta muchas lavadas.

Pero no había esas compras desbordadas con tarjetas de crédito. Las compras eran “frugales”, es decir compras basadas en lo que se había cosechado, en lo que se había ganado, no en la deuda. Había escasez, claro que había escasez, más en ningún momento sentí que la Navidad era menos porque no había regalos. Entre otras cosas porque la Navidad era solo para regalarse abrazos y para recuperar el optimismo para el Año Nuevo.

Los regalos eran más bien continuos por varios días que duraban las posadas, y si bien el pobre de José se exponía el rechazo continuo, los niños recibíamos cada día un aguinaldo con colasiones, ‘ponteduro’ y fruta. Todo lo que teníamos que hacer era participar en la procesión y no quemarle las mechas del cabello a una niña con nuestras velitas. Las velas, que fueron símbolo de los paganos que luego incorporó el cristianismo primitivo, era toda una celebración infantil en esas oscuras y frías noches de la Sierra Madre Occidental.

Las posadas se organizaban alrededor de grupos de amigos, colegas de trabajo o parientes. En mi infancia más remota, la posada más popular, o acaso la única, era la de la casa de Doña Chucha. Esa casa era casi como un casco de una hacienda de adobe a corta distancia del cerro del tecolote y frente a La Piedrera, dividida por la carretera México- Guadalajara.

Doña chucha era una mujerona de pelo largo canoso que era la madre de las amigas de mis hermanas. En esa casa se concentraba el producto de las milpas de maíz y las vacas lecheras. Había pues modo y espacio para la celebración. La procesión con las velitas compradas en La Palestina o en la tienda Don Juanito Cipres destacaban en el patio de tierra y frente al pozo de agua, cerca del corral Los cuartos sombríos de adobe servían perfectamente para hacer las estaciones de las posadas: “Ya se va a María… Muy desconsolada porque en esta casa no le dan posada”…

Cuando había buenos padrinos de posada, había hasta cuatro piñatas y tamales con atole.Más tarde, ya casi adolescente, supe de las súper posadas de la casa de Lupita Rivera, la compañera secretaria de mis hermanas. Allí había mariachi, y Lupita, que tenía voz de contralto, se echaban a sus palomazos. Sin embargo, esas posadas de la casa que estaba en la contraesquina del cine Bertha, y a pocos pasos de la sastrería de mi padre, me parecía que era más bien para adultos.

En aquellos años 60’s, en los que todavía muchos nos alumbrábamos con lámparas de petróleo diáfano, las lucecitas de varitas de alambre eran como luciérnagas moribundos que a veces se arrojaban a la oscuridad del cielo confundidas en cometas. Y las palomitas de pólvora, buscapies y cohetitos eran explosiones de alegrías para los niños que fuimos.

La temporada navideña en México era larga, pero nunca se juntaba con el Día de los Muertos.

Concluía el 6 de enero, fecha en que antiguamente se celebraba la Navidad, antes que la iglesia la recorriera para hacerla coincidir con el solsticio de invierno, la fecha en que los romanos celebraban al sol.

Ah!… Esa despedida de la temporada sí que era una verdadera celebración infantil.En el misterio de la noche, los Reyes Magos entraban por rendijas de las puertas para dejar juguetes, ropa y dulces en los zapatos de los niños.

Yo nunca pedí cosas muy especiales, pero mis vecinitos que tenían menos recursos que mi familia una vez les pusieron a los Reyes Magos alfalfa, agua y cigarros para que fueran más generosos y trajeran los regalos esperados.

EL CAFE -Long Beach, California

EL CAFÉ  

  • Por José Fuentes-Salinas
  • En Instagram: taller_jfs
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    * Primer acto. 🎬Uno viene de un departamento, otro de una casa. Ambos tienen un poco de privacidad en sus hogares, y también una cafetera. Pero aún así, buscan una privacidad riesgosa, una privacidad que se podría interrumpir con una conversación de otra mesa o por el atractivo visual de una muchacha que pasa a un lado, o por dos chiquillos que acompañaron a su madre y que juegan con sus muñecos. En esa privacidad frente a sus pantallas, el café levanta su vaporcillo pero ellos están demasiado concentrados en el ciberespacio como para apreciar esa tangible maravilla.

    LOS CAFES: Primer acto, la privacidad de los consumidores. Long Beach, California. FOTO: José FUENTES-SALINAS

  • Segundo acto. 🎬

    Los niños, dueños del optimismo, llegan con su madre a dar su aporte al día. Comen panes con queso y leche con sabores. Luego descubren allá afuera a un amigo de la casa. Uno de ellos sale a la puerta y le grita un saludo -Que lo obliga de buena gana a pasar a saludarlos.

  • Niños en una cafetería de Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

  • Tercer acto. 🎬

    Por las mesas pasan ecuaciones y problemas, cuadernos y conciertos, chisme cibernéticos, y cuando ya se han ido los otros, la mujer que ha venido de lejos se sienta a la mesa para saludar en su pantallita a dos o tres amigos cibernéticos.

    11.09.2019. Café en Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

MES DE LA HERENCIA HISPANA: La hispanidad y los hispanos en California

Quien quiere comunicarsebusca la manera. El que sabe más de un código se adapta al que sabe menos.

Mis sobrinos pequeños me perdonan mis tropiezos con el inglés, y yo sus limitaciones con el español, y así tenemos grandes conversaciones.

Pero hay algunos hispanos que crecieron hablando mal el idioma de sus ancestros, y, con frecuencia, no perdona mi mal inglés, ni tampoco se perdonan ellos mismos el gusto por ejercitarlo aún con sus limitaciones.

Querer comunicarse en cualquier idioma debe ser juzgado solo por la honestidad querer poner una experiencia en común.

El Español Salvadoreño también es parte de la cultura hispana en Los Angeles. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

LA LIBERTAD.-La libertad de expresar las emociones e ideas como uno mejor pueda es un derecho sagrado.

Desde chico, le respete a mi hijo la libertad de hablar español o inglés, según él se sintiera.

También me adjudique la libertad de hacer yo lo mismo. A veces, él me hablaba en inglés y yo le contestaba en español. Al final, los dos ganamos. Su español es tan decente como el mío, aunque a veces es tan lento como mi inglés.

Mi esposa cuando se acelera me regaña en su idioma nativo, el inglés.

LOS HISPANICS.-Iba yo de un periódico hispano en español. En el evento de la revista Hispanic, en el hotel Biltmore, la edecán no hablaba español, ni el publirrelacionista, ni el “Speaker”. Yo pensaba que lo que nos unía era el idioma hispano, pero pronto me sentí como el patito feo, como el frijol negro entre el arroz refinado.

Al final, fueron generosos y aceptaron mi inglés con acento.

Y en lo que pudimos coincidir fue en la pronunciación de los Martínez y los Garcías.

LAS MEZCLAS.-Fuera de las palabras ofensivas de significado universal para referirse al “primer regalo” que hace el ser humano al mundo (según Freud), los idiomas tienen muchas variantes que se refieren a la historia de la cultura de sus hablantes. El inglés y el español tiene muchas palabras de otros idiomas. Son más de 1000 las palabras árabes del Español.

¿Por qué ocurre?

Por la necesidad de compartir una experiencia con una mayor economía de palabras. “Cliquear” es un buen anglicismo del español porque me ahorra una explicación de 10 palabras. Pero también puede ocurrir los abusos de un hablante holgazán, que a la primera provocación dice “marketa”.

LOS ABUSOS.-El primer libro de poesía que me entusiasmó fue “Hojas de hierba”, traducido del inglés al español por editorial Novaro.

Era de los pocos libros que tenía Camilo, el ciego que enseñó a Zacapu la cultura de libros y revistas, desde su tienda.

Para el adolescente que fui, ese tabique de Walt Whitman fue la tablita de salvación al tedioso curso de literatura española del siglo de oro en la escuela secundaria.

Años más tarde, un día llegó mi hijo de la High School, en  Long Beach, a que le ayudara en sus clases de español.

No pude.

Quizá vengándose de los abusos sufridos en la universidad, la maestra de español quería que los chamacos que apenas aprendían en el idioma de Cervantes leyeran La  Celestina y otras obras del español antiguo que aún para mí resultában tediosas y complicadas.