LOS ACTORES: de cómo en Hawthorne, California, se prepara “La Pasión”

CASI TODOS VIENEN DE HOLLYWOOD. Pero no de los estudios donde se fabrican lo mismo asesinos que héroes para todas las necesidades.

Los actores vienen de la comunidad católica primera de Corintios XIII de la Iglesia Cristo Rey.

En el patio de la escuela parroquial de la iglesia de San José  El Carpintero, ellos representan “La historia más grande jamás contada”, el martirio y crucifixión del maestro Jesús.

El fin de semana, frente a niños y adultos que salieron de misa de ese iglesia de Hawthorne, soldados, apóstoles, sacerdotes y asesinos refrendan la superioridad de la bondad.

Ellos son:

  • Barrabás, un taxista llamado César Baena.
  • María Magdalena, Gisela Baena, enfermera.
  • Dimas, el panadero Reinaldo Flores que se ocupa al mismo tiempo de un ladrón bueno que de un soldado romano y un apóstol.
  • Judas, interpretado por Moisés Alberto Raúl, de oficio carnicero.
  • Gestas: el que le hace la pregunta más difícil a Jesús: ¿si eres Dios por qué no usas tu poder?. Es José Luis Álvarez cuyo oficio es medir la temperatura de los árboles de las casas de los actores como Arnold Schwarzenegger.
  • Simón Pedro: René Burgos, mecánico, arregla los camiones de basura del Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles.
  • Entre hermanos y familiares, que se turnan papeles y oficios de acomodar tronos y cruces, así como el de hacer aparecer escenografías, hay estudiantes, amas de casa, soldadores y milusos.

El único que tiene un título universitario, es el que dará la mayor muestra de humildad: Jesús, el Salvador del Mundo, es Salvador Vázquez, un salvadoreño de Soyapango que en 1981 dejó el cantón de El Limón para venirse a los Estados Unidos donde se recibió de trabajador social en Cal State Los Ángeles.

Salvador es el maestro, y además de ser profesor le gusta patear la pelota de fútbol.

Luego de que lo azoten, le pongan la corona de espinas y lo crucifiquen tendrá que irse rápido a dormir porque el domingo tiene un partido a las 9:00 de la mañana en Pasadena.

Los actores dirigidos por Rolando Burgos, llevan 15 años representando la pasión y muerte de Jesucristo, y su profesionalismo es tanto que los adultos se quedan mudos y las niñas del público se conmueven a tal grado que cuando crucifican al redentor les brotan lágrimas.

De siete años, Jessica Becerra contesta a una pregunta boba: ¿cómo me siento… Qué no ves mis lágrimas?.

 

—José FUENTES-SALINAS, 31 de marzo de 2001, tallerjfs@gmail.com

 

HAWAIIAN GARDENS: Entre bibliotecas, casinos y taquerías

Quizá debí haber pedido un burrito, una mulita, unos tacos de asada, pero la cuestión es que pedí un chile relleno sin saber lo que me iban a traer. ¡Puro queso!… ¡Ande!… tenga pa’ que aprenda. Ese plato estaba nadando en queso, frijoles refritos y arroz.

Lo primero que hice fue tratar de descubrir el chile removiendo un poco el huevo envuelto. Pero no era uno de esos huevos envueltos como una fina telita que se pega en el chile. Era una plasta de huevo. La cuestión es que me detuve en ese changarrito más por curiosidad, y un poco de narcisismo, que por la esperanza de encontrarme una buena comida rápida.

“Pepe’s”, The Finest Mexican Food Since 1962… ¡Chale!… ¿en serio?

Restaurant de comida rápida Pepe’s. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Luego, a leer el menú, me enteré que se llama así por un sobrino de los fundadores que fue a la guerra de Vietnam en 1964. Pepe’s fue fundado en 1962 por los hermanos Joe y Tony Russi. Tienen restaurantes en Alhambra, Baldwin Park, Hawaiian Gardens, Hacienda Heights, y próximamente uno Rancho Cucamonga.

Mi debilidad por las bibliotecas

Por la Avenida Carson, uno se encuentra con los Casinos The Garden, Juan Street, Pawn Shop, 99 cents stores, taquerías, Starbucks… pero también, ahí en medio está una pequeña biblioteca pública en un edificio compartido con oficinas de la policía y unas estatuas en bronce de bomberos.

Me detengo ahí más por curiosidad que por necesidad de conseguir material para leer. Son de las bibliotecas que uno puede recorrer en unos minutos, y, por lo menos, sentarse un rato a descansar.

Me sorprende llegar tan rápido a la sección de libros en Español, donde inmediatamente destacan los libros de Alfaguara y los libros de autores norteamericanos traducidos al español.

Cuando uno acostumbra a husmear en las tiendas de libros, es fácil ubicar los libros nuevos de las bibliotecas públicas. Reconozco como una serpiente saliendo de los anaqueles la novela de Alberto Ruy Sánchez que estaba a punto de comprar en Barnes & Noble. La aparto.

Luego llega el bibliotecario y aprovecho para preguntarle por las películas extranjera y los libros de Eduardo Galeano.

¿Qué estaba haciendo ahí “Yojimbo” de Akira Kurosawa?

“Yojimbo”, la película de ese samurai desempleado, actuada por Toshiro Mifune, satisface mi curiosidad.

El bibliotecario me explica que hay un servicio de descarga de películas usando alguna aplicación de la televisión.

“I’m a big fan of public libraries”, le digo, recordando las veces en que de la Biblioteca Central de Los Angeles salía los viernes cargado de películas VHS y audiolibros para el fin de semana.

Le comento al bibliotecario que me gustaría regalarles unas cajas de libros y videos.

“Si. Claro. Tráigalos. Unos los usamos para la colección de la biblioteca, otros se los damos a los usuarios. Pero eso si, ya no aceptamos VHS”.

Me hubiera gustado quedarme un rato más, pero tengo que ir a Food4Less a comprar frutas y verduras.

En la calle, las nubes se pintan rojizas. El fin de semana entrará el horario de Primavera. Ya ha pasado casi un cuarto del año.

Siento un gran gusto de haber descubierto un nuevo rincón de estas ciudades que usualmente son motivos de historias solo cuando algo terrible ocurre en las calles.

—José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com

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CONSUMO: Modelo para armar

Cuando le venden un modelo para armar, no le venden el mueble. Le vende la promesa de un entendimiento. Le venden una lista de piezas con que se hace un mueble. Le vende la esperanza de que usted tenga paciencia y suficiente tiempo para organizar tornillos y tablas. Le venden la posibilidad de que una a una, paso por paso, vaya armando el esqueleto, y luego las puertas y piezas que hacen el mueble que usted vió en la tienda.
Cuando le venden el modelo para armar, le venden la ilusión de que usted ahorrará dinero, porque saben que usted no es bueno para las matemáticas, y acaso pensará que valió la pena pasar una jornada de trabajo para ahorrarse dos o 10 dólares. Cuando le venden un modelo para armar le venden la idea de que usted era un carpintero, pero no lo sabía. Cuando le venden un modelo para armar le venden un conflicto con su esposa que desde el primer minuto querrá que usted sea mago, y haga aparecer el mueble que ella vio en la galería, y que compró por Amazon.

Cuando le venden un modelo para armar le venden la idea de que usted es carpintero, pero no lo sabía. Foto: José Fuentes-Salinas

—José FUENTES-SALINAS/tallerjfs@gmail.com

La Rosa Blanca de Colton

Repartieron las últimas palabras y las flores. Bajó con una gran precisión y lentitud movida por la moderna tecnología.

Me dieron una rosa blanca para que la depositara sobre ella. En lugar de eso, la tomé y la llevé a lo más alto. A que le diera luz. La convertí en mi modelo, la puse en medio de un tronco de un viejo árbol, la llevé sobre la pala que echaría la tierra, la puse en un altar con vista panorámica hacia los camínos y montañas.

Luego la puse a beber agua de la fuente donde se reflejaba el sol.

Finalmente, días después, luego de perder unos pétalos, quedó colgada con un alfiler cerca de los libros que más quiero, en mi biblioteca.

La rosa blanca tenía su misma palidez, su tranquilidad, su expresión, cuando descansaba tan tranquilamente la noche anterior.

Ella decidió empezando el año dejar de oponerse a ese fantasma que la acechó por 10 años.

Se dejó llevar lentamente por ese fantasma que le fue quitando fuerzas, hasta que finalmente le quitara lo que más placer le daba: su conversación.

Todavía, en sus últimos días pudo escuchar música purépecha de Los Erandi, poesía de Jaime Sabines y música de Billy Vaughn.

Ya sin habla, murmuraba al final un último deseo personal, y hacía los encargos más importantes, pedía que le pintara el pelo para cubrir esas leves canas.

Frente a ella, mientras el viejo padrecito daba sus últimas bendiciones, en el pasto, frente a todas las personas, sus nietos jugaban con sus cochecitos.

La lluvia se detuvo esta mañana. Entre las nubes, un sol generoso salió para acompañar a los dolientes. Entre los árboles y el pasto recién regado, los niños corrían como si aquello se tratara de un día de campo.

En el centro de aquel verdor, una concentración de sombras rezaba, lloraba y se abrazaba. Algunos de sus abrazos me alcanzaron al estacionamiento.

Luego salimos rumbo a un almuerzo. Pasamos por unos pollos rostizados y llegamos. Era un día como cualquier otro: el tráfico, los camiones llevando sus mercancías, los muchachos regresando de la escuela. No muy lejos de ahí en Coahuila, México, 65 mineros también quedaban sepultados.

Colton es una ciudad poco poblada que se parecía a su pueblo natal de donde había llegado al mundo hace 58 años.

Luego de la misa en la iglesia de Santa María, el cortejo había pasado por caminos humedecidos por la lluvia. Vimos pirules, pinos creciendo para la Navidad, nopales, magueyes, bugambilias…

Sobre las colinas, la neblina había desaparecido, dejando un aire más transparente que nunca.

Esas lomas, esos caminos que tanto se parecían a La Piedrera y a La Crucita quedaban por siempre vigilando su descanso, su debilitado cuerpo.

Masacre de San Valentín: entre la mecánica y la psicología

El hombre llevó su auto al día siguiente de que se encendió la luz de alerta en el panel.

—Deme las llaves, —dijo el mecánico de Walmart— ahorita lo revisamos.

Sabía que con el único transporte que tenía no se jugaba.

La movilidad es algo básico en una ciudad que se mueve en autopistas. Las señales de alarma son el último recurso de sobrevivencia.

Recordaba la vez que se encendió la luz del motor y al revisarle el aceite se dio cuenta que estaba casi seco. Esa vez, en el mismo estacionamiento de las tiendas Target le puso dos pintas de aceite que se chupó como un horno ardiente.

***

En la televisión de la sala de espera donde ahora estaba también se hablaba de las otras señales de alarma.

El asesino de la masacre tenía 19 años, era un hijo adoptivo que había perdido a sus dos padres adoptivos, primero a su padre, luego a su madre cerca del “thanksgiving” cuando todo el país se reúne en familia para dar gracias.

El muchacho tenía una personalidad complicada, lo había terminado su novia, y lo habían expulsado de la escuela. El muchacho era una máquina a punto de explotar. Regresó al escuela, hizo sonar la alarma para que todos salieran y les empezó a disparar con un rifle semiautomático AR-15, como si fuera un juego de feria. Fueron 17 muertos. La cosa hubiera sido peor si hubiera podido romper los cristales del tercer piso y dispararles como en la masacre del hotel Mandalay Bay en las Vegas hace pocos meses.

***

A la sala de espera llegó el mecánico.

—Revisamos la batería —dijo—, tiene garantía, pero todavía le sirve para otro año, le vamos a limpiar las conexiones eléctricas, quizá eso es el problema.

El hombre se puso contento de que el auto todavía mantuviera su integridad, que todavía pudiera llevarlo a trabajar a la tienda, al gimnasio, aún con las 235.000 millas que lo había corrido.

13 años le había durado, seis menos que la edad del asesino que ahora mismo lo llevaban esposado y con traje naranja frente a la juez.

Cabizbajo dijo su nombre y se lo llevaron.

¿Porque nadie notó que ese muchacho tenía en su cabeza un motor a punto de hacer cortocircuito?

¿Qué no había psicólogos en esa escuela?

Más para expiar culpas que para buscar soluciones, el gobernador y el presidente, los legisladores todos ellos bendecidos por los millones de dólares de la Asociación del Rifle, mandaron sus condolencias a las familias de las víctimas.

Pero en un tiempo de Internet y redes sociales, la respuesta de los jóvenes estudiantes no se hizo esperar.

—F… You Mister presidente!, no necesitamos sus oraciones, sino de sus acciones para hacer seguras nuestras escuelas. —escribió un muchacho en Twitter.

Un padre de familia de la misma escuela le decía que el dinero que se pensaba gastar para construir un muro fronterizo con México, lo debería gastarlo en hacer más seguras las escuelas.

—Yo no tengo miedo a una invasión de mexicanos, tengo miedo que un día mis hijos no regresen de la escuela, —dijo el padre frente a las cámaras de televisión.

Habían sido 18 tiroteos en mes y medio, de lo que iba del año.

La nueva masacre del día de San Valentín tenía algo más de mórbido. Ese día también coincidía con el miércoles de ceniza, día en que se inicia la preparación cristiana para la pasión y muerte de Jesús. También ese día en 1929 había culminado en una masacre la guerra entre los mafiosos en Chicago. Vestidos de policías los matones de Al Capone habían llegado al cuartel de Bugs Morán y habían asesinado a siete de sus rivales.

La historia dice que esa fue la acción más sangrienta antes de que Al Capone controlara a la mafia.

¿Que dirían ahora los descendientes de sus mafiosos? ¿Que dirían ahora que un muchacho pecoso llegó en un auto de alquiler Uber a cometer otra masacre de San Valentín?

Es un buen negocio acomodar en los tableros electrónicos de los autos indicadores que informen si las llantas están desinfladas, si el motor no tiene suficiente aceite, si la batería está descargada, si el auto está en demasiado estrés… pero acaso no es tan buen negocio pagarle a un psicólogo para que detecte a tiempo un chamaco que se aísla, un deprimido, un delirante.

El hombre recogió las llaves de su auto, y le dijo al gerente que ojalá le pudieran mandar un mensaje cuando la batería estuviera a punto de expirar.

—Buena idea —respondió

Encendió el auto y se subió a la autopista

.En la misma estación de radio en la que hace unos días había escuchado a un locutor decir que ser psicólogo es “ser candidato permanente al desempleo”, ahora todos hablaban de salud mental.

“Tenemos que invertir más en programas de salud mental en las escuelas… Tenemos que prevenir que muchachos con trastornos mentales compren armas… Nos falló detectar a tiempo con el FBI el riesgo…

—¡Bola de cabrones! —se dijo, y cambió de estación de radio, para escuchar música clásica.

 —José FUENTES-SALINAS, 19, FEB.,2018. tallerjfs@gmail.com

EL MENUDO: desperdicio transformado en manjar

En el México de la Colonia, la carne maciza de res era para los soldados, para los poseedores, no para los desposeídos. Y por más que los indios purépechas llegaran a la carnicería a querer comprar carne, el carnicero nunca tenía, o la subía de precio.
Por eso, en Michoacán, Jalisco y Guanajuato, los indios empezaron a conformarse con las patas y la panza de la vaca, con las tripas.
Esto no era una novedad para los españoles. En el “Arte de Cozina” del Siglo XVI de Diego Granado, y en el “Arte Cisoria” de 1423 de Enrique de Villena, se decía claramente que las sobras de la vaca eran para la plebada.
Lo que no esperaban los riquillos, era que los indios le agregaran chilito, cebolla, tomate y especias, y, de repente transformaran los desperdicios en un platillo para enloquecer el paladar.
Cuentan que una vez, el curioso carnicero les preguntó: ¿y para qué quieren esas menudencias?
Y los indios no tuvieron más que decir: para hacer menudo.

LUJURIA DEL SABOR
Con ajo, cebolla, limón, chile guajillo, con o sin maíz pozolero, con chiltepín y aguacate, el librillo o el cuajo se pone en una tortilla recién hecha, y a golpe de mordida se combina con las cucharadas de caldo… Ahhh!… acompañado de una cervecita bien fría, la “cruda” empieza a desaparecer.
El menudo es el remedio para el exceso de fiesta y tragos.
Mi cuñado Tony Vega, oriundo de Purépero, Michoacán, empezaba a preparar el menudo casi al mismo tiempo en que llegaban sus invitados a su casa de Fontana. A la mañana siguiente no había que hacer nada, excepto preparar la cebolla picada, el cilantro, el aguacate y el orégano.
No siempre fue así.
“Mire, cuando llegamos la primera vez a California en los 60’s, aquí tiraban el menudo y las patas”, dice Tony. “Yo trabajaba con la familia en Orland pizcando aceituna y ciruela, y los fines de semana nos íbamos al matadero y nos regalaban el menudo y las patas. Todo eso lo tiraban, lo ponían en unos tambos. De ahí lo agarrábamos nosotros y lo dejábamos a remojar en sosa cáustica. Quedaba blanquito”.
Las cosas empezaron a cambiar cuando los inmigrantes mexicanos vinieron a “evangelizar” la gastronomía norteamericana. Además de traer el guacamole, el cilantro, la variedad de salsas, las tortillas y los nachos, animaron a los herejes a que comieran lengua, panza y tripas de reses y cerdos.

Cuando se estableció en Wilmington, California, donde ahora está la capital mundial del menudo enlatado (Juanita’s), “la libra de menudo lo vendían a 20 centavos en la Carnicería Flores”, recuerda.

Aspecto de la Carnicería Flores en el 2018, muchos años después de que Tony Vega, un inmigrante mexicano, compraba el menudo a 20 centavos la libra.

EL MERCADEO
En Wilmington, donde la costumbre de comer menudo apenas se asentaba en los 70’s, el 28 de enero del 2018, estaba señalado para producir el “Menudo más grande del mundo”.
En la fábrica de menudo Juanita’s de la 645 Eubank Ave., las actrices mexicanas Angélica María y su hija Angélica Vale, el gerente Aaron de la Torre, el concejal Joe Buscaino, estarían presentes cuando Christina Colón adjudicara oficialmente el título de los Records Guinness a esa comida que en los 60’s se tiraba a la basura.

  Todo por culpa del hambre de los mexicanos.

El Año del Perro: crónicas perronas

Se llamaron: Laica, Toppolín, Golo y Firpo. Eran perros Dobermann, que don Jorge Salceda le había conseguido a mi padre para cuidar la casa de huerta, jardines y gallineros.

Aunque esos perros fueron usados en la Primera y Segunda Guerra Mundial, y aparecían en los desfiles militares, los perros de la casa eran usados para protegernos y jugar conmigo y mis hermanos.

En una casa que no tenía televisión, ni Nintendo, ni Wi-Fi… ni electricidad, nuestro entretenimiento era uno de los más “perdones”.

El único problema que tenían los Dobermann, a pesar de su tremenda inteligencia, era su carácter ambientalista. Detestaba el ruido excesivo de los gigantescos camiones de tanques de gasolina que bajaban por la carretera desde las montañas de Zacapu.

Pensaban acaso que eran dinosaurios. Los atacaban, cuando por accidente se salían de la casa, con una furia inversamente proporcional a la ternura con que trataban a mi madre. El Firpo, por ejemplo, se echaba junto a mi madre y dejaba que le pusiera los pies encima para calentárselos mientras tejía.

En la guerra contra el fascismo, y las potencias del eje Berlín-Roma-Tokio, los doberman fueron utilizados para enviar medicinas, detectar bombas, llevar municiones, alertar ataques… Y para hacerse explotar cuando se acercaban a tanques enemigos.

Los abusos de ayer han sido sustituidos por otros, más leves, como dejarse convertir en payasos y perder su dignidad de animales, y hasta convertirse en psicoterapéuticas de dueños neuróticos.

En el archivo de los Marines, aparece Butch, un doberman que vigila el sueño de un soldado en el desembarco a Iwojima. También aparece el monumento de bronce a los 25 Dobermann que murieron en 1944 en la batalla de Guam, 14 de ellos en combate.

Eso no les importo mucho a los estudios de Hollywood cuando desde 1972 presentaron en tres películas a los Dobermann como pandilleros robabancos.

Aunque más conocidos, estos perros actores no tienen un monumento en la isla de Guam ni son considerados héroes, como Kurt, Coco Jopo, Max, ni… y Poncho con el sello de los marines.

Los perros de hoy

Abusan de ellos. Los tratan como personas, y hasta los visten con ropa ridícula.

Y cuando serían el mejor pretexto para hacer el ejercicio más elemental, como caminar, contratan alguien más para que lo saque a pasear.

Un día, frente a mi ventana del estudio veo pasar a una muchachita flaca caminando con siete perros amarrados y una bolsa de mierda.

Si a los dos más grandes les diera diarrea o si le diera un ataque de nervios, estaría en un grave problema.

Si acaso más adelante los viera un coyote, de esos que bajan de las montañas por el río San Gabriel, seguro que diría el coyote: “que vida de perros. Prefiero un poco de hambre y mucha libertad que andar por la calle haciendo el ridículo, esperando un espaldarazo”.

Las etiquetas: ¿cuáles son los letreros que nadie leyó cuando se fue de “shopping”?

En 1969, cuando las compañías tabacaleras habían matado una cantidad suficiente de fumadores y no fumadores, el gobierno norteamericano ordenó que se pusieran unas etiquetititas que casi nadie leía a un costado de las cajetillas de cigarros advirtiendo de los peligros de fumar.

Para muchos eso ocurrió demasiado tarde.

Como en todas las guerras, hay muchas víctimas que no se cuentan hasta que son demasiadas.

El Departamento de Salud de los Estados Unidos (HHS.gov) cuenta que en 50 años, desde 1964 habían muerto 20 millones de norteamericanos de cáncer.

Parecía que por lo menos hasta el 2014, las etiquetas no eran suficientes para prevenir una muerte evitable.

Otra muerte evitable, la del planeta, también se ha empezado enfrentar con etiquetitas.

Pensando en la moda de usar pantalones de mezclilla rotos, pero al mismo tiempo sin querer mostrar mucha piel, remendaba mis pantalones Levis un día cuando me encontré con una etiquetita que decía en tres idiomas: “cuida nuestro planeta: lava menos, lava en frío, tiende la ropa, dona o recicla”

No es para menos: la industria de “pulcritud” es la segunda más sucia, después de la industria del petróleo.

Las etiquetas de los pantalones ya muestran una clara advertencia de los peligros ecológicos de la moda. Se sabe que para producir una playera y un par de jeans, se gastan 5,000 galones de agua solo en el algodón, y, además, en su proceso de producción y transporte hay más contaminación. Foto: José Fuentes-Salinas.

Cuentos de Navidad: “Belmont Shore”

EL HOMBRE alzó su copa de vino Malbec argentino Doña Paula.

-Salud- dijo, mientras imaginaba la frase: “Cordero de Dios que quitas los pecados del consumismo, danos la paz”.

La noche del viernes en la Second Street de Long Beach era para celebrar el fin de la semana en que a pesar de todas las advertencias la gente sigue encapuchada en su voracidad de comprar y comprar, en gastar lo que tiene y lo que no.

El hombre sabía que era difícil de explicarlo. Por eso se quedó callado, para no ser aguafiestas. Pero en el fondo, pensaba que ese era el espíritu navideño: ver al cruzar la calle a los estudiantes de la Wilson High School tocar el cello y los violines a las afueras del Citibank, esperando que los transeúntes les regalaran su amabilidad, así como ellos regalaban su talento. El espíritu de la temporada era ver a la gente contenta, caminando por la calle, y atorándose en algún café o restaurant, o nevería.

-Tardará 15 minutos – les dijo la muchachita del Restaurante Libanés “Open Sesame”. Les pidió el número del teléfono celular, y ellos se fueron al cruzar la calle, donde el muchacho de la High School se puso a ensayar la música barroca de Tomaso Albinoni. Un hombre vestido de Santa Claus y una señora vestida de su esposa pasaron por ahí y saludaron al niñito que estaba con su padre esperando la próxima ronda de piezas musicales.

La noche era entre fría y templada, dependiendo de la edad de los transeúntes. Como en Las Vegas, algunos jóvenes llevaban ropa ligera. Pero el hombre llevaba su chamarra gruesa que le había dado su hermana hace años de regalo de Navidad. Esos regalitos venían de sus tiendas favoritas Marshalls, TJ Maxx o Ross. Para él, consumismo no era cuando las personas se dan lo que se necesita, gastando lo que pueden gastar. Pero el marketing de la temporada tiene otros planes.

La semana había sido un poco tediosa: el presidente Trompas y sus republicanos queriendo meter con calzador la idea de que la Reforma Fiscal  no era el regalo navideño para los multimillonarios, para el 1%. Las mismas frases huecas, los mismos embutes…. Y mientras, las afluentes ciudades del Sur de California se veían envueltas en incendios, porque en el campamento de un desamparado acaso se improvisó una cocina.

Era una semana, en la que el hombre se quedaba extrañando aquellos tiempos en que en su país de origen, las empresas repartían aguinaldo y utilidades a sus empleados para que gastaran… Aunque luego, con los sobregiros venía “la cuesta de enero”, cuando las casas de empeño no se daban abasto.

A sus 60 años, el hombre era un poco más juicioso. Trataba de hacer bien sus cálculos durante el año para no regalarle su tiempo, su vida como dijera Pepe Mújica, a los intereses de las deudas. Era un ambientalista irremediable y creía en la “sustentabilidad”, esa era su palabra favorita para estar en paz.

Restaurant “Open Sesame” en Belmont Shore, Long Beach, California. Foto: José Fuentes-Salinas.

Cuando llegó la pierna de cordero con arroz, piñones, yogurt y el equivalente libanés de las tortillas le vino una necesaria alegría que se complementó cuando llegaron el grupo de villancicos que caminaban por la calle como en la época de Charles Dickens. El hombre y su esposa estaban sentados en la mesa al filo de la calle. Alzando su copa, les agradeció sus canciones, sus villancicos, que la tradición cristiana los tomó del la tradición de los romanos de cantar al Equinoccio de Invierno, al nacimiento de una nueva época. Con las tradiciones traslapadas una en otra, se dio cuenta que ese gustito por el cordero probablemente eran reminiscencias de aquellas comidas con los borregos de Don Timoteo, el señor de Las Canoas, o de la birria de Don Ramón… ¡Ah!… pero ese nombre sagrado del Malbec “Doña Paula”, esa era su madre que solo conoció de muy niño. Cuando se estaba poniendo sentimental, llegó un viejo cliente del restaurant, y luego el gerente, haciendo los mismos halagos para esa excelente elección. “Ja aaaa…, con esta comida me falta un grado para santo…”, dijo el hereje juntando sus manos como en signo de oración, y recordándole a su esposa los buenos gustos por el cordero que tenía su padre, Don Antonio.

Después de la comida, se fueron a caminar por el canal donde estaban las lanchas adornadas con luces navideñas.

Reflejadas en el agua, las luces temblaban en la oscuridad, mientras las lanchas de alquiler pasaban por en medio con carcajadas que se escuchaban a lo lejos.

En una banca, una pareja de jóvenes conversaban animadamente. Con una camisa ligera, él parecía no sentir el frío. Ella, le tenía paciencia de escucharlo con un grueso abrigo, y una gorra.

 

  • José FUENTES-SALINAS
  • Belmont Shore, Long Beach, California, 15 de Diciembre. 2017.

 

 

Los Juglares

NO TENIAN la protección del gobierno ni la de la iglesia. No ganaban becas  ni diplomas.

Tenían solo su memoria y su imaginación, su voz para contar historias en ferias, mercados y cortes, y ganarse un sueldo.

Lo que no se perdonaba a los contadores de historias de los Siglos XII y XIII era el aburrimiento.

  • José FUENTES-SALINAS/ www.tlacuilos.com