Bondad a prueba de olvidos

Doña Emilia Había llegado a los 90 años cuando falleció. Había sido una de esas mujeres fuertes que enviudó demasiado pronto. Con muchos hijos que criar, trabajó muy duro para sacarlos adelante.

Casi al final de sus días, se enfermó de Alzheimer, se le olvidaban muchas cosas.

Había veces que su hija le servía de comer y apartaba un poco de comida, o cuando le daba chocolates, se guardaba unos en las bolsas para sus niños.

“¿Para qué aparta comida, mamá, cómasela toda?”, le decía su hija.

“Es para tus hermanitos”, le respondía.

Los hermanitos ya tenían unas cuantas canas.

A Doña Emilia se le habían olvidado sus edades, pero no su propia bondad.

-José FUENTES-SALINAS/ tallerjfs@gmail.com

"Sin pétalos, pero libre". Foto: José FUENTES-SALINAS

“Sin pétalos, pero libre”.
Foto: José FUENTES-SALINAS

 

 

Los mensajes del cuerpo

"Encuentro entre la Ciencia y el Arte" Foto: José Fuentes-Salinas/ Tlacuilos.com

“Encuentro entre la Ciencia y el Arte” Foto: José Fuentes-Salinas/ Tlacuilos.com

Por José FUENTES-SALINAS    -tallerjfs@gmail.com          

MIRE USTED. Solo se trata de escuchar su cuerpo. Si se le enfrían las rodillas y el otoño le produce un leve escalofrío, salga a caminar al sol. Váyase por ahí a tomar un cafecito. No importa que haya hojas secas tiradas por la calle y en los aparadores de las tiendas aparezcan brujas y esqueletos. Escuche su cuerpo, él no le engaña, ni obedece a caprichos.

Ya sé que los mensajes más triviales son cuando crujen las tripas y se le cierran los ojos de sueño, o cuando tiene urgencias de eliminar las inmundicias. Pero también hay otros mensajes más discretos. Cuando quiere dejar salir el aire de sus pulmones, y que al salir produzcan sonidos, y que ese sonido le regrese como un eco, pero acompañado de otros ecos.

Hay un momento en que su cuerpo le pide silencio para escucharse a sí mismo, y otro en que quiere escuchar murmullos de gente que almuerza y conversa. Su cuerpo siempre le habla con mensajeros discretos, calambres en las nalgas cuando ha estado demasiado tiempo sentado frente a la computadora, o calambres de cuando se ha ido de “pata de perro”.

Pero también hay mensajes que lo arruinan todo, llenos de dolor. Esos mensajes abrumadores suelen ser por haber descuidado los mensajitos. Saber escuchar los mensajes grandes y los pequeños es una habilidad que empieza desde muy niño. Algunas veces los adultos arruinan esa habilidad porque llegan a pensar que un llanto no es otra cosa que ganas de joder.

Más tarde, también las cosas se suelen complicar, porque los mensajes de tristeza y tedio se interpretan solamente como la necesidad de tragarse una pastilla. Se complican también porque con algunos mensajes elementales, usted quiere descifrarlos demasiado con los brujos o con la computadora.

Al final, el bienestar solo se trata de escuchar con honestidad su cuerpo, antes de que empiece a escuchar “pasos en la azotea”, o cuando está próximo a salir de su casa con los pies por delante.

 

Cuentos de California: La palma y el jardinero

Por José FUENTES-SALINAS/tallerjfs@gmail.com ***

“Discúlpeme por ponerme sentimental”, dijo el jardinero y levantó la mirada hasta lo más alto de la palmera.

“Ha de entender que yo la cuidé bien desde que la trajeron aquí desde Coachella”, prosigue. “Ayudé a que la bajara la grúa y le tiré las primeras paladas de tierra. Le puse las luces para que luciera de noche y cuando le crecían demasiado las hojas, me trepaba a recortárselas como un chango”.

La palma no decía nada. Sabía que su suerte estaba echada.

El nuevo propietario de los edificios había contratado a un arquitecto al que se le ocurrió deshacerse de varias de ellas.

Lo cierto es que es que el el propietario quería pagar menos impuestos, y, haciendo unos cuantos arreglos podría justificar más gastos.

El jardinero no tenía más que opinar. Poco a poco se fue acercando la grúa para derribarla.

El jardinero se disculpó por haberle clavado las espuelas de fierro para subirse cada año.

Sus compañeros encendieron las sierras de cadena y desde la plataforma de otra grúa empezaron a cortarla en pedazos. Uno a uno empezaron a caer, hasta que quedó la última parte cerca del suelo.

“Este pedazo lo voy a cortar para que hagas un banquito”, le dijo su compañero.

Ya quedaban solo las raíces, cuando otra máquina, con unos cables, la arrancó definitivamente.

Luego hubo un silencio. Los trabajadores se fueron a almorzar. Entre un montón de mangueras, varillas y cables se veían los restos de esa altiva palmera que alguna vez entretuvo cuervos y se meció con el viento.

El jardinero que pensaba que su trabajo era el de cuidar plantas, vio con preocupación las máquinas mezcladoras de concreto que pronto rellenarían de cemento esa superficie.

“Disculpalos”, murmuró, “no saben que están haciendo su tumba”

"...La palmera no sabía la suerte que le esperaba. Altiva, por mucho tiempo dio albergue a los cuervos y se meció por el viento". -JFS

“…La palmera no sabía la suerte que le esperaba. Altiva, por mucho tiempo dio albergue a los cuervos y se meció por el viento”. -JFS

"...finalmente, todos se redujo a un montón de cables, mangueras, varillas y raíces".

“…finalmente, todos se redujo a un montón de cables, mangueras, varillas y raíces”.

 

LOS CODIGOS

José FUENTES-SALINAS
tallerjfs@gmail.com

Cada emisor tiene su propia leña para hacer bolas de humo.
Cada emisor tiene su propia agenda, y su propia habilidad para enviar sus señales de humo.
Uno, dos, tres… Se espera un poco para que haya suficiente humo, y el humo suba lo suficiente para que lo vea la otra tribu.
Pero no tiene mucho control del viento, ni de las circunstancias de la otra tribu… Y no sabe a dónde va a parar el humo o si se confundirá con las nubes.
De pronto, se sienta a un lado de la leña, se pone pensativo y se da cuenta que la otra tribu ya usa teléfonos celulares.
Deja que la leña se consuma y luego se va por ahí, caminando, cantándose una cancioncilla que solamente él y el viento entienden.

EL HOMBRE DE LETRAS

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

P1030085Este era un hombre de letras. Las letras le daban para comer. El solo se tenía que encargar de que tuvieran luz intensa, de que se unieran bien en armonía y contraste para que dijeran algo. A pesar de la lenta recuperación de la economía, el hombre de letras no se preocupaba demasiado. Todas las semanas tenía trabajo. Todas las semanas había algo que decir, aunque, con frecuencia solo se trataba de reemplazar lo ya dicho por algo más brillante, pero que comunicara lo mismo. Su trabajo lo hacía con gusto, bajo pleno sol o con día nublado. Sus letras siempre eran necesarias para salvar de un dolor de muelas a un paciente desesperado o para invitar a tomar cerveza y jugar billar a un viejo solitario.
Era también un trabajo de altura que antes suponía subirse a una escalera, pero hoy, cómodamente se sube a una plataforma mecánica que él mismo controla apretando unos botones, casi como los escritores usan sus computadoras.

-José FUENTES-SALINAS, Long Beach, CA., 1 de Mayo, 2014.

“La vieja y el perro” -Fabulillas del Tío Caimán

vieja

Caminaba la vieja con su perro el primer día del año en esa costa fría y nebulosa de Monterey, California.

 

-Tu si me haz de entender, de otra forma no andarías conmigo –dijo la anciana enfundada en su abrigo.

El perro solamente la seguía, gozando como ella de esa libertad de andar solitarios en la playa.

-Veras –prosiguió- aquí empieza y termina todo, como el año. Aquí termina el oleaje y vuelve a empezar, así como los años que son solo ciclos de finales y comienzos.

El perro volvió a mover la cola.

En Asilomar, esa joya de California, había muchas cosas qué contar.

Allá arriba estaba un cementerio donde los venados comían pasto recién rasurado por la podadora y se orinaban en las tumbas, sin más preocupación.

Venado

Un venado en el cementerio de Asilomar se orina sobre una tumba. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Estaba también el santuario de las Mariposas Monarca, y el “hometown” del escritor John Steinbeck.

Pero a la anciana solamente, ese día, le importaba su perro y el mar.

Ese era un mar sin palmeras, sin mujeres en bikini bronceandose con el tacaño sol. Pero era un buen espacio para defragmentar el disco duro de la memoria, para organizar las ideas, y para tomarse un buen vino con pescado en el restaurantito “Fish Wife”.

De pronto, el perro se echo en la arena.

-No me digas que tu también practicas la meditación y la yoga –dijo la anciana, quien en ese momento se sintió mal por ese cigarro que fumaba.

El perro la vió, con un poco de lástima, cómo echaba humo.

La anciana entendió el mensaje.

¿Quién cuidaría de su perro si ella faltaba? ¿quién lo sacaría a esos paseos?

En ese primer día del año, apagó su ultimo cigarro y se fue caminando con su perro.

-Ya sé que tu no me dices nada. Pero tampoco los demás –murmuró.