Bondad a prueba de olvidos

Doña Emilia Había llegado a los 90 años cuando falleció. Había sido una de esas mujeres fuertes que enviudó demasiado pronto. Con muchos hijos que criar, trabajó muy duro para sacarlos adelante.

Casi al final de sus días, se enfermó de Alzheimer, se le olvidaban muchas cosas.

Había veces que su hija le servía de comer y apartaba un poco de comida, o cuando le daba chocolates, se guardaba unos en las bolsas para sus niños.

“¿Para qué aparta comida, mamá, cómasela toda?”, le decía su hija.

“Es para tus hermanitos”, le respondía.

Los hermanitos ya tenían unas cuantas canas.

A Doña Emilia se le habían olvidado sus edades, pero no su propia bondad.

-José FUENTES-SALINAS/ tallerjfs@gmail.com

"Sin pétalos, pero libre". Foto: José FUENTES-SALINAS

“Sin pétalos, pero libre”.
Foto: José FUENTES-SALINAS

 

 

Los Pintores (II)

Alfonso Román quiso ser astrónomo, pero le faltó soñar con las estrellas y se quedó en cartógrafo; luego quiso ser pintor, pero le faltó jugar con la imaginación y se quedó en retratista; también hubiera querido ser sacerdote, pero le faltó decisión para profundizar en los misterios de Dios y se quedó en un solitario hombre célibe que a sus 72 años solo le preocupa el mapa del cielo y el infierno.

Con sus pinturas áridas, solo, en un departamento de jubilados del Centro de Los Angeles, Alfonso, el peruano, no quiere hablar de los cuadros de boxeadores y artistas mexicanos que adornan el Restaurant “Mi Tierra”. No quiere hablar del Pipino Cuevas y María Félix, sino de la “Historia del Cristianismo” hecha con datos sacados de las enciclopedias o del “Gráfico Escatológico del Poema Eternidad: Apocalipsis Bíblico”.

Acaso su mayor aventura fue haber ido en un tour a Tierra Santa, de la cual redactó un texto en su vieja máquina de escribir.

Su mapa donde explica las formas de la maldad y la ruta más corta para llegar al cielo está lleno de palabras como: “angustia, sufrimiento, virtudes, mártires, salvos, vírgenes…”

Pero detrás de su aparente misticismo, hay un hombre que confiesa: “Mi principal afición es la religión”.

“Soy un hombre pobre y flaco; sin títulos académicos, sin familia, ni propiedades”… Y acaso sin pasiones.

 

-4 de octubre, 1999.LaOp.

Los recuerdos

A dos años de cumplir un siglo, María Moreno dejó de jugar Bingo y servir de voluntaria en el Centro de Jubilados de Santa Fe Springs.

Al morir, le dejó a Santos su Ave del Paraíso, sus plantas y dinerito escondido por varios lugares de la casa.

Sin haber ido jamás con médicos, porque, según su nieta Camille, “súbitamente inventan enfermedades”, María fue perdiendo la memoria debido al Alzheimer.

Cuando su enfermedad era evidente, aún sin haber ido al médico y hacerse mapeos cerebrales, un día decidió quemar todas sus fotografías de los momentos felices que pasó con su esposo Santos en México y Europa, así como las fotos de sus hijos, nietos y bisnietos.

Y es que ¿de qué sirven las fotografías sin los recuerdos?

 

-31.,Jul., 1998. “Pulsos Angelinos”, Tomo VII

“La vieja y el perro” -Fabulillas del Tío Caimán

vieja

Caminaba la vieja con su perro el primer día del año en esa costa fría y nebulosa de Monterey, California.

 

-Tu si me haz de entender, de otra forma no andarías conmigo –dijo la anciana enfundada en su abrigo.

El perro solamente la seguía, gozando como ella de esa libertad de andar solitarios en la playa.

-Veras –prosiguió- aquí empieza y termina todo, como el año. Aquí termina el oleaje y vuelve a empezar, así como los años que son solo ciclos de finales y comienzos.

El perro volvió a mover la cola.

En Asilomar, esa joya de California, había muchas cosas qué contar.

Allá arriba estaba un cementerio donde los venados comían pasto recién rasurado por la podadora y se orinaban en las tumbas, sin más preocupación.

Venado

Un venado en el cementerio de Asilomar se orina sobre una tumba. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Estaba también el santuario de las Mariposas Monarca, y el “hometown” del escritor John Steinbeck.

Pero a la anciana solamente, ese día, le importaba su perro y el mar.

Ese era un mar sin palmeras, sin mujeres en bikini bronceandose con el tacaño sol. Pero era un buen espacio para defragmentar el disco duro de la memoria, para organizar las ideas, y para tomarse un buen vino con pescado en el restaurantito “Fish Wife”.

De pronto, el perro se echo en la arena.

-No me digas que tu también practicas la meditación y la yoga –dijo la anciana, quien en ese momento se sintió mal por ese cigarro que fumaba.

El perro la vió, con un poco de lástima, cómo echaba humo.

La anciana entendió el mensaje.

¿Quién cuidaría de su perro si ella faltaba? ¿quién lo sacaría a esos paseos?

En ese primer día del año, apagó su ultimo cigarro y se fue caminando con su perro.

-Ya sé que tu no me dices nada. Pero tampoco los demás –murmuró.

LA DIGNIDAD

NO TRABAJA sucia. No lleva vestido desgarrado y maloliente. Es cortés con el chofer y lleva su basura limpia en dos bolsas de plástico en un carrito plegable de ruedas. Sus canas y rostro arrugado se combinan con su paso firme que busca el primer asiento del autobús de la Ruta 173 de Long Beach.

Todos los pasajeros la admiramos por su faldita de tablas planchadas, su sweater limpio y a veces su gorrito tejido de estambre. La admiramos en silencio, porque sabemos que es una viejita a la que muy bien, otros ya la hubieran mandado a un asilo. Podría ser acaso “ilegal”, una inmigrante sin documentos que por esa razón no pide ayuda del gobierno. Pero en todo el autobús ella es la “Ley”, la Moral, la Dignidad. De todos los que vamos ahí, ninguno trabaja más árduamente que ella, la más anciana.

Sin poder aguantarme las ganas de conversar, dejo de leer el periódico, y me entero de que su trabajo empieza a las 5:30 de la mañana. Me entero del precio de la libra de botellas de plástico y botes de aluminio que recoge todos los días en los callejones.

-Pero últimamamente ya está muy competido -me dice.

Siguiendo por la Pacific Coast Highway, de pronto pide su parada.

No hay mucho tiempo para hacerle la pregunta que todos llevamos en la cabeza.

-¿Cuántos años tiene?

-¿Cuántos me echa?

-Veinte -le digo en broma- todavía se ve muy maciza.

-Ja jaa -alcanza a reí.

Y mientras va saliendo, termina:

-Nomás 85, haga cuentas.

 

José Fuentes-Salinas,    18, Jul., 2009. tallerjfs@gmail.com