CRONICAS DE LA PANDEMIA: 2020, una Navidad llena de muertos, y de pantallas

Se estaban muriendo por miles, en Tennesee, en California, en New York, en Texas, en Florida… Más de 3,000 diarios.

Los doctores y las enfermeras les decían a las personas: por favor, cuídense, es una mala idea poner sus vidas en nuestras manos en una Unidad de Cuidados Intensivos. Ya no hay lugar dónde ponerlos, ni siquiera en las salas de maternidad o en los pasillos. Cuídense, no les quiten el lugar a los infectados, a los accidentados, a los que no pueden prevenir una urgencia.

2020, el Año de la Pandemia del Coronavirus, había puesto en aprietos a muchas familias. Felo, el niño de 54 años se había infectado del coronavirus en una casa para discapacitados en Lomita; Chela Fragoso, la esposa del Pipo, le había dado cáncer, y luego cuando su hija la iba a cuidar, se dieron cuenta que ella estaba contagiada, y también contagió a su madre. Unos días después murió. Pobre, no había aguantado la quimioterapia, y también le había dado el Covid-19. El coronavirus también le había dado al Pichi y a su esposa Luna, los sobrinos de Chepa Flores. Ellos ya tampoco se podrían reunir con su abuela.

Pero todos encontraron una solución para verse en Zoom y Facetime. Eligieron un horario para prender sus tabletas, para conectarse en sus celulares, para mostrar los tamales que estaban haciendo, para mostrar el momento en que los chiquillos abrirían sus regalos, para tomarse una copa de vino mientras dialogaban por las pantallas.

Otros, como Cincho Balvaneras, no necesitaban verse en pantallas.

De otra generación, de los Baby Boomers, él solo necesitaba hacer llamadas a Larga Distancia y hablares a sus hermanas y sus hermanos. Habló con el mayor al que siempre las navidades y años nuevos le parecían el mejor momento en que la gente lucía su hipocresía deseándose prosperidad y felicidad, mientras que el resto del año se les olvidaban esos buenos deseos.

Cincho Balvaneras era formal. Ese día se aseó los zapatos, se puso ropa como si fuera a salir de casa con su esposa, y hasta aceptó un cumplido de ella, cuando finalmente había dejado de llorar ¿por qué?… por todo, porque la gente se estaba muriendo, porque en la ciudad de Bell estaban echando de sus trailers a personas mayores por haberse retrasado en los pagos de la renta, precisamente en las vísperas de Navidad. La Luchona lloraba porque no podría esa Navidad ir a ver a los chiquillos a Moreno Valley… y porque el imbécil del presidente seguía con sus mafufadas sin firmar el paquete de estímulo a las familias desempleadas que ya había aprobado el congreso.

La verdad es que Luchona tenía una tristeza acumulada de muchos años. En las navidades recordaba a su padre muerto, a sus lejanías de parientes, a su cada vez más vulnerable salud… Y cuando esto ocurría, Cincho Balvaneras no sabía cómo ayudarla, cómo meterse a ese tejido apretado de conflictos. Era entonces cuando ella le decía que no la escuchaba, que no le dedicaba tiempo suficiente, por más que él le hiciera notar que en los 9 meses de duración de la pandemia y los encierros, ella era la única persona que veía a diario, además de las empleadas de las tiendas de los supermercados.

Otro tema de conflicto era que la Luchona no sabía cocinar esos platillos tradicionales que a las señoras mexicanas les salen tan bien y se deprimía, como los tamales o el pozole. “No te preocupes”, le decía Cincho, “encargamos algo del restaurante”. Pero a ella también le daba preocupación hacer filas, y, además pensaba que no tenían buen sabor.

Esa era la Nochebuena del 2020.

Cincho salió temprano a buscar tamales. Sabía que la cena sería el tema de discusión. Quiso prepararse. En el Supermercado Food4Less no había mucha gente. Agarró del refrigerador dos bolsas de tamales listos para calentarse, una de pollo con salsas verde, otro de res con salsa roja. Para él y su esposa eran raciones más que suficientes.

Más tarde almorzaron huevos revueltos con jamón, como cualquier día. Ella le dijo que sus amigos hablarían más tarde en Zoom. El sentía un ambiente pesado. No por la pandemia, sino por la forma en que las personas la vivían. El, por su parte, venía de un tiempo en que cualquier cosa podía hacer feliz a las personas, sin regalos, sin tantas preocupaciones, sin Internet. Solo acaso con unas cuantas tarjetas de cartón enviadas por los amigos y familiares.

Se hizo tarde. Luchona le dijo a Cincho que su amiga Karen Peyton y su esposo se iban a comunicar con ellos en videoconferencia a las 4:30 PM, y que estuviera listo. Se lo dijo precisamente cuando Cincho se comunicaba a larga distancia con sus familiares de México, donde, también, todos esta vez no saldrían de sus casas, excepto Marcia, quien acababa de enviudar y se iría a pasar la fecha a la casa de una de sus hijas.

En el Zoom no había un tema especial de conversación. Cualquier cosa iba, y por supuesto una de ellas era la originalidad de esa Navidad del 2020, las vacunas, la esperanza de que el próximo año fuera diferente, y la necedad de muchos de querer juntarse a pesar de todo. “Te queremos mucho”… “Nosotros también”… “Cuídense”… “Merry Christmas”…

Cincho era de hablar fácil. No le costaba bromear, hacer preguntas, escuchar, romper la solemnidad, analizar, recordar, medir su “timing”. Por eso prefería hablar por teléfono desde una posición cómoda de su sillón. Pero entendía que estos eran otros tiempos, entendía que ahora los niños, desde marzo, tomaban clases en linea por el Zoom.

Pero el Zoom y el Facetime le agregó un motivo de regocijo. Verse en las pantallas tenía un poco de la comunicación cara a cara. Tenía un poco el narcisismo de verse en el espejo mientras conversaba con los demás.

Primero conversaron con los Peyton. La plática empezó por la comida, por lo que cada quién iba a comer y la forma en que lo iban a preparar. Luego toco el tema de los jóvenes, de los parientes. Con sus hijos agregados al fondo de la la sala, los Peyton a veces los integraban en algunos temas de la conversación. También, a veces, cuando hablaban de la música, a veces Luchona prendía su celular para acentuar el tema con ejemplos de la música de los artistas que mencionaban.

¿Qué cosas más se podrían agregar a la conversación, a ese juego de la comunicación y la seducción que incluso los sitios porno usaban para intercambiar una experiencia sexual vicaria?

A Cincho le hubiera gustado vestirse de Santa Clause ese día y animar a los niños de las familias con la idea de que se estaban comunicando al Polo Norte.

Se podría pensar que quienes la estaban pasando mejor eran las familias donde les había tocado encerrarse con más miembros de una familia, los abuelos con los nietos, las familias grandes… Pero a veces no era así. Y unos se cansaban del demasiado trabajo que implicaba cocinar para más personas, de lo pesado que eran organizar la secuencia de los eventos navideños, y entretener a los niños, mientras las mayores hacían tamales, preparaban postres…

Luego de hablar con los Peyton, Luchona sacó los tamales del refrigerador y preparó un arroz. No era la comida más festiva de Nochebuena que había comido, pero estaban vivos, y se iban a evitar las preocupaciones de manejar de regreso a casa, de revisar cómo estaba el tráfico en el Google Map, de discutir quién iba a manejar. Y si se iban a quedar en la casa del huésped, se habían evitado las molestias de sacar las cobijas y almohadas del auto, y acomodarse a dormir en algún sillón o la alfombra.

Cincho sabía que se podía adaptar mejor a las nuevas reglas de la pandemia. Sabía que podía hacer más sacrificios que Luchona, porque, después de todo, en su familia, aunque fue numerosa, se fue desmoronando rápidamente desde su infancia y fue difícil mantener una tradición de mesas largas arregladas y otras formalidades.

Quizá por eso, Cincho no podía ayudar mucho a su mujer que tanto sufría por no poder estar con los chiquillos, por no poder estar echando relajo en vivo con sus hermanas y amigas.

La segunda videoconferencia no fue en Zoom, sino en Facetime.

Luchan marcó en su tableta los cinco números de sus familiares, y, luego de algunas fallas, en las cinco pantallas todos estaban conversando. Para entonces, Cincho Balvaneras ya había tenido demasiado de la tecnología. Ya había hablado con varios de sus familiares a larga distancia, había hecho comentarios en las redes sociales, había leído las noticias en la Internet, había compartido un meme… Y los tamales y las cervezas le estaban produciendo sueño.

No quiso ser descortés. Saludo a su cuñado el Chóforo y sus cuñadas. Luego se hizo a un lado del sillón, se salió del encuadre del Face Time. Empezó a cabecear de sueño. Luego Luchona lo regañó en broma delante de sus hermanas.

Lo cierto que ahora, no estaba con energía para bromear. Habían sido muchos los dramas del día, desde que se levantó a las cinco de la mañana.

Se quedó dormido. Su cerebro necesitaba procesar tantas experiencias nuevas que estaban pasando.

Más tarde, Luchona lo despertó para hacer un último Face Time hasta Moreno Valley, para que viera cómo los chiquillos abrían sus regalos.

El también abrió su regalo, y le gustó lo que su esposa le había regalado: una tableta, pero de una madera fina, donde al fin podría poner a descansar por la noche su teléfono celular, sus lentes y su reloj.

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California, 25 de diciembre, 2020

 

CRONICAS en tiempos del COVID-19: “Las peluquerías”

Por José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.COM

NO ME PREOCUPA que hayan estado cerradas y hayan abierto para nuevamente cerrar. Más que cortarme el pelo, me preocupa poder comprar comida, jabón y poder caminar con seguridad en el parque o en la playa.

Si. Claro, lo siento por los peluqueros, y por los empleados de los Salones de Belleza. Necesitan vivir de algo.

https://www.excelsiorcalifornia.com/2020/09/02/los-angeles-salones-de-belleza-y-barberias-pueden-reabrir-bajo-orden-actualizada-del-condado/

En tiempos ordinarios, me gusta ir a la peluquería de los vietnamitas que está frente a la Pizería Rezzinis de mi barrio. Cada uno de los peluqueros es un maestro con las tijeras y la maquinita “podadora”. Me gusta esa peluquería porque es lo más parecido a las antiguas peluquerías de mi infancia en Zacapu: con carteles deportivos, espejos y souvenirs en las paredes. Pero esta tiene también televisores y un rollo de boletos para que los clientes vayan agarrando su número.

Lo cierto es que me preocupa más el cierre de los supermercados, playas y parques, que las peluquerías. En la foto el Parque El Dorado, una de las joyas de Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS. Instagram: taller_jfs

 

Lo único es que se tiene que pagar en cash. No sé por qué. No creo que sea para no pagar impuestos, pero la realidad es que sus precios son baratos, por lo menos casi la mitad de lo que se paga en las cadenas de franquicias.

Usualmente, las peluquerías se visitan cuando hay un evento especial, cuando uno tiene que ir a una fiesta, una entrevista de trabajo o hacer un viaje.

Pero en estos tiempos de pandemia todo eso se ha clausurado. En el Sur de California este año se clausuraron todos los conciertos, inclusive en los casinos, y quienes se casan lo hacen discretamente, como ocurre en el Honda Center de Anaheim.

https://www.excelsiorcalifornia.com/2020/06/25/musica-casino-pechanga-cancela-conciertos-del-2020-artistas-latinos-incluidos/

Así es que, entonces ¿para qué cortarse el pelo?

Mi esposa ha insistido que me lo corte, y hasta me había ofrecido de mandar llamar a su peinadora para que me lo corte en el patio.

—¿Para qué? —le digo— solo tu me vez. Además, voy a hacer una “manda”, y no me lo voy a cortar hasta que se invente una vacuna.

Ella ríe de buena gana, principalmente cuando le digo que con mi vecino vamos a hacer un dúo de música country. Mi vecino que se dejó el pelo largo desde que enviudó parece Willie Nelson, y yo voy que vuelo para parecerme a Freddy Fender.

El Condado de Los Angeles todavía está entre los principales lugares de contagios, pero este miércoles 2 de septiembre se autorizó que abrieran los salones y barberías, dejando solo una cuarta parte de sus clientes para mantener la distancia social. Muchos ya daban servicio en la calle o en los estacionamientos, y ahora podrán estar un poco en  los dos lados.

https://www.excelsiorcalifornia.com/2020/09/04/los-angeles-bajan-nuevas-hospitalizaciones-por-covid-19-pero-advierten-riesgo-del-labor-day/

Pero aún así no veo necesidad de cortarme el pelo. Debo confesar que hasta estoy disfrutando de esta relativa libertad que me ha dado la pandemia. Desde hace cuatro meses no uso zapatos ni pantalones, sino guaraches y shorts, y cuando necesito conservar el pelo en su lugar tengo gorras de algodón que siempre he querido usar de manera más constante.

Me siento como en un campamento en la casa, y alterno el trabajo del estudio a los jardines frontal o trasero. Nunca he disfrutado más del sol, de las plantas, de los árboles, y de ver a mis vecinos caminar, con perros o sin perros. Algunos de mis vecinos, al igual que yo, no se preocupan por los peluqueros. Dos de ellos, porque son calvos, y otros cuatro porque se han dejado crecer el pelo desde hace muchos años.

Lo que si extraño, y por esa razón si me encantaría ir a una peluquería, es esa amena plática que se suele dar. Hilda, me decía cuando trabajaba en el Salón de la JC Penney de las Tiendas Del Amo, que muchas de sus clientes iban, entre otras cosas “para ser escuchadas”.

Yo soy psicólogo y no puedo dejar de pensar la gran necesidad de conversar de las cosas cotidianas.

Eso es una de las cosas que nos quitó la pandemia.

Por eso si me gustaría ir a las peluquerías.

Pero acabo de recordar que, precisamente, esa es una de las actividades peligrosas que no se recomiendan: conversar de cerca, aunque se traiga tapaboca.

Entonces, así ¿para qué?

¿Para que te trasquilen y salgas a tomarte una “selfie” para el Facebook?

Mejor me quedo así.

Quizá dentro de poco el pelo será lo suficientemente largo como para que le pueda dar una buena forma.

CRONICAS de California en tiempos del COVID-19: “Los proyectos”

11.09.2019. Café en Long Beach, California. Foto: José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

Por José FUENTES-SALINAS/tlacuilos.com

Me sorprendió. Estaba por terminar de leer “El Quijote”.

—Para eso me ha servido la pandemia -me dijo- hacía tiempo que quería leer la novela de la que todos han hablado.

Mi amigo no es un gran lector, y ha dicho que si necesita un mapa para leer “Cien Años de Soledad”, preferiría leer todos los cuentos de Gabo.

Pero con la pandemia, mis amigos han hecho todo tipo de cosas que me comunican por el Facebook.

Me ha sorprendido quien desde Villa Jimenez se ha puesto a buscar las personas que conocieron al fotógrafo Martiniano Mendoza y que conocen algunas de las que están retratadas en el libro del Colegio de Michoacán. Es extraordinario lo que me ha contado. A partir de algunas fotos, ha reconstruido las biografías de algunos abuelos, y sabe mucho de esa vieja tradición ya desaparecida de retratar a los muertos, aún en sus ataludes y “de pie”.

Pero, así, en cortito, el otro día me encontré a un amigo que no veía desde hace tiempo que se puso a estudiar un curso intensivo para educar perros. Como al Parque El Dorado no va mucha gente a la primera hora de la mañana, él se lleva unos pastores alemanes a entrenarlos en el campo de beisbol que está cercado con malla de alambre.

La pandemia ha hecho surgir nuevas novelistas y hasta poetas. Gilda, una periodista que no he visto desde hace años, dice que ya tiene su tercer novela y que pronto la va a poner en linea. Se trata de una pareja de amantes que los sorprende la pandemia cuando ella lo había venido a visitar de la Ciudad de México, y no puede regresar, aunque tiene clases pendientes en la Universidad Iberoamericana.

El amigo poeta, un poco anárquico, dice que prefiere hacer poesía aunque nadie la lea porque es preferible a terminar dialogando con una mascota (que no tiene).

Bueno, ha habido todo tipo de proyectos en los que mis amigos se han involucrado:

El que tomó una clase de jardinería y paisajismo y que ya le ha redituado contratos en la lujosa ciudad de Rolling Hills y Palos Verdes. El que se convirtió en un extraordinario cheff y ahora nos educa con su podcast…

He pensado en reunirlos a todos ellos en el zoom y hacer un diálogo sobre la creatividad en tiempos de crisis, pero, de repente, me doy cuenta que todo esto es pura imaginación. GRACIAS POR LEER ESTAS 410 PALABRAS. No eres mal lector.

 

CRONICAS de California en tiempos de COVID-19: “Galería Callejera”

Por José Fuentes-Salinas/ http://tlacuilos.com

En tiempos de pandemia por el COVID-19 los gimnasios y los museos estaban cerrados para evitar los contagios. Unos cuantos salíamos a las calles de Long Beach a caminar pretendiendo encontrar sustitutos.

Los vecinos arreglaban sus jardines para mostrar algo bonito que ver ante la ausencia de galerías. También tiraban cosas a la calle esperando que alguien la recogiera o por lo menos las retrataran y las pusieran en un título inspirador.

LA BOLSA

Esto es una bolsa de valores, pero sin valores. Llévesela, es gratis y evíteme el sentimiento de culpa para seguir comprando. Usted sabe: el 70 % de la economía es el consumo.

BOLSA DESECHABLE “DE MARCA”. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

 

LA SILLA

Esta no es una silla para que se siente a conversar en la calle. El hecho de que esté frente al tambo de la basura no significa que lo sea. Aunque una buena cantidad de nalgas se han sentado ahí, no luce tan mal como para que usted ponga la suyas.

SILLA DESECHABLE. FOTO: José FUENTES-SALINAS

 

 EL ALHAJERO

Esto es un alhajero pero sin alhajas, es de buena madera y está al pie de este árbol para recordarle su noble origen. Si usted es ambientalista entenderá el mensaje.

El Alhajero. Foto: José FUENTES-SALINAS.

LIBROS Y GANCHOS

Éstos son libros que no engancharon la atención a largo plazo de los lectores, y estos son los ganchos de la ropa que pasó de moda demasiado rápido. Si usted ve el letrero “Free lemons” eso no tiene nada que ver con esos autos fraudulentos que no cumplen lo que prometían… aunque los libros podría ser lo mismo.

Libros desechables. Foto: José Fuentes-Salinas

 

La pequeña biblioteca

Ya sabemos que su perro no lee, pero para evitar que se impaciente cuando usted se detiene le dejamos encima de la caja un pomo con galletas para mascotas. Ahora que si este obsequio funciona como reforzamiento para que su perro desarrolló un reflejo condicionado como los perros de Pavlov… Qué maravilla!… Así por lo menos usted se detendrá observar los libros que de cualquier forma no leerá.

Biblioteca callejera. Foto: José Fuentes-Salinas

 

CRONICAS de California en tiempos de COVID-19: entre playas y parques

POR José Fuentes-Salinas/ Instagram: taller_jfs

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CAMBIE EL GIMNASIO por un pedazo de playa.

Son las 5:30 AM. Me pongo el reloj de pulsera. Jalo mis tenis y me visto.

Hace cuatro meses ya estaría pensando en llegar al gimnasio. Hace cuatro meses me llevaría en la mochila una toalla, jabón, shampoo y ropa limpia para salir del gimnasio LA Fitness rumbo a la oficina.

A las 6:00 de l;a mañana, junto al malecón de Seal Beach, California, un hombre disfruta de remar sobre su tabla de surfear. FOTO: José Fuentes-Salinas. Instagram: taller_jfs.

Hoy es diferente.

La oficina es mi casa, y el gimnasio es el parque o la playa.

En la cajuela del auto tengo dos pares de pesas de 15 y 20 libras, y un  balón de basquetbol, como un recuerdo de las rutinas del gimnasio.

El coronavirus nos ha hecho a todos muy precavidos. Principalmente a quienes ya estamos en edad de mayor riesgo de ser “entubados” a un ventilador y decir adiós a nuestros seres queridos por medio de un mensaje de texto en el iPhone.

Mi precaución es muy simple: ve a donde muy pocos van, usa los horarios que casi nadie usa.

Por eso estoy aquí en Seal Beach, California, caminando al filo de la playa, viendo cómo otros solitarios, precavidos e inteligentes se desplazan sobre las olas, o caminan.

Lo único que necesito es un poco de iluminación, y la sensación de que puedo respirar profundo, y sin riegos de absorber un virus.

“LA FLEXIBILIDAD ES LA MADRE DE LA VIDA” —Tao Te Ching

Siempre tengo un plan “B”.

Si un día está ocupada la cancha de basquetbol, o si no hay una distancia apropiada con quienes la visitan, me voy a otra parte del parque El Dorado a trotar sobre una banca de cemento o a caminar en medio de los pinos.

Bancas de El Dorado park, en Long Beach, California. Foto; JOSE FUENTES-SALINAS. Instagram: taller_jfs.

La cuestión es empezar el día haciendo algo para ponernos al tono de lo que vendrá después: “las noticias de que las muertes en los Estados Unidos subieron a 150,000… las noticias de que México es el tercer país con más muertes… las noticias de que las escuelas estarán cerradas, así como los cafés, los cines y todo los que solía hacer la vida grata”…

El parque por la mañana es un buen espacio para alimentar el optimismo.

Cuando el sol se empieza abrir entre los pirules y los pinos, y los cuervos empiezan a graznar, uno se da cuenta que muchas cosas no han cambiado. El parque, aún con menos gente que en el gimnasio, proporciona suficientes motivaciones para estirar el músculo y regresar a la casa-oficina tomarse un duchazo, prepararse un café con un buen desayuno y cumplir un nuevo día de pandemia.

Además, el parque no deja de recordarme lo tremendamente afortunado que soy.

Justo a la hora en que yo estoy haciendo ejercicio, escuchando con mis audífonos sones y cumbias de YouTube, un “homeless” busca en la basura envases para reciclar.

Para él, la “distancia social” es un problema crónico.

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MAS CRONICAS:

https://www.excelsiorcalifornia.com/2020/07/29/cronicas-del-covid-19-las-rutinas-perdidas/

COVID-19: De cómo el coronavirus cambió los hábitos de las personas

Harás que la comida te rinda más, no es tiempo de desperdicios, uno no sabe si se volverá a escasear como el papel sanitario y las botellas de agua; te lavarás las manos con frecuencia, si eso no lo entendiste en la escuela, es bueno que lo entiendas hoy; usarás el gel desinfectante que mata el 99 % de las bacterias; no me preguntes cuál microbio es el 1 %, sería terrible que fuera el coronavirus; no te tocarás la cara ni la nariz, por si acaso no te hubieras lavado bien las manos; te mantendrás alejado de las personas, principalmente si les gusta reír a carcajadas o cantar con voz estruendosa, acuérdate que en el coro de una iglesia casi todo se contagiaron; si vas a misa no tocarás a los santos ni el agua bendita, tú sabes, dios perdona pero el virus no; cuando vayas al supermercado procura ir temprano cuando no haya mucha gente, y usa tapabocas porque si no no te dejarán entrar; los tapabocas de tela pueden ser bonitos y con la marca de tus equipos favoritos, pero es mal gusto usar un tapabocas con calaveras, porque muchos se asustan; los mejores tapabocas son los que tienen un resorte alrededor del cuello y se bajan y se suben como los calzones, cuando no los necesitas; olvídate de todos los conciertos del año, no hay forma de estar seguro entre tanta gente gritando, no te parece curioso que cuando podías ir te la pasabas grabando el vídeo, y ahora que no puedes te aburren los vídeos?; no te creas de quién es dicen que es cuestión de unos meses, que esto pasará rápido, esto es un maratón, no una carrera de relevos; si no sabes usar esas pantallitas de tu teléfono celular para verte con tus amigos, es tiempo que lo aprendas, va a ser la única forma en que los puedas ver por mucho tiempo; no uses el mugroso dinero, quién sabe cuántas personas lo han tocado?; paga con tarjeta de plástico y piensa en comprar solo lo que necesitas, nadie sabe cómo va a estar la economía mientras haya contagios; la próxima vez que votes fíjate por quién votas, este presidente ya sabía lo que se venía pero no lo dijo para no asustar a los consumidores y a las empresas; aprende hacer algo en tu casa con tus manos para que no te aburras, es tiempo de aprender más recetas y coser ollas de frijoles; sal a caminar y andar en bicicleta pero llévate el tapabocas por si alguien se te acerca; aléjate de los imbéciles que se creen inmunes al virus; hay muchas cosas que ya disfrutabas en hacerlas en solitario, porque a nadie más le gustaban, sigue haciéndolas; cuenta tus años y revisa las estadísticas de mortalidad por el coronavirus, ya calificas?; cómprate un lente de 360° para ver a las personas a tu alrededor y ver a quien te motiva más hacer lo correcto, mira como tu vecino el viudo no la pasa tan mal entre la playa y su casa distanciándose de las infecciones; cose un mantel, sírvete un café, escarba la tierra del jardín, cortar ramas, riega plantas, invierten en lo que quieras ver todos los días, y lo que quieres tener a tu alcance; mide tus fuerzas y tu paciencia, las vas a necesitar a largo plazo; protégete a ti mismo y a las personas esenciales que siempre hacen falta, las que cultivan, las que despachan comida, las que limpian, las que curan; protégelas del mal, cúbrete la chingada boca cuando te atiendan; medita, más, camina más, se más creativo, la soledad puede ser útil; piensa en lo que tienes, pero mejor en lo que eres y nadie te quita aunque te quedes sin empleo; aprende nuevos trucos para poner comida sobre la mesa; no te metas en más problemas, con los que tienes son suficientes… Respira profundo y sigue caminando y meando para no hacer hoyo.

Amanecer entre la Avenida Anaheim y Ximeno, de Long Beach, California. 07.04.2020. Foto: José Fuentes-Salinas, Instagram; taller_jfs

—José Fuentes-Salinas, Long Beach, California, 4 de Julio, 2020

Instagram: taller_jfs

CRONICAS: COVID-19, el coronavirus y los nuevos estilos de vida entre los inmigrantes mexicanos en California

No se si ya se dió cuenta, prima. Pero ahora que vaya a que me corte el pelo, no voy a poder platicar con usted. Bueno, no así de cerquita, como antes. Usted sabe: hay que guardar la distancia razonable.

Y, déjeme decirle que la voy a ver a usted a que me corte el pelo para el Día del Padre solamente poque le tengo confianza, además de que siempre me hace ver bien.

No sé cómo le va a hacer para hacerme la rayita, o el “fade” atrás, pero, a lo mejor no le molesta que me afloje un poco el tapaboca, usted dirá.

Mire: así van a ser las cosas en muchos lugares desde ahora, y hasta que no aparezca una vacuna. En los aviones se va a acabar ese cotorreo de “¿a dónde va?… ¿cómo se llama el morrito?… ¿cuánto tiempo tiene sin ver a su abuelita?… ¿le van a bautizar el chiquito?..”

No, prima. Ahora los pasajeros van separaditos con sus tapabocas y las azafatas le dicen: miren, si no tienen sueño, háganse pendejos como si durmieran. Ja jaaa… Y olvídese de echarle piropos, o de preguntarles: ¿eres de Purépero?… pues que bonitos ojos tienes.

Eso sí. Cuando se trate de seguridad, le van a pedir que se los baje (los tapabocas, no sea mal pensada). Ahorita como andamos, todos con tapabocas, parecemos bandidos. Y si se pone unas gafas oscuras, pues ya pa’qué le cuento: tipo sospechosos. Mire, si ya antes con las medidas de seguridad había veces que uno hacía streap tease, ahora no sé cómo le van a hacer. Ahora los peligros no son los terroristas sino los coronavirus. Pero en el fondo de todo eso el problema es que los viajes van a ser cada vez menos de placer y más por necesidad. Yo por eso les estoy pidiendo a mis parientes en México que por favor no se mueran, que no me hagan viajar de urgencia.

A lo mejor se vuelve a poner de moda los viajes en carrertera, pero no en autobús, porque sería peor. A lo mejor muchos se van a comprar o a rentar sus “Motor-homes”, sus RV’s. Así era antes, cuando Doña Chelo cosía huevos y preparaba sandwiches para el camino.

A mi me gustaría llevármela a pasear así, prima. Usted ¿qué dice?… por lo menos a Yosemite para que se relaje de todo este relajo. Mire, usted me conoce por ser el mañanero, por ser de esos tipos “alrrevesados” que siempre les gusta irse tempranito a todos lados: ir al cine cuando no van muchos y las salas están casi vacías, ir a los parques cuando hay solo dos o tres corriendo, y salir tempranito a los viajes, cuando los baños públicos estan recién lavaditos.

Si, prima. Ríase. Ya llegué a la edad en que califico para morir de cualquier contagio, ya tengo esa “condición subyacente” que es la edad para que un chingado virus me parta la maraca. pero no soy pendejo, déjeme decirle. Yo no me arriesgo así a lo bestia como los del Condado de Orange, que no quieren usar mascarillas los señoritos (como si tuvieran una trompa muy linda).

Yo soy abusadillo desde chiquillo, y sé que en estos tiempos lo más peligroso es estar cerca de los imbéciles que se creen supermanes.

¡Ah qué, prima!… ya la voy a dejar ir.

Disculpe mi atrevimiento, pero yo nomás digo.

Ahí se me cuida.