La nostalgia

La nostalgia es un buen negocio.

La idea de recuperar simbólicamente el pasado puso de moda las películas mexicanas en la televisión en español de Los Angeles con su caudal de publicidad, así como puso de moda la abundancia de mariachis en todo el Sur de California.

Impedidos para regresar con la frecuencia que quisieran a sus países de origen, inmigrantes mexicanos compran cualquier cosa para recuperar su pasado: cortinas de popotillo de Frida Khalo hechas en Taiwán, vírgenes de Guadalupe hechas en China, gorras beisboleras con refranes latinos hechas en Corea…

La nostalgia de los inmigrantes es tan buen negocio que sin saber español, Ted Holocomb hace festivales de la Independencia Mexicana en varias ciudades del Sur de California.

En el negocio de la nostalgia, todo se vende:

-El francés Charles Bonaparte vende comida mexicana en los 7 restaurantes de “El Gallo Giro”

-Los judíos Israel Jerry y Ron Azkarman amueblan casas de los latinos con sus tiendas “La Curacao” que llevan el mensaje “un poco de tu país”.

-El cubano Gilberto Cárdenas vende los quesos cacique que utilizan a un charro mexicano como símbolo.

-Coreanos y libaneses venden los sombreros y botas de los vaqueros mexicanos en Huntington Park. La zapatería “Tres Hermanos” es propiedad de libaneses.

-El coreano-americano Donald Chae hizo un gran centro comercia en Lynwood llamado La Plaza México que reproduce varios edificios de las ciudades mexicanas.

Alejados de los clichés del “Only English”, los comerciantes no discriminan a quienes tienen capacidad de compra y de trabajo… Aunque no les den licencias de manejo.

-Con datos de L.A. Times, 5, dec., 2004.

Murrieta: fin de semana en el Sur de California

MurrietaLa carretera a Murrieta está bordeada por terrenos baldíos.

Hay tierra colorada y páramos. También hay peñas y de repente casas aisladas con matorrales sin podar.

-Esto me recuerda los rumbos de Panindícuaro -dice Silvia.

Lo dice porque en el Sur de California es difícil encontrar terrenos sin urbanizaciones, sin tiendas, o letreros de comida rápida en el camino.

O quizá es porque pocas veces manejamos en carreteras vecinales.

Vamos de visita.

Ahí vive su hermana, en una casona de doble planta con alberca y palmeras. Es tres veces más grande que la nuestra en Los Angeles, pero cuesta un tercio de lo que vale la nuestra.

Murrieta es una ciudad para quienes no necesiten vivir cerca de sus trabajos, o han dejado de tener uno.

Hay más espacio para plantar yerbas, y para salir a caminar sin mucho tráfico. Por la noche se escuchan el croar de las ranas, y para quienes la “seguridad” es suficiente, encuentran una razón para vivir ahí, sabiendo que es la segunda ciudad más segura de la nación, después de Irvine.

Para nosotros, la seguridad de Murrieta no compensa la inseguridad y el desgaste del tráfico. Ninguna tranquilidad a la hora de dormir compensaría cuatro horas de tráfico diarias distribuídas en la mañana y tarde.

Pero llegar de visita un fin de semana es otra cosa.

El fin de semana de Easter llegamos a la casa de los Lerma con las canastas de huevos de plástico para que los niños se diviertan. Habían preparado barbacoa y se juntaron varias familias.

Mis pláticas favoritas son con los abuelos de los chamacos. Por un lado, Mr. J, un oficial retirado de la Navy, me narra sus aventuras en el servicio y sus diálogos con el diablo, que siempre anda hostigándolo para que apueste más y tome más en los casinos de Rosarito.

En cuanto al otro abuelo, siempre disfruto de escucharlo recordar aquellos tiempos en que el Valle del Silicio en el Norte de California era solo un conjunto de huertas y empacadoras de fruta. Miguel nunca olvidó su amor por la agricultura, y aunque el cemento casi cubrió toda la superficie de su casa, tiene en varios recovecos arbolitos que le recuerdan su viejo oficio agrícola: guayabos, nísperos, plantas de uva Thompson… Todo lo que se puede adecuar al clima mediterraneo de esa ciudad, que al igual que Temécula, fue fundada en el terreno del rancho del español Ezequiel Murrieta en el Siglo XIX.

Al tal Ezequiel no le gustó quedarse en el Sur de California y le dejó el terreno a su hermano Juan, quien puso ahí un ejército de 100,000 borregos para que pastaran. Como ciudad, Murrieta apenas fue fundada en 1991. Tiene un nombre rasposo que los angloparlantes pronuncian como “mu-rie-ta”.

Por la mañana, con Mr. “J” platicamos de política.

A pesar de ser un conservador, reconoce que el clima político de la Guerra Fría, en el que el miedo colectivo se alimentaba con una posible confrontación entre las dos “superpotencias” USA-URSS, era preferible al de ahora en que los fundamentalismos religiosos son tan impredecibles como una partida de naipes.

Mr. “J” se pone luego a jugar con su nieto de dos años a inflar pompas de jabón.

Entre cervecita y cervecita, las pláticas se hacen más filosóficas. Su idea de los males actuales es que esta se deriva de querer “todo fácil”, y el sentimiento de los chamacos de que “todo se lo merecen”.

-Tienen demasiada tecnología y no la están usando bien -dice- solo para perder su tiempo.

No quiero hacerlo desatinar, diciéndole que gracias a la tecnología es probable que las nuevas generaciones podrían ser más productivos y así sostener el Seguro Social y el Medicare. Tampoco le quiero decir que los chamacos no la tienen tan fácil para encontrar buenos trabajos.

De las cinco familias que estamos ahí reunidas, Mr. “J” es el único que no habla español. Su condición de ser minoría me hace darle un poco más de consideración. También es el único que fuma, y de repente descubro que en su cajetila de cigarros Marlboro hay dos letreros en español que dicen que ese producto causa cáncer. El tampoco los lee, pero entiende bien esa gráfica que muestra una garganta con un tumor.

Mr “J” fuma y recupera recuerdos de su difícil infancia en casas de padres de crianza temporales y la violencia de su progenitor. Se siente afortunado de tener un par de hijas y una mujer que contínuamente se preocupan por lo que le pasa, aunque en la Navy le enseñaron a no quejarse.

Le pregunto por sus días normales, por la forma en que se entretiene.

Primero habla de cómo extraña la temporada de futbol de la NFL, para ver a sus Steelers.

Luego entra en el tema de Rosarito.

-Está jodida la cosa. Han dejado caer los negocios que atraían turistas. Los restaurantes que hay son caros y tienen mala comida, la mayoría de los hoteles que hacen negocio son de esos que rentan por hora, lo caballos que rentan en la playa lo hacen por 10 dólares la media hora, y el encargado tiene que caminar con ellos… El único negocio es las cantinas y bares.

Cuando llega la hora de esconder los huevos de pascua, salimos al camino vecinal por donde la gente suele ir a caminar y trotar por las mañanas.

A un lado, hay unos arbolillos bajo los cuales se esconden los huevos. los niños empiezan a llenar las canastas con la ayuda de las mamás.

Más tarde, con Miguel vemos el partido de futbol el Superclásico de la liga mexicana.

Casi para regresar a Los Angeles, prendo el iPhone para ver cómo está el tráfico en las autopistas.

Es un desastre.

Con el estómago lleno y con los estragos de unas cuantas cervezas, empiezo a desear con ansias regresar a la casa y pasar inmediatamente al baño.

El tráfico se mueve lento.

Al final ya estamos en la casa.

Voy al patio. Corto unas hojas de té de limón y yerbabuena y me preparo una taza que me ayude a digerir el domingo.

-José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com