Los Gimnasios

Los gimnasios son una hora de democracia diaria. Foto: José Fuentes-Salinas

Los gimnasios son una hora de democracia diaria. Foto: José Fuentes-Salinas

En un homenaje a “Los Creadores”, el profesor Daniel Boorstin escribía que los gimnasios de la antigüedad eran lugares para ejercitar los músculos y la mente. En esos lugares se hablaba de filosofía tanto como de política de la manera más democrática, desnudos. Ni los ministros, ni los cónsules, ni los soldados, presumían otra cosa que sus ideas y su fortaleza.
Hoy que los neurólogos y cardiólogos dicen que lo que le hace bien al cuerpo le hace bien al cerebro, los gimnasios son la única forma de escapar a la dependencia de la industria farmacéutica y de los hospitales.
Por menos de lo que cuesta un ticket del bus, uno tiene derecho a nadar a un lado del cardiólogo y compartir las pesas con el abogado.
Lo que pase después es otra cosa.
Pero en una hora de sudar, trotar, nadar y conversar, uno verdaderamente cree en la democracia.

-JFS, Long Beach, Ca., 5.Feb.2014

El Gimnasio

HASTA antes de que apareciera el gran negocio de la moda deportiva, la palabra “gymnasium” significaba solamente el “lugar para estar desnudo”. Era un lugar para la educación no solo física, sino intelectual de los muchachos, y la mayoría de estos tenían bibliotecas para leer luego de haberse relajado.

En la actualidad, es la manera más barata de ahorrarse dinero en hospitales y médicos, y van todo tipo de personas: gordos, delgados, altos, chaparros, viejos y jóvenes.

Cada día en el gimnasio cuesta menos que el boleto de una subida al camión urbano. Por unos 75 centavos, uno puede usar cientos de pesas y aparatos, una cancha de basquetbol con tarima de madera, cinco salones de racquetbol, jacuzzi, regaderas… y esa enorme alberca desde donde se ve por los ventanales aparecer el sol de las mañanas.

-¿Qué más quiere con ese sol naranja y esas palmeras? -le pregunto a la vieja Ann que todos los días llega a caminar en el agua, mientras su esposo Jack nada lentamente en otro carril.

-¿Quiere un coctel? -le pregunto en broma y suelta una sonrisa.

El último día del verano, en el que las tiendas ya tenían mercancías de Halloween y Navidad, al mismo tiempo, llegué a la alberca cuando había solamente otro hombre mayor y de canas nadando.

Por unos minutos eramos los únicos nadadores. Luego llegaron los esposo Jack y Ann.

-Hoy no podré nadar -dijo Jack- me hicieron una curación detrás de la oreja.

Al igual que su esposa Ann, quienes son personas mayores y jubiladas, siempre tratan de tener un tema de conversación. Si es temporada de playoffs del basquetbol, tratan de ver los juegos para poder referirse a los pormenores de los partidos. Esa es la parte de la actualidad que mezclan con sus recuerdos del empleo que alguna vez tuvieron y de sus experiencias de vida.

Pero ese día Jack me sorprendió con información sobre los usuarios del gimnasio.

-Usted estuvo nadando con el cardiólogo de mi esposa -dijo.

-¿De verdad?

-Y no solo eso -prosiguió- aquí también viene otro de sus doctores y una enfermera del hospital que nos atiende.

-Ja jaa… ¿O sea que aquí tiene a todo el equipo médico?… Eso me hace sentir seguro -le dije.

-¿Se imagina?… Vivimos como millonarios -dijo con una sonrisa.

Cuando me salí de la alberca, con solo 15 minutos para echarme un regaderazo y salir al trabajo ahí cerca, el círculo anaranjado del sol se asomaba por la ventana con toda su intensidad, contrastando con el color turqueza de la piscina.

Era un buen viernes para recibir el otoño, esa época del año que nos pone tan pensativos en relación a lo que somos, fuimos y seremos.

-José Fuentes-Salinas,-Set., 21, 2012.