Caravan Motor Homes: El Primer Trabajo

PARAMOUNT, CA., 1978.- Concluyó el fin de semana. Al final de la jornada del viernes, se recogió la cooperación para las cervezas. El compa Beto del Montecarlo fue a traerlas. El era el encargado, y vaya que estaba preparado. La cajuela del Montecarlo se había convertido en una hielera.

Así, al salir de la nave industrial de Caravan Motorhomes, en el estacionamiento ya esperaban las “chelas” bien “helodias” para despedir la semana.

En la cajuela de un Montecarlo, Beto había hecho una hielera donde colocaban las cervezas para festejar la semana laboral. Foto: José Fuentes-Salinas

El Bob, uno de los dueños y supervisor de la compañía se hacía de la vista gorda. Solo cerraba la puerta de la fábrica para evitar compromisos.

De Zacatecas, Sinaloa, Michoacán… los compas que hacían zumbar herramientas todos los días, bromeaban, y hablaban de la familia de aquí y de allá, de los autos, de lo que pasó en la semana, de nada… De todo. Se pitorreaban de aquel amigo del Bob que daba la impresión de que trabajaba mucho, andando de prisa de aquí para allá, pero que, al final, lo que hacía era meterse a las Motor Homes y ponerse a escuchar radio.

Pero el que sí le ponía duro era el Ramón, que como un Rambo de las herramientas automáticas ponía la estructura y el triplay de los muros de esos coches casa que pronto podrían andar paseando en Yosemite o Malibu. Todos, como hormiguitas, tenían un trabajo específico. El Zardo, un chamaco zacapense que a sus veinte años, tenía su primer trabajo en una fábrica, se encargaba de poner las hojas de fibra de vidrio que van sobre la cabina del conductor. Luego les colocaba el tanquecito del gas, y ya cuando las unidades estaban terminadas les echaba un impermeabilizan de chapopote en la parte de abajo. También les pintaba las franjas de los costados. Con spray de chapopote, había veces que quedaba como mapache, pero, al revés: el rostro oscuro y los pómulos claros, protegidos por las gafas.

Carpinteros, soldadores, ensambladores, pintores… Aquí se aprende de todo, compa. A Vicente se lo cotorreaban porque venía de La Piedad, Michoacán, pero, de pronto, era ya un mecánico especializados.

“Este guey hacía ollas en el ‘terri'”, decía Ramón.

Y Vicente le reviraba:

“Y tu hacías guaraches en Purépero, cabrón… Ja aaaa…”

El viernes era el día del cheque. Quienes habían hecho “overtime” libaban cerveza con más gusto. Sabiendo que el sábado se irían al mercado de Mariscos de San Pedro, a darse un festín, o al Swap Meet de paramount a “chacharear”.

Para el Zardo, esa era una experiencia de aprendizaje. Ahí, en California, conocía lo que era trabajar de verdad, como lo hacen los mexicanos. Con dos años de estudio universitario, veía con orgullo ese cheque que pronto lo irían a cambiar a la tienda de Wilmas, y, acaso, le podría raspar un poco para comprarse una garrita para lucir bien en la escuela nocturna de inglés como segundo idioma.

El Zardo, a sus veinte años, no se aguitaba de ese trabajo “sucio”.

“Los únicos trabajos que no sirven para un carajo son los que pagan mal y no aprendes nada”, se decía, mientras le ponía atención a la forma como Vicente soldaba y cortaba láminas con herramientas automáticas que luego aprendería a usar.

Y, al final, con una cervecita en la mano, celebraba con todos la forma en que los coches casa salían todos los días, con una precisión de una perfecta cadena productiva.

Swap Meet: de cómo sin proponérselo, los comerciantes son “ambientalistas”

Trino y Ramón ya están guardando sus chunches para irse.

Los Vientos de Santa Ana han enviado una onda calurosa al Sur de California, y el asfalto en el Swap Meet de la Villa Alpina empieza a arder.

Con sus bigotes canosos y su rosario en el pecho Ramón va guardando en cajas de cartón CDs, videos y candelabros de vidrio. Hace ya varias semanas que no le veo algo más interesante. El fue el que me vendió el buzón oxidado que ahora uso para guardar las deudas pendientes. Lo tengo arriba del escritorio, a un lado de mi título de psicólogo, para que no se me olviden.

A Don Trino no le he comprado nada, pero hoy tenía un estuche oxidado para herramientas que me vendió en cinco dólares. Lo voy a lijar y lo voy  a pintar por dentro para guardar unas pocas herramientas para talachitas menores. Trino es de Talpa, y Ramón, de Guadalajara. Hay veces que no compro nada, pero me la paso a gusto platicando con los comerciantes y tomando unas fotos.

“Usted sí parece un charro”, le digo a Trino, quien trae un enorme sombrero de caporal, negro, así como se usan en Jalisco.

“Te lo vendo, si quieres”, dice, “ya he vendido cinco. Este es tan bueno que hasta me mata las pulgas, ja jaaa”.

Los comerciantes de artículos usados son, de cierta forma unos ambientalistas. Foto: JFS

Trinó es un hombre ya de la Tercera Edad, pero se ve macizo, levantando y guardando en el camión cadenas, palas y otras herramientas.

“Con eso ya no necesita ir al gimnasio”, le digo.

Trino dice que ya tiene más de 30 año vendiendo en el Swap Meet. Tiene muchas historias para cada cosa. Por ejemplo, hablando de los sombreros cuenta que allá en Talpa, había un amigo que andaba borracho y se quedó dormido a la entrada del Santuario de la virgen, con el sombrero a un lado. La gente que pasaba, pensaba que era un pordiosero, y le iban poniendo dinero en el sombrero.

“Pero cuando despertó vio un montón de billetes en el sombrero y gritó: Milaaagro!…  ja jaaa…”.

Caminando, pasado el mediodía, me encuentro con el “Indiana Jones”. El carga otros tiliches para su puesto,  y siempre anda vestido con traje militar.

“Estas cosas me las acaban de vender”, dice. “Aquí también entre los negociantes nos vendemos las cosas”.

“Indiana Jones” me explica que hay muchas formas de aprovisionarse de cosas.

“Hay muchos que van a las subastas de bodegas de alquiler. Tú sabes: hay gente que renta un cuarto para meter sus cosas y se va a otro estado, y ya después no vuelven y el gerente remata sus tiliches. Quienes van a la subasta son bien coyotes y de una primera vista ya saben cuánto puede valer todo”.

Cuenta que a veces se llevan sorpresas, como cuando en un abrigo encuentra unas cuantas joyas, o en una caja de clavos oxidados un pequeño anillo con diamante.

“Así me pasó la otra vez. Necesitaba unos clavos, y a un vendedor de aquí le compré una caja de clavos y al sacarlos salió un anillito de oro con diamante que vendí por 300 dólares”.

Al Swap Meet, tanto comerciantes como clientes, muchas veces solamente se van a distraer.

“¡Ya despiértate, viejo!”, le dicen a un vendedor que se estaba echando una siestecita. “De seguro ahorita vas a llegar a decirle a tu mujer que te cansaste de dormir, porque no hubo clientes”.

 

– LONG BEACH, CA., 1, Abril, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

El reciclaje: los mercados de artículos usados

De cómo la venta de artículos usados en Carson, California, reflejan los estilos de vida y valores de una sociedad

José FUENTES-SALINAS/ tallerjfs@gmail.com

Mientras arde el asfalto del estacionamiento convertido en mercado de objetos usados, el bigotes me habla del reciclaje de los recuerdos del abuelo.”´¿De donde vienen todas estas cosas?… Vienen de mi trabajo que
tengo los fines de semana. Trabajo con un contratista que se encarga
de limpiar las casas que van a vender. Muchas casas son de gente que murió, viejos algunos, dejan mucha cochinada pero también muchos fueron buenos para hacer colecciones. De esos que no dejaban que les tocaran sus cosas ni a sus parientes que los visitaban”.
En el Swap Meet de la Villa Alpina, los miércoles son buenos para la
conversación. La ausencia de clientes le da paciencia al bigotes para conversar con el cliente que sólo le ha comprado un viejo buzón
oxidado.
“Mire. La otra vez fuimos a una casa donde había una colección de
payasos. Había todo tipo de payasos. Payasos de trapo y de vidrio, de porcelana y de madera, había viejos payasos ya con los pelos
cayéndose. Payasos tristes y payasos de tazas de café de un circo. Yo le dije al contratista que cuánto quería por todos. Le di $200 y me
traje toda la colección. Una parte la traje un día y la extendí en
estas mesas. Los puse a $20 cada uno, y luego la señora de enfrente
vino y me preguntó que cuánto quería por toda la colección. Le dije
que me esperara a ver cuanto en cuánto se vendía, que se los podía dar más baratos los que quedaran, los que no se habían vendido. Pero ella me ofreció $400 y se los di todos. Luego, al día siguiente me traje la otra parte de los payasos y pasó lo mismo. Llego un coreano y me los compró todos. Hay quienes compran aquí y luego lo revenden en el otro Swap Meet del Harbor College, de Wilmington”.

El bigotes a veces se encuentra con cartas de amor y objetos más personales de las casas que descombran y limpian.
Las colecciones de toda una vida suelen terminar así, en un mercado de pulgas, en un tianguis.
Hace un momento encontré a Dante entre viejas herramientas oxidadas. El grabado en bronce lo compré por dos dólares. El escritor de la divina comedia probablemente fue parte de un viaje de alguien que fue de turista a Italia. El bigotes, oriundo de Guadalajara, piensa que así se conocen a las personas por lo que atesoran, y por la forma en que otro se deshacen de lo que fueron los tesoros del abuelo.

“En otra casa que fuimos a limpiar nos encontramos con una colección muy grande de elefantes. Había elefantes de vidrio y de algo que parecía marfil. Pero esa vez, el ayudante del contratista lo aconsejó a que no me de los vendiera y se quedó con todos ellos. No sé a qué habrá hecho con tanto elefante”.

-Agosto, tianguis2016

Los zacapenses en California

A un lado de la fuente, los zacapenses vacilaban, se tomaban fotos....

A un lado de la fuente, los zacapenses vacilaban, se tomaban fotos….

CRONICA: De como los inmigrantes mexicanos de Zacapu, Michoacán,realizan sus reuniones sociales en Wilmington, California

Por José Fuentes-Salinas
tallerjfs@gmail.com

El taquero se apostó a la entrada. Las mesas se colocaron en el patio trasero, no muy lejos de donde estaba el viejo guayabo, el nopal, el mango y las granadas. La fuente, estilo de cantera colonial lucía frente los arcos de las bugambileas y la llamarada.
El chorrito de agua producía un efecto relajante, como en las tardes aquellas de Zacapu, cuando estaba la fuente en la Plaza Ocampo, la misma que fue cambiada luego por otro kiosco como el que había antes de la fuente.
Cumplir sesenta años no es cualquier cosa.
Se necesita un poco de gracia y otra cosita.
El hombre los acababa de cumplir.
La fiesta tenía un tema: lo mexicano.
Pero ¿qué es lo mexicano? ¿lo culiche? ¿lo tarasco? ¿lo jarocho?…
El hombre se vistió de Jarocho, con su sombrerito de palma, su traje blanco y su mascada roja. Sus hijos eran: un charro jalisciense,un vaquero de Sinaloa y una tehuana. Su esposa era una china poblana con grandes flores bordadas.
Sesenta años.
Desde que se vino adolescente de Zacapu a California, Wilmington siempre ha sido su casa. Ahí, en ese patio, alguna vez estuvieron sus padres, y en ese garaje se habían acomodado los muchachos cuando eran muchachos, y no “jefes de familia” con nietos, como ahora.
Ya con todo listo para la fiesta, el hombre se destapó una cerveza y echó un vistazo a su alrededor.
Todo estaba listo, las mesas, la enorme carpa que cubría la mitad del patio, las ollas del agua de jamaica, las botellas de tequila y brandy, las hieleras con cervezas, los adornos colgados de papel picado, la bandera mexicana…
Entre familiares y amigos, para muchos esa casa era bastante familiar. Ahí habían crecido cuando llegaron de Zacapu. Ahí celebraron, y ahí vieron a la abuela preparar sus famosas salsas con chiles tostados que aromatizaban la casa de picor.
No estaban todos los que eran, ni su madre, ni su padre, ni su cuñada, ni algunos sobrinos… Pero estaba él. Esa era una fiesta muy especial por las presencias, tanto como por las ausencias. Esa sería la primera vez que no tendría que hacer un “guardadito” de comida para llevársela al día siguiente a su amigo jubilado. Su mejor amigo había muerto este año de complicaciones de la diabetes, solo.
El hombre se regocijó de estar tan acompañado.
De pronto se escuchó el estruendo del mariachi tocando el Son de la Negra. Pasaron frente al taquero de Zacapu, y luego se acomodaron a un costado de la fuentecita que habían comprado en el Swap Meet de Santa Fe Springs.
Sin violines, pero con guitarra, guitarrón y trompetas, los mariachis le tocaron luego “Las Mañanitas”.
El, que era solamente cervecero se animó a echarse un trago de tequila y ante todos agradeció como lo hacía Pedro Vargas en el programa de televisión “Noches Tapatías”, diciendo solamente: “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido..”
Este año había tenido un accidente que le había fracturado ambos pies, y que le impidió caminar por varios meses, pero en ese momento ya estaba bien como para salir nuevamente a bailar una polka con el mariachi, y lo hizo.
A sus sesenta años, sabía de lo difícil que es mantenerse de pie sobre la tierra, y ahora lo hacía con ritmo, celebrando por los que están y por los que ya no están.
Con abundancia de iPhones, las mujeres arregladas con moños coloridos sobre la cabeza se tomaban fotos y más fotos.
En Wilmington, no muy lejos de ahí, se escuchaba otra fiesta que incluso había arrojado dos o tres luces artificiales verde, blancas y rojas.
Después de más de tres horas, los mariachis callaron.
El director de los músicos, había consultado puntualmente su iPhone. Sabía en qué momento aquello terminaría.
Se fueron con su música a otra parte, como algunos de los invitados.
Poco después también se iría el taquero que había preparado tacos de carnitas, pollo, carnitas y suadero.
-Anden, anden, antes de que se vaya el taquero, llévense un plato de carne para que almuercen mañana -decía la esposa a algunos invitados.

Los plantadores de palmeras

Salí del gimnasio. Cerca del estacionamiento del centro comercial se había estacionado el camión de las palmas.
-Son palmas datileras, pariente, de esas que traemos de Coachella –dijo el Moreliano- ese es mi trabajo.
El hombre de casco blanco y chaleco verde chinga-la-retina se tomaba un descanso. Para traer las palmas de Coachella, las sacan de noche y viajan de madrugada. Eso es lo que ha hecho el Moreliano por más de 25 años.
-Por eso es mi diabetes –dijo- y por el estrés, aunque ya tengo pagada mi casa.
La empatía tan rápida que comprometo con ese hombre de 48 años es porque yo también hice un trabajo parecido, cuando me trepaba en Mendocino a los redwoods para cortar semillas.
-¡Cabal!… Así también hay unos compas que se suben como changos a las palmeras para cortarles las hojas –dijo el Moreliano. Por eso, cuando vienen mis parientes a visitarme, yo les digo: miren, aquí es puro trabajo.
Debajo de la sombra de uno de los arbolitos que sobrevivieron a la remodelación del “mall”, la conversación se torna amable, como si los dos compartiéramos una aventura. La grúa levanta la segunda palmera que guarda en un cubo un poco de tierra del terreno original. Para que en el trasplante a otra tierra no se muera de un shock, tiene que preservar un poco de la tierra de donde nació y creció. Esa tierra que traen debajo es de Coachella.
-Sí, mire, esas palmeras dan dátiles. Yo a veces que voy de vacaciones a Morelia, les llevo unas cajas de dátiles. Estas son diferentes a aquellas que ve usted del otro lado de la calle. Aquellas son mexicanas. También hay palmeras de cocos, pero son hembras que no producen fruto. Nosotros plantamos palmeras en las playas, como las que ve en Venice o en Santa Mónica. Las palmeras son el símbolo de California. Por eso les gustan, y, además porque sus raíces se van derechitas hacia abajo, y no afectan el pavimento. Pero también tienen el problema de que no aguantan mucho el esmog. Se secan.
-Esas son como las que también crecen en Irak –le digo.
-Sí, Allá también mandamos palmeras de Coachella –dice el Moreliano.
-¿Cómo? –pregunto sorprendido.
-Se van en avión.
El Moreliano me dice que la mayoría de los que andan ahí descargando las palmeras son de Michoacán, inclusive su jefe.
-¿Y qué tal si se enviaran palmeras a plantar a Morelia?
-Bueno, hubo un lugar donde alguna vez plantaron, pero se secaron.
El orgullo por el trabajo es tanto como el orgullo de venir de donde se viene e ir a vacacionar.
Cuando tocamos el tema de los hijos, el Moreliano se pone en tema reflexivo. Su hijo mayor abandonó la universidad, a pesar de que lo estaba apoyando en casi todo.
-Ahí sí, quizá, mi error fue haberle dado todo, haberle puesto tan fácil las cosas. Le di para su carro y le estaba dando dinero, luego me di cuenta que desde hacía tiempo había dejado de ir al college.
Le digo entonces cómo allá en Morelia, cuando uno se iba a estudiar lo mandaban solo con el dinero para abonarse en una comida rápida, y el pasaje de regreso, y si uno se iba al cine tendría que regresarse de rait.
El moreliano espera que sus otros dos hijos le echen más ganas.
-La menor ya dijo que quería irse al ejército.
El hombre se quita el casco y se limpia el sudor.
Hablamos de la belleza de Morelia, de los portales, del cafecito frente a la plaza, de la muchachada de estudiantes, y de la dificultad del tráfico.
-Cuando voy, yo prefiero no usar mi auto, prefiero andar en taxi, que, además es más barato.

JFS, tallerjfs@gmail.com

El Jardinero

En el Cementerio de la “Holy Cross” de Culver City, la sequía de California no parece existir. Las colinas verdes en la Avenida Slauson parecen absover el ardiente sol del mediodía.
Juan Hernández, el jardinero de Autlán, Jalisco, se toma un descanso y atiende a un raro visitante que llega vestido de negro.
-Drácula está ahí enterrado, en la cuarta hilera, más arriba está Rita Hayworth… Y, ahí, mire, está Sharon Tate.
Juan no sabe mucho de cine, ni reconoce el nombre de John Ford, pero le da gusto trabajar ahí por más de 26 años, en un lugar donde las celebridades están al mismo nivel que los Hernández, Martínez, Duartes, González…
Cuenta que a veces el silencio del cementerio se interrumpe por la llegada de bandas mexicanas o conjuntos norteños.
Y aunque se ha llegado a quedar en la noche, hasta ahorita no ha visto que los artistas de Hollywood salgan a protestar por la invasión de los inmigrantes mexicanos.

-José Fuentes-Salinas, 4, Octubre, 2014

El Octagenario

El primer sol del sábado empieza a levantarse del lado de la autopista 605. A un costado del Río San Gabriel, Luis se detiene a tomar agua. Su bicicleta es un modelo viejo, pero rueda como esas que los pelotones de jóvenes llevan en la pista que baja desde la presa de Santa Fe Springs hasta Seal Beach.
-Ja jaa… Cuando yo estaba chamaco esos ni me hubiera visto el polvo -dice.
Con su ropa de ciclista que ya le queda un poco floja, Luis disfruta de sus paseos a un costado del río. Conoce a muchos de los que llegan ahí, y platica con quien lo escucha.
-¿Los guatemaltecos?… No, esos son portugueses -dice- ellos llegan más tarde. Hay veces que me los encuentro cuando voy regresando. Yo vengo más temprano porque el sol pega mås fuerte al rato, y a mi edad ya no les aguanto esa temperatura.
Luis es de un Tlapachahuaya, cerca de Ciudad Altamirano, Guerrero. Probablemente sea el ciclista de más edad que transita por esa ruta donde el Río San Gabriel es solo un hilo en medio del concreto que está por morir en la playa. Mientras conversamos, las garzas y patos buscan comida en el agua y los ciclistas pasan a un costado.
-Vengo aquí tres o cuatro veces a la semana, pero antier no vine porque me fui a pescar… ¿a donde?… Aqui mismo. De Long Beach sale el barco que nos lleva a las Islas Catalina… Ja jaaa… No encontré sirenas… Esas las veo nomás asolearse en la playa. Pero ahí en Catalina se agarra de todo, inclusive atún. Se la pasa uno bien, pero se tiene que levantar temprano. Pasaron por mi a las cuatro de la mañana, pero uno se entretien.
Compadeciendo de nuestras bicicletas, la mía que costó 85 dólares en Wal Mart, y la de él, lleva los forros de los manubrios desgastados y no es de las que usan pedales para encajar los zapatos, sale el tema de los modelos de los pueblos.
La cuestión es moverse y que no lo dejen a uno en el camino.
Cuando le platico de las pesadas bicicletas Hércules que usaba mi padre para transladarse de escuela a escuela, cuando daba clases, Luis recuerda también las de Tlapachahuaya.
-Esas si que eran mulas de trabajo. Mire yo allá trabajaba distribuyendo la cerveza Carta Blanca, pero en bicicleta. En la parte de atrás le había adaptado una parrilla y una tabla para cargar los cartones. Cuando iba a recoger las cajas de las botellas vacías a las cantinas, había veces que hacía una pirámide que hasta se levantaba de adelante la bicicleta. Nomás por pura nostalgia, la última vez que fui a mi pueblo, iba decidido a comprarme una igual, aunque allá tengo una bicicleta de aluminio. Me dijeron ‘eyy, Luis, conozco quien te puede vender una’, y allá voy. Pero cuando la Bajo el entendido de que en esta vida se tienen que estirar constantemente los músculos o se cuelgan los tenis, y de que hay dos maneras de entender esto: con dolor o sin dolor, Luis cuenta que su sobrino que la vez pasada lo acompañó a regañadientes ahora ya no lo podrá hacer.
-Le puesieron un marcapasos… ¡Carajo!, a él tan jóven… Fue en uno de los partidos de la Selección en el Mundial de Brasil… Estaba celebrando, luego de una buena comida, se echó unas cervezas y cuando iba a llevar las botellas a la cocina ¡zas! se fue de espaldas. Dice que es de lo último que se acuerda. Estuvo internado y no quería aceptar que iba a necesitar nada. Luego le pusieron de esos aparatitos con cables para chacarle el corazón las 24 horas… Luego le dijeron: mire, aquí dice que el corazón se le paró por unos segundos… y va a necesitar el marcapasos.
La plática ha sido suficiente como para descansar un poco. El sol sigue subiendo y cada vez hay grupos más numerosos de ciclistas. Pasa otro pelotón de unos 20 jóvenes y personas mayores con sus uniformes brillantes y sus bicicletas de Canondale, Specialized…
-Bueno, ahi nos vemos -le digo Luis y me voy de regreso.
Más adelante me alcanza y busca seguir la conversación.
-Usted hasta dónde va -me pregunta.
-Aquí, en el parque doy la vuelta.
-Andele pues, ahi nos vemos en la próxima, yo todavía tengo que pedalear un poco más.

* José Fuentes-Salinas, Ago., 16, 2004. tallerjfs@gmail.com

Los Sinaloenses en California

Barajas, el presidente de la Fraternidad de Sinaloenses en California, me mandó un correo electrónico: “Va a estar el Secretario de Turismo del Estado”.
Esta bueno, me dije, y me arranqué a Norwalk.
El lugar se veía que era una de esas residencia de lujo que habían conocido mejores tiempos, y ahora, solo se conservaban como indicios de la historia.
Se veía que había sido un casonón, pero ahora los jardines eran lamentables, contrastando con esa construcción en blanco. El lamboirghini de la entrada se veía fuera de lugar. Los autos levantaban el polvo, al llegar. Quizá se había prohibido el uso del agua por la sequía de California.
A la entrada del edifiicio, tres chamaconas guapísimas, con vestidos muy entallados tomaban los nombres de los recién llegados.
Al nomás llegar, Barajas me atendió muy a toda madre.
-¿Qué te tomas? -preguntó.
Agarré una aguita fresca de pepino, pero vi con envidia a quienes se echaban sus Chivas Regal, sus vinitos de San Antonio Winnery, sus cervecitas…
Barajas me presentó al Secretario a quien lo invité a salir al balcón para platicar de turismo.
Está cañón el tema. Sinaloa ha estado demasiado promovido por El Chapo Guzmán, por Caro Quintero, por los carteles del narcotráfico… Y, sobretodo, por los narcocorridos de las bandas, como ese “Fin de Semana en Culiacán”, con Los Recoditos.
-Mire, usted, en tres años no hemos tenido un solo incidente -dijo el Secretario.
-Y qué con lo que dicen los corridos, y las noticias -le pregunté.
-Mire, las noticias malas se saben más que las buenas. Eso lo tenemos bien medido con el gobernador, si de veinte noticias, hay una mala, esta es la que se va a difundir en los medios.
El secretario traía listo lo que tenía que decir: la producción agrícola en Sinaloa, los beneficios de la nueva autopista que conecta a Mazatlán con Durango…
Y cuando remató su promoción del turismo a las playas del estado, soltó una frase para hacer olas:
“Mire usted, con dinero suficiente se pueden hacer otro Cancún u otro Vallarta, pero para hacer otro Mazatlán se necesitan 450 años de historia”.
Con un inglés muy presentable, micrófono en mano, el Secretario les habló a los hombres y mujeres de negocios, sobre las oportunidades de Sinaloa.
Por ahí andaban también la alcaldeza de Huntington Park, la concejal de la Ciudad de Bell, el director de la Plaza México de Lynwood, el senador que es de ascendencia sinaloense, el jefe de la Policía de Long Beach y probable futuro jefe de los aguaciles del Sheriff de Los Angeles…
En la vieja casona, sin muebles para sentarse, todos degustaban con sus platitos desechables un poco de pasta, albóndigas y ensalada.Las meseras pasaban recogiendo vasos y ofreciendo agua fresca.
Más relajado, luego de dar sus declaraciones, el Secretario se estaba tomándose su cervecita para el calor.

-José Fuentes-Salinas, Jul., 2014. Continue reading

Los regalos

Tenía un rostro cacarizo y una voz rasposa. Vestía pantalones de casimir, camisa blanca, tirantes y sobrero de fieltro. Cada año llegaba de Filadelfia a Zacapu, Michoacán, donde estaba la tumba de su madre. Sin parientes, el hombre agradecía a su madre la existencia, y le pagaba con flores. Doña Ramona había muerto el 29 de abril de 1951, a los 95 años, y el único que firmaba su lápida era su hijo Vicente.

El solitario inmigrante agradecía también la compañía del sastre de Zacapu. A Don Fausto y su familia les llevaba regalos “americanos”: un rilfe Winchester 22, un juego de cubiertos, muñecas, motocicletitas metálicas…

Descansando de su oficio de cocinero, Don Vicente se iba a remar con los Fuentes a La Laguna, y regresaba a comer chicharrones con guacamole.

Cuando regresaba a Filadelfia, las fotos tomadas las presentaba como las de su familia que no tenía, su familia de vacaciones.

Un día ya no regresó.

Las fotos, los regalitos y la tumba de su madre lo recuerdan.

 

-José Fuentes-Salinas.

Los estudiantes indocumentados “Dreamers”

Les llaman los “Nueve soñadores”. Crecieron en el país donde no nacieron. No conocen otra patria que aquella donde sus padres han trabajado y ellos estudiado.

Hablando el mismo idioma de sus amigos y compañeros de escuela, un día se dieron cuenta que no tenían documentos migratorios, y que los diplomas que iban consiguiendo servían menos que un pasaporte de ciudadano americano.

En eso de soñar y estudiar, y de ver cómo los legisladores no legislaban sus sueños ni sus estudios, nueve de ellos regresaron a la tierra donde nacieron. Solo por unas cuantas horas.

Cuando regresaron a la única patria que han conocido vestidos con sus togas y birretes de “graduados” fueron premiados con un arresto que los mantuvo dos semanas en la cárcel del “Eloy Detention Center” de Arizona.

Mientras los legisladores de la Cámara Baja regresan de sus vacaciones de Verano y se ponen de acuerdo sobre si valdría la pena documentarlos, un juez estaba convencido de que podrían calificar para “asilados politicos”.

 

-José Fuentes-Salinas, 8, ago, 2013