Los regalos

Tenía un rostro cacarizo y una voz rasposa. Vestía pantalones de casimir, camisa blanca, tirantes y sobrero de fieltro. Cada año llegaba de Filadelfia a Zacapu, Michoacán, donde estaba la tumba de su madre. Sin parientes, el hombre agradecía a su madre la existencia, y le pagaba con flores. Doña Ramona había muerto el 29 de abril de 1951, a los 95 años, y el único que firmaba su lápida era su hijo Vicente.

El solitario inmigrante agradecía también la compañía del sastre de Zacapu. A Don Fausto y su familia les llevaba regalos “americanos”: un rilfe Winchester 22, un juego de cubiertos, muñecas, motocicletitas metálicas…

Descansando de su oficio de cocinero, Don Vicente se iba a remar con los Fuentes a La Laguna, y regresaba a comer chicharrones con guacamole.

Cuando regresaba a Filadelfia, las fotos tomadas las presentaba como las de su familia que no tenía, su familia de vacaciones.

Un día ya no regresó.

Las fotos, los regalitos y la tumba de su madre lo recuerdan.

 

-José Fuentes-Salinas.

Los estudiantes indocumentados “Dreamers”

Les llaman los “Nueve soñadores”. Crecieron en el país donde no nacieron. No conocen otra patria que aquella donde sus padres han trabajado y ellos estudiado.

Hablando el mismo idioma de sus amigos y compañeros de escuela, un día se dieron cuenta que no tenían documentos migratorios, y que los diplomas que iban consiguiendo servían menos que un pasaporte de ciudadano americano.

En eso de soñar y estudiar, y de ver cómo los legisladores no legislaban sus sueños ni sus estudios, nueve de ellos regresaron a la tierra donde nacieron. Solo por unas cuantas horas.

Cuando regresaron a la única patria que han conocido vestidos con sus togas y birretes de “graduados” fueron premiados con un arresto que los mantuvo dos semanas en la cárcel del “Eloy Detention Center” de Arizona.

Mientras los legisladores de la Cámara Baja regresan de sus vacaciones de Verano y se ponen de acuerdo sobre si valdría la pena documentarlos, un juez estaba convencido de que podrían calificar para “asilados politicos”.

 

-José Fuentes-Salinas, 8, ago, 2013

El trovador

Paco Padilla es un trovador de Guadalajara que llegó a Tijuana, se siguió a San Diego, y de ahí llegó a “echarse un palomazo” al Café Los Angeles Bohemios de la Avenida Sunset.

Con sus huaraches y su guitarra, trae historias de Tlaquepaque, un rumbo conocido por sus alfareros. El mismo Paco es un alfarero y cantante, de profesión ingeniero. Y entre hacer figuras de barro y rascarle las tripas a la guitarra, ha ido contando historias, y ha dado vida a personajes… con un solo soplo.

Le canta a “Las Jugosas”, mujeres pechugonas que ofrecían sus jugos de naranja. También canta al loco de la ciudad y a las “Chavelas”, las copas gruesas y espumosas de cerveza.

En el entusiasmo nocturno de Los Angeles Bohemios, esa pequeña sala de inmigrantes mexicanos se alegra cuando el trovador canta:

“Todos somos inmigrantes… en este mundo de arrieros/ solo Dios sabe el destino/ de este corazón viajero”…

En ese momento de inspiración y romanticismo, suena un teléfono celular que rompe con la concentración que había logrado el trovador de Guadalajara que esa misma noche regresaría a Tijuana.

 

-Febrero, 2002

ECONOMIA E IDENTIDAD: El negocio de la nostalgia

Había pasado un siglo de inmigración.

Los presidentes seguían haciendo sesudas investigaciones para que los mexicanos no se fuera a dejar lo mejor de sus vidas a las fábricas y campos de California.

Por eso en el Siglo XXI la nostalgia seguía siendo un buen negocio.

La idea de recuperar simbólicamente el pasado puso de moda las películas mexicanas en la televisión en español de Los Angeles con su caudal de publicidad, así como puso de moda la abundancia de mariachis en todo el Sur de California.

Impedidos para regresar con la frecuencia que quisieran a sus países de origen, inmigrantes mexicanos compran cualquier cosa para recuperar su pasado: cortinas de popotillo de Frida Khalo hechas en Taiwán, vírgenes de Guadalupe hechas en China, gorras beisboleras con refranes latinos hechas en Corea…

La nostalgia de los inmigrantes es tan buen negocio que sin saber español, Ted Holocomb hace festivales de la Independencia Mexicana en varias ciudades del Sur de California.

En el negocio de la nostalgia, todo se vende:

-El francés Charles Bonaparte vende comida mexicana en los 7 restaurantes de “El Gallo Giro”

-Los judíos Israel Jerry y Ron Azkarman amueblan casas de los latinos con sus tiendas “La Curacao” que llevan el mensaje “un poco de tu país”.

-El cubano Gilberto Cárdenas vende los quesos cacique que utilizan a un charro mexicano como símbolo.

-Coreanos y libaneses venden los sombreros y botas de los vaqueros mexicanos en Huntington Park. La zapatería “Tres Hermanos” es propiedad de libaneses.

-El coreano-americano Donald Chae hizo un gran centro comercia en Lynwood llamado La Plaza México que reproduce varios edificios de las ciudades mexicanas.

Alejados de los clichés del “Only English”, los comerciantes no discriminan a quienes tienen capacidad de compra y de trabajo… Aunque no les den licencias de manejo.

José Fuentes-Salinas/ tallerjfs@gmail.com

-Con datos de L.A. Times, 5, dec., 2004.

“Educación y sacrificio”

Tenía 22 años Angel de Jesús Lucio Ramirez cuando ya era sargento y cuando estaba muerto por una bomba en Bagdad.

Aunque en Saltillo, México, sus padres le dieron el nombre de un ángel de Jesús, cuando a los 11 años llegó a Estados Unidos, el chamaco quedó atrapado en los videojuegos y las películas de guerra.

Al graduarse de la secundaria en el 2002, Angel de Jesús se alistó en el ejército.

Cuando lo mataron en Irak todavía no era ciudadano del país que lo envió a una guerra inventada por el presidente George W. Bush.

 

-JFS.Dec.17.2006.

La hipocrecía

Con la mano en la Biblia, los presidentes norteamericanos se comprometen a dirigir el país más rico del planeta con justicia, también lo hacen los jueces, los gobernadores y hasta los funcionarios menores. Y aunque la Biblia dice de alimentar al hambriento y dar de beber al sediento, esto no le importó a la juez Jennifer Guerín de la Corte Federal de Tucson, Arizona. La representante de la Ley condenó a un año de cárcel y 10,000 dólares de multa a Walter Staton por dejar varios galones de agua a los inmigrantes indocumentados que cruzan el desierto de Arizona.

Lo que hacía Staton, un voluntario de 27 años del grupo “No más muertes” fue interpretado por la juez como “tirar basura en un parque nacional”.

No muy lejos de ahí, en la Ciudad de Santa Ana, California, las autoridades de la ciudad autorizaban que los vecinos del Distrito Wilshire Square pusieran candados a los botes de basura reciclable para que ni los mendigos, ni otros inmigrantes indocumentados robaran la basura reciclable que da ganancias al Waste Management.

-20, Jun., 2009

Los taqueros

Beto, el taquero. José FUENTES-SALINAS.

Beto, el taquero. José FUENTES-SALINAS.

A las ciudades donde los inmigrantes hicieron sus vidas llegan las tradiciones para facilitar los festejos.

Aquí están los taqueros que simplifican las fiestas, con la carne preparada, los rábanos, cebolla, cilantro y chiles cuaresmeños.

“Acérquese jóven, ¿cuántos va a querer de asada y cuánto al pastor?… Mire, allá están las salsas y y ahí están los rábanos. Andele, ya sabe, si quiere más, aquí no falta”.

Los chiles cuaresmeños o japlapeños son asados o "toreados" para agregarles sabor. Foto: José FUENTES-SALINAS

Los chiles cuaresmeños o japlapeños son asados o “toreados” para agregarles sabor. Foto: José FUENTES-SALINAS

En Tracy, California, donde el tío Pancho celebra sus 80 años, la tarde sucede entre tequilazos y cerveza.

El trío de románticos con la cantante de ojos tapatíos toca en vivo dos o tres baladas que se bailan como en vals.

Sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, yernos… rodean al último de los Silva, el hombre aquel que gusta del baile y los abrazos familiares.

Ahí está el pastel de tres leches y los adornos en la casa de otro Pancho, el yerno de los rumbos de Santiago Papasquiaro.

Ahí están los norteños y los sureños en diferentes generaciones y tallas….

Pero de todo eso no habría nada si no estuvieran los taqueros.

Los taqueros preparan a domicilio los tacos para que los comensales se concentren en la fiesta. Foto: José FUENTES-SALINAS

Los taqueros preparan a domicilio los tacos para que los comensales se concentren en la fiesta. Foto: José FUENTES-SALINAS

Por eso Beto y su compañera son los responsables del primer puesto de ataque.

“A ver, Don Beto, atiéndame que ya voy en la segunda vuelta… No, no, mejor primero coma y lo espero”.

Y si los músicos trabajan por hora y por canciones, los taqueros trabajan por horas y por libras de pollo y de res.

Lllegan con todo listo en su pick-up: las parrillas y las mesas, la carne y las verduras… Y cuando ya todos están “bien comidos”, se van por el mismo rumbo que llegaron, de Tracy a San José.

 

-José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

LA DIGNIDAD

NO TRABAJA sucia. No lleva vestido desgarrado y maloliente. Es cortés con el chofer y lleva su basura limpia en dos bolsas de plástico en un carrito plegable de ruedas. Sus canas y rostro arrugado se combinan con su paso firme que busca el primer asiento del autobús de la Ruta 173 de Long Beach.

Todos los pasajeros la admiramos por su faldita de tablas planchadas, su sweater limpio y a veces su gorrito tejido de estambre. La admiramos en silencio, porque sabemos que es una viejita a la que muy bien, otros ya la hubieran mandado a un asilo. Podría ser acaso “ilegal”, una inmigrante sin documentos que por esa razón no pide ayuda del gobierno. Pero en todo el autobús ella es la “Ley”, la Moral, la Dignidad. De todos los que vamos ahí, ninguno trabaja más árduamente que ella, la más anciana.

Sin poder aguantarme las ganas de conversar, dejo de leer el periódico, y me entero de que su trabajo empieza a las 5:30 de la mañana. Me entero del precio de la libra de botellas de plástico y botes de aluminio que recoge todos los días en los callejones.

-Pero últimamamente ya está muy competido -me dice.

Siguiendo por la Pacific Coast Highway, de pronto pide su parada.

No hay mucho tiempo para hacerle la pregunta que todos llevamos en la cabeza.

-¿Cuántos años tiene?

-¿Cuántos me echa?

-Veinte -le digo en broma- todavía se ve muy maciza.

-Ja jaa -alcanza a reí.

Y mientras va saliendo, termina:

-Nomás 85, haga cuentas.

 

José Fuentes-Salinas,    18, Jul., 2009. tallerjfs@gmail.com