Las adicciones: las menores

“YA SE ACABO EL CAFE”, me había dicho la Chulita hace una semana. Fui al Coffee Bean & Tea Leaf de Palo Verde y Spring. Ahí, la dueña tiene la costumbre de regalar un café por cada compra de un paquete de granos. Nos gusta el Colombia Nariño. Es una aroma y un sabor que se podría utilizar de loción para después de rasurarse o como aromatizante de ambiente. Mi café, si es bueno, me lo tomo sin azúcar y sin crema, desde que una vez, de adolescente, le puse atención a un comentario de Brigitte Bardot. Así lo he hecho por muchos años, y puedo apreciar mejor su sabor. Para más detalle, el café lo preparo fresco, en una cafetera Cuisinart que nos regaló Marlon, que muele y procesa el café al instante.

Tengo gustos baratos. Y esta es mi única adicción. Ahorita les explico por qué.

Ayer sábado que la Chulita se fue a trabajar a una conferencia, me preparé mi granola Quaker con un plátano y leche, y me fui a arreglar el garaje. Estuve ahí un buen rato batallando con un monstruo que siempre, a las pocas semana, se vuelve a fortalecer y hasta se ríe de mis esfuerzos de ser organizado.

Luego, fui por un sandwich de jamón a Subway y me puse a leer los cuentos de Cortazar en el patio. Estaba relajado, con las begonias, el bambú, y el cedro a mis espaldas, cuando empecé a cabecear. Era una ambiente perfecto de Marzo, sin frío ni calor. Pero de pronto, ya cercanas las 4 de la tarde empecé a sentir un poco de jaqueca, algo más bien inusual en mi.

Me levante. Fui a regar el pasto. Aquí en Long Beach, los días permitidos para regar son los martes y sábados, desde la llegada de la sequía. ¿Por qué en un día tan perfecto me llega este pinche dolor de cabeza?… Empecé a inventar explicaciones, todas ellas relacionadas a la química: el polen de los pinos, un mosquito que me transmitió el zika, el jamón del sandwich estaba mal, el exceso de esfuerzo al arreglar el garaje, el baño de sol, la despertada tempranera, el cambio de los horarios (hoy perdimos una hora de sueño)…

Cuando llegó la Chulita, se sorprendió que le aceptara un Advil, y que en la Pizzería Rizzini’s no pidiera una Sam Adams, ni un vinagrito.

Con dolor de cabeza leve me fui a dormir. Pensé en eso que hacen los doctores cuando le preguntan a uno: ¿Del uno al 10, cuánto le duele?… Yo diría que era como un siete, algo así como una cruda mal curada. Tuve un mal sueño. Soñé que a lo mejor empezaba a padecer de presión alta (me la había medido antes y estaba regular), o que algo más complicado estaba ocurriendo. En la era de la megainformación, uno se imagina todo tipo de catástrofes, la información no nos ha servido para sentir que tenemos más control de nuestras vidas.

El domingo me desperté con esa punzada aún en los parietales. Antes, la había tenido en la nuca. Pero “la mañana es más sabia que la noche”, decía Domingo, mi amigo de Curimeo.

En la mañana se me ocurrió que ayer se me había olvidado tomar mi dosis de cafeína.

Así les pasa a los viejitos. Cuando su viejita no está, se les olvida tomarse sus medicinas.

Granos de café Colombia Nariño. Foto: JFS

-Long Beach, California, 12 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com

El sacrificio de las arañas verdes

CUANDO sea aún más evidente que el veneno de los pesticidas en las plantas son mucho más dañinos que las ocasionales molestias de las arañas en la agricultura, se les hará justicia. Las arañas y otros insectos benéficos son el futuro y el presente de la agricultura orgánica. Mientras, basado en mi experiencia de entomólogo aficionado, me siento obligado a dar testimonio de la Lynx verde que tuve como residente en el nopal del jardín.

1.- La araña Lynx verde hace su nido y lo protege de depredadores. Foto: José Fuentes-Salinas

1.- La araña Lynx verde hace su nido y lo protege de depredadores. Foto: José Fuentes-Salinas

Digo que “tuve”, porque hoy que llegué del trabajo me di cuenta que su ciclo había concluido. La araña verde hizo primero un nido, una bolita en el extremo de la penca del nopal. Ese nido lo cuidó por varios días contra otros depredadores. Hizo un tejido fino y breve para que no llegaran avispas u otros insectos a destruírlo. Pacientemente esperó, hasta que emergieron las arañitas. Y cuando estas nacieron, les enseñó a cuidarse, a juntarse cuando el viento sacudía la planta y a estar listas para cuando llegara el día.

2.- Al nacer las arañas, les enseñó a juntarse para protegerse de los ramalazos del viento. Foto: José Fuentes-Salinas.

2.- Al nacer las arañas, les enseñó a juntarse para protegerse de los ramalazos del viento. Foto: José Fuentes-Salinas.

Hoy llegó el día. La araña madre quedó inmóvil cerca del nido que tanto protegió. Las arañitas pronto se irán a defenderse por ellas mismas y a dar cuenta de los insectos dañinos para proteger el jardín, algo que les enseñó su madre, que por cierto tiene un gran cerebro.

3.- Finalmente, al concluir su ciclo, la araña verde Lynx quedó inmóvil junto a su nido. Foto: José Fuentes-Salinas

3.- Finalmente, al concluir su ciclo, la araña verde Lynx quedó inmóvil junto a su nido. Foto: José Fuentes-Salinas

El chile, la cultura del sabor de los mexicanos en California

HABLEMOS pues de las delicias, ahora que la vida se ha hecho tan cara. Hablemos pues de cómo agradar al paladar y a la salud sin tanto costo. Busquemos a Tlatlahuaqui, diosa del chilito rojo, hermana de Tlaloc, para que nos dé un consejo.

Primera cosecha el chile piquín proveniente de la Casa de Don Antonio Arriola, de Zacapu, Michoacán, junto al agave suave. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

Primera cosecha el chile piquín proveniente de la Casa de Don Antonio Arriola, de Zacapu, Michoacán, junto al agave suave. FOTO: José FUENTES-SALINAS.

“Díganos usted señora que cajita de semillas habremos de buscar. Díganos si habremos de probar primero la chillaca en rajas, o el poblano para rellenar. Díganos usted qué mata más el hambre y el aburrimiento, si es el cuaresmeño o el piquín. Díganos de esas mil quinientas variedades, dónde habremos de poner el habanero y el chiltepín, y si en la cueva de Coxcatlán también había frijoles y tortillas, díganos por favor”.

José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com

Los zacapenses en California

A un lado de la fuente, los zacapenses vacilaban, se tomaban fotos....

A un lado de la fuente, los zacapenses vacilaban, se tomaban fotos….

CRONICA: De como los inmigrantes mexicanos de Zacapu, Michoacán,realizan sus reuniones sociales en Wilmington, California

Por José Fuentes-Salinas
tallerjfs@gmail.com

El taquero se apostó a la entrada. Las mesas se colocaron en el patio trasero, no muy lejos de donde estaba el viejo guayabo, el nopal, el mango y las granadas. La fuente, estilo de cantera colonial lucía frente los arcos de las bugambileas y la llamarada.
El chorrito de agua producía un efecto relajante, como en las tardes aquellas de Zacapu, cuando estaba la fuente en la Plaza Ocampo, la misma que fue cambiada luego por otro kiosco como el que había antes de la fuente.
Cumplir sesenta años no es cualquier cosa.
Se necesita un poco de gracia y otra cosita.
El hombre los acababa de cumplir.
La fiesta tenía un tema: lo mexicano.
Pero ¿qué es lo mexicano? ¿lo culiche? ¿lo tarasco? ¿lo jarocho?…
El hombre se vistió de Jarocho, con su sombrerito de palma, su traje blanco y su mascada roja. Sus hijos eran: un charro jalisciense,un vaquero de Sinaloa y una tehuana. Su esposa era una china poblana con grandes flores bordadas.
Sesenta años.
Desde que se vino adolescente de Zacapu a California, Wilmington siempre ha sido su casa. Ahí, en ese patio, alguna vez estuvieron sus padres, y en ese garaje se habían acomodado los muchachos cuando eran muchachos, y no “jefes de familia” con nietos, como ahora.
Ya con todo listo para la fiesta, el hombre se destapó una cerveza y echó un vistazo a su alrededor.
Todo estaba listo, las mesas, la enorme carpa que cubría la mitad del patio, las ollas del agua de jamaica, las botellas de tequila y brandy, las hieleras con cervezas, los adornos colgados de papel picado, la bandera mexicana…
Entre familiares y amigos, para muchos esa casa era bastante familiar. Ahí habían crecido cuando llegaron de Zacapu. Ahí celebraron, y ahí vieron a la abuela preparar sus famosas salsas con chiles tostados que aromatizaban la casa de picor.
No estaban todos los que eran, ni su madre, ni su padre, ni su cuñada, ni algunos sobrinos… Pero estaba él. Esa era una fiesta muy especial por las presencias, tanto como por las ausencias. Esa sería la primera vez que no tendría que hacer un “guardadito” de comida para llevársela al día siguiente a su amigo jubilado. Su mejor amigo había muerto este año de complicaciones de la diabetes, solo.
El hombre se regocijó de estar tan acompañado.
De pronto se escuchó el estruendo del mariachi tocando el Son de la Negra. Pasaron frente al taquero de Zacapu, y luego se acomodaron a un costado de la fuentecita que habían comprado en el Swap Meet de Santa Fe Springs.
Sin violines, pero con guitarra, guitarrón y trompetas, los mariachis le tocaron luego “Las Mañanitas”.
El, que era solamente cervecero se animó a echarse un trago de tequila y ante todos agradeció como lo hacía Pedro Vargas en el programa de televisión “Noches Tapatías”, diciendo solamente: “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido..”
Este año había tenido un accidente que le había fracturado ambos pies, y que le impidió caminar por varios meses, pero en ese momento ya estaba bien como para salir nuevamente a bailar una polka con el mariachi, y lo hizo.
A sus sesenta años, sabía de lo difícil que es mantenerse de pie sobre la tierra, y ahora lo hacía con ritmo, celebrando por los que están y por los que ya no están.
Con abundancia de iPhones, las mujeres arregladas con moños coloridos sobre la cabeza se tomaban fotos y más fotos.
En Wilmington, no muy lejos de ahí, se escuchaba otra fiesta que incluso había arrojado dos o tres luces artificiales verde, blancas y rojas.
Después de más de tres horas, los mariachis callaron.
El director de los músicos, había consultado puntualmente su iPhone. Sabía en qué momento aquello terminaría.
Se fueron con su música a otra parte, como algunos de los invitados.
Poco después también se iría el taquero que había preparado tacos de carnitas, pollo, carnitas y suadero.
-Anden, anden, antes de que se vaya el taquero, llévense un plato de carne para que almuercen mañana -decía la esposa a algunos invitados.

Los psiquiatras

La primera vez que vi a Marc Graff hablamos de cosas harto complicadas: el recorte del presupuesto para la salud mental de Los Angeles, los problemas de identidad de los inmigrantes, la importancia de los amigos, la familia, el trabajo, la religión…

A la entrada de su consultorio, una paciente neoyorkina se quejaba de su soledad y de la supuesta hipocrecía de los californianos. Era una paciente que culpaba a las ciudades demasiado grandes de su depresión.

La segunda vez, me encontré a Graff en el Arboretum del Condado de Los Angeles, una especie de paraíso citadino, donde los pavoreales transitan libres por todo tipo de árboles y arbustos, y donde el lago, las caídas de agua, fuentes y jardines hacen impensable el pesimismo.

“Los espacios verticales algunas veces deprimen”, me dice Graff, director de la Sociedad Psiquiátrica del Sur de California, quien en esta ocasión solo viene a presidir otra de sus responsabilidades:

La dirección del Club para la Protección de las Tortugas, esos animales que se protegen con su concha cuando las amenazas de su medio son demasiadas.

Le pregunto a Graff si esto tiene que ver con la salud mental.

El cambia de conversación.

-15, Enero, 1995