HISTORIAS DE LAS VEGAS: Reencuentro de inmigrantes michoacanos

Estaba confundido. El recordaba nuestra amistad, pero no mi nombre. Hacía tanto tiempo. Nos encontramos en el pasillo del Hotel Tropicana.

—¡Quihubo pariente!… ¿Cómo estás?

Mi hablado lo sorprendió. Pero yo sabía que era el Enano, y él sabía que yo era el mismo bato aquel de la Secundaria Melchor Ocampo, de Zacapu, del Grupo “B”. En aquellos tiempos en que el “bullying” no era aún políticamente incorrecto, casi todos teníamos sobrenombre: la Burra, Tribilín, la Gringa, la Señorita Puré, la Momia, el Chango, el Colorado… Todo era motivo de sobrenombre: las cejas, lo rubio, el color pálido, las nalgas exquisitas de alguna compañera…

—Y tú ¿cómo es que andas acá?

—Pues igual que tú. Somos piedras de Zacapu, muy rodadoras, ¿o qué no?

El Enanito era un tipo a toda madre. Con él nos íbamos caminando de regreso a la escuela, cruzando la milpa de maíz de la Ciénaga. El vivía allá por las Siete Esquinas, y era un gran lector. Me había prestado los cuentos de “Bertholdo, Bertoldino y Cacaseno”. No sé ni como esos pinches mocosos que éramos estábamos leyendo literatura de la Edad Media.

“Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno es el título de tres cuentos muy populares escritos por Julio César Croce (los dos primeros) y Adriano Banchieri (el último), publicados por primera vez en una edición única en 1620. Estos relatos retoman cuentos antiguos, en particular la disputa de Salomón y Marcolfo que data de la Edad Media” (Wikipedia).

Libro de “Bertoldo, Bertoldo y Cacaseno”. Cortesía Editorial.

El Enano, como yo, habíamos emigrado a California, y no nos habíamos visto desde hace 45 años, desde que estábamos en la secundaria. El se había hecho maestro, y ahora, ya próximo al retiro, andaba en una de sus últimas conferencia en Las Vegas.

No sabíamos cómo entrarle a la conversación. Un espacio en blanco de casi medio siglo no era poco. El único tema en común era la escuela secundaria. Las entretenidas clases de Historia del profesor “Ay nanita!”, los juegos de futbol… y la aventura de matar tuzas o hacer fogatas con el rastrojo.

—Ja aaaa… Me acuerdo cómo nos esperábamos a que saliera una tuza en la milpa para soltarle una piedra. Se veía cómo poco a poco iban sacando la tierra hasta que  asomaban la cabeza. ( palabra tuza procede del náhuatl tozan, topo, clase de rata).

—Si, hombre. Y, luego, con aquellos fríos, cómo juntábamos un poco de rastrojo de las matas secas del maíz para hacer fogatas, hasta que llegaba el prefecto a regresarnos a los fríos salones de clase.

Por alguna razón, el cerebro que envejece se hace más lúcido en recuperar imágenes muy remotas, aunque algunas veces los nombres se escapen. Yo me acordaba de Alfredo Cervantes, el que le sacaba punta a los lápices a mordidas, de Alfredo Córdova, el que escribía como arquitecto sin que sus frases tocaran los renglones… Pero de muchos compañeros solo recordaba la imagen que los identificaba: burra, gringa, chango, momia…

—Tu que eres maestro, deberías hacer que los profes escribieran más libros. El salón de clases es una laboratorio social adonde llega gente de todos los estratos. Más aquí que hay tanto inmigrante. 

—Si pues.

En una comunicación fragmentada, cada cosa que sacábamos derivaba en otros temas de lo que cada uno había vivido después de que salió de la Secundaria: el trabajo aquel que tuve en la Purina de Querétaro, donde mataba ratas que se trepaban a los vagones del tren de sorgo, las tuzas que salían en el Parque El Dorado de Long Beach.

—¿Por qué ya no regresaste?

—Por lo mismo que tu. Uno es como las plantas. Puede desarraigarse y echar raíces en otra parte, pero llega una edad en que esto es peligroso, porque ya se adapta menos. Corre el riesgo de que las raíces se le sequen. Además, para qué regresa uno. Allá todo es un desmadre: fincaron en las tierras más fértiles, y todavía ahora a pesar de tanto dinero que ha entrado no hay una museito decente, un a buena biblioteca… ¿qué habremos hecho mal nosotros los maestros?…

El Enanito no había cambiado en su gran empatía que lo había hecho sobrevivir, en aquellos tiempos, al “bullying” escolar.

El tiempo se le acababa, antes de regresar a su sesión de la conferencia.

Nos terminamos el café, nos intercambiamos los portales en el Facebook y los teléfonos.

Hasta entonces supimos cómo nos llamábamos.

Tienda de souvenirs en Las Vegas, Nevada. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 

  • José FUENTES-SALINAS. Las Vegas, Nevada. 11172018

 

Leyendo a José Mújica y a Wislawa Szymborska: LAS EXPLICACIONES

Nadie es tan original como uno cree.

Con los escritores ocurre como con los amigos.

Todos te explican la vida en diferentes tiempos

y tú los escuchas, y te sorprendes, y agradeces.

Luego les encuentras cosas en común

y formas un círculo de confidentes.

Lo que cambia es el estilo de explicaciones y consejos.

Unos te dicen, recién salidos de la cárcel:

“el tiempo es lo único que vale la pena,

no te vendas, así nomás de deuda en deuda”.

Otros, desde la no existencia, te dejé un recado

en un libro grueso: “nada es un regalo, todo es un préstamo.

Estoy ahogada en deudas hasta las orejas.

Tengo que pagarlas por mi misma, conmigo misma.

Dar mi vida, por mi vida”.

(Dedicado a Pepe Mujica, y a Wislawa Szymborska con un fragmento de
su poema “Nada es un regalo”, 1993.)

-José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com, 19-Marzo, 2016

"Map", antología de poemas de Wislawa Szymborska. Foto: JFS

“Map”, antología de poemas de Wislawa Szymborska. Foto: JFS

EL HOMBRE DE LETRAS

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

P1030085Este era un hombre de letras. Las letras le daban para comer. El solo se tenía que encargar de que tuvieran luz intensa, de que se unieran bien en armonía y contraste para que dijeran algo. A pesar de la lenta recuperación de la economía, el hombre de letras no se preocupaba demasiado. Todas las semanas tenía trabajo. Todas las semanas había algo que decir, aunque, con frecuencia solo se trataba de reemplazar lo ya dicho por algo más brillante, pero que comunicara lo mismo. Su trabajo lo hacía con gusto, bajo pleno sol o con día nublado. Sus letras siempre eran necesarias para salvar de un dolor de muelas a un paciente desesperado o para invitar a tomar cerveza y jugar billar a un viejo solitario.
Era también un trabajo de altura que antes suponía subirse a una escalera, pero hoy, cómodamente se sube a una plataforma mecánica que él mismo controla apretando unos botones, casi como los escritores usan sus computadoras.

-José FUENTES-SALINAS, Long Beach, CA., 1 de Mayo, 2014.

LO DESECHABLE

YA SE que no todo es eterno tal y como está organizado. Pero cuando se critica la “cultura desechable”, las “canciones desechables”, los “libros desechables”… lo único que se está diciendo es que las cosas no han llegado a su mejor grado de desarrollo, que no han completado su madurez para servir como base para nuevas producciones culturales. Una literatura  es desechable, cuando aún no ha logrado integrar lo mejor de la imaginación de una época.

-José Fuentes-Salinas, 7.may.2012.