CRONICAS DE FUTBOL: Una para Pablo Bussato

Long Beach, California, 1995

EN EL EXTREMO derecho estoy yo, con ese pantalón de pechera de mezclilla que aún conservo. En el extremo izquierdo está Pablo Bussato. En el centro está mi hijo Marlon y el sobrino de Pablo, Santiago “Santi”. Un mexicano y un argentino nos dedicábamos a entrenar a un grupo de chamacos todos los jueves por la tarde en el Parque El Dorado.

En la Liga AYSO, donde “todos juegan” eso significaba que nosotros mismos nos mezclábamos con los chamacos del equipo “Blue Flames” para patear unos balones.

“Ustedes los latinos tienen el futbol en la sangre”, me decía una vez el padre de uno de ellos, quien nos había regalado el banderín.

“La verdad es que también los ingleses, y los europeos”, le dije.

El equipo infantil de futbol en Long Beach, California, “Blue Flames”. Cortesía.

Tanto Pablo como yo, sabíamos que el juego era eso: un juego. Pero en el proceso sabíamos que esa era una forma de acercar familias de diferente origen social para que aprendieran a interactuar en equipo.

Ahí estaba, por ejemplo, el hijo de un militar jamaiquino-americano casado con una mujer japonesa, el chamaco de una mexicana casada con un norteamericano que vivía con su abuelo, el hijo de una familia que tenían varias franquicias de Pollo Loco…

 

El Guachito y Santi representaban la tradición mexicano-argentina. Ellos eran como dos chapulines que buscaban con insistencia y picardía el balón. Otros, eran excelentes defensas… Pero, al final, sabíamos que no competíamos tanto por los trofeos, sino por el gusto de patear el balón.

Luego de trabajar en el Centro de Los Angeles, y agarrar el Metro hasta la estación Willow, llegar a las cinco de la tarde al Parque El Dorado era el premio a mis trabajos en la redacción de La Opinión. Pablo, me parece que era biólogo, y trabajaba en el Condado de Los Angeles. El ya murió de cáncer, según supe, pero con frecuencia me acuerdo de él cuando voy a El Dorado.

Las rutinas eran estas: ejercicios de calentamiento, patear balones y organizar la “cascarita”. Con Pablo comentábamos que uno de los problemas de algunos chamacos es que no veían futbol en la televisión, y acaso eso no les permitía tener un sentido de la dinámica del juego.

Con todo eso, los padres se organizaban para llevar las aguas y los “snacks” para los juegos del sábado, y eso les servía para socializar entre familias que de otra forma nunca se hubieran encontrado.

Arbol de el Parque El Dorado, muy cerca de donde alguna vez entrenamos a los Blue Flames. Foto: Josee FUENTES-SALINAS.

  • José FUENTES-SALINAS, 10282018.

 

CRONICAS DE PERROS: De la lealtad, las costumbres y la mierda

Zacapu, Michoacán, 1960’s

El sol iniciaba su lento ocultamiento detrás de los cerros, donde al pié de ellos estaba el burdel y las tabiqueras. El humo de los hornos se destacaba atravezados por los últimos rayos del sol.

Mientras, doña Paula se sentaba en su piedra a la entrada de su casa, y el Firpo se acurrucaba a sus pies para servirle de tapete. Esto que hacía el veterano Doberman, era lo mismo que hacían los primeros perros hace 14,000 años: calentarles los pies a los hombres y mujeres de las cavernas.

Los perros, antes de que los convirtieran en psicoterapeutas y payasos de los “homo urbanus”, tenían muchas funciones: compañías y comedores de sobras, ayudantes para cuidar el ganado y cosechas, y asistentes de la cacería.

Para cuando mi padre, un gallero, músico, maestro y sastre, decidió que los Doberman eran los mejores para cuidar los gallineros y la casa, yo no sabía nada de ellos. Los Doberman fue una raza que producida por un recolector de impuestos alemán en 1870 que mezcló perros pastores, agregando genes luego del Manchester Terrier y Greyhounds.

http://tlacuilos.com/las-calumnias/

El primer Doberman se lo regaló un amigo gallero de la Ciudad de México, don Jorge Salcedo. Pero no podría decir cómo es que el Firpo fue el sobreviviente de varios que llegaron a la casa: Atila, Topolín, Laica… Quizá la razón fue que Firpo tuvo una madrina que casi era enfermera.

Mi hermana Eva, que tomaba cursos por correspondencia de Hemphill School y en la escuela de las monjas de San Vicente de Paul, le salvó la pata a Firpo aquella vez que se le dejó ir a un camión de 18 ruedas, molesto acaso por el tremendo ruido que hacía al bajar de las colinas.

Desde entonces, Firpo se hizo un tipo muy cauteloso, pero no por eso dejó de cumplir sus tareas de jugar con nosotros en la huerta de duraznos, ni de vigilar los gallineros, ni de calentarle los pies a mi madre mientras tejía.

Podría decirse incluso que aprendió a controlar sus impulsos heredados de los genes de sus ancestros, y dejó de agredir a los rebaños de chivas y vacas que pasaban por la casa. Aunque, los pastores lo veían siempre con cierto temor.

De Laica, Atila y Topolín no recuerdo muchas virtudes, excepto que cuando mi hermano Salvador estaba dando el servicio militar, llevó a dos de ellos a un desfile.

No sé si mi hermano sabía que los Doberman Pinscher eran la mascota oficial del United States Marine Corps en la Segunda Guerra Mundial, pero mi hermano se veía muy impresionante luciendo a Laica y Atila con su uniforme militar.

DEFENSE DEPT PHOTO (MARINE CORPS) 110104

https://warfarehistorynetwork.com/daily/wwii/the-dogs-of-war/

Los perros son de las pocas especies que han sido testigos de los vicios y cualidades del ser humano en tres Eras del planeta. Y, a veces, cuando critico la estupidez con que algunas veces se convive con estas mascotas me lo toman a mal.

Es cierto lo que dice el Papa Francisco: el perro no sustituye la compañía de un ser humano, y yo, como psicólogo graduado les digo: no, el perro no es un psicoterapeuta, y si alguien por ahí dice que es “el mejor amigo del hombre”, lo dice porque un perro no puede contradecirle y ponerlo en su lugar cuando se están diciendo disparates.

Un perro es dependiente de usted, y no tiene otra alternativa más que ser “agradecido”. Pero no es como para que el animal diga: “mira, aunque no me des de comer, yo ahorita voy a trabajar, y al rato vengo para hacerte compañía y jugar”.

La confusión sobre la naturaleza y cuidado de los animales ha llevado a muchas inmoralidades y faltas de sentido común.

Y mientras los perros en California tienen parques, hoteles, playas, cementerios, peluquerías, hospitales y boutiques (son tan buen negocio), hay individuos que mueren de hambre y que duermen en la calle o en sus autos.

De hecho, hay gente que tiene más empatía con los perros que con muchos niños y trabajadores inmigrantes.

http://tlacuilos.com/historias-en-el-bus/

Pero como el narcisismo proyectado a los animales no es muy consistente (así como muchas relaciones entre los propios humanos), los pobres animales suelen ser enviados al corredor de la muerte, a los “shelters”, donde si no son “adoptados” los “ponen a dormir”.

¿Se fija cómo en estos dos términos hay un intento de disfrazar nuestros vicios?.

Ya no se habla de adquirir, sino de adoptar, como si se tratara de un niño, y no se habla de matar, sino de “poner a dormir” o practicarles la “eutanasia”.

Give me a break!… “La eutanasia es la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado con la intención de evitar sufrimientos”, pero en el inglés se dice: “Each year, approximately 1.5 million shelter animals are euthanized (670,000 dogs and 860,000 cats)” .

https://www.aspca.org/animal-homelessness/shelter-intake-and-surrender/pet-statistics

Si viviera en el campo, y tuviera un espacio que se asemejara a la casa de mi infancia, donde un perro como el Firpo corriera a su antojo entre la huerta y el jardín de mi madre… Seguramente que me gustaría tener una mascota, y sentarme a leer por las tardes en el patio a un lado de él.

Pero me preocupa el rol que les están haciendo cumplir a las mascotas en las ciudades: los usan como pretexto para salir a caminar a las calles, y no pocas veces, los perros ponen en apuros las economías de las familias.

Una visita a una clínica les quita el dinero que tenían guardado para la renta o las vacaciones. También hay quienes ya no desarrollan esa habilidad de conversar con las personas en la calle, porque van con la mascota, y la mascota no les rezonga, ni les dice: ya cállate, estas diciendo puras pendejadas, te escuchas cursi.

¿Serán “felices” las mascotas cuando las sacan a cagar?

Se cagan donde les da la gana y hacen que sus dueños levanten la mierda en unas bolsitas de plástico… pero van encadenadas o amarradas.

El problema es cuando traen diarrea, como aquella familia que vi en el malecón de Santa Mónica (Pier). Al perro bóxer se le antojó defecar en medio de los visitantes que llagaban a la feria un sábado, y si no es porque todas las miradas estaban puestas en el dueño, seguro que ahí hubiera dejado el excremento pastoso.

Los perritos son muy limpios. Les encanta un césped bien podado para zurrar.

El  único problema es que el ácido clorhídrico que acompaña el excremento quema el pasto, y ya se están haciendo populares letreros que indican: “favor de no cagarse aquí”.

Letrero de un vecino que advierte a los paseadores de perros que ese no es un sitio para cagarse. Foto: José FUENTES-SALINAS.

 

LITERATURA Y MATEMATICAS: Crónica de números en un día soleado

Es la 1:00 de la tarde en la plaza del Town Center. Hay 100 mesas con sillas vacías, y frente a mi 20 salas de cine, adonde acuden solo dos o tres parejas de personas que deben haber repasado los 70 años. Aún lado, en la otra única mesa ocupada, dos mujeres llevan una hora hablando de los precios de las casas. Una de ellas dice que sus padres compraron una segunda casa en la costa este, por si ella decidiera dejar California, la quinta economía del mundo. A donde quieran que volteo no hay nada que me apresure. La fuente que está a la mitad, entre las 10 taquillas de los cines y este patio, cada 30 segundos alcanza una gran altura que llega al número 26 de los cinemas, en medio de un azul intenso de la 1:00 de la tarde, con una temperaturas de 78°. Estoy de vacaciones por una semana y he decidido hacer nada de 7:00 a 4:00 de la tarde que es cuando tendría que cumplir mi horario de trabajo de ocho horas.  Podría tener el tiempo de contar las hojas del árbol que está sobre mi cabeza, pero no estoy loco ni obsesionado por los números. Solo estoy vacilando.

 

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, California. 10102018

ECOLOGIA: Los ecosistemas en los jardines

FUE UN LIBRO pequeño de bolsillo, de esos que hacen para sintetizar la ciencia.

Ahí fue donde entendí que todos dependemos de todos, y muchas veces, la mayoría, nadie sabe para quién trabaja en un ecosistema.

40 años más tarde, esa idea me ampara para entender el jardín.

Hoy que llegué de trabajar, en el un rincón vi un montón de plumas esparcidas, y entendí que había llegado algún halcón a desayunar.

Las plumas estaban un paso del Naranjo bajo el cual el domingo encontré muerto un lagartijo sin cola. Esto sí me molestó porque se trata de una muerte sinsentido perpetrada por un gato alevoso y descuidado que andaba husmeando por ahí.

No hablo por los gatos que viven atrapados por las caricias de sus dueños, sino de los gatos que vagan por allí viendo a ver cómo chingan un ecosistema. Ya son varias veces que veo a sus víctimas descoladas e  incapacitadas para seguir limpiando el jardín de insectos dañinos de un lengüetazo.

Me siento responsable del ecosistema que es el jardín. Se que cultivando el árbol de nísperos estoy alimentando a las ardillas que a su vez terminan en el estómago de un ave de rapiña o de un coyote.

Y si dejé de cultivar la vid de la uva Concord, no fue porque me molestara que llegaran familias de mapaches y tlacuaches a cenar por la noche, sino porque eran muy escandalosos y cochinos. Había noches que no dejaban dormir y por más chorros de agua que les echara regresaba al banquete sobre el gazebo del patio.

En ese ecosistema que es el jardín ocurre la muerte y la vida todos los días, y esa es la gran lección, el mantenimiento de La Vida, con mayúsculas.

El primer sábado de primavera había sido espectacular.

Ese sábado había sido espectacular. La bugambillea jaspeada destacaba bajo el azul intenso. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Después de una lluvia el viento había limpiado la atmósfera y el cielo era intensamente azul. Los colores brillantes de la bugambilia jaspeada destacaban con el azul intenso. Pero en una esquina del suelo ví a una mariposa muerta acaso en la tormenta del día anterior.

Lo natural no era ver las alas de la mariposa arrastrándose por el viento, sino verlas aletear en las flores de las bugambilia. ¿Me estaría mandando alguien algún mensaje?, me pregunte. Pensando en esto, iba entrando a la cocina cuando voltee a ver el jardín, y otra mariposa tigre estaba volando sobre la bugambilia, como si la otra hubiera resucitado.

Me da una gran alegría saberme responsable de tanta vida, aunque yo no soy de los que les pone miel a los colibries (no me gusta chantajearlos).

Me gusta saber que ese cedro tan tupido de ramas es el lugar del coro de los pájaros cantores de Long Beach, y que la “honeysuckle” o llamarada en su momento será un banquete para los colibries.

Hay mucha vida en este jardín aunque también habido trágicos accidentes como aquella vez en que salimos con mi esposa a comer pizza a Rizzini’s y dejamos una jaula de periquitos australianos colgando.

Esa vez, al regresar, encontramos a uno degollado y a otro haciéndose el muertito, mientras allá en lo alto sobre el cable una halcón se estaba limpiando los bigotes.

—José FUENTES-SALINAS, Long Beach, CA, 26, MAR., 2018. tallerjfs@gmail.com

Vinos de Stolpman Winery: María de los Tecolotes

DEBIA saberlo desde el principio. El nombre “Para María de los Tecolotes” significaba algo. Pero, así como así, fui a que me sirvieran una probadita, luego de tomar un Grenache. A’su madre!… Este era perfume para el paladar. Un perfume delicado y sabroso. Ma-ría de los Teco-lo-tes”. “You know what it means?”, le pregunté al empleado. It means: “For Maria of the Owls”.

Al chavo le valió madre mi explicación  (ya la sabía) y siguió atendiendo a la linea de probadores de vinos del viejo Tom Stolpman, un abogado que es bien reata con sus trabajadores mexicanos, al grado que les dejó un terreno para que ellos plantaran uvas e hicieran sus propios caldos.

Con John nos pusimos a platicar con Tom. Nos dijo que estaban plantando uva con una nueva técnica con la que no necesita tanta agua. “Este año los viñedos solo usaron la lluvia de la temporada”, dijo, luego de explicarnos que la vid hace raíces más profundas, y la piel de las uvas es más gruesa, pero a la vez los jugos son más dulces. La Chulita y Debbie fueron a agarrar unos bocadillos de quesos y fiambres.

En el changarro de la venta de vinos Stolpman en la Calle Broadway de Long Beach, a un lado de un Taco Bell y un estudio de Yoga, se organizan por turnos a los miembros del club para recoger sus botellas, pero al mismo tiempo ofrece unas probadas de vinos en el patio.

Hoy, el domingo estaba muy nublado, como para echar la hueva en la casa, pero los vinitos eran una tentación incapaz de resistir. Por eso fuimos.

La Chulita había decidido hacerse socia del club desde que supo lo bien que Stolpman trata a sus trabajadores, y la forma que incluso uno de sus vinos -La Cuadrilla- lo hacen ellos. Pero “María de los Tecolotes” era otro vino que ameritaba una explicación. Por eso averigué que se trata de la esposa de Rubén, la mayordoma que anda en cuatrimoto supervisando los  viñedos.

María Solórzano es del pueblo de Santa Cruz, a dos horas de Guadalajara, Jalisco, no muy lejos del rancho donde nació su esposo Rubén. Ahí se les llama a sus habitantes los tecolotes. La familia Stolpman pensó que así como el vino “Angeli” honraba a la inmigrante italiana suegra de Tom, ahora le tocaba a la paisana María hacer historia.

María Solórzano/ Cortesía Stolpman Winery www.stolpmanwinery.com

La llegada de “María de los Tecolotes” ocurrió en el 2014. En el tercer año de sequía, sorpresivamente, sin irrigación especial, las plantas que estaban colgadas en los viñedos empezaron a madurar. Produjeron unas uvas dulces y concentradas que le dieron sentido al sudor de los paisanos inmigrantes.

Ese jugo especial de la uva Syrah produjo el vino digno de una mujer como “María del los Tecolotes”.

José FUENTES-SALINAS/Tlacuilos.com

La Basurometría como nueva disciplina de las Ciencias Sociales

LA BASUROMETRIA es la disciplina de las Ciencias Sociales emergentes que se encarga del estudio de la relación entre lo que desperdicia una sociedad y la economía. Esta idea no me fue sugerida por Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, sino por un trabajador de la basura del Condado de Los Angeles. En plena recesión económica, me dijo: “a la puchica!… habías de ver vos el tipo de basura que ahorita están tirando, esa si que hiede”. Mi amigo me dice que en tiempos buenos, la gente se deshace de una pantalla de televisión relativamente nueva, o unas lámparas estilo Tiffanny, o mesas de centro estilo Provenzal con solo unas cuantos raspones… Hoy comprobé que la economía está en buen estado, ahora que se anunció que se ganaron más de 234,000 empleos en Febrero. Pues resulta que llevé a la Goodwill de la Avenida Wardlow unos cuantos tiliches que ya estorbaban en el garaje: una silla mecedora de ratán, un reloj de pared que no calificaba para antigüedad, pero tampoco funcionaba del todo bien, una silla… Esperaba que el encargado de la bodega que está detrás de la tienda me dijera: “oiga señor, muchas gracias, déjeme darle su recibo”. Pero, en su lugar, me dijo displicentemente: “ahí déjelos”. Y lo que ocurre es que hoy Domingo tenía mejores tiliches que le acababan de traer. A la entrada de la bodega, estaban varias mesas de centro estilo provenzal, un comedor de madera muy elegante, una vitrina… Ya me daban ganas de solamente hacer un intercambio. “No cabe duda que la economía está mejorando”, pensé. Cuando regresé al garaje, vi a mi alrededor las cosas que estaban esperando ser vendidas en una venta de garaje, o en Craig List, como objetos que no tenía sentido conservar. Me quedé pensando más bien en la idea de poco a poco regalárselas a mis compas del Mercado de Pulgas, el Swap Meet de la Villa Alpina de Carson. Si, quizá al Bigotes o al Cowboy de Zacatecas le sirvan más. Hace poco, le llevé a una pareja de Cocula, Jalisco una bolsa de ropa, con unas playeras deportivas, y la señora (cómo es noble mi gente) no me dejó ir sin que le aceptara un billete de cinco dólares.

Ando algo cansado de la espalda, y más vale que me ponga a escribir dos o tres pendejadas. Pero me siento satisfecho de haberme enfrentado en un segundo round a ese monstruo del garaje, donde todo el lío empezó porque “hay gato encerrado” y el Departamento de Control de Animales de Long Beach nos dijo que le pusiéramos una jaula al susodicho, porque esta es la temporada en que los gatos andan “como burros en Primavera”, y no nos vayan a querer hacer un regalito que no deseamos.

Bodega receptora de artículos para donar en las tiendas Goodwill, de Long Beach, California. Foto: JFS

-Long Beach, California, 12 de Marzo, 2017. José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com