CRONICAS DE FUTBOL: Una para Pablo Bussato

Long Beach, California, 1995

EN EL EXTREMO derecho estoy yo, con ese pantalón de pechera de mezclilla que aún conservo. En el extremo izquierdo está Pablo Bussato. En el centro está mi hijo Marlon y el sobrino de Pablo, Santiago “Santi”. Un mexicano y un argentino nos dedicábamos a entrenar a un grupo de chamacos todos los jueves por la tarde en el Parque El Dorado.

En la Liga AYSO, donde “todos juegan” eso significaba que nosotros mismos nos mezclábamos con los chamacos del equipo “Blue Flames” para patear unos balones.

“Ustedes los latinos tienen el futbol en la sangre”, me decía una vez el padre de uno de ellos, quien nos había regalado el banderín.

“La verdad es que también los ingleses, y los europeos”, le dije.

El equipo infantil de futbol en Long Beach, California, “Blue Flames”. Cortesía.

Tanto Pablo como yo, sabíamos que el juego era eso: un juego. Pero en el proceso sabíamos que esa era una forma de acercar familias de diferente origen social para que aprendieran a interactuar en equipo.

Ahí estaba, por ejemplo, el hijo de un militar jamaiquino-americano casado con una mujer japonesa, el chamaco de una mexicana casada con un norteamericano que vivía con su abuelo, el hijo de una familia que tenían varias franquicias de Pollo Loco…

 

El Guachito y Santi representaban la tradición mexicano-argentina. Ellos eran como dos chapulines que buscaban con insistencia y picardía el balón. Otros, eran excelentes defensas… Pero, al final, sabíamos que no competíamos tanto por los trofeos, sino por el gusto de patear el balón.

Luego de trabajar en el Centro de Los Angeles, y agarrar el Metro hasta la estación Willow, llegar a las cinco de la tarde al Parque El Dorado era el premio a mis trabajos en la redacción de La Opinión. Pablo, me parece que era biólogo, y trabajaba en el Condado de Los Angeles. El ya murió de cáncer, según supe, pero con frecuencia me acuerdo de él cuando voy a El Dorado.

Las rutinas eran estas: ejercicios de calentamiento, patear balones y organizar la “cascarita”. Con Pablo comentábamos que uno de los problemas de algunos chamacos es que no veían futbol en la televisión, y acaso eso no les permitía tener un sentido de la dinámica del juego.

Con todo eso, los padres se organizaban para llevar las aguas y los “snacks” para los juegos del sábado, y eso les servía para socializar entre familias que de otra forma nunca se hubieran encontrado.

Arbol de el Parque El Dorado, muy cerca de donde alguna vez entrenamos a los Blue Flames. Foto: Josee FUENTES-SALINAS.

  • José FUENTES-SALINAS, 10282018.

 

CUENTOS URBANOS: El sentido de la historia

Se fue convirtiendo en historia.

Sus visitas al centro de la ciudad lo dejaban cada vez más perplejo.
Le costaba reconocer el lugar que tantas veces había cruzado.

El parquecito estilo japonés donde dormían los desamparados se había convertido en una enorme estructura de condominios de lujo. Los desamparados todavía existían pero se acomodaban a la entrada de la biblioteca y ahora unos fumaban marihuana libremente por eso de las nuevas leyes.

Todo el centro se renovaba y pronto las grúas del puerto no podrían ser vistas desde esas calles por donde tantas veces había deambulado. “Se crearían muchos trabajos”, la doctrina del desarrollo la habían aprendido bien los políticos, inclusive el joven alcalde que se sentía orgulloso de ser el primer latino homosexual en gobernar la ciudad.

La ciudad se iba convirtiendo en algo distinto. Ahora resultaba más complicado estacionarse, aunque los estacionamientos ahora aceptaran tarjetas de crédito. La ciudad que presumía de ser la más amistosa para las bicicletas en el país ofrendaba su corazón a la clase media y a las compañías constructoras que tan generosas habían sido para rechazar la propuesta de control de rentas.

Lo bueno es que, además de ese tráfico pestilente de autos y camiones que desembocaban en el centro y en los muelles, allí llegaba el metro de la línea azul.

Muros que cubren la vista de el trabajo de construcción. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Las redes de transporte colectivo se iban extendiendo en todo el condado y pronto habrían de cambiar la nomenclatura: la gente se había hecho tan “color blind” que en lugar de tonos de azul y dorados, serían líneas numeradas. Ocurrió también en la demografía. Ahora ya no era posible distinguir entre negros, morenos, blancos, caucásicos, asiáticos… Ahora la segregación era por niveles de ingresos, porque eso de “clase trabajadora” y el “1%” había sido algo riesgoso en la política del Siglo XX. ¿En qué categoría cabía ahora el ex alcalde de la ciudad vecina que se había convertido en “chairman” de la compañía comercializadora de marihuana?. El primer latino en gobernar una ciudad de ese calibre, el ex director de sindicatos de trabajadores, y vocero del congreso de legisladores, ahora se justificaba diciendo que era importante que los latinos fueran representados en el negocio de la marihuana.

Sentía que el sentido de la historia no le cabía en la imaginación. Lo que había sido el gran crimen del siglo XX, por el que se mataron muchos pobres en Latinoamérica ahora era un negocio de cuellos blancos en Norteamérica, y hasta el ex líder del congreso republicano, el mismo que lloró cuando el Papa le reclamó su rechazo a la reforma de inmigración, el ex legislador ahora también trabajaba en el negocio de la mota, o de la marihuana, porque también en eso las cosas habían cambiado: el término mota era derogativo.

Con las manos en las bolsas y la misma chamarra de mezclilla de hace años ahora un poco desgarrada, caminaba rumbo a pagar el gas y el agua las oficinas del City Hall. Se sentía agradecido de que su facha se hubiera puesto de moda. Su vestimenta de mezclilla deslavada y con señales de tortura era altamente cotizada en los centros comerciales.

Antes de entrar a la biblioteca se detuvo a tomar una foto con su iPhone a los chuches de un desamparado que estaban junto a un paisaje y la ciudad habían puesto para hacer menos cruel el movimiento de grúas y trascabos que construían la remodelación del Downtown. El dormitorio del rincón del desamparado tenía como un muro enorme un póster en acrílico de unos yates en la marina con un sol a la tardecer.

…los desamparados se habían ido a un rincón de la entrada de la biblioteca, donde los chinches de un “homeless” se acompañaban de un yate de lujo con el fondo de un atardecer. Foto: José FUENTES-SALINAS

La biblioteca todavía era la misma.

Desde siempre las bibliotecas públicas habían sido su debilidad. ¡Tanto conocimiento gratuito!… Recordaba la primera que visitó en Wilmington, entre la calle Opp y Fries. Ahí leyó la biografía de Reis Tijerina y su lucha por la tierra. De ahí también saco discos LP para aprender inglés italiano… Ja ja ja… El inglés lo aprendía por necesidad, el italiano, por gusto. “il dennaro contante”… “il machelaio”…  Se le hacía grato entender un poco el lenguaje que había escuchado en las películas de Sofía Loren y Marcelo Mastroianni, o la del “Archidiablo” donde la audiencia en español escuchaba “la putannnaa”… Que era traducido en español por un discreto “mujer pública” en los subtítulos de la pantalla.

La biblioteca ahora daba el aspecto de decadencia, esperando su demolición. Al fondo, la mayoría de viejas computadoras eran ocupadas por desamparados. Pero a la entrada aún aparecían los estantes de libros recién comprados.

Le gustaban los cuentos o las novelas cortas, pero tenía la sospecha de que la elección de las obras estaba en manos de algún burócrata de la cultura que se dejaba mangonear por el mercado de libros, sin pensar en ese punto medio entre la demanda de una población lectora y los “bestsellers”. Aún así, aparecían buenos libros de Inés Arredondo y Mario Benedetti, de Sergio Ramírez y Carlos Fuentes, o “Manuales del Pendejismo”…

Cuentos de Sergio Ramirez e Inés Arredondo.

Urgando las historias se daba cuenta que se había convertido en historia él mismo. Las revoluciones del siglo XX ya se habían convertido en otra cosa, en contextos en que los autores hacían actos de reflexión, contricción, arrepentimiento…

Como un rompecabezas donde siempre faltan dos o tres piezas, buscaba elementos de identidad en sus lecturas.

Pero esas piezas vinculadas a lo que está ocurriendo en principio del siglo XXI siempre se escapaban. No encontraba títulos como: “Teoría y práctica del sonambulismo cibernético”, “El sonambulismo cibernético y su relación con el inconsciente”…

Quería pensar que los cambios en la transición del siglo XX al XXI solo habían sido de canal y de contextos, y si antes se tenía que ver en una pequeña sala de cine a Chaplin bailando un vals con un perro amarrado, ahora eso se podía ver en la palma de la mano en un iPhone.

Era un hombre racional. Lo sabía. Buscaba siempre la interconexión entre lo que fue y lo que es. No quería que el progreso lo agarrara del pescuezo y lo arrinconada en un asilo. Le provocaba asco las segregación.

¡Sus pies ah sus pies!… A veces los estimaba más que sus dedos.

Por eso cada vez que podía se iba por ahí caminando, viendo, solo viendo y pensando.

Tomo dos libros, y sin hacer fila los registró de salida.

La muchachita le dijo en español: “se vencen el 25 de octubre. Que tenga buen día. Vuelva pronto. Gracias”.

El hombre salió contento con el recibo del pago del agua y de sus libros.

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—José FUENTES-SALINAS/ www.tlacuilos.com

MAS HISTORIAS:

SWAP MEET: Uno nunca sabe qué va a encontrar en un tianguis

Las compañías

EN LA ESQUINA de la Avenida Los Coyotes y Carson, el hombre enfrenta su soledad frente al tráfico.
Mientras cambia de luz el semáforo, enciende un cigarro para sentirse solidario con los autos que pasan echando gases también.
Luego llega otro hombre solitario a la esquina, pero al verlo echar humo se queda parado a una cierta distancia.
El fumador hace un gesto de disculpa.
Los dos solitarios cruzan la calle, separados a cierta distancia.

-José Fuentes-Salinas, Instagram: taller_jfs, cronistadeguardia@gmail.com

El Octagenario

El primer sol del sábado empieza a levantarse del lado de la autopista 605. A un costado del Río San Gabriel, Luis se detiene a tomar agua. Su bicicleta es un modelo viejo, pero rueda como esas que los pelotones de jóvenes llevan en la pista que baja desde la presa de Santa Fe Springs hasta Seal Beach.
-Ja jaa… Cuando yo estaba chamaco esos ni me hubiera visto el polvo -dice.
Con su ropa de ciclista que ya le queda un poco floja, Luis disfruta de sus paseos a un costado del río. Conoce a muchos de los que llegan ahí, y platica con quien lo escucha.
-¿Los guatemaltecos?… No, esos son portugueses -dice- ellos llegan más tarde. Hay veces que me los encuentro cuando voy regresando. Yo vengo más temprano porque el sol pega mås fuerte al rato, y a mi edad ya no les aguanto esa temperatura.
Luis es de un Tlapachahuaya, cerca de Ciudad Altamirano, Guerrero. Probablemente sea el ciclista de más edad que transita por esa ruta donde el Río San Gabriel es solo un hilo en medio del concreto que está por morir en la playa. Mientras conversamos, las garzas y patos buscan comida en el agua y los ciclistas pasan a un costado.
-Vengo aquí tres o cuatro veces a la semana, pero antier no vine porque me fui a pescar… ¿a donde?… Aqui mismo. De Long Beach sale el barco que nos lleva a las Islas Catalina… Ja jaaa… No encontré sirenas… Esas las veo nomás asolearse en la playa. Pero ahí en Catalina se agarra de todo, inclusive atún. Se la pasa uno bien, pero se tiene que levantar temprano. Pasaron por mi a las cuatro de la mañana, pero uno se entretien.
Compadeciendo de nuestras bicicletas, la mía que costó 85 dólares en Wal Mart, y la de él, lleva los forros de los manubrios desgastados y no es de las que usan pedales para encajar los zapatos, sale el tema de los modelos de los pueblos.
La cuestión es moverse y que no lo dejen a uno en el camino.
Cuando le platico de las pesadas bicicletas Hércules que usaba mi padre para transladarse de escuela a escuela, cuando daba clases, Luis recuerda también las de Tlapachahuaya.
-Esas si que eran mulas de trabajo. Mire yo allá trabajaba distribuyendo la cerveza Carta Blanca, pero en bicicleta. En la parte de atrás le había adaptado una parrilla y una tabla para cargar los cartones. Cuando iba a recoger las cajas de las botellas vacías a las cantinas, había veces que hacía una pirámide que hasta se levantaba de adelante la bicicleta. Nomás por pura nostalgia, la última vez que fui a mi pueblo, iba decidido a comprarme una igual, aunque allá tengo una bicicleta de aluminio. Me dijeron ‘eyy, Luis, conozco quien te puede vender una’, y allá voy. Pero cuando la Bajo el entendido de que en esta vida se tienen que estirar constantemente los músculos o se cuelgan los tenis, y de que hay dos maneras de entender esto: con dolor o sin dolor, Luis cuenta que su sobrino que la vez pasada lo acompañó a regañadientes ahora ya no lo podrá hacer.
-Le puesieron un marcapasos… ¡Carajo!, a él tan jóven… Fue en uno de los partidos de la Selección en el Mundial de Brasil… Estaba celebrando, luego de una buena comida, se echó unas cervezas y cuando iba a llevar las botellas a la cocina ¡zas! se fue de espaldas. Dice que es de lo último que se acuerda. Estuvo internado y no quería aceptar que iba a necesitar nada. Luego le pusieron de esos aparatitos con cables para chacarle el corazón las 24 horas… Luego le dijeron: mire, aquí dice que el corazón se le paró por unos segundos… y va a necesitar el marcapasos.
La plática ha sido suficiente como para descansar un poco. El sol sigue subiendo y cada vez hay grupos más numerosos de ciclistas. Pasa otro pelotón de unos 20 jóvenes y personas mayores con sus uniformes brillantes y sus bicicletas de Canondale, Specialized…
-Bueno, ahi nos vemos -le digo Luis y me voy de regreso.
Más adelante me alcanza y busca seguir la conversación.
-Usted hasta dónde va -me pregunta.
-Aquí, en el parque doy la vuelta.
-Andele pues, ahi nos vemos en la próxima, yo todavía tengo que pedalear un poco más.

* José Fuentes-Salinas, Ago., 16, 2004. tallerjfs@gmail.com

EL HOMBRE DE LETRAS

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

Torrance, California. Foto: José Fuentes-Salinas

P1030085Este era un hombre de letras. Las letras le daban para comer. El solo se tenía que encargar de que tuvieran luz intensa, de que se unieran bien en armonía y contraste para que dijeran algo. A pesar de la lenta recuperación de la economía, el hombre de letras no se preocupaba demasiado. Todas las semanas tenía trabajo. Todas las semanas había algo que decir, aunque, con frecuencia solo se trataba de reemplazar lo ya dicho por algo más brillante, pero que comunicara lo mismo. Su trabajo lo hacía con gusto, bajo pleno sol o con día nublado. Sus letras siempre eran necesarias para salvar de un dolor de muelas a un paciente desesperado o para invitar a tomar cerveza y jugar billar a un viejo solitario.
Era también un trabajo de altura que antes suponía subirse a una escalera, pero hoy, cómodamente se sube a una plataforma mecánica que él mismo controla apretando unos botones, casi como los escritores usan sus computadoras.

-José FUENTES-SALINAS, Long Beach, CA., 1 de Mayo, 2014.

Historias en el Bus

TLACUILOS SOBRE RUEDAS

Ver lo diferente en lo cotidiano es el propósito del fotógrafo que sale a las calles con propósitos artísticos.

También es el propósito de los escritores que tratan de salvar del olvido unas cuantas estampas de lo que escuchan y ven.

Para disfrutar más de una vez lo mejor de lo que ocurre todos los días, los fotógrafos toman imágenes, los escritores apuntes.

Que eso se convierta en un álbum, un “blog” o en un libro es algo que frecuentemente carece de importancia… A menos que haya tantas personas que quieran compartir esa experiencia.

LA LECTORA

Mientras espera su bus, la señora aprieta y abre muy grandes sus ojos.

-Ya casi no puedo ver -dice-. Tengo diabetes y cataratas, pero la doctora no me quiere operar hasta que me cure un poco. Algunas veces solo veo movimientos de luces y sombras, como fantasmas.

La señora ríe cuando platica su tragedia.

Sin embargo, noto que lleva una Biblia en español Edición Reina Valera en su bolsa.

-Veo mal, pero trato de leer la Biblia, aunque sea un poquito. Mira, me la compré en Walmart, y si no entiendo algunas cosas, me las imagino.

LA GORDURA

Entra con problemas al autobús.

-Excuse me, excuse me… -dice al pasajero que ocupa uno de los dos asientos donde sienta media nalga. Su enorme volumen hace que el otro pasajero lea con dificultad el texto del teléfono celular. Prefiere apagarlo.

-Excuse Me… I’m sorry -vuelve a decir el gordo, que por comodidad, no porque le guste hacer ejercicio, lleva unos pants y una sudadera.

Los autobuses de Torrance, más viejos que los de Long Beach, no se hicieron para los volúmenes de los pasajeros del Siglo XX. Dos terceras partes tienen “exceso de equipaje”, y una tercera parte de ellos tiene un volumen que los hace viajar con incomodidad. En tres asientos longitudinales de la entrada van una madre y una de sus hijas sentadas, la otra va parada. El volumen de las tres crean una barrera visual en una cuarta parte del autobús.

Hay otros asientos en los que, una vez que se ha sentado un gordito en asiento y medio, ya nadie se atreve a usar ese fragmento, y no porque no les guste rosarse con sus volúmenes, sino por que no les gusta viajar con una nalga en el espacio.

El problema no es solo en los autobuses. La gordura es una discapacidad que suele unirse con otra discapacidad. Por eso hay sillas de ruedas reforzadas y con amortiguadores especiales. Son las equivalentes a las camionetas Hummer.

Los espacios para las sillas de discapacitados en los autobuses fueron hechas para sillas normales. Cuando entran las “Supersillas” crean todo un problema para su acomodo, algo que requiere de la paciencia de los pasajeros y la pericia del chofer para sujetarlas detrás del espacio donde van las ruedas delanteras del autobús.

¿En qué momento la gordura se masificó?

En mi infancia en Michoacán, recuerdo haber conocido algunos gordos: el Gordo Vega, el Gordo Pineda, las panaderas Filigonias, “Nacha” la que inyectaba a todo el pueblo…

Dicen que la gordura que conocemos se masificó con los autos y hamburguesas.

En la película “Supersize Me” hay un  tipo que se dedica a comer solo papas y hamburguesas, y soda. Va midiendo su volumen día a día, como en un experimento social. También muestra cómo los pollos son engordados, teniéndolos encerrados en jaulas, sin que se puedan mover.

Quizá el problema de la gordura se inició cuando las compañías nos vieron caras de pollos y se dedicaron a engordarnos enjaulados en autos y oficinas, para luego irnos comiendo poco a poco en hospitales. (-3.23.2010).

LAS TRES AMIGAS

Mientras viajo de Torrance a Long Beach, se escucha esta plática en el autobús:

-Pues si, María, ese perrito que me dieron parece un niño. Ya sabe cuando voy a llegar y se pone contento, también sabe cuando me voy a ir y se pone a llorar… ¿Y tu crees que sabe lo que pasa?… Lo trato bien, no creas, ya le puse su colchoncito para que se duerma y a veces anda jalándolo de un lado a otro.

-Ese perrito no entiende ni siente lo que le dices o lo que te pasa. Es un travieso. Eso es todo.

-Pero, María, si vieras cómo me hace compañía, porque yo, pobre de mí, hay veces que me siento sola.

-Si. Y mientras más crezca, más te va a acompañar, hasta que se muera o estire la pata… Ja jaaaa… Pero debes tener un dinero guardadito porque los veterinarios salen caros… Así como me dices, a ese perrito lo separaron muy temprano de su madre… ¿cuántos días tenía?… ¡Uyyy no!… A los perros hay que separalos hasta las seis semanas de nacidos.

-Pues, fíjate que a estos, el señor los separó luego luego y los regaló a todos. Eran doce, imagínate nomás, pero lo bueno es que yo le doy su leche y se queda dormidito, así como bolita.

-¡Ay qué bárbaro señor!… Nomás quería hacer dinero o no quería alimentar más bocas… Imagínate los perros como del tamaño de ratones.

-María, ¿y cómo es que tu no quisite uno?… Si vieras cómo acompañan.

-Yo, con la experiencia que tuvo Chui fue suficiente. Mira, ella que ya tenía un Chihuahua grande, lo regaló.

(Interviene Chui)

-Pues sí, ¿para qué íbamos a sufrir los dos?. Ya con que yo me sintiera encerrada era suficiente. ¿Para qué hacerlo sufrir también a él. Mejor lo regalé, que al fín ni patio tengo, y ahí nomás se la íba a pasar encerrado. (4.02.2010).

PARADA DEL BUS

Pacific Coast Avenue y Pacific Coast Higway.- “¡Aquí apeeesta!”, dice el loco que se tomó la bebida energética y tira la lata de aluminio al tráfico.

¿A quién desafía con su bastón?

-¡Aquí apesta! -dice viendo al tráfico.

En la banca de la parada del autobús, otra mujer de mala facha con un tatuaje del signo del dinero “$” en el cuello se desespera porque no llega el autobús de la Ruta 173.

-¡Aquí apesta! -insiste el loco, babeando y fumando un cigarro.

El tráfico de las seis de la tarde se hace más abundante y desordenado.

Una mujer de una falda diminuta entallada y un poco gorda, al igual que la mayoría de los que llegan a cargar gasolina, se levanta de la banca, al ver que dos patrullas se han detenido a escudriñarla. La mujer se aleja de la parada, da una vuelta a la cuadra y regresa a sentarse. Luego, pregunta si los camiones dan vuelta en el Long Beach Boulevard.

-No. Se van recto. El 172 y 173 dan vuelta en Ximeno. Pero puedes caminar dos cuadras y agarrar el metro o los buses que se van por el Long Beach Boulevard. -le digo.

Ríe, como si fuera una mala palabra “caminar”. Se queda callada.

-¡Aquí apesta! -insiste el loco, con las venas del cuello tensas como si hiciera un gran esfuerzo, como si sintiera coraje hacia algo imaginario.

-Yo no aguanto a este -dice la mujer del tatuaje y se va caminando hacia el Long Beach Boulevard.

La rabieta del loco, en cambio, le parece graciosa a un joven que llega vestido con aretes, ropa gótica negra y un cinto con una hebilla de otra de las miles de versiones del Che Guevara.

Luego llegan dos gais, uno de ello tatuado con serpientes en los brazos. Charlan como dos enamorados bajo la escasa sombra del tablero de las rutas de los buses.

A la gasolinera Chevron no dejan de llegar viejos autos lamentables de donde bajan personas que cargan gasolina y miden con preocupación cuántos galones pueden pagar.

Hace 30 años, la pobreza excluía la posesión de un auto y el uso de tecnología nueva.

Hoy no. La gente que vive al límite de sus ingresos puede traer teléfonos celulares y viejos autos que consumen demasiada gasolina y castigan más sus bolsillos.

Uno de esos autos es una patrulla usada, pintada de un amarillo chillante a la que aún se le transluce el número y diseño de la policía.

-¡Aquí apesta! -insiste el loco, ahora con su bastón haciendo una especie de cruz contra el tráfico.

Pasan por la calle adolescentes con sus bebés cargados, trabajadores cansados, dos o tres de ellos en bicicletas desafiando el tráfico.

No sé a qué horas debe pasar el próximo bus. No hay forma de preguntarle a alguien por teléfono, a pesar de que ahora todos traen un teléfono “inteligente”. Siempre contesta una máquina. No hay absolútamente ningún punto visual para descansar la vista. Adondequiera que uno voltee solo hay rostros cansados, cuerpos deformes y excedidos, negocios decadentes, signos incompletos, excepto las gasolineras…

No hay una estética urbana. A nadie le interesa plantar árboles. Si por cada anuncio o cada diez autos que pasan hubiera uno…

-¡Esto apesta!… This stings! -dice el loco que no se sube a ningún autobús, ni se va de la banca de la parada del bus. (05.21.2010)

 

La Dignidad

No trabaja sucia. No lleva el vestido desfarrado o maloliente. Es cortés con el chofer y lleva su basura limpia en dos bolsas de plástico en un carrito plegable de ruedas. Su rostro arrugado se combinan con su paso firme que busca el primer asiento disponible en en el autobús de la Ruta 173. Todos los pasajeros la admiramos por su faldita de tablitas planchadas, su sweater y, a veces, un gorrito muy decente. La admiran en silencio, porque saben que es una viejita a la que muy bien, otros ya la hubieran mandado al asilo. Podría acaso ser “ilegal”, una inmigrante sin documentos que por esa razón no pide ayuda del gobierno.

Pero en todo el autobús, ella es La Ley, La Moral, La Dignidad.

De todos los que vamos ahí, ninguno trabaja más arduamente que ella, la más anciana.

Sin poder aguantarme las ganas de conversar, dejo de leer el periódico y me entero de que su trabajo empieza a las 5:30 de la mañana. Me entero del precio de la libra de las botellas de plástico y botes de aluminio que recoge todos los días en los callejones de Long Beach.

-Ultimamente ya está muy competido -me dice.

Seguimos por la Pacific Coast Highway. De pronto pide su parada.

No hay mucho tiempo para hacerle la pregunta que todos llevan en la cabeza.

-¿Cuántos años tiene?

-¿Cuántos me echa?

-Veinte -le digo en broma- todavía se ve muy maciza.

-Jaa jaa -alcanza a reír mientras va saliendo- Nomás ochecnta y cinco. Haga cuentas.

 

-José Fuentes-Salinas, 18.Jul.2009.

La Sobrevivencia

Xochil Parra era una adolescente un poco gordita. Quizá por eso su padre y su padrastro no notaron que estaba embarazada.

Un día, a las cinco de la mañana, cuando estaba a punto de bañarse para irse a la escuela Poly High que estaba a dos cuadras de su casa, caminó cuatro hacia el Hospital Saint Mary de Long Beach.

Ahí no nació su hijo.

Su hijo nació mientras ella estaba en la regadera.

Sintió que su hijo se quería asomar al mundo, y se sentó a ayudarlo. Lo arropó, y, aún sin cortar el cordón umbilical se fue caminando. El teléfono de su casa estaba desconectado, pero su hijo estaba conectado a ella.

El Dr. José Pérez, al verla llegar todavía con la plascenta y el bebé conectado, le dijo que no se moviera. Xóchil había escondido el bebé en su vientre porque tenía temor de que al saberlo su madre la expulsaría de la casa, que también era como su propio vientre.

 

-José Fuentes-Salinas, con datos del PressTelegram, 3 de mayo, 2008.