Historia del hambre y la guzguera

EL HAMBRE. Cuando llueve hace más hambre. Eso lo recuerdo desde niño, cuando nos
íbamos de juerga con los amigos. “Cuando llueve se te alborotan las lombrices del estómago”, decían. Por eso, le caíamos a una tía de Aparicio. Ella tenía una gran huerta de duraznos amarillos allá por la salida a Naranja. Eran muchos árboles pegados a las milpas de maíz. Aparicio decía que podíamos cortar todos los duraznos que quisiéramos, que su tía no se enojaba, pero que no rompiéramos las ramas.

Los duraznos eran grandes y jugosos y cuando los mordíamos parecía que si
no se embarraba miel en los labios. Otras veces, cooperábamos entre todos y nos íbamos a la tienda de abarrotes a comprarnos unos bolillos con queso de chiva y chiles
jalapeños.

No sé por qué, pero cuando llovía así era el hambre.

Ahora que lo pienso bien, quizá no eran por las lombrices que se alborotaban, si no
porque el cuerpo necesitaba más calorías, O por las dos cosas. Lo de las lombrices alborotadas es cierto. Cuando llueve, veo como salen de la tierra del jardín y luego se las lleva la corriente de agua hasta la alcantarilla de la calle.

Hoy sábado, después de muchos años de aquellas hambres infantiles, estaba en el jardín húmedo comiéndome una manzana. Sentía un vacío en el estómago. Vi los nísperos maduros de los árboles y me acerqué a comer unos, como en aquellas tardes lluviosas en que íbamos a la huerta de la tía de Aparicio.

Igualito que hace años me fijaba cuál era el fruto más amarillo, más maduro, y lo pelaba con las uñas para comérmelo. Algunos ya tenían un picotazo de algún pájaro. Ésa era la señal de que ya estaban dulces.

Con la tierra húmeda bajo mis pies, en aquel silencio, de pronto empezó a caer una lluviecita fina y leve.

Mordí el último fruto.
Tiré la cáscara y el hueso, y me quedé con un recuerdo lejano que me
llenó el estómago.

Humus. Foto: JFS

Humus. Foto: JFS

José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com 9 de abril del 2016.

Los cinturones, los cinturonazos y otras otras formas de tortura

INTERNETO AGORAFOBICUS se andaba dando una vuelta por el Swap Meet de Carson con Canario Pikitoeoro. Pasaron por un puesto de ropa donde había unos maniquís desnudos.

—Oiga, don Neto, ¿por qué estos maniquíes no tienen ropa? —preguntó Canario.

—¿Qué no ve?… Estos maniquíes tienen medidas perfectas 50-30-revienta… Y ahorita casi toda la gente es fodonga, por eso no les ponen ropa de esas medida… Jaa jaja…

—No sea mamila —insistió Canario- a mi se me hace que son los que se trajeron del Sports Chalet, que acaban de cerrar, y ahorita los quieren vender.

Casi a finales de Octubre, el clima aún era caluroso. Algunos vendedores preferían irse pasado el mediodía, como el Bigotes, que ese día no había logrado vender ni las revistas de comics de Kalimán, ni los DVDS de películas.

Canario, de repente se acercó al puesto de los cinturones.

—¡Ah Jijo!, aquí están los instrumentos de tortura —dijo.

Puesto de cinturones en el Swap Meet de Carson, California, con el Tío Caimán. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Puesto de cinturones en el Swap Meet de Carson, California, con el Tío Caimán. Foto: José FUENTES-SALINAS.

—No invente —corrigió Interneto— esos son prendas para que no se le caigan los pantalones, como esos chamacos que andan enseñando media nalga.

—Cómo se ve que a usted no se lo han agarrado a cintarazos. Mire, allá en la época de las cavernas, cuando los papás no habían estudiado la psicología de Piaget, se sacaban el cinturón a la primera provocación, cuando los chamacos no les hacían caso y ¡reatas!. Los papás decían que esa era la forma de educar a los hijos… ¡Qué va!… Cuando se necesita la violencia para hacer que alguien haga lo correcto eso no es educación. Por eso, los chamacos golpeados se hacían golpeadores con sus parejas…

—Yaaaaa… No me diga que a usted nunca le sacudieron el polvo —interrumpió Interneto.

—Pues no es por presumir, pero yo tuve unos pájaros muy chingones. Mi madre era una calandria y mi padre un jilguero. Ellos eran buenos para saber decir las cosas. Por eso yo desarrollé el “criterio”, eso es algo como una vocecita interna que le dice lo que está bien y lo que está mal, sin necesidad que lo jodan. Y, en lugar de temerles a mis padres, no sabe cómo los apreciaba cuando salíamos a comer mosquitos y chapulines.

—Ay, ay ayyy… no sea mamón. Camínele que está haciendo mucho calor.

—Es la pura neta —insistió Canario—. Afortunadamente, mis padres eran grandes contadores de historias, y con historias nos educaban. Aunque algunas eran de terror.

—Ja jaaa… ¿Cómo que de terror?

—Si. Mire, ahora que se acerca el Día de los Muertos, recuerdo que nos contaban la historia de la niña a la que se le secó la mano por levantársela a su mamá, o los niños que se encontraron con el diablo en forma de marrano porque andaban de vagos.

—Tiene razón —dijo pensativo Interneto— lo malo es que ahora los padres no tienen tiempo para contar o inventar historias. No se permiten ser un poco niños, y, de repente, quieren educar a los chamacos con puras amenazas y extorsiones: “si haces esto, te doy esto”… Total, que los educan para que sean unos ciudadanos corruptos, que no hacen las cosas por deber, sino porque van a recibir “una mordida” por lo que hacen, hasta las cosas más elementales. O sea como dijo Gibrán: “si el objetivo de la religión es obtener un premio, si el patriotismo responde a intereses egoístas, y se utiliza la educación como instrumento de lucro, prefiero ser ateo, apátrida e ignorante”.

—¡Ah chingao!… Ahora si me salió más cabrón que bonito.

—Pues, ay nomás, pa’l gasto, mi querido pajarín… Y córrale que ya nos está esperando el Tío Caimán.

—José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com

 

Maniquíes del Swap Meet de la Villa Alpina, de Carson, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

Maniquíes del Swap Meet de la Villa Alpina, de Carson, California. Foto: José FUENTES-SALINAS.

La cantante de niños

Toda su vida ha jugado a ser y no ser extranjera. Nacida en la Isla de Aruba, Venezuela, Georgette Baker tenía un apellido y un nombre poco hispano.

Su madre era indú y se llamaba Latufa. Se casó con un cubano y se fue a Ecuador. Se divorció y luego de ganar un poco de dinero en un restaurante suizo donde cantaba, agarró su mochila y se fue a varios países de Sudamérica, de Galápagos al Río Amazonas.

Voló a Atenas, donde se casó con un griego. Viajó a Estados Unidos, donde fue reportera de televisión y maestra en Los Angeles.

Con dos hijos, la residente de Chino, recuerda lo mismo a los soldados que le tiraban sus gorras cuando cantaba para ellos en la selva, que el día que la metieron en la cárcel por ser extranjera y sin la visa que había perdido.

Ella llegó a todos los países y a todos los dejó.

Lo único que no ha dejado es su guitarra y su mochila, con la que lleva a dondequiera los mejores cantos infantiles de los países que no la han dejado.

 

-28, Mayo, 2000

El Charro

Tiraba la reata y derribaba un potro; se trepaba en dos caballos haciendo “El Paso de la Muerte”. Con su caballo “El frijol”, Manuel Menchaca terminó llamándose “El Frijolito”.

Desde los 11 años empezó a arriesgar raspones y fracturas, pero nunca, ningún potro lo mandó al hospital.

Fue nombrado “Charro Nacional” en México y Estados Unidos.

Menchaca sabía controlar a los más caprichosos caballos, pero no sabía manejar montacargas, esos pesados “forklifts” que acaso alcanzan solo 15 millas por hora.

A los ocho días de montar un montacargas fue derribado. La caída le produjo la muerte instantanea.

“El Frijol” ahora lo monta su sobrino de 10 años, el “Frijolito II”.

 

-28, Mayo, 2000

Contrafobias

Armando Bautista le platicó a la periodista Karina Avilés:

“A Guillermo le pegaron y como estaba enfermo del corazón, se murió; al chainas lo aventaron por la vía del tren; el Garrochitas y Tony murieron en su casa porque los agarró dormidos el terremoto; a Carlos le pegaron de tabicazos; otro niño murió en el basurero; el Chagüi se murió de Sida, que descanse en paz”.

Por eso, los niños de la calle, que lo mismo viven debajo de un puente que en los cascajos de un bar de la Ciudad de México, hicieron su propio altar de muertos con mandarinas, peras, una papaya, calabazas, dos botellas vacías de alcohol… y un camino de aserrín para que bajen y caminen los angelitos de la banda sobre un terreno menos sucio.

 

-JFS.Nov.1.1997.La Jornada.

“Inocencia y Contrafobias”

Era la víspera del Día de los Muertos en Cali. Antes de las 8 de la mañana, hubo un nuevo asesinato: Mario Salas Jimenez, responsable del conteo de votos, cayó frente a un jardín infantil de la calle 5E, víctima  de la “intolerancia” que vive el país.

Un día anterior, en el Parque Nacional y la Plaza Bolivar, el recién creado Ministerio de Cultura Colombiano les había hecho cantar a 20 mil niños: “No le tengo miedo al miedo, el miedo me tiene miedo a mí”.

“Al anochecer se quemaron los miedos que los niños depositaron en una urna”.

En la fiesta del Halloween colombiano se mandó un ejército de 300 psicólogos, sociólogos, antropólogos y recreacionistas para que hicieran posible esa proeza.

Dicen que al ministro de cultura lo vacunaron con un dulce debajo de la lengua.

 

-JFS.Nov.1.1997.D.El Tiempo

La alienación

En la radio hablada de Los Angeles el tema son los regalos: los novios que recibieron tres licuadoras y dos hornos de microndas; la ropa que se vuelve a regalar con olor a axila; el primer diamante a una señora…

Llega el turno a una ama de casa que se queja de la falta de “detalles” de su esposo. Con un salario de hambre, él no ha sido muy afecto a los regalos.

“El dice que no le alcanza el dinero”, dice.

Pero cuando la señora verdaderamente suelta el llanto e interrumpe la plática, haciendo pucheros, es cuando confieza que a sus dos hijas pequeñas “nunca las ha llevado a Disneylandia”, ese parque de diversiones que se ostenta como “el lugar más feliz del planeta”.

 

-Radio 1020 AM, 23, nov., 1999.

Santa Clause y los niños

ESTAN FORMADOS, esperando los regalos que Santa Clause y el concejal Alatorre traerá en un carro de bomberos.

Mientras los perros duermen afuera de los rústicos departamentos de Pico-Aliso, en Boyle Heights, la fila de niños se va haciendo más y más extensa.

Piden todo tipo de cosas a Santa Clause. Hablan de Barbies, autos, pistolas, juegos electrónicos… Mientras que las madres solo piden paz, y acaso una carcachita para irse a su trabajo de limpiar oficinas al “downtown” de Los Angeles.

La única niña que no pide nada en especial es la Secretaria de Santa Clause.

Melinda Ramos, de 8 años, tiene unos grandes oscuros poblados de pestañas como una muñeca de edición especial.

Es sobrina del concejal Richard Alatorre y será quien vaya pasando los regalos a Santa Clause para que se los de a los niños.

Moviendo los hombros, sentada al lado del viejo barbón, dice que ya no pide nada.

En enero se murió su madre de un cáncer de cólon.

 

-José Fuentes-Salinas, dec., 8, 1996.