Los mensajes del cuerpo

"Encuentro entre la Ciencia y el Arte" Foto: José Fuentes-Salinas/ Tlacuilos.com

“Encuentro entre la Ciencia y el Arte” Foto: José Fuentes-Salinas/ Tlacuilos.com

Por José FUENTES-SALINAS    -tallerjfs@gmail.com          

MIRE USTED. Solo se trata de escuchar su cuerpo. Si se le enfrían las rodillas y el otoño le produce un leve escalofrío, salga a caminar al sol. Váyase por ahí a tomar un cafecito. No importa que haya hojas secas tiradas por la calle y en los aparadores de las tiendas aparezcan brujas y esqueletos. Escuche su cuerpo, él no le engaña, ni obedece a caprichos.

Ya sé que los mensajes más triviales son cuando crujen las tripas y se le cierran los ojos de sueño, o cuando tiene urgencias de eliminar las inmundicias. Pero también hay otros mensajes más discretos. Cuando quiere dejar salir el aire de sus pulmones, y que al salir produzcan sonidos, y que ese sonido le regrese como un eco, pero acompañado de otros ecos.

Hay un momento en que su cuerpo le pide silencio para escucharse a sí mismo, y otro en que quiere escuchar murmullos de gente que almuerza y conversa. Su cuerpo siempre le habla con mensajeros discretos, calambres en las nalgas cuando ha estado demasiado tiempo sentado frente a la computadora, o calambres de cuando se ha ido de “pata de perro”.

Pero también hay mensajes que lo arruinan todo, llenos de dolor. Esos mensajes abrumadores suelen ser por haber descuidado los mensajitos. Saber escuchar los mensajes grandes y los pequeños es una habilidad que empieza desde muy niño. Algunas veces los adultos arruinan esa habilidad porque llegan a pensar que un llanto no es otra cosa que ganas de joder.

Más tarde, también las cosas se suelen complicar, porque los mensajes de tristeza y tedio se interpretan solamente como la necesidad de tragarse una pastilla. Se complican también porque con algunos mensajes elementales, usted quiere descifrarlos demasiado con los brujos o con la computadora.

Al final, el bienestar solo se trata de escuchar con honestidad su cuerpo, antes de que empiece a escuchar “pasos en la azotea”, o cuando está próximo a salir de su casa con los pies por delante.

 

Los Gimnasios

Los gimnasios son una hora de democracia diaria. Foto: José Fuentes-Salinas

Los gimnasios son una hora de democracia diaria. Foto: José Fuentes-Salinas

En un homenaje a “Los Creadores”, el profesor Daniel Boorstin escribía que los gimnasios de la antigüedad eran lugares para ejercitar los músculos y la mente. En esos lugares se hablaba de filosofía tanto como de política de la manera más democrática, desnudos. Ni los ministros, ni los cónsules, ni los soldados, presumían otra cosa que sus ideas y su fortaleza.
Hoy que los neurólogos y cardiólogos dicen que lo que le hace bien al cuerpo le hace bien al cerebro, los gimnasios son la única forma de escapar a la dependencia de la industria farmacéutica y de los hospitales.
Por menos de lo que cuesta un ticket del bus, uno tiene derecho a nadar a un lado del cardiólogo y compartir las pesas con el abogado.
Lo que pase después es otra cosa.
Pero en una hora de sudar, trotar, nadar y conversar, uno verdaderamente cree en la democracia.

-JFS, Long Beach, Ca., 5.Feb.2014

“Las decisiones”

 

ENTRO al nuevo milenio cuando tenía 103 años. Ardito Desio había nacido en Palmanova, Italia, en el Siglo XIX, transitó el siglo XX, y se despidió en el XXI.

Su último saludo público fue su obituario.

En una foto del periódico aparece al pie de un pico nevado de los Himalayas y en otra está sonriente con un elegante traje.

Mientras que para muchos la vida es solo ir saltando cifras, o acumulándolas, para Desio era comprobar que tan alto se puede trepar.

Y lo más alto que él pudo llegar fue el pico K2 de las Montañas Himalayas, el techo del mundo.

Para entonces, tenía la mitad de un siglo, cuando muchos ya estan pagando su sitio en el panteón, o estan a la espera de un cáncer o un infarto.

Habiendo descubierto petróleo en Libia, y luego de haber viajado al mismo Polo Sur, el geólogo se puso un nuevo reto a los 90 años: demostrar que lo que decía la Universidad de Washington era incorrecto, y que el pico K2 no era el más alto del mundo, sino el Everest.

En 1987 regresó al K2 y con ayuda de un satélite demostró no solo que el Everest es el techo más techo del mundo, sino que el tamaño de los retos es el techo de la longevidad.

-José Fuentes-Salinas, L.A.T.,dec.,2011.

El Gimnasio

HASTA antes de que apareciera el gran negocio de la moda deportiva, la palabra “gymnasium” significaba solamente el “lugar para estar desnudo”. Era un lugar para la educación no solo física, sino intelectual de los muchachos, y la mayoría de estos tenían bibliotecas para leer luego de haberse relajado.

En la actualidad, es la manera más barata de ahorrarse dinero en hospitales y médicos, y van todo tipo de personas: gordos, delgados, altos, chaparros, viejos y jóvenes.

Cada día en el gimnasio cuesta menos que el boleto de una subida al camión urbano. Por unos 75 centavos, uno puede usar cientos de pesas y aparatos, una cancha de basquetbol con tarima de madera, cinco salones de racquetbol, jacuzzi, regaderas… y esa enorme alberca desde donde se ve por los ventanales aparecer el sol de las mañanas.

-¿Qué más quiere con ese sol naranja y esas palmeras? -le pregunto a la vieja Ann que todos los días llega a caminar en el agua, mientras su esposo Jack nada lentamente en otro carril.

-¿Quiere un coctel? -le pregunto en broma y suelta una sonrisa.

El último día del verano, en el que las tiendas ya tenían mercancías de Halloween y Navidad, al mismo tiempo, llegué a la alberca cuando había solamente otro hombre mayor y de canas nadando.

Por unos minutos eramos los únicos nadadores. Luego llegaron los esposo Jack y Ann.

-Hoy no podré nadar -dijo Jack- me hicieron una curación detrás de la oreja.

Al igual que su esposa Ann, quienes son personas mayores y jubiladas, siempre tratan de tener un tema de conversación. Si es temporada de playoffs del basquetbol, tratan de ver los juegos para poder referirse a los pormenores de los partidos. Esa es la parte de la actualidad que mezclan con sus recuerdos del empleo que alguna vez tuvieron y de sus experiencias de vida.

Pero ese día Jack me sorprendió con información sobre los usuarios del gimnasio.

-Usted estuvo nadando con el cardiólogo de mi esposa -dijo.

-¿De verdad?

-Y no solo eso -prosiguió- aquí también viene otro de sus doctores y una enfermera del hospital que nos atiende.

-Ja jaa… ¿O sea que aquí tiene a todo el equipo médico?… Eso me hace sentir seguro -le dije.

-¿Se imagina?… Vivimos como millonarios -dijo con una sonrisa.

Cuando me salí de la alberca, con solo 15 minutos para echarme un regaderazo y salir al trabajo ahí cerca, el círculo anaranjado del sol se asomaba por la ventana con toda su intensidad, contrastando con el color turqueza de la piscina.

Era un buen viernes para recibir el otoño, esa época del año que nos pone tan pensativos en relación a lo que somos, fuimos y seremos.

-José Fuentes-Salinas,-Set., 21, 2012.

EXCESOS

APARECEN en todos los lugares, en todos los momentos. El Dr. Dharma Sigh Khalsa piensa que los 1,600 anuncios que el norteamericano promedio ve diariamente lo ponen en demasiado estrés que le va arruinando la memoria.

“Cada anuncio, por supuesto que no nos hace que gritemos de pánico, pero se registra en nuestro sistema nervioso, cobrándole un impuesto a nuestras neuronas y neurotransmisores, y algunas veces liberando hormonas del estrés”.

Los anuncios llegan en programas de televisión, radio, internet, playeras de jugadores, postes…

En el verano, los californianos se van a la playa para escapar de ellos… But guess what?… Ahí aparecen las avionetas frente a ellos ordenándoles qué bebidas tomar, además de romper el paisaje de papalotes y gaviotas.

El concejal Toni Iseman, de Laguna Beach, tuvo que protestar: “Cuando la gente va a la playa, quiere oír el sonido del oceano y las risas de los niños, no las aventuras comerciales”.

 

(Dharma Sigh Khalsa, “Brain Longevity”, 1999; Los Angeles Times, Jul.22.2001. Stanley Allison.)

 

-José Fuentes-Salinas, tallerjfs@gmail.com