LA FOTOGRAFIA EN MEXICO: El taller de Kathy Horna

“Estoy en crisis existencial: hoy todo el mundo corre, hoy todo el mundo maneja, ¿mis imágenes?… Fueron producto de un amor creativo. Nunca tuve prisa.”

—Katy Horna.

Ciudad de México, 1989.

 

A Kathy Horna la había conocido solamente por teléfono y por sus fotos que he visto en el museo del Centro Cultural Arte Contemporáneo (que por cierto, ella no sabía que estaban ahí) y en otras galerías y publicaciones.

Aquella vez que me invitó a visitar su taller, el domingo por la tarde, hablamos más de una hora. Me decía que no le gustaba opinar, que había opinado mucho cuando era joven, pero que si quería me invitaba a visitar el taller de la Academia de San Carlos para que platicara con sus muchachos, sus asistentes.

Kathy, de origen húngaro, de 76 años, de los cuales ha vivido 50 años en México, desde 1973 está en San Carlos.

En esa ocasión me dijo que su archivo de 40 años (1939-80), dónde están los personajes más importantes de la cultura nacional de ese periodo, lo donó al Instituto de Investigaciones de Artes Plásticas del INBA, ya que después del terremoto de 1985 su casa se deterioró y no pudo guardar por más tiempo su material.

Horna es una de las pocas fotógrafas que con toda certeza pueden representar el surrealismo en México: “hay un innato surrealismo en mi trabajo”, me dice.

Sus imágenes han aparecido en revistas como Artes de México, Nosotros, Artes Plásticas, Vanidades… Y recientemente publicaron un libro en Suiza, en el que ella representa el surrealismo latinoamericano.

VISITA A LA ACADEMIA DE SAN CARLOS

“Al taller de la abuela Kathy se llega subiendo las escaleras, dando vuelta a la derecha y deteniéndose a un lado del baño de mujeres”, así me lo dijo un trabajador del Museo de San Carlos.

Ahí hay un ambiente familiar: Viejas mesas con negativos y pruebas de contacto, alacenas que guardan productos químicos, papel, cartón, materiales de laboratorio. Todo es rústico y sencillo, son objetos felices a fuerza de uso: ahí estuvieron Flor Garduño, Elsa Chabaud y otros fotógrafos que hoy destacan en la fotografía mexicana.

“Mira”, dice, “ellos son Carlos Rey, Estanislao Ortiz y Víctor Monroy; están conmigo desde hace 14 años, ahora son mis asistentes porque yo ya no puedo hacer tantas cosas. Aquí estoy desde 1973, y este es mi programa”.

En su programa dice:

“Las enseñanzas de la fotografía en sus variadas posibilidades permite mostrar, liberar y desarrollar la propia sensibilidad para realizarse en imágenes plásticas. Con este programa de sistematización de la enseñanza por objetivos se logra dar los conocimientos técnicos necesarios; estos servirán al alumno de apoyo en su desarrollo profesional. La cámara no es un obstáculo, es uno mismo”.

En el programa los objetivos terminales que se plantean son cuatro:

  • 1. Manejar una cámara fotográfica.
  • 2. Resolver los problemas más comunes iluminación, filtros, luz artificial.
  • 3. Revelar y juzgar negativos en blanco y negro.
  • 4. Amplificar procesar y juzgar una impresión fotográfica en el papel.

Tomando en cuenta el excelente manejo de símbolos que caracteriza buena parte de la obra de Horna (objetos fetiches) y de quiénes han sido sus alumnas Chabaud, Garduño… Es asombroso que no se incluyan, como esperábamos, lecturas de semiótica y psicoanálisis.

“El proceso de sensibilización es individual”, dice, “aquí yo no les impongo estilos, por eso en el programa se maneja solo la cuestión técnica… Aquí conversamos y ayudamos para que cada uno se encuentre asimismo. Tampoco creemos en las ‘grandes figuras'”… Señala Kathy, al tiempo que nos dirigimos al salón de clases que está enfrente de laboratorio, cruzando un breve pasillo.

Su modestia que le impida acaparar la atención me recuerda a la psicoanalista Mary Langer: “ahí están ellos preguntanles, ellos te pueden decir muchas cosas”.

Cuando la miro sentada en ese amplio salón de altas paredes, entre estatuas y figuras de yeso, ampliadoras, viejas lámparas, mesas que más bien parecen de carpintero y muchas fotos de cúpulas y construcciones viejas secándose, me da la impresión de que quiénes la rodeamos somos sus nietos, y ella, al tiempo que prende un cigarro sin filtro, está presta a contarnos alguna regocijante historia.

Fotógrafa húngara-mexicana Katy Horna en su taller de fotografía de la Academia de San Carlos en la Ciudad de Meexico (1989). Foto: José FUENTES-SALINAS.

Pero, por insistencia de ella el diálogo se inicia con sus asistentes y ellas solo de vez en cuando puntualiza cosas. Sus asistentes son tres y sus alumnos 18.

—¿Que es una buena fotografía? le pregunto.

Kathy Horna responde: “lo que te deja un recuerdo… La que te deja fragmentos inolvidables que se confunden con tus cosas internas… Aunque no hay que confundir la fotografía artística que tiene valores universales con la foto de actualidad que tiene otros valores ideológicos propios de países y culturas”.

Sergio Rey comenta: “es aquella que logra ser eficaz en transmitir lo que quiere el fotógrafo”.

Y en el taller, según señalan los muchachos de Kathy, hay libertad de manipular la imagen en el laboratorio a fin de crear el sentido estético. En ese sentido no son puristas.

En un diálogo que arriesga varios decires, y en cuanto al intercambio con la comunidad artística de la academia de San Carlos, señalan que este diálogo “no es sistemático, con pintores escultores… Pero sí, a nivel individual se expresan afinidades y espontáneamente se crean grupos y parejas, que comentan las realizaciones de cada uno”.

“¿Qué por qué fotografiamos?, bueno”, señala Víctor Monroy, “porque es la forma más eficaz que tenemos para comunicarnos con el mundo. Antes teníamos una concepción errónea porque pensábamos en la fotografía como un medio de enriquecer otro arte.(Víctor, Sergio y Estanislao son pintor, diseñador gráfico y comunicólogo, respectivamente), pero nos dimos cuenta en el taller que la fotografía tiene su propia sintaxis”.

Y al referirse a una sintaxis, se remite a los principios estéticos incorporados en el taller de Katy:

1. Debe haber un diálogo con lo que vas a fotografiar, y 2. Hay que aprender a componer a través del visor, esto no significa solamente encuadrar”.

Kathy Horna interviene: “mira, yo creo que temáticamente no hay nada nuevo, depende de cómo el individuo componga los elementos… Ahora, cuando ustedes hablan de lo artístico, yo eliminaría la palabra artística; yo llevo 56 años haciendo fotos y nunca me ha gustado que me pongan esa etiqueta. Algunas veces viene gente de otros países y me llena de halagos, pero a mí eso no me gusta, yo siempre me he autonombrado como una artesana de la fotografía. El año pasado (1988) me publicaron algunas cosas en Suiza, (Mujer y Surrealismo), y escribieron algo que me gustó mucho y sirve para contestar a todas las teorías: fuera del amor no hay solución”.

Y al referirse a las competencias obsesivas, recalca: “tú quieres ser el mejor, pero siempre habrá alguien más que te supere”.

Víctor móvil Monroy: “uno invierte dinero en la fotografía porque te enamora esta forma de expresarse”.

Kathy Horna: “sí, en momentos robados a otro oficio”.

Y, al parecer, Kathy Horna no habla de sí misma ni deja que los otros lo hagan.

Sergio comenta: “una vez hablé sobre Kathy y ella se enojó conmigo… Cuando habla sobre fotografía no habla sobre fotografía, habla de otras cosas que, indirectamente, dicen lo que ella piensa: nunca es capaz de decirle a alguien que su foto no sirve, te dice otra cosa para que te enteres de su opinión”.

Con respecto a los criterios que prevalecen en la fotografía actual, continúa Carlos Rey, “esto se dan en grupúsculos, dentro de los cuales se presenta una convalidación recíproca pero, en general, en México, no hay un criterio común hay dispersión”.

A estas alturas, el taller con sus grandes muros y sencillo mobiliario, da cobertura una interesante conversación que se dosifica en los interlocutores:.

Víctor Monroy: “actualmente le damos un gran importancia al trabajo que tiene que ver con la política”.

Estanislao: “y eso llega al poder”.

Arturo Rosas (quien se integra al diálogo): “creo que siguen la corriente de la democratización”.

Kathy Horna: ¿donde la vez?….

Arturo Rosas: “lo que quiero decir es que no la hay, pero se busca”.

Carlos Rey: “lo que sucede es que hoy existe un una gran facilidad para hacer panfletos”.

Víctor Monroy: “y, en las bienales no se deslinda lo estético”.

Cuando se tocan puntos controversiales, como lo tocante a las funciones documentales y estéticas del discurso fotográfico, se tiende a adoptar un criterio pragmático.

Arturo Rosa señala que la “diferencia entre estos dos valores lo da el tiempo”.

Luego Kathy, tras ponderar la obra de Rotulado García, dice: “no habrá alguien como él, dice que muchas veces lo que influye es la especulación comercial, pero cuando se toca lo insólito es cuando adquiere un valor estético”.

¿EL SALON DE ‘CLASES’?

La fotógrafa Katy Horna en el taller de fotografía de la Academia de San Carlos. Foto: José FUENTES-SALINAS. 1989.

En repetidas ocasiones se ha dicho que las grandes deficiencias en el quehacer fotográfico en México están relacionadas con la carencia de infraestructura educativa que permita preparar buenos fotógrafos, este problema también se discute en el taller de la abuela Kathy.

Víctor Monroy: “pues yo lo veo muy mal. Mira, por ejemplo en la ENEP (Escuela Nacional de Estudios Profesionales) demandan y demandan gente para el trabajo utilitario, pero resulta que no hay ni siquiera los recursos básicos: no hay nada, y con esto solo se puede enseñar teoría, porque no tienen un lugar donde trabajar”.

Carlos Rey: “no podemos pasar todo el tiempo hablando de imágenes. Las imágenes se ven. Hay muchas cosas que no están bien. En la casa de la Casa de la Cultura de Mixcoac llegamos a utilizar cortinas como equipo, además no hay enseñanza superior en la fotografía, excepto en la iberoamericana, y los productos químicos los venimos a conocer en México hasta después de 10 años que se han estrenado en otros lugares”.

En ese sentido, ¿cuál podría ser la importancia del taller de San Carlos?.

Kathy Horna: “una muchacha vino diciendo: venimos aquí porque tu sensibilizas a la gente. Pero quizá lo que encuentran aquí es, más que un estilo un método diferente para auto realizarse como fotógrafos”.

Estanislao Ortiz: “yo no creo que aquí haya sido una gran fábrica, pero quien ha pasado por aquí sabe lo que es el lenguaje fotográfico, en el que la fotografía no es solo el disparo, sino, además, todo el proceso creativo que viene después”.

Para finalizar, el grupo de San Carlos se refiere a su forma de ver el futuro de la fotografía en México:

Víctor Monroy: “es importante que se hable más de la Fotografía y se den más espacios en los diarios”.

Kathy Horna: “creo que se están dando soluciones individuales que se juntan y juntan y da más producción”.

Carlos Rey: “ahora las galerías exponen fotografía, creo que eso es muy bueno”.

Kathy Horna: “Sin embargo hay más interés pero no hay más criterios”.

 

-José FUENTES-SALINAS, Ciudad de México, Martes, 30 de Mayo. 1989. El Universal.

Elogio de la Escritura frente a una vieja máquina de escribir

"Mecanografiar" un texto solía significar darle un estatus diferente a los textos, algo de lo que siempre he desconfiado. Foto: playera conseguida por Marlon, y máquina que encontré en el Swap Meet de Carson.

“Mecanografiar” un texto solía significar darle un estatus diferente a los textos, algo de lo que siempre he desconfiado. Foto: playera conseguida por Marlon, y máquina que encontré en el Swap Meet de Carson. Foto: Patricia Fuentes.

SOY MAL ESPECTADOR de televisión, de manera consuetudinaria, crónica, irremediable. Empecé a ver televisión a los 10 años. Era una Admiral Blanco y Negro, con patas como de garza. Los programas eran: Flipper, La Isla de Gilligand, La Ley del Oeste, Espía con espuelas, El Teatro Familiar de la Azteca, Siempre en Domingo… Mi idea de entretenimiento estuvo basada en la escritura. El librero de la casa estaba lleno de revistas de Jueves de Excelsior, libros de texto de los hermanos mayores desgastados, la Historia de México de José Vasconcelos, ilustrada por José Bardasano.

Son cincuenta años en que la escritura ha competido abiertamente con otras formas de entretenimiento y siempre ha ganado. En el proceso, me ha dado de comer, ha pagado mis deudas. Me ha acompañado. He entendido un poco su ritmo, su fuerza, su propósito. La he usado como me ha dado la gana.

“A los puristas denles dolores de cabeza, usen el lenguaje como quieran, pero háganse entender”, me decía Antonio Alatorre, “Los 1001 años de la lengua española” en el Hotel Biltmore hace años.

En la casa, la escritura siempre estuvo en el centro del interés. Mi hermano Javier, el cartero, repartía escritura todos los días en su motocicleta Islo o en la bicicleta Hércules. Mi padre escribía cantos y partituras musicales. La escritura estaba por todas partes. Martha la hacía de dos formas: tenía álbumes de su entrenamiento caligráfico y mecanográfico. En cuadernos de pasta dura, como los que todavía uso, mi padre en su momento de sastre, escribía las medidas de los clientes. Mi firma, que no ha cambiado desde los 12 años en que abrí mi primera cuenta de ahorros, está basada en la de mi padre, regular y legible como la escribía en las tarjetas perforadas que eran los cheques.

En la escuela primaria Cristobal Colón llené planas de sujeto-verbo-predicado. Supe que hay pasos que suelen ser aburridos y necesarios. En la secundaria supe que mecanografíar la escritura era un momento de seriedad importante, pero desconfié de tal estrechez. Entre otras cosas, porque la máquina Royal de Martha tenía un poco desmadrados los resortes y se brincaba las lineas. Las cintas eran caras, además. La letra manuscrita era más carnal, más honesta. Por eso sigo escribiendo así. El que mejor la escribía era Fausto, el Inge. Parecía arquitecto. En la secundaria, un compa de apellido Córdova, tenía un estilo de escribir exactamente en medio del renglón, sin que tocara la linea. Le aprendí bien su estilo que sigo usando en mis cuadernos italianos.

Supe de cómo escribir cartas, postales y telegramas. Las bases de todo lo que hago, siguen ahí. Un telegrama eran unas diez palabras, a veinte centavos cada una. Había que usar de la mejor forma cada palabra, así como ahora son los 140 letras del Twitter. ¿Quiénes leían en el Zacapu de los 60’s y 70’s?. Los zapateros remendones, los sastres y los obreros: los periódicos el Esto, El Excelsior, las novelitas de vaqueros de Marcial Lafuente. Chava, el sastre, compraba El Heraldo o el Esto, Manuel Paz, El Excelsior. Los cuentos de la Editorial Novaro los compraba uno en el puesto de Camilo, un ciego que enseñó a Zacapu a ver el mundo a través de la lectura. Con mi amigo Pepe Villaseñor, llegamos a descubrir por nuestra cuenta las revistas pequeñas, como Contenido y Revista de Revistas. Se hacía lo que se podía. Fuimos de esos adolescentes raros que se metían al la Biblioteca Juan Bosco a leer, no solo a hacer tareas. También, un día saqué mis ahorros de la alcancía y compré “La Aldea Stepanchikovo” de Feodor Dostoyevsky y “Hojas de Hierba”, de Walt Whitman. Eran los únicos libros que tenía Camilo el ciego.

Quizá hubiera sido un buen lector de la Biblia y del Quijote, si no se hubiera exagerado la formalidad para sus lecturas. La novelita de Dostoyevsky era una edición barata, pero la leí en un día en el embarcadero de la Laguna. Aún recuerdo al personaje Foma Fomitch y la forma en que chantajeaba a la nobleza, casi como Rasputín.

En la casa siempre hubo libros. Martha agarró un trabajo por comisión de vender lotes de libros. Trajo a la casa manojos de novelitas de Ciencia Ficción rezagadas. También había enciclopedias, donde tuve un primer acercamiento a las teorías de la personalidad con esa clasificación de Kretchmer, donde los gorditos era extrovertidos y los flacos, melancólicos.

Siempre hubo escritura, de manera activa o pasiva. Salvador salió de la Escuela de Periodismo y cubrió las Olimpiadas del 68 para El Heraldo. Qué orgullo ver al carnal con fotos de atletas o con Rocky Marciano. Luego, fue el reportero estrella de La Voz de Michoacán. En su departamento de Morelia tenía libreros bien surtidos. Una vez visitamos la Redacción del Periódico en la Avenida Quintana Roo. El olor a tinta nunca se olvida, ni ese lema escrito en algún muro: “Yo puedo estar en contra de lo que usted piensa, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo” (Voltaire).

Fausto perdió un año de estudios de ingeniería de la mejor forma: haciendo teatro. Aún conservo el libro “Poemas y Canciones de Bertolt Brecht”, con su firma. Esas eran sus lecturas en el tiempo que se dedicó a la actuación. En la Plaza Morelos, alguna vez se presentó en una obra corta, “El Siguiente”, de Marion Cheever. Eso recordaría yo, años más tarde, cuando tomaba clases de dramaturgia en la Escuela de Escritores de la SOGEM en la Ciudad de México. El escritor de “Los cuervos están de luto”, Hugo Argüelles nos enseñó a bosquejar personajes con el diálogo. El mismo era un personaje. Cuando en el otro salón estaban haciendo ruido, le decía a mi compañera Gina Morett (Rosa de dos aromas, Las Poquianchis): “Gina, dile a esos que se callen o que se vayan a chingar a otro lado”.

En los ochentas era ferviente lector, primero del UNOMASUNO, y luego de La Jornada. Fue acaso, en esos años cuando todo cambió alrededor de la escritura. Fue en los 80’s, cuando empecé a escribir en El Universal En la Cultura, con Paco Taibo el viejo,  y en El Nacional, con Paulino Sabugal. El que me animó a ofrecer un texto a cambio de pago, fue el amigo uruguayo Rafael Romano, quien era colaborador. Fue también, cuando con los amigos Alberto Candelas y Nicolás Fuentes asistíamos a los talleres literarios del ISSSTE con Juan Bañuelos, Homero Aridjis y Edmundo Valadés.

HOY, LA ESCRITURA es un oceano de posibilidades.

No reconoce fronteras.

Aún muchos puristas no digieren el susto de que el Nobel de Literatura 2016 se lo hayan dado a un poeta cantor como Bob Dylan. Allá ellos.

Los canales de la escritura se multiplican. El culto a las personalidades se diluye. Así como la fotografía del Siglo XX democratizó la representación visual, ahora las cibertecnologías democratizan el discurso literario.

Si a usted no le gusta lo que escribo, muy su gusto. Pero ahora no tiene que lamentar haber comprado un papel. Estese tranquilo.

 

— José FUENTES-SALINAS, tallerjfs@gmail.com